CMIS – CONFERENCE MONDIALE DES INSTITUTS SECULIERS

CONGRESO Y ASAMBLEA GENERAL

ASÍS – 23-28 de julio de 2012

(Domus Pacis – Santa Maria degli Angeli, Asís – Italia)

A la escucha de Dios "En los surcos de la Historia":

La secularidad habla a la consagración

  1. Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI transmitido por el Secretario de Estado. (Cardenal Tarcisio Bertone)

  2. Mensaje del prefecto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica. (Cardinal João Brazde Aviz)
  3. Introducción al Congreso. (Ewa Kusz)
  4. La consagración de Jesús. (Padre Paolo Gamberini SJ)
  5. Reflexión sobre la constante tensión de ser cristiano. (Hanna-Barbara Gerl-Falkovitz)
  6. ¿Cómo estar al servicio de la Iglesia como laicos y en cuanto laicos?. (Pierre Langeron)
  7. Un nuevo modelo de santidad como fidelidad a Dios en el mundo. (Mons. Gérald Cyprien Lacroix)
  8. Nuevos lenguajes y una nueva lengua para la Iglesia. (Ivan Netto)
  9. Cómo cambia la vocación cuando cambian el mundo y nosotros mismos. (Piera Grignolo)
  10. Elementos para una síntesis del Congreso. (Giorgio M. Mazzola)
  11. Estadísticas sobre los Institutos Seculares.

SECRETARÍA DE ESTADO
Del Vaticano, 18.07.2012

Amable señorita:

Me agrada enviar a los miembros de los Institutos Seculares el presente Mensaje del Santo Padre, con ocasión del Congreso que se celebra en Asís y que ha sido organizado por la Conferencia Mundial de Institutos Seculares para tratar el tema: A la escucha de Dios ‘en los surcos de la historia’: la secularidad habla a la consagración.

Este importante tema pone el acento en vuestra identidad de consagrados que, viviendo en el mundo la libertad interior y la plenitud del amor que emanan de los consejos evangélicos, os considera hombres y mujeres capaces de una visión profunda y de un buen testimonio dentro de la historia. Nuestro tiempo plantea a la vida y a la fe interrogantes profundos, pero también manifiesta el misterio nupcial de Dios. En realidad, el Verbo, que se ha hecho carne, celebra las nupcias de Dios con la humanidad de toda época. El misterio escondido desde siglos en la mente del Creador del universo (cfr. Ef 3,9) y que se ha manifestado en la Encarnación, está proyectado hacia el cumplimiento futuro, pero ya injertado en el hoy, como fuerza redentora y unificadora.

En medio de la humanidad en camino, animados por el Espíritu Santo, podéis discernir los signos discretos y a veces escondidos que indican la presencia de Dios. Sólo en virtud de la gracia, que es don del Espíritu, podéis entrever en los senderos, con frecuencia tortuosos de las vicisitudes humanas, la orientación hacia la plenitud de la vida sobreabundante. Un dinamismo que representa, más allá de las apariencias, el sentido verdadero de la historia según el designio de Dios. Vuestra vocación consiste en estar en el mundo asumiendo todos sus pesos y anhelos, con una visión humana que coincida cada vez más con la divina, de donde brota un compromiso original, peculiar, fundado en la conciencia de que Dios escribe su historia de salvación en la trama de las vicisitudes de nuestra historia.

En este sentido, vuestra identidad afirma también un aspecto importante de vuestra misión en la Iglesia: es decir, ayudarla a realizar su estar en el mundo, a la luz de las palabras del Concilio Vaticano II: “No impulsa a la Iglesia ambición terrena alguna. Sólo desea una cosa:, continuar, bajo la guía del Espíritu, la obra misma de Cristo, quien vino al mundo para dar testimonio de la verdad, para salvar y no para juzgar, para servir y no para ser servido” (Gaudium et Spes, 3). La teología de la historia es parte esencial de la nueva evangelización, porque los hombres de nuestro tiempo necesitan reencontrar una visión global del mundo y del tiempo, una visión verdaderamente libre y pacífica (cfr. Benedicto XVI Homilía de la Santa Misa para la nueva evangelización, 16 de octubre de 2011). Y el Concilio nos recuerda también que la relación entre la Iglesia y el mundo se ha de vivir en el signo de la reciprocidad, por lo que no sólo la Iglesia da al mundo, contribuyendo a hacer más humana la familia de los hombres y su historia, sino que se trata también del modo de dar a la Iglesia, de tal forma que pueda comprenderse mejor a sí misma y vivir mejor su misión (cfr. Gaudium ed Spes, 40-45).

Los trabajos que os disponéis a realizar se detienen también en lo específico de la consagración secular en la busca de cómo la secularidad habla a la consagración, de cómo en vuestras vidas los rasgos característicos de Jesús – virgen, pobre y obediente - adquieren una típica y permanente “visibilidad” en medio del mundo (cfr. Exhortación Apostólica Vita Consecrata, I). Su Santidad desea indicar tres ámbitos sobre los que llamar vuestra atención.

En primer lugar, la donación total de vuestra vida como respuesta a un encuentro personal y vital con el amor de Dios. Vosotros, que habéis descubierto que Dios es todo para vosotros, habéis decidido darle todo a Dios y hacerlo de una forma peculiar: permaneciendo laicos entre los laicos, presbíteros entre los presbíteros. Esto exige una particular vigilancia para que vuestros estilos de vida manifiesten la riqueza, la belleza y la radicalidad de los consejos evangélicos.

En segundo lugar, la vida espiritual. Punto firme e irrenunciable, referencia cierta para alimentar el deseo de realizar la unidad en Cristo, que es tensión de toda la existencia de cada cristiano y mucho más de quien responde a una llamada total del don de sí. Medida de la profundidad de vuestra vida espiritual no son las muchas actividades, que también exigen vuestro compromiso, sino, más bien, la capacidad de buscar a Dios en el fondo de cada acontecimiento y de reconducir a Cristo todas las cosas. Se trata del “recapitular” en Cristo todas las cosas, de que habla el apóstol Pablo (cfr. Ef 1, 10). Sólo en Cristo, Señor de la historia, toda la historia y todas las historias encuentran sentido y unidad.

Este anhelo se ha de alimentar, pues, en la oración y en la escucha de la Palabra de Dios. En la celebración eucarística encontráis la raíz del haceros pan de Amor, partido por los hombres. Y en la contemplación, en la visión de la fe iluminada por la gracia, se ha de arraigar el compromiso de compartir con todo hombre y toda mujer los interrogantes profundos que anidan en cada uno para construir esperanza y confianza.

En tercer lugar, la formación, que no descuida ninguna edad, porque se trata de vivir la propia vida en plenitud, educándose en la sabiduría que siempre es consciente del carácter de criatura del ser humano y de la grandeza del Creador. Buscad contenidos y modalidades de una formación que os haga laicos y presbíteros capaces de dejarse interrogar por la complejidad que atraviesa el mundo de hoy, de permanecer abiertos a las solicitaciones que provienen de la relación con los hermanos que encontráis en vuestros caminos, de comprometeros en un discernimiento de la historia a la luz de la Palabra de Vida. Estad dispuestos a construir, juntamente con todos los que buscan la verdad, itinerarios de bien común, sin soluciones preconcebidas y sin miedo a los interrogantes que permanecen tales, pero siempre dispuestos a poner en juego vuestra vida, con la certeza de que el grano de trigo, que cae en la tierra, si muere produce mucho fruto (Jn 12. 24). Sed creativos, porque el Espíritu construye novedades; alimentad visiones capaces de futuro y raíces sólidas en Cristo Señor, para saber comunicar también a nuestro tiempo la experiencia de amor que es el fundamento de la vida de cada hombre. Abrazad con caridad las heridas del mundo y de la Iglesia. Vivid sobre todo una vida gozosa y plena, acogedora y capaz de perdonar, porque fundada en Jesucristo, Palabra definitiva de Amor de Dios para el hombre.

El Sumo Pontífice, mientras os dirige estas reflexiones, asegura a vuestro Congreso y a vuestra Asamblea un particular recuerdo en la oración, invocando la intercesión de la Bienaventurada Virgen María, que ha vivido en el mundo la perfecta consagración a Dios en Cristo, y de corazón envía a Usted y a todos los participantes la implorada Bendición Apostólica.

Al unir también personalmente todo mejor deseo, aprovecho la circunstancia para confirmarme con sentimientos de distinguida estima.

+Tarcisio Card. Bertone

Secretario de Estado


Nota de la CMIS: este texto es una traducción del original en italiano.

CMIS – CONFERENCE MONDIALE DES INSTITUTS SECULIERS
CONGRESO Y ASAMBLEA GENERAL
ASÍS – 23-28 de julio de 2012
(Domus Pacis – Santa Maria degli Angeli, Asís – Italia)

A LA ESCUCHA DE DIOS "EN LOS SURCOS DE LA HISTORIA": LA SECULARIDAD HABLA A LA CONSAGRACIÓN

LOS INSTITUTOS SECULARES Y LA COMUNIÓN ECLESIAL

Joao Braz Cardinale DE AVIZ
Prefecto de la CIVCSVA

Queridas Consagradas laicas, Consagrados laicos y Sacerdotes de Institutos Seculares:

Me llena de felicidad encontrarme aquí entre vosotros al inicio de estas jornadas tan densas en expectativas. Jornadas en las que os encontráis comprometidos en el Congreso, lugar de escucha, de confrontación y de elaboración, y después en la Asamblea. Una cita particularmente importante este año, en la que aprobaréis los nuevos Estatutos. Mi deseo a este respecto es que el hecho de sumergir la mirada en las normas que regulan vuestro itinerario común para delinear las formas, os ayude a vivir en plenitud la comunión, no para anular las diferencias, sino para caminar juntos, cada uno con el propio paso, dentro del mismo surco: el de la secularidad consagrada. Y solamente a este precio podrán nacer frutos de bien, ya que se trata de un itinerario complejo.

Mi presencia es expresión de la comunión que vincula la Conferencia Mundial de Institutos Seculares al Santo Padre a través de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica. Se trata del Sentir cum Ecclesia, al que la Exhortación Apostólica Vita Consecrata ha dedicado el número 46 del que leo con vosotros las primeras palabras: “A la vida consagrada se le asigna también un papel importante a la luz de la doctrina sobre la Iglesia-comunión, propuesta con tanto énfasis por el Concilio Vaticano II. Se pide a las personas consagradas que sean verdaderamente expertas en comunión, y que vivan la respectiva espiritualidad como «testigos y artífices de aquel "proyecto de comunión" que constituye la cima de la historia del hombre según Dios". El sentido de la comunión eclesial, al desarrollarse como una espiritualidad de comunión, promueve un modo de pensar, decir y obrar, que hace crecer la Iglesia en hondura y en extensión. La vida de comunión «será así un signo para el mundo y una fuerza atractiva que conduce a creer en Cristo [...]. De este modo la comunión se abre a la misión, haciéndose ella misma misión». Más aun, «la comunión genera comunión y se configura esencialmente como comunión misionera».

Tomo de nuevo aquí las palabras del Santo Padre Benedicto XVI dirigidas a la Señorita Ewa Kusz, Presidente del Consejo Ejecutivo, enviadas a través del Secretario de Estado Tarcisio Cardenal Bertone, que se acaban de leer:

“Los trabajos que os disponéis a realizar se detienen también en lo específico de la consagración secular en la busca de cómo la secularidad habla a la consagración, de cómo en vuestras vidas los rasgos característicos de Jesús – virgen, pobre y obediente - adquieren una típica y permanente “visibilidad” en medio del mundo" (cfr. Exhortación Apostólica Vita Consecrata, I). Su Santidad desea indicar tres ámbitos sobre los que llamar vuestra atención.

En primer lugar, la donación total de vuestra vida como respuesta a un encuentro personal y vital con el amor de Dios. Vosotros, que habéis descubierto que Dios es todo para vosotros, habéis decidido darle todo a Dios y hacerlo de una forma peculiar: permaneciendo laicos entre los laicos, presbíteros entre los presbíteros. Esto exige una particular vigilancia para que vuestros estilos de vida manifiesten la riqueza, la belleza y la radicalidad de los consejos evangélicos.

En segundo lugar, la vida espiritual. Punto firme e irrenunciable, referencia cierta para alimentar aquel deseo de realizar la unidad en Cristo, que es tensión de toda la existencia de cada cristiano y mucho más de quien responde a una llamada total del don de sí. Medida de la profundidad de vuestra vida espiritual no son las muchas actividades, que también exigen vuestro compromiso, sino, más bien, la capacidad de buscar a Dios en el fondo de cada acontecimiento y de reconducir a Cristo todas las cosas. Se trata del “recapitular” en Cristo todas las cosas, de que habla el apóstol Pablo (cfr. Ef. 1, 10). Sólo en Cristo, Señor de la historia, toda la historia y todas las historias encuentran sentido y unidad.

Este anhelo se ha de alimentar, pues, en la oración y en la escucha de la Palabra de Dios. En la celebración eucarística encontraréis la raíz del haceros pan de Amor, partido por los hombres. Y en la contemplación, en la mirada de la fe iluminada por la gracia, se ha de arraigar el compromiso de compartir con todo hombre y toda mujer los interrogantes profundos que anidan en cada uno para construir esperanza y confianza.

En tercer lugar, la formación, que no descuida ninguna edad, porque se trata de vivir la propia vida en plenitud, educándose en la sabiduría que siempre es consciente del carácter de criatura del ser humano y de la grandeza del Creador. Buscad contenidos y modalidades de una formación que os haga laicos y presbíteros capaces de dejaros interrogar por la complejidad que atraviesa el mundo de hoy, de permanecer abiertos a las solicitaciones que provienen de la relación con los hermanos que encontráis en vuestros caminos, de comprometeros en un discernimiento de la historia a la luz de la Palabra de Vida. Estad dispuestos a construir, juntamente con todos los que buscan la verdad, itinerarios de bien común, sin soluciones preconcebidas y sin miedo a los interrogantes que permanecen tales, sino dispuestos a poner en juego vuestra vida, con la certeza de que el grano de trigo, que cae en la tierra, si muere produce mucho fruto (Jn 12. 24). Sed creativos, porque el Espíritu construye novedades; alimentad visiones capaces de futuro y raíces sólidas en Cristo Señor, para saber comunicar también a nuestro tiempo la experiencia de amor que es el fundamento de la vida de cada hombre. Abrazad con caridad las heridas del mundo y de la Iglesia. Vivid sobre todo una vida gozosa y plena, acogedora y capaz de perdonar, porque fundada en Jesucristo, Palabra definitiva de Amor de Dios para el hombre (Secretaría de Estado, Carta del 18.09.2012, n. 201.643).

Y precisamente sobre la comunión eclesial quiero detenerme hoy con vosotros. No para quitar importancia al tema específico de vuestro Congreso, sobre el que reflexionaréis durante estos días, sino casi como contexto, como horizonte de sentido, en el que insertar vuestras reflexiones.

Vuestra vocación no tiene significado sino se parte de su arraigo en la Iglesia, porque vuestra misión es misión de la Iglesia. En la oración sacerdotal contenida en el Evangelio de Juan, la intensidad de la relación entre el Padre y el Hijo constituye una unidad con la fuerza de la misión de amor. Realizando esta comunión de amor, la Iglesia se hace signo e instrumento capaz de crear comunión con Dios y entre los hombres (cfr. Lumen Gentium, 1).

Por este motivo ya os exhortaba Pablo VI: “Nunca os dejéis sorprender, ni siquiera tocar por la tentación demasiado fácil hoy día, de que es posible una auténtica comunión con Cristo sin una real armonía con la comunidad eclesial regida por los legítimos pastores. Sería engañoso e ilusorio. ¿Qué podría narrar un individuo o un grupo sin esta comunión, incluso con la intención subjetivamente más elevada y perfecta? Cristo nos la ha pedido como garantía para admitirnos en la comunión con Él, del mismo modo que nos ha pedido amar al prójimo como documentación de nuestro amor por Él” (Pablo VI, Alocución ‘Una vez más’ a los Superiores de los Institutos Seculares, 20 de septiembre de 1972).

Y todavía con mayor pesar Benedicto XVI os repetía: “La Iglesia tiene también necesidad de vosotros para cumplir su misión... Sed semilla de santidad arrojada a manos llenas en los surcos de la historia”. No existe comunión sino se abre continuamente a la misión, ni misión sino brota de la comunión. Ambos aspectos afectan al corazón vivo y palpitante de toda la Iglesia, permitiéndole una nueva lectura de la realidad, una búsqueda de significado y quizás también de soluciones que pretenden ser respuesta, ciertamente parcial, pero con un corazón cada vez más auténticamente evangélico.

Otra consideración me impulsa en la elección de este tema, y es la siguiente: una de las primeras preocupaciones que me ha sido presentada como Prefecto en los encuentros con los Institutos Seculares ha sido: “en la Iglesia somos poco conocidos o se nos conoce mal”.

El vínculo profundo que existe entre conocimiento y comunión me parece fundamental en un doble sentido. Sólo a través del conocimiento, que significa escucha, atención, sintonía de corazón, puede nacer la comunión, la cual, a su vez, engendra auténtico conocimiento, porque llega precisamente a la raíz de lo esencial y dilata la capacidad de encuentro.

Por esta razón, sin pensar ahora en la comunión dentro de cada Instituto (argumento que merecería una reflexión separada) me detengo en algunos puntos que se refieren a la comunión eclesial. Lo hago partiendo de aquel documento que la Sagrada Congregación de Religiosos e Institutos Seculares envió a las Conferencias Episcopales, después de la reunión plenaria que se celebró el mes de mayo de 1983.

Recorriendo de nuevo los orígenes de esta vocación, he podido constatar que desde ahora, en la nueva forma reconocida jurídicamente con la Constitución Apostólica Provida Mater, han confluido realidades profundamente diversas entre sí, sobre todo por la diferente finalidad apostólica. Han sido precisamente los Convenios organizados por la que más tarde llegará a ser la Conferencia Mundial de Institutos Seculares, los que han permitido un conocimiento recíproco – leo en dicho documento – que ha conducido a los Institutos a aceptar la diversidad (el llamado pluralismo), pero con la exigencia de aclarar los límites de esta misma diversidad (Congregación de Religiosos e Institutos Seculares, Los Institutos Seculares: su identidad y su misión, 3-6 de mayo de 1983, n. 4).

Éste me parece un punto fundamental. Esta acción de acogida recíproca creo que todavía continúa y no conviene perder de vista la importancia de mantener viva la tensión para profundizar este itinerario. Como también continúa el camino de comprensión de los que el documento, lo hemos oído hace poco, define los límites de esta diversidad. Límites, o también confines, que tienen su raíz tanto en la esencia del Espíritu, que siempre renueva la tierra con dones nuevos, como en el momento que está viviendo la Iglesia. El actual es un contexto en el que, en la perspectiva del Año de la Fe, proclamado por Benedicto XVI al cumplirse los 50 años del Concilio Vaticano II, el pueblo de Dios, los consagrados, los presbíteros, así como los pastoralistas, los canonistas, todos, están llamados a colaborar juntos en la construcción de itinerarios nuevos de evangelización y de compañía al hombre de nuestro tiempo.

Tratad de comprender bien que semejante discernimiento exige de vosotros una actitud fundamental: la de no tener la pretensión de conocer la verdadera (y por tanto única) identidad de un Instituto Secular. Se necesita, en cambio, una disponibilidad fundamental que os permita descubrir cómo el otro realiza, en la propia espiritualidad, con la propia misión y modalidad de vida, la síntesis entre consagración y secularidad; cómo en los diversos ámbitos sociales, culturales y eclesiales es posible manifestar, aunque de forma diferente, la originalidad y la unicidad de vuestra vocación.

Sólo a través de esta dinámica de escucha y acogida, que exige un sabio discernimiento, todos seréis más ricos porque podréis experimentar la grandeza de Dios quien, para manifestar su gran amor al mundo, no se deja encerrar en nuestros pequeños itinerarios, sino que sabe suscitar respuestas que a nuestros ojos pueden parecer extravagantes, pero que ciertamente tienen algo que decir y dar a la vida de cada uno. Partiendo, pues, de lo que os une podréis confrontaros no sólo sobre la diversidad, sino también sobre los desafíos siempre nuevos que el mundo os plantea de forma particular a vosotros, llamados a consumir vuestra vida en una “tierra de confín”. Ante problemas nuevos se os solicita a buscar itinerarios nuevos que afirmen la actualidad de vuestra misión, siempre dispuestos a someterlos a discusión, en la confrontación, cuando los tiempos y los lugares exijan nuevas elaboraciones.

En este momento me viene a la mente una de las preguntas que me han dirigido durante mi encuentro con la Conferencia Polaca de Institutos Seculares, que se ha celebrado en el mes de noviembre de 2011. Se me ha presentado una reflexión sobre la necesidad de que el miembro de un Instituto Secular mantenga la discreción sobre la propia vocación. Más que una respuesta siguió una invitación a cada uno de los Institutos a confrontarse, en su interior y entre sí, sobre las motivaciones de semejante discreción, a preguntarse: “¿Por qué se ha sentido la necesidad?” “¿Qué quiere decir a la Iglesia y al Mundo?” Las respuestas pueden ser diversas para cada Instituto, para cada nación y para cada época histórica, pero para verificar la actualidad y la eficacia de un instrumento se precisa partir siempre del fundamento, del valor que pretende realizar y expresar.

Creo que esto es un posible método para activar el conocimiento que puede conducir a la comunión y que brota de la comunión.

Escucharse, pues, recíprocamente, sin preconceptos, tanto en el interior de cada Instituto como en los lugares propios de confrontación, para lograr una meta que, lo sabéis muy bien, ¡es sólo una etapa en el camino del Espíritu!

Sabed que en esta obra no estáis solos: la Iglesia os acompaña, a través de las palabras de los Pontífices y el servicio de la Congregación que represento.

Y aquí os propongo otro aspecto que es el de una comunión con la Iglesia local. También aquí tomo de nuevo las palabras del Beato Juan Pablo II, en la conclusión de la Plenaria anteriormente citada: “Si se dará un desarrollo y un fortalecimiento de los Institutos Seculares, también las Iglesias locales se beneficiarán”.

A continuación propongo una doble invitación dirigida a los Institutos y a los Pastores: Dentro del respeto de sus características, los Institutos Seculares deben comprender y asumir las urgencias pastorales de las Iglesias particulares, y fortalecer a sus miembros para que vivan con atenta participación las esperanzas y las fatigas, los proyectos y las inquietudes, las riquezas espirituales y los límites, en una palabra: la comunión de su Iglesia concreta.

Y debe ser también una solicitud de los Pastores reconocer y pedir su aportación según la propia naturaleza. En particular, incumbe a los Pastores otra responsabilidad: la de ofrecer a los Institutos Seculares toda la riqueza doctrinal que necesitan. Quieren ser parte del mundo y ennoblecer las realidades temporales ordenándolas y elevándolas, para que todo tienda a Cristo como a su cabeza (cfr. Ef 1, 10). Por ello, se ha de ofrecer a estos Institutos toda la riqueza de la doctrina católica sobre la creación, la encarnación y la redención, para que puedan hacer propios los designios sabios y misteriosos de Dios sobre el hombre, sobre la historia y sobre el mundo.

Hoy es obligatoria la pregunta de verificación: ¿a qué punto se encuentra este itinerario?

Me dirijo, naturalmente, en este lugar a vosotros, solicitando una reflexión sobre el camino que habéis realizado. Pero es una pregunta dirigida también a los Pastores, invitados a favorecer entre los fieles una comprensión no aproximativa o conciliadora, sino exacta y respetuosa de las características cualificantes ... de esta difícil, pero bella vocación. (Son palabras que el Beato Juan Pablo II dirigió a la Plenaria).

La comunión de la que hablamos, no lo olvidemos nunca, es un don del Espíritu Santo, crea unidad en el amor y en la recíproca aceptación de la diversidad. Antes de traducciones concretas a nivel comunicativo y estructural, requiere un camino espiritual sin el cual – reafirmaba claramente el Beato Juan Pablo II – no nos hagamos ilusiones, de poco servirían los instrumentos externos de la comunión. Se convertirían en medios sin alma, máscaras de comunión más que sus modos de expresión y crecimiento. (Novo millennio ineunte, n. 43).

Cada uno de vosotros se ha de sentir interpelado, como individuo, como Instituto y como Conferencia, a identificar instrumentos y modos que puedan hacer que el ideal de una plena comunión eclesial, presentada en tantos documentos de la Iglesia, se convierta en comunión real dentro de la historia.

También aquí es prioritaria una actitud fundamental: nunca cedáis a la tentación de la renuncia. Puede suceder que a veces vuestras tentativas no produzcan fruto y que el camino no avance: incluso en este caso, ¡no abandonéis la meta! No os paréis ante los fracasos, al contrario, tomad nuevas fuerzas de los mismos para avivar la creatividad; sabed pasar del resentimiento a la disponibilidad, de la desconfianza a la acogida. Llevad las heridas a la comunión eclesial en la oración, leed de verdad vuestras responsabilidades, no dejéis nada sin intentarlo y en el discernimiento emprended de nuevo el fatigoso camino hacia la comunión.

En el mes de marzo del presente año, hemos tenido en la Congregación un encuentro entre los Superiores y el Consejo de la CMIS, en el que el Consejo ha presentado algunos argumentos a afrontar juntos, relativos a tres temas, divididos de la siguiente manera:

  • El conocimiento recíproco;
  • Los Criterios de discernimiento de la identidad de los Institutos Seculares;
  • El papel de la CMIS.

Como Dicasterio hemos acogido con mucho agrado la propuesta, indicando una posible modalidad de actuación: que sea esta Asamblea la que identifique el primer aspecto sobre el cual iniciar una reflexión común; la que indique los interlocutores con el Dicasterio, y sobre todo, la que establezca en qué modalidades todos los Institutos pueden participar en la reflexión. ¡Un ejemplo de comunión eclesial que estamos construyendo!

Dirijo finalmente a todos vosotros una ulterior invitación: sed promotores de comunión con las demás expresiones de vida consagrada y las demás realidades eclesiales que comparten con vosotros algunos aspectos de vuestra identidad o misión. Pienso en otras formas de vida consagrada con las que estáis unidos por la consagración para la profesión de los consejos evangélicos en sentido canónico. Pienso en las asociaciones y en los movimientos con los que estáis unidos por una presencia evangélica en el mundo, conservando, sin embargo, una misión y un estilo de vida profundamente diferentes. Es una propuesta que podría pareceros audaz, pero que la sugiere vuestra misma vocación, que os conduce a experimentar incluso dentro de los Institutos la riqueza de la diversidad, y que convierte vuestro vivir en un laboratorio de diálogo.

Estad dispuestos a conocer estas realidades y sobre todo a dejaros conocer por ellas: no tenéis nada de qué defenderos, sólo tenéis que mostrar la belleza de vuestra vocación que, juntamente con la de muchos otros hermanos y hermanas, es expresión de la riqueza y de la vivacidad del Amor trinitario.

N.B. Doy las gracias por su colaboración a la Doctora Daniela Leggio, oficial de la CICSVA por la investigación realizada relativa a los documentos sobre los Institutos Seculares.


Nota de la CMIS: este texto es una traducción del original en italiano.

Ewa Kusz
Presidente CMIS

“Provenís de países diversos; también son diversas las situaciones culturales, políticas e incluso religiosas en las que vivís, trabajáis y envejecéis. En todas buscad la Verdad, la revelación humana de Dios en la vida. Como sabemos, es un camino largo, cuyo presente es inquieto, pero cuya meta es segura.


Anunciad la belleza de Dios y de su creación. A ejemplo de Cristo, sed obedientes por amor, hombres y mujeres de mansedumbre y misericordia, capaces de recorrer los caminos del mundo haciendo sólo el bien. En el centro de vuestra vida poned las Bienaventuranzas, contradiciendo la lógica humana, para manifestar una confianza incondicional en Dios, que quiere que el hombre sea feliz.


La Iglesia os necesita también a vosotros para cumplir plenamente su misión. Sed semilla de santidad arrojada a manos llenas en los surcos de la historia. Enraizados en la acción gratuita y eficaz con que el Espíritu del Señor está guiando las vicisitudes humanas, dad frutos de fe auténtica, escribiendo con vuestra vida y con vuestro testimonio parábolas de esperanza, escribiéndolas con las obras sugeridas por la "creatividad de la caridad"
(Juan Pablo II, Novo millennio ineunte, 50) .

He citado estas palabras de Benedicto XVI de 2007, porque son la fuente de inspiración del tema del Congreso que nosotros iniciamos. El tema es el siguiente: A la escucha de Dios “en los surcos de la historia”: la secularidad habla a la consagración.

Mi introducción al Congreso y a su temática se dividirá en dos partes. En primer lugar, os presentaré – recordaré a algunos – las estadísticas sobre los Institutos Seculares. Me serviré para ello de un estudio preparado por la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, aparecido en la Revista “Sequela Christi” de 2011. En un segundo momento, trataré de introduciros en la temática del Congreso anteriormente citado.

1. ESTADÍSTICAS

2. Introducción a la temática del Congreso

Se ha de considerar bien el contexto eclesial en el que se desarrolla este IX Congreso Internacional de Institutos Seculares y la Asamblea General que le seguirá. Pronto, del 7 al 28 de octubre de 2012, se celebrará la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, dedicado a “la nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana”. Durante este Sínodo, el 11 de octubre, comenzará el Año de la Fe, anunciado por el Papa Benedicto XVI para conmemorar el 50 aniversario de la apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II y el 20 Aniversario de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica. La temática de nuestro Congreso se sitúa dentro de estos acontecimientos, que ponen de relieve la primacía de la fe en la vida de cada cristiano, primacía vivida y realizada en los lugares en los que viven y trabajan. Esto nos invita a detenernos en la cuestión del estado de nuestra fe, en cómo ser testimonios del Evangelio en el mundo de hoy, a detenernos para ponernos a la escucha, con atención y preocupación, es decir, con cierta fascinación, de todo lo que Dios nos dice a través de este mundo “actual”. Asís nos invita también a esta reflexión en el clima de la preocupación por la fe y por la apertura al mundo creado y redimido por el Amor. Asís - es aquí donde San Francisco nació y donde espera la resurrección – no cesa de comunicar el aire fresco del Evangelio a la Iglesia y a la sociedad.

Primacía de la fe

Nos hemos de plantear las siguientes cuestiones : ¿Por qué estamos en el mundo? ¿Por qué este aspecto de nuestra vida es un elemento esencial de nuestra vocación ? Planteamos esta cuestión no porque al existir en esta tierra no tenemos otra posibilidad, sino porque el mundo y el hecho de estar en él constituyen para nosotros un valor y una tarea. El Papa Benedicto XVI en su Motu Proprio Porta Fidei (6) indica, entre otras, esta tarea del cristiano: “con su misma existencia en el mundo, los cristianos están llamados efectivamente a hacer resplandecer la Palabra de verdad que el Señor Jesús nos dejó”. Se puede concluir que no existe otra razón para estar en el mundo, en medio del mundo, sino solamente la de emprender sin tregua y cada vez más plenamente “una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo” (Ibidem).

Esto implica nuevas cuestiones para nuestra reflexión: en el contexto de la primacía de la fe, ¿cómo debe ser, pues, nuestra consagración en medio del mundo ?

Admitimos que debe ser según el modelo de Cristo, que ha sido enviado por el Padre para que el mundo se salve por Él (cfr. Jn 3, 17). El tema de la consagración de Jesús en el mundo y para el mundo lo debatirá en la primera conferencia un teólogo italiano, el Profesor Paolo Gamberini, SJ.

Tratemos ahora de reflexionar un momento sobre un modo concreto de estar en el mundo. Nuestra reflexión inicia con una cuestión :

¿El mundo cristiano o el cristiano en el mundo?

La distinción entre el concepto de Iglesia que se esfuerza en construir un mundo cristiano y el concepto de Iglesia que se concentra en que en este mundo estén presentes cristianos auténticos y santos, no es un juego de palabras ni un ejercicio teórico. La respuesta a esta cuestión: cuál de los dos conceptos aceptamos como nuestro y en cual nos comprometemos, cambia totalmente el modo de existencia de la Iglesia en el mundo de hoy y provoca consecuencias importantes para nuestra vocación de laicos consagrados.

Durante más de diez siglos se ha tratado de construir en Europa un mundo cristiano. Este proceso inició con el edicto de Milán que reconocía el cristianismo como religión del Imperio romano. Esta tendencia, que unía la religión al poder, una especie de alianza entre el trono y el altar, entonces parecía evidente: dado que la salvación es, en realidad, el bien supremo, era menester hacer todo de tal manera que fuera accesible a cada uno. Un cierto fruto de esta manera de pensar fue un principio que reinó durante siglos en numerosos países europeos - cuius regio eius religio. Existir fuera de la Iglesia equivalía a existir fuera de la comunidad local; había lugares y períodos en los que el poder laico salvaguardaba los principios predicados por la Iglesia y vigilaba para que los individuos los pusieran en práctica. Con otras palabras, de una forma incontestada se practicaba algo que se puede comparar a lo que hoy sucede en numerosos países islámicos.

El deseo santo de salvación universal, unido a un deseo menos santo o incluso al postulado de que las normas y los principios eclesiales fueran protegidos por la ley del Estado, el deseo de construir un mundo cristiano permanece todavía presente y forma parte no sólo de una sola cultura, de un solo continente, o de un grupo particular en la Iglesia. Varias veces atraviesa también nuestros deseos, porque en su misma esencia parece justo, ya que está estrechamente unido al deseo de salvación, de un bien supremo, pues, para el prójimo, para la sociedad, para la nación,… Sin embargo, a veces el objetivo parece que se confunde con el método. No solamente queremos salvar a todo el mundo a la fuerza, sino que además lo hacemos de una sola forma, la mejor según nuestro modo de ver. Los deseos de una persona concreta pierden su importancia – nosotros sabemos mejor que nadie lo que ella necesita – porque ésta ha perdido e ignora lo que es bueno para ella. Es necesario no sólo decírselo, sino que es preciso organizar su vida en su patria terrestre de tal forma que no tenga ninguna posibilidad de perderse. Con frecuencia adaptamos la actitud de un padre con su hijo pequeño o la de un tutor con una persona que tiene una conciencia limitada, olvidando que tenemos ante nosotros una persona adulta, que tiene conciencia de sí misma. Una persona que tiene su propio tiempo y su propio proceso de maduración, a veces muy diverso del nuestro. En su amor paciente, Dios espera y ¿nosotros? Lo que tratamos de exigir en el interior de la comunidad de la Iglesia, es a veces también un conjunto de prácticas religiosas, una formación establecida de una forma muy rígida, etc., en nuestros Institutos. Ésta puede ser también una lista de comportamientos, de principios morales y sociales “que solos son justos” y que deben obligar a todo el mundo, independientemente del hecho de que los demás se declaren creyentes, y que tratamos de exigir (verbalmente o con hechos) en nuestros ambientes de trabajo o en nuestro entorno.

El concepto del mundo cristiano, así concebido y realizado, priva a la persona de su libertad y de su relación personal con Dios. La pertenencia a un grupo cristiano e incluso a un Instituto Secular, la observancia de reglas, el rezo de numerosas oraciones no convierte a las personas en cristianas, únicamente las hace miembros de un grupo social, que tiene unos principios, unas normas, unas prácticas y unas estructura determinadas.

Lo que hace que nosotros seamos o lleguemos a ser cristianos, es un vínculo real con Cristo, un vínculo asumido y profundizado de nuevo cada día. Es este vínculo, el que construye la identidad cristiana y el que, a su vez, suscita actitudes cristianas concretas en las que se puede encontrar un denominador común – la realización del mandamiento de la caridad. El objetivo no es, pues, esforzarse para que la ley en todas sus manifestaciones en mi entorno sea “cristiana”, sino que me ayude a mí y a los demás a observar los valores evangélicos. Lo que cuenta, es que nosotros, los creyentes, y mucho más como miembros de Institutos Seculares, seamos cristianos. Es cristiano quien observa los principios que provienen del Evangelio, los vive en la comunidad y los testimonia en la sociedad porque estos principios constituyen para él un valor, por lo que quiere imitar, de hecho, a Cristo, estar muy cerca de Él. Seguramente, un cristiano desea atraer a todos los demás a la imitación de Cristo, pero lo hace de la misma manera que el mismo Jesús: “si tú quieres…”, “ven y verás…”.

Es significativo que Benedicto XVI, el 28 de agosto de 2011, en su homilía dirigida a los participantes en un encuentro de sus antiguos estudiantes, y centrada en el tema de la nueva evangelización, juzgó necesario que dieran un testimonio claro de su fe, una irradiación de la fe. Y para dar un testimonio de la fe, no se comienza por la palabra, por la proclamación, sino por la escucha y la comprensión de la situación del hombre en el mundo de hoy, de su lenguaje y de su búsqueda, de su hambre de Dios y de la manera en que se expresa este hambre. No existe, pues, una escucha sin prestar atención a la persona, al mundo, sin entrar, siguiendo el ejemplo de la Encarnación, en este mundo, para compartir con él todo lo que es humano excepto el pecado, para compartir sus preocupaciones y esperanzas. Y esto implica una tensión. La Profesora, Señora Hanna Barbara Gerl-Falkovitz hablará de la vocación del cristiano en el mundo, de esta tensión constante inscrita en el hecho de ser cristiano(a).

Si éste no es un mundo cristiano, ¿cómo responder, pues, a las llamada de la nueva evangelización? ¿Cómo llevar el Evangelio al mundo que es el lugar de la realización de nuestra vocación?

El hombre – el camino de la Iglesia

La respuesta más sencilla me parece la dada por el bienaventurado Juan Pablo II en su primera encíclica, Redemptor Hominis: el hombre es el camino de la Iglesia. Tanto quien, como el hermano mayor de la parábola del hijo pródigo, permanece siempre con el Padre, pero sin ser capaz de alegrarse del regreso de su hermano, como el más joven, que partió a buscar sus propios caminos y que tenía necesidad de tiempo para volver (cfr. Lc. 15, 11-32). Uno y otro, cada uno tiene necesidad tiene necesidad de una atención diferente del Padre, de una cercanía diferente, de un acompañamiento diferente. En un mundo cristiano así como se ha formado, el más joven no habría encontrado un lugar para él. Aunque regresó por su propias fuerzas, ha pagado un amargo precio por su alejamiento. Parece que permanecería estigmatizado para siempre por su historia del partir y del extravío. Nuestra vocación nos dirige precisamente hacia estas personas, que permanecen fuera de las estructuras de la Iglesia; ella nos indica los lugares de encuentro “en las plazas de los gentiles”. El Papa Benedicto XVI nos lo recuerda con bastante frecuencia y el Cardenal Gianfranco Ravasi, Presidente del Consejo Pontificio para la Cultura, lo promueve.

A veces nos da la impresión de que la Iglesia en su dimensión jerárquica, mirando a los movimientos eclesiales o a las nuevas comunidades, expansivos y muy dinámicos, parece que se olvida de los Institutos Seculares o que los subestima. Parece que existe otra manera de evangelizar o de partir por los caminos del mundo para anunciar al Cristo que está “de moda”, pues parece que atrae lo que es impresionante, lo que se aprecia como éxito a nivel de irradiación. Nos deberíamos alegrar de que el buen Dios suscite en la historia diferentes carismas que tienen como finalidad la renovación de la Iglesia. A nosotros corresponde la fidelidad a nuestra vocación, sumergida en el misterio de la Encarnación. Voy a realizar una breve digresión personal. En el mes de febrero del presente año participé en un coloquio internacional Verso la guarigione e rinnovamento (Hacia la cura y la renovación), dedicado a los abusos sexuales en la Iglesia. Un momento fuerte lo constituyó una celebración penitencial por los pecados de abusos referidos a las víctimas. Esta celebración comenzó por la contemplación del misterio de la Encarnación. En la iglesia de San Ignacio de Roma, en la oscuridad, con el acompañamiento de una bella música, pudimos ver algunas diapositivas: la belleza del mundo, de la creación, y a continuación la destrucción: guerras, daños, dolor, sufrimiento. Una mirada al mundo lleno de tensiones, mirada/invitación a entrar en la perspectiva de la Muy Santa Trinidad, que terminó con el envío de Jesús al mundo, muy amado por Dios. Se puede decir que esa es la fuente que define nuestro modo de vida cuando decimos como Isaías: “Heme aquí, envíame”, envíame a tal o cual lugar sencillamente para ser cristiano allí, para ser un hombre que imite a Cristo.

Éste es nuestro camino: acoger al mundo no como un peligro a superar, sino como un lugar de testimonio cristiano, para “preguntar” - ¿qué dice la laicidad del mundo a nuestra consagración ? La acogida del mundo, entendido de forma positiva, como lugar de testimonio, resulta acogida de la verdad evangélica de que el Reino de Dios no es de este mundo, que nosotros estamos todavía caminando hacia el lugar en el que veremos a Dios cara a cara. El Reino y la realeza de Dios no es una utopía a realizar en esta tierra. Esta perspectiva escatológica permite ver que el tiempo en el que vivimos no constituye un peligro particular para el cristianismo, o un peligro para la Iglesia, sino que es para ésta un desafío, una oportunidad, una prueba de fe y de fidelidad a Nuestro Maestro y Señor.

Si es, pues, un desafío, una oportunidad, entonces merece la pena ponerse a la escucha de lo que el mundo nos dice: de los desafíos que nos presenta, de lo que nos enseña. Los representantes de los Institutos Seculares en sus Conferencias tratarán de considerar cuatro argumentos que nos han parecido importantes. Son los siguientes: el nuevo modelo de santidad, presentado por el Arzobispo Gerald Cyprien Lacroix, primado de Canadá; qué quiere decir: ser un laico en la Iglesia - … de Francia; nuevos modelos de comunicación – Ivan Netto, de India, y cómo la vocación cambia cuando el mundo cambia – Paola Grignolo, de Italia.

A modo de conclusión

Alguien ha dicho que “La profecía no es el abandono de la realidad para ir hacia un cielo místico y sagrado, hacia un futuro mítico que reproduce las ilusiones de la ideología. Según la enseñanza de los profetas bíblicos, la profecía es la fidelidad a la historia, a pesar de que uno apoya sus pies en los caminos terrestres, incluso si estos pies deben mancharse con el polvo del camino. La profecía es permanecer hijos de la propia época, sociedad, cultura, en las que se permanece sumergidos para ser padres de una generación nueva, que no está hechizada por el momento - no a causa de una inadaptación o de una rebelión, sino a causa de su capacidad de recrear este momento. La Encarnación, que constituye el corazón del cristianismo, es la cruz fijada en la tierra de la historia para reconstruir la ruptura entre la trascendencia y la inmanencia, entre el tiempo y la eternidad, entre el espacio y el infinito, y renovar así un nuevo encuentro entre el hombre y Dios” (pág. 112).

Deseo, pues, a cada uno de nosotros que se convierta en profeta – hijo de su propia época, que se convierta en padre de una generación nueva.


Nota de la CMIS: este texto es una traducción del original es en polaco.

La consagración de Jesús en el mundo y para el mundo

Padre Paolo Gamberini SJ

El término italiano «sacro» proviene del latín sacer, cuya raíz parece que está relacionada con el término acadio saqàru ("obstruir con barras, impedir"). En el griego la constelación de significados gira en torno a los términos de άγιος (grandeza, trascendencia y separación de lo divino), ίερός (hombres u objetos marcados de forma privilegiada por la influencia divina). Su raíz indoeuropea sac, sak, sag, significa unir, adherir, abrazar. De ahí brota el sentido de una realidad abrazada, vinculada a la divinidad. La etimología sugiere que el término puede contribuir a definir un lugar, un objeto, una función (sacerdote) o un acto ritualizado (sacrificio, consagración) que son «sagrados» en cuanto afirman al mismo tiempo inclusión/unión y exclusión/separación. Lo sagrado, pues, une y separa.

En la palabra «consagración» aparece la palabra «sagrado»: «consagración» significa, en realidad, hacer sagrado, unir una determinada realidad profana a la esfera de lo que es «sagrado». Este sentido aparece también en otra palabra relacionada con esta esfera de lo sagrado que es el sacrificio: sacrum facere, hacer sagrado una determinada realidad a través de su eliminación o aniquilamiento para que sea posible una comunión con la divinidad y la esfera de lo sagrado. Los términos sagrado, consagrar, sacrificio, sacerdocio, sacello (en italiano) expresan todos la misma dinámica. En la consagración se relaciona, más o menos íntimamente, con la esfera de la divinidad, con su misterio, una realidad no-sagrada que llamamos profana ( lo que está ante el fanum, es decir, ante el templo).

Lo sagrado es una estructura esencial de la religiosidad, dado que la experiencia humana de Dios es necesariamente mediata, es decir, obligada a pasar a través de algo que no es Dios, y este algo se convierte, por tanto, en evocador de lo divino, se hace, precisamente, sagrado, diverso, separado del uso profano, objeto de respeto, veneración y temor. Para entrar en contacto con lo divino el hombre separa de la vida - es decir, del mundo profano – gestos, personas, espacios y tiempos, y los llena de valor simbólico, considerándolos el lugar privilegiado del encuentro con lo divino. Se forma así el ámbito de lo sagrado, que encontramos en todas las religiones. El hombre considera «sagrado» el lugar, el tiempo y la persona donde se realiza su experiencia de lo divino. A causa de esta mediación simbólica, la realidad que se elige para mediar lo divino es asimilada por éste y se convierte en objeto de reverencia y de veneración (contrapuesto en general a profano).

Lo sagrado se refiere de forma especial a la religión. Prefiriendo el significado que le dio Lactancio (cfr. Divina Institutiones, IV, 28). La religión nos habla de un vínculo estrecho (el religare) entre el hombre y Dios. Al elaborar la gramática del religare (unir hombre y Dios, y los hombres en una comunidad de fe) lo sagrado ordena y predispone las razones del separar y del quitar. Separar y «tollere» (quitar): quien no comparte la dimensión de lo sagrado al que hace referencia una comunidad, permanece separado de aquella comunidad. Reglas y comportamientos de «pureza» e «impureza» expresan la gramática de lo sagrado.

En el ámbito de la filosofía de la religión, de la ciencia de las religiones, de las ciencias bíblicas y de la teología sistemática, con el término «sagrado» se designa todo lo que es venerado por el hombre como indisponible, experimentado como potencia de la que los hombres dependen totalmente. Las experiencias religiosas de lo sagrado pueden asumir formas muy diversas, pero se resumen preferentemente en dos formas opuestas: lo sagrado se puede percibir de forma desconcertante e imprevisible (tremendum), expresado en los testimonios bíblicos, sobre todo en las narraciones de las teofanías, donde el terror imprevisto y las iluminaciones fulgurantes revelan el aspecto luminoso de lo divino, presente en particular en la experiencia de la muerte; o experimentado de forma atrayente e implicativa, (fascinans) como en el viento y en la experiencia del amor .

Esta doble experiencia de lo sagrado está presente también en la revelación bíblica. Por una parte, la santidad de Dios, con sus atributos de trascendencia, inefabilidad e indisponibilidad, hace que el hombre se mueva con temor y tremor ante Él, en cuanto aquél está lejos y distante de Él. Por otra parte, esta misma santidad se comunica a lo que no es divino – al profeta, al consagrado, al hombre en general – con misericordia, perdonándole las culpas, y éste se siente atraído amorosamente por Él.

Esta doble experiencia la encontramos presente tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, aunque se ha de constatar que la experiencia que Jesús hace de lo sagrado constituye una decisiva superación de su latente ambigüedad. Esta novedad no siempre ha sido consiguientemente reconocida y asumida por los textos neotestamentarios y tampoco se ha convertido en praxis eclesial.

En realidad, en el Nuevo Testamento encontramos todavía las dos características fundamentales de la revelación de Dios del Antiguo Testamento: por una parte, el Dios de voluntad incomprensible y terrible, que prevalece de forma majestuosa en una luz inaccesible (Hb 10, 31; 1P 5,6; 1Tm 6, 16), punitivo, vengativo, supremo defensor y justiciero; mientras por otra parte, está el Dios-Abbá, dador de vida, perdón y amor, que ya no ama a los buenos y castiga a los malos, sino que ama a todos, porque todos son igualmente sus criaturas (Mt 5, 45): una imagen de Dios que escandaliza el mundo religioso del tiempo de Jesús.

La experiencia singular que Jesús vive de Dios se sitúa en el ápice tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. En Él lo sagrado es redefinido y liberado de su ambigüedad: las realidades fundamentales de la religión hebraica, pero también de cualquier otra religión en cuanto tal, como el sacrificio y la comprensión de lo que es sagrado, Jesús las interrumpe y las revive partiendo de su consagración.

Quisiera recorrer, pues, los momentos centrales de este itinerario cristológico: el bautismo, el ministerio prepascual y la pasión-muerte.

1. El bautismo

Los Evangelio narran este acontecimiento de la vida de Jesús en la forma de un midrash cristiano, un género literario típico del Antiguo Testamento, que nos da una interpretación de la identidad de Jesús. Dicho midrash tiene la función de responder al embarazo de los primeros cristianos que veían en el bautismo en el Jordán una subordinación de Jesús al Bautista y la constatación de que Jesús había tenido también necesidad de perdón y de conversión.

Nos podemos preguntar por qué Jesús decidió hacerse bautizar por Juan el Bautista. Es razonable afirmar, antes de nada, que a Jesús le había afectado el anuncio del Bautista y la invitación a la penitencia y conversión para el perdón de los pecados. A este punto, hemos de ver si el bautismo de Jesús, en cuanto bautismo de penitencia, implica que Jesús tuvo motivos para arrepentirse. Si así fuera, ello significaría que Jesús había tenido conciencia del propio pecado.

El gesto de Jesús revela el modo con que Dios elige estar en medio de los hombres: en el estar-con. Jesús no se limita a inclinarse ante los pecadores: está con ellos. Ya que precisamente está sin pecado, su solidaridad con la humanidad pecadora es total . Jesús, precisamente porque «está con» los pecadores, vive desde dentro, sin cometerlo, el pecado de ellos. Jesús puede tomar sobre sí el pecado, porque está sin pecado. Esto significa que la solidaridad de Jesús con el pecador llega hasta el punto de identificarlo como pecador (cfr 2 Co 5,21). El bautismo de Jesús es paradigmático, ya que nos ayuda a comprender cuáles son los elementos constitutivos de su consagración.

La "consagración" tiende a unir una determinada realidad profana con la esfera de lo que es "sagrado", pues ésta es una dinámica al mismo tiempo de exclusión/separación y de inclusión/unión. Ya por el reconocimiento fenomenológico del bautismo de Jesús, nos damos cuenta de que está ausente el momento de exclusión/separación. Jesús se identifica con los pecadores: plena solidaridad con aquella realidad profana, mejor aún desacralizante, que es el mundo del pecado y de lo impuro. Jesús está “con los pecadores” de forma no religiosa. No hay rechazo del mundo de los pecadores, sino un profundo hacerse prójimo y solidario.

La apertura de los cielos en la escena del bautismo (cfr. Mateo y Lucas) y el descenso del Espíritu indican el movimiento de identificación que la esfera de lo sagrado pone en Aquel que, a su vez, está identificado con los pecadores. «Mientras todo el mundo se estaba bautizando y Jesús, ya bautizado, se hallaba en oración, se abrió el cielo, bajó sobre él el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma, y vino una voz del cielo: “Tú eres mi Hijo; yo hoy te he engendrado”» (Lc 3,21-22). En esta teofanía bautismal el evangelista nos revela que el núcleo profundo de la experiencia religiosa de Jesús no es tanto una decisión o una orden, sino sentirse originados por un amor precedente y recibido.

2. La consagración prepascual

Durante cierto tempo, Jesús no sólo bautizaba, sino que también predicaba el mismo anuncio de Juan, incluso el mensaje social. A un cierto punto, sin embargo, sucedió algo que impulsó y motivó a Jesús a alejarse de Juan. Jesús dejó de bautizar y de anunciar el inminente día del juicio. ¿Qué le hizo cambiar idea, hasta el punto de tener que hablar de una radical conversión de Jesús? En realidad, a un cierto punto, los Evangelios testimonian que Jesús tenía el propio mensaje y se definía a sí mismo en contraste con Juan.

Sucede algo por lo que, a cierto punto, Jesús deja de bautizar, de ayunar, de hacer la oración ritual. Estas actitudes nuevas en Jesús de Nazaret enseguida saltan a la vista de la gente de Galilea (cfr. Mt 9,14-15; 11,18-19; Lc 11,1). De un estilo ascético de vida, centrado en el anuncio de la inminente ira de Dios, Jesús pasa a anunciar que el Reino de Dios ya ha llegado. El texto evangélico que muestra este radical cambio es el texto de Lucas, 11, 20 (Mt 12, 28). «Pero si por el dedo de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios».

Jesús era consciente que donde el Espíritu actuaba, allí hacía irrupción el Reino de Dios. El Evangelio apócrifo de Tomás afirma lo siguiente claramente: «Jesús dijo: el que está cerca de mí está cerca del fuego, y quien está lejos de mí está lejos del Reino» (Evang.Tom 82).

Y precisamente al inicio de su ministerio Jesús adquiere conciencia de su consagración. «Se olvida con frecuencia que la expresión “Jesucristo”, en la que los cristianos han encerrado su fe, significa “Jesús el consagrado”. Él mismo se ha definido así en la sinagoga de Nazaret (Lc 4,16 siguientes), citando un paso del profeta Isaías (61,1-2): "El Espíritu del Señor está sobre mí; por esto me ha consagrado y me ha mandado a anunciar la buena nueva a los pobres” » .

La experiencia del Espíritu, que actúa en Él, ha comportado un cambio tan radical en la vida de Jesús, que por aquel es empujado hasta los últimos miembros de la sociedad. Los enfermos, los pecadores, y los endemoniados, son los destinatarios directos del Reino. Esto lo aprende Jesús en su experiencia y en su ministerio. Jesús espera la venida del Reino de Dios y no la venida de un bautizador mesiánico. Si el bautismo de Jesús en el Jordán constituye el cambio de la vida privada de Jesús a la vida pública, el ministerio de curación y de exorcismo constituye, en cambio, el cambio radical en la vida pública de Jesús.

La pregunta que Juan Bautista dirige a Jesús muestra claramente la diferencia entre el modo con el que el Bautista esperaba el Reino escatológico y la experiencia de Jesús. Lo que Jesús cumple y afirma, lamentablemente no entra completamente en el esquema del Bautista; éste esperaba al bautizador mesiánico, en cambio tiene ahora a alguien que es amigo de los publicanos y de los pecadores. ¿Por qué continuar bautizando a la gente para el perdón de los pecados, de tal forma que puedan huir de la ira inminente, cuando los enfermos, los pobres y los pecadores son visitados directamente por la misericordia de Dios sin la venida de la ira de Dios? No se dirige, pues, la atención al hombre que hace penitencia, sino al amor de Dios que usa misericordia y sana de nuevo su criatura.

El advenimiento del Reino no está vinculado sólo a su obra taumatúrgica, a los milagros y a las Palabras de Jesús: en el centro está su persona. Quien encontraba a este Jesús, se encontraba cara a cara con el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob. «Para los contemporáneos de Jesús el encuentro con Él era una invitación al encuentro personal con el Dios viviente, pues aquel hombre era personalmente el Hijo de Dios. El encuentro humano con Jesús es el sacramento del encuentro con Dios » . La experiencia de Jesús, en este sentido, es la realización suprema y, por eso mismo, fuente y norma de todo encuentro con Dios. En los gestos y en las palabras de Jesús de Nazaret se está tan cerca del Reino de Dios, que encontrando a Jesús se realiza la experiencia del mismo Dios.. «Como el Padre me amó, así también os he amado yo a vosotros» (Jn 15,9).

Jesús se comprende totalmente partiendo del amor de Dios y partiendo de este amor propiamente eksiste. Cuanto más Dios Padre se hace cercano a Jesús de Nazaret, tanto más el ser de Jesús se vacía para dejar espacio a la βασιλεία.

La expresión de Juan (1,18) «ό ών έίς τόν κόλπον τοΰ πατρός » indica un
movimiento en el puesto (έίς τόν κόλπον ): se trata de un permanecer dinámico en el seno del Padre. Su ser hombre consistía en la libertad de no querer ser nada para sí. «Jesús es un hombre unificado, totalmente encaminado hacia una sola dirección. Tiene un solo interés, no muchos. Tiene una sola palabra que pronunciar, no muchas […]. Jesús es una persona unificada, que se dirige siempre al centro, y de este centro habla y no de otra cosa » . El ser de este hombre era más bien el acontecimiento de un olvido de sí que supera cualquier atención hacia sí..

En su radical «proexistencia», Jesús revela la modalidad de su consagración. Es el ungido del Señor, es decir, el «testimonio fiel», pues Jesús hace visible al Dios inefable e invisible. «Si yo diera testimonio de mí mismo, mi testimonio no sería válido, otro es el que da testimonio de mí, y yo sé que es válido el testimonio que da de mí » (Jn 5,31); «Aunque yo dé testimonio de mí mismo, mi testimonio vale, porque sé de donde he venido y a donde voy » (Jn 8,14). La diferencia entre los profetas del Antiguo Testamento y Jesús de Nazaret consiste en el hecho de que éste último es el «testimonio fiel» (cfr Ap 1,5), el revelador de Dios: «el dirigirse de Jesús al mundo no es sólo la consecuencia de su dirigirse a Dios, sino su continuación, su visible transparencia» .

El ser tal no viola la estructura reveladora de la revelación bíblica. Jesús no se sustituye a Dios; no se coloca al lado de Dios y no se pone en el puesto de Dios, usurpando su dignidad: Jesús revela el origen del Amor del Padre y precisamente en esto “es” Hijo. Jesús no da testimonio de sí mismo, sino dejando que sea Dios Padre el que ama por Él y a través de Él. «Si [Jesús] acogió a publicanos y pecadores, es porque de esta forma quería revelar quién es Dios (Lc 15): no sólo un gesto de salvación en favor de los pecadores, sino antes y más profundamente un gesto de revelación » . Cuando Jesús pronuncia «Yo soy» sólo quiere manifestar a Aquel que lo ha enviado: el Padre. «Cuando Jesús pronuncia, pues, el έγώ είμι no revela en primer lugar a sí mismo sino al Padre (cfr. Jn 8,24s) » . Lo que se afirma del decir y del hacer de Jesús -«yo no hago nada por mí mismo, yo no digo nada por mí mismo, sino que como el Padre me ha enseñado y como hace el Padre, así yo hablo y actúo » -vale todavía más para el ser de Jesús: «Yo soy» en cuanto relacionado con el Padre (πρδς του θεόυ).

3. Consagración como apertura al otro

La nota característica y la mínima base histórica de la auténtica tradición sobre el Jesús prepascual nos atestiguan que Jesús ha tenido un amor preferencial por todos los que se encontraban al margen de la sociedad de su tiempo: los enfermos y los endemoniados, los publicanos y las prostitutas, los pequeños y los pobres. Aún más, Jesús está abierto al otro también en términos de cultura y religión, es decir al pagano. En algunos encuentros (cfr. Mc 5,1-20; Mc 7,24-30; Lc 17,11-19) Jesús supera el propio límite confesional y misionero (no-hebreo) y se deja guiar en la comprensión del Reino de Dios por quien se encuentra fuera del pueblo elegido. «En estos pasos Jesús se muestra como alguien que es capaz de superar confines y construir puentes » .

Es interesante notar, a este respecto, el papel de los samaritanos en revelar la identidad de Jesús y lo que es la verdadera fe.

La apertura de Jesús al otro es más evidente con relación a aquellos que eran enemigos de Dios: los pecadores. Jesús se vació de sí mismo totalmente hacia éstos que se definió a sí mismo con relación a ellos: «Amigo de los pecadores» (cfr. Mt 11,19). Ofreciendo el perdón sin hacerlo preceder con el arrepentimiento, Jesús viola las exigencias morales impuestas por la Ley. La acción de Jesús de comer con los pecadores simboliza la prioridad de la misericordia de Dios (indicativo) en el juicio y la ira de Dios (imperativo).

Jesús ha ofrecido a los publicanos, a las prostitutas y a los pecadores la participación en el Reino de Dios, mientras éstos todavía eran pecadores (cfr Rom 5,8). En este compartir la mesa, Jesús va más allá de una sencilla simpatía hacia aquellos que están fuera de toda relación. Jesús realiza su consagración haciéndose una sola cosa con el destino de quien es “otro” y “otro-distinto de Dios”. Haciéndose pecador con los pecadores, publicano con los publicanos, Jesús libera al pecador y al publicano de lo que constituye la esencia del pecado, es decir, la no-relación, el aislamiento infernal en el que el hombre se encuentra. Jesús ha cargado con todos los que vivían en el infierno y en la muerte. «Él tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades » (Mt 8,17).

El Nuevo Testamento expresará esta identificación de Jesús con el otro con las expresiones: «peri emon» y «peri pollon». «Pablo llama este intercambio con el nombre de “reconciliación” (katallage). El término griego contiene el adjetivo alias (otro); reconciliación significa, pues, un hacerse-otro» . Dios reconcilia a los hombres, realiza comunión con el hombre, haciéndose hombre: haciéndose otro.

4. La entrega de Jesús en su pasión y muerte

Toda la existencia de Jesús ha sido dejarse determinar hasta el final por el amor de Dios Padre: es Él, el Abbá, quien le determina la vida y la muerte (cfr. Mt 26,38). Jesús sabe que está constituido por el Reino-que-viene, es decir, es muy consciente de que su vida y su muerte tienen su sentido definitivo en la esperanza escatológica. «Yo os aseguro que ya no beberé del producto de la vid hasta el día en que lo beba nuevo en el Reino de Dios » (Mc 14,25); «Os digo que, a partir de este momento, no beberé del producto de la vid hasta que llegue el Reino de Dios» (Lc 22,18). «Su firme confianza incluye la disponibilidad a acoger de las manos de Dios esta muerte » . Jesús ha sido el «testimonio fiel», pues se ha entregado total y radicalmente al amor del Padre (cfr. Lc 23,46). «Sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo » (Jn 13,1).

En el Nuevo Testamento encontramos un verbo que vincula en una unidad los Evangelios y la primitiva interpretación de la muerte de Jesús elaborada por el Apóstol Pablo. Este verbo permite comprender más íntimamente en qué consiste el secreto de la consagración de Jesús. Se trata del verbo "entregar" (παραδιδόναι) . El verbo “entregar”, en latín “tradere”, encuentra en Mateo 26, 46-47 el significado de traición. Jesús es entregado a Judas; Judas entrega a Jesús a los Sumos Sacerdotes (Mc 14,10) y a los escribas; éstos lo entregan a Pilatos (Mt 27,1); Pilatos entrega a Jesús a los soldados (Mt 27,26); los soldados entregan a Jesús a la cruz (Mt 27,31). Los evangelistas subrayan, sin embargo, que Jesús no es pasivo en esta sucesión de entregas: «el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos » (Mt 20,28). También Marcos, Lucas y Juan subrayan la libre y consciente autoentrega de Jesús: «yo doy mi vida… tengo poder para darla » (Jn 10,17). En Gálatas 1, 4; 2, 20 y en los textos deuteropaulinos Ef 5,2.25; Tt 2,14 y 1Tm 2,6 Cristo es el sujeto que dona todo lo que ha recibido de Dios Padre (Mt 11,27). «Entregó el espíritu» (Jn 19,30).

El Espíritu recibido en el bautismo en el Jordán es ahora entregado en el bautismo del Gólgota. Jesús sumergido en las aguas profundas de la muerte, emerge de nuevo y «en cuanto salió del agua vio que los cielos se rasgaban y que el Espíritu, en forma de paloma, bajaba a él. Y se oyó una voz que venía de los cielos “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco» (Mc 1,10-11). Ahora el Espíritu que brota de la muerte de Jesús es derramado sobre toda persona, «y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán, y vuestros jóvenes verán visiones, y vuestros ancianos soñarán sueños. Y también sobre mis siervos y mis siervas derramaré mi Espíritu y profetizarán » (Hch 2,17-18). Donándose a sí mismo “por nosotros” revela el fin de su consagración. Juan afirma al inicio de su Evangelio: «Porque tanto amó Dios al mundo que dio (έδωκεν) a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar el mundo, sino para que el mundo se salve por él » (Jn 3,16-17). «Si Dios está por nosotros ¿quién contra nosotros? El que no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó (παρέδωκεν) por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con él graciosamente todas las cosas? » (Rm 8,31-32).

5. Consagración como sacrificio de Jesús

La palabra “consagración” significa hacer sagrado, unir una determinada realidad profana con la esfera de lo que es “sagrado”. Este sentido, decíamos , aparece también en la palabra “sacrificio” sacrum facere, hacer sagrada una determinada realidad a través de su eliminación o aniquilamiento para que haga posible una comunión con la divinidad y la esfera de lo sagrado. Los términos consagrar, sacrificio y sacerdocio, se relacionan mutuamente en esta dinámica.

Esta terminología de consagración permite a Jesús evidenciar su donación, especialmente a través de los Cantos del Siervo del Señor y la cena pascual . En particular Isaías 53 ha desempeñado un papel efectivo en la comprensión que Jesús ha dado de toda su vida, sobre todo partiendo del momento en el que sintió como inminente la posibilidad de morir violentamente. Ofreciendo su vida por muchos, Jesús realiza el ser–para, la proexistencia del Siervo. Encontramos aquí dos categorías soteriológicas fundamentales, que tomaremos de nuevo en el tercer punto: la expiación y la vicariedad, con base en la cual la consagración de Jesús revela su definitiva dimensión del ser-para . En el signo del pan y del vino Jesús ha interpretado la propia muerte. Con estos símbolos Jesús expresa su “Heme aquí”: éste es mi cuerpo, esto soy yo-por vosotros.

Esta terminología de consagración y de expiación vicaria está bien expresada en la Carta a los Hebreos (5,7-9; 9,11-14) . A diferencia del rito de la expiación, en el que el oferente se identificaba a sí mismo con el animal a sacrificar para encontrar comunión con el Santo, en la consagración de Jesús, es el mismo Dios quien se identifica con Jesús de Nazaret (Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco) y éste con los pecadores entregándose a ellos.

En esta inversión de dinámica se revela la novedad de la consagración de Jesús. Ya no está comprendida ni en una lógica de “rito expiatorio”, en el que el pecador debe ofrecer sacrificios para obtener el perdón de los pecados, ni en una lógica de “macho expiatorio”, en la que el inocente es la víctima de los pecadores. Así como en la superación del rito expiatorio no es el pecador sino que es Dios quien se identifica con la víctima sacrificial, así en la superación de la dinámica del “macho expiatorio” no es el pecador quien descarga la propia muerte sobre el inocente –pasivo y obligado por la violencia del pecador- sino que es el inocente quien se entrega activa y libremente.

La consagración de Jesús trae consigo un potencial revolucionario, pues expresa una solidaridad vivida hasta las extremas consecuencias, en cuanto no es sólo la simple participación en los sufrimientos de los demás, sino la asunción del destino, de la historia y del ser de los otros. Pero esta solidaridad se vive en el olvido de sí en las manos de Dios Padre. Sin esta entrega en las manos de Dios Padre no hubiera sido posible para Jesús estar fuera del círculo diabólico de la violencia religiosa que impone a los hombres sacrificios para volverse a unir a lo Sagrado. Jesús toma sobre sí lo que es de ellos (pecado / muerte) para donarles lo que es suyo (perdón / vida). «[Jesús] por el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios » (Hb 9,14). Jesús es consagrado, pues es el que dona el Espíritu. El Espíritu que ha recibido en el bautismo en el Jordán es ahora entregado en el bautismo del Gólgota. Ahora bien, el Espíritu que brota de la muerte de Jesús es derramado sobre toda persona para el perdón de los pecados (cfr. Jn 20,22).

La consagración de Jesús nos solicita a redefinir nuestro concepto de sagrado, haciendo ya superflua y todavía más contradictoria toda exigencia de sacrificios, a causa del sentido de culpa, para restablecer la comunión con el Santo. «Misericordia quiero y no sacrificios, porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores» (Mt 9,13). Ahora la relación, la re-ligio, con lo sagrado no acontece a través de la negación de la vida, a través del rito de un sacrificio, sino en el reconocimiento del don y su redundancia. El Señor no espera que los hombres le ofrezcan algo, sino que Él mismo se ha hecho don para nosotros. Ya no son los hombres los que deben ofrecer a Dios, sino que es Dios quien se ha ofrecido a los hombres, y Dios se ofrece donando su misma capacidad de amar.

Termino con las palabras de San Ignacio de Loyola en la Contemplación para obtener el amor, en el n. 234: «examino con mucho amor cuanto Dios nuestro Señor ha hecho por mí y cuanto me ha dado de lo que tiene; y luego cuanto él desea darse a mí en todo lo que puede, según su divina disposición. Por tanto, reflexiono sobre mí mismo, considerando qué es razonable y justo que yo, por mi parte, ofrezca y done a su divina Majestad, es decir, todas mis cosas y yo mismo con ellas, como quien ofrece con mucho amor y dice: «Toma, oh Señor, y acepta toda mi libertad, mi memoria, mi inteligencia, mi voluntad, todo lo que tengo y poseo. Tú me lo has dado; a ti, Señor, lo devuelvo. Todo es tuyo: de todo dispón según tu plena voluntad. Dame tu amor y tu gracia y esto sólo me basta».


Nota de la CMIS: este texto es una traducción del original en italiano.

En el mundo, pero no del mundo.
Reflexión sobre la constante tensión de ser cristiano

Hanna-Barbara Gerl-Falkovitz

1. Dos mundos: un camino de reflexión con Hildegard von Bingen

Donde está Cristo, se produce una tensión. Ésta puede vibrar suavemente, pero también puede inflamarse en una lucha mortal, porque Cristo no ha traído la paz, sino la espada. Por una parte, Él es – de modo ineludible – el Señor de todo, de todos los seres humanos, de todos los ángeles: “Todo ha sido hecho por Él” (Jn 1,3). Por tanto todo lleva su huella, está totalmente impregnado de Él. Por otra parte, todo puede también cerrarse a Él y sobre todo, lo que es particularmente terrible, por aquella fuerza que Él ha puesto en la creación: la independencia, la autonomía-viva, la libertad. Esta fuerza de ser sí mismo que ya actúa en los seres que Él ha creado, que se hace explícitamente visible precisamente en “ser imagen y semejanza (de Dios)”, de forma incomprensible puede volverse contra él. “Siempre tenemos en la boca el sabor de la manzana del paraíso” , afirma Hildegard von Bingen (1098-1179), el sabor de la rebelión, de la autodestrucción. Esta gran benedictina, que en el mes de septiembre de este año será proclamada doctora de la Iglesia, ha echado una mirada profunda a los “dos mundos”, entre los que oscilamos.

Existen, en realidad, dos mundos diversos: el creado por el Verbo que es su “propiedad” (Jn. 1,3) y el que se separa de su ser amado y quiere pertenecer a sí mismo (aunque en realidad no sea posible). Y aquí se desarrolla el drama de Jesús, la historia dramática del Hijo del hombre, que se anonada porque su “propiedad” se repliega en sí misma.

Indicamos con las vigorosas palabras de Hildegard el espacio que Dios no pudo, ni quiso fijar en la creación: el espacio en el que las criaturas reconocen espontáneamente el propio origen. En esto reside y siempre residirá la posibilidad de la herida originaria. Si Dios hubiera excluido esta propensión a la libertad, tendría ante sí, en vez de seres humanos, (y ángeles), productos, imitaciones, seres privados de voluntad – pero ¿quién desea ser amado por autómatas? Precisamente porque Dios no era un propietario de esclavos, no creó esclavos. Al menos una consideración nos puede guiar en la profundidad de este problema complejo: El amor real sin límites, su Amor, anhela la libertad, anhela la soberanía del otro – y ésta es su vulnerabilidad. Límite no de su omnipotencia, sino límite del amor construido desde el interior. “Con el poder de tu infinito y sobremanera magnífico poder, Tú no aplastas a nadie” . En esto consiste el lado descubierto de Dios y del ser humano: la posibilidad de herir el amor originario, resistir a ser amado, rechazar el amor recíproco. En vez de decir Tú y Yo, el ser humano (también el ángel negro) dice sólo Yo, y Yo únicamente. Hay en nosotros una voz que dice: “¿Por qué debo preocuparme de otro que no sea yo mismo? (…). ¿Qué vida sería ésta, si quisiera responder a todas las voces de alegría y de tristeza? Yo sólo conozco mi existencia” . Esto es lo que sucedió precisamente a Lucifer y a las criaturas como él, “que querían ser algo por ellas mismas. En realidad, cuando vieron irradiar en su plenitud el propio grandioso esplendor y la propia resplandeciente belleza, se olvidaron de su Creador” . Esto se repite de forma terrible también en el ser humano, “que, presuntuoso, se da a sí mismo la ley, como si él fuera su propio dios (…); y después pisotea en sí aquel amor con dolorosa amargura” .

Alejado del lenguaje religioso y considerado comúnmente, este texto tiende sólo al olvido del propio origen y al repliegue en sí mismo (curvatio animi, llama San Agustín al pecado). Precisamente las fuerzas que se nos han dado, es decir, poder y autonomía, nos inducen a separarnos de Quien nos las ha dado. “Cuando se despertaron en la propia luz, me olvidaron” . El embriagarse de la propia luz se expresa normalmente con una expresión más bien aburrida y abstracta de alejamiento de Dios. Concretamente, con ello se expresa la innegable verdad de que no provenimos de nosotros mismos y que cada intento de provenir de nosotros, con el tiempo, termina mortalmente.

“Así toda la naturaleza humana está falseada y crispada” . No se puede eliminar la sospecha que Nietzsche ha expresado de forma muy cruel – según muchos - en sus malévolas reflexiones: donde está Dios, no puedo estar yo. Y este rechazo de Dios a favor de la propia fuerza es la característica obscura del siglo pasado. “Así el alma se suicida si no intenta agarrarse a Dios” .

En la creación existe, pues, un lado descubierto. Debe estar no protegido, porque Dios no lo quiere seguro, pues, en caso contrario, sorprendentemente haría daño a su criatura. El mismo ser humano – si Dios le impusiera su voluntad para “ayudarlo” - debería guardarse y evitar cualquier intervención.

Es necesaria, pues, una larga y denodada lucha para llegar a la verdad sobre nosotros mismos. ¿Dónde está la verdadera fuente del poder? ¿Dónde se excluye uno mismo de cualquier poder – lo que con otras palabras equivale a la castración? Precisamente, como están castradas las sociedades, a las que se les ha cerrado el cielo. “Cuánto ha deseado la criatura el beso del Creador…” – y sin embargo se opone a Él. Consideremos también, con la ayuda de la antropología filosófica, este siempre activo mysterium iniquitatis.

2. El mundo del amor de sí y de la violencia

Según todas las investigaciones antropológicas, la agresividad es un instinto elemental. Esto significa que – como todos los instintos – también éste es necesario para conservar la vida: es poder propio, fuerza vital, plena y profunda afirmación de sí. Pero al mismo tiempo es evidente también un lado oscuro: la voluntad de imponerse a costa de los demás. Y la agresividad de este género es inherente a todo lo que vive, ya se trate de la planta que invade las otras para tener bastante luz, o de un animal que mata a otro más débil, aunque sea de su misma especie, o del ser humano que desde la infancia aprende a imponerse a costa de los demás. Es una ley de todo lo que existe, expulsar al otro, alimentarse del otro, someter al otro para crecer, e incluso eliminarlo.

Las religiones lo saben mucho antes que la psicología del profundo: el deseo de vivir y el miedo, la culpa y la vida, están indisolublemente unidas en su profundidad. San Agustín, el gran pensador del antiguo cristianismo, llamó a esta realidad inextricable “pecado original”: una explicación de la existencia con una sencilla mirada. Arthur Schopenhauer hablaba de una “grave culpabilidad del género humano por su mera existencia” , que se encuentra igualmente en el cristianismo, Brahmanismo y Budismo. Mientras tanto, el concepto de pecado original es muy discutido. “Sin embargo, sin el más incomprensible de todos los misterios, nosotros permanecemos incomprensibles a nosotros mismos” escribía Pascal. La vida se ensaña contra la vida, vive de la muerte de los demás. En este tejido instintivo están sumergidos todos – pero ¿se puede dominar esta agresividad natural? ¿Cómo trasformarla constructivamente en fuerza vital?

Para ver más claramente el poder de la violencia, de la que vive “el mundo”, se ha de profundizar el misterio de la vida, en la que la violencia está ínsita.

3. El doble rostro de la vida

La vida tiene un doble carácter, desconcertante y al mismo tiempo inagotable : por una parte, es “dada” siempre, no elegida (ni siquiera dentro de sus límites impuestos); por otra parte, es dada a sí misma y se puede vivir autónomamente. Vida, pues, como don y vida como posesión. Y en este último caso está evidentemente una raíz decisiva de la agresividad: defender contra los demás la vida como propiedad, ampliarla, imponerla, aunque sea necesario causando daño a los demás. La agresividad como defensa, debido al miedo inconsciente de no obtener bastante de la vida.

3.1. Vida como don originario

La vida tiene conciencia de sí misma sólo desde el “exterior” en su realizarse en los hombres y en las cosas, no se puede entender sino mediante “algo vivido”. Sin embargo, con esto se abre a la reflexión una vida fundamental: hacer o soportar provienen de un inmediato “interior” que nadie tiene conscientemente ante la vista, pero en el que todos se mueven constantemente. Esto significa que nosotros “vemos” nuestra vida no como la base viva y radical de la existencia, pero ella se realiza originariamente de forma pre-reflexiva “por sí misma”. De esta forma este fundamento se esconde en una “noche” inescrutable; nosotros somos nocturnos para nosotros mismos. Precisamente como el ojo que ve todo, pero no se ve a sí mismo.

La vida no se “hace” y no se puede absolutamente “hacer” – ni siquiera empíricamente -, sino sólo mantener y transmitir. Incluso cuando – usando una fea expresión – los padres “hacen” un hijo, el proceso de engendrar y concebir comprende mucho más que un hacer biológico: también los padres deben en primer lugar aprender a conocer al niño, (de forma incompleta), en su propia realidad de vida; no es un “producto” suyo estudiado. También la fertilización in vitro, así como la clonación, se sirven de materiales vivos preexistentes. La cadena de la vida atraviesa las generaciones, no se instaura nuevamente cada vez desde cero. La vida es un don originario, en sí misma incomprendida, incomprensible, inalcanzable, incluso antes de cualquier aceptación.

La vida no está, pues, sencillamente disponible, llega sin ser llamada, mejor: viene en plenitud. La misma vida es plenitud, es el llegar al sí ya cumplido. La vida nace del hecho originario del ser donada a sí misma. Y no se difunde con parsimonia, ni se mide mezquinamente, sino que, al contrario, se realiza constantemente como una creatio continua, cuya plenitud la podemos esperar también en el futuro.

El núcleo “nocturno” es la característica de la vida, sencillamente es dado: salto desde el origen, vida desde la vida originaria. Escapa y resulta incomprensible, como también nosotros resultamos incomprensibles a nosotros mismos. Nuestro origen es inmemorial, no podemos recordarlo.

3.2. La vida como autonomía

Por otra parte, aunque venga donada, sin embargo es innegablemente autónoma: es dada a sí misma como crecimiento (natura significa lo que nace de sí mismo). Saliendo de ella misma, interviene en el mundo, de ella obtiene por su propia actividad los “materiales” para existir. Ya en el respirar participamos constantemente de lo que nos rodea, igual que en el comer, en el beber,… De donde quiera que provenga la vida (y todavía no hemos respondido a la pregunta sobre el donante), se trata de un don del ser sí mismo; es decir: don de una fuerza propia, que se transmite a sí misma. Desde su inagotable, inescrutable inicio, la vida, en realidad, se pertenece sólo a sí misma. Esto resulta evidente con la siguiente imagen: cuando una candela encendida enciende otra, la segunda llama quema por sí misma, aunque debe su existencia a la primera. Es propio de la grandeza del don de la “vida” el hecho de que ofrece libremente su colaboración. Ser sí mismos no es un hurto de Prometeo, sino un don. El ser dado y el darse a sí mismo no se excluyen, pues: la misma autonomía es dada. La vida interviene autónomamente en el mundo y ahí se percibe a sí misma, incluso en la propia libertad. Así el núcleo vivo se trasforma en “ego”, en punto de referencia del mundo, de las cosas, de los seres humanos en el “cuidado” de sí mismos. Esto no es un “menoscabo”, sino que más bien este movimiento configura lo que es vivo.

3.3. La vida como posesión

La culpa “óntica“ del mundo

Precisamente por su invisibilidad, el don de la vida también se puede pretender egoístamente, de forma ingrata y distraída, En esto se encuentra el germen de posibilidades obscuras: en el tomar con arrogancia y sin interrogarse (al pobre se le quita incluso el único cordero que tiene), en el dar de forma interesada (do ut des: yo doy para que tú me des), en el intercambio que procede de una excesiva ventaja escondida en detrimento del otro, o radicalmente: en el tener para sí el “don de la vida”, sin transmitirla engendrando. Esta autoafirmación de la vida, esta fuerza de gravedad ingrata y sin escrúpulos, se puede llamar así: vivir la propia vida como posesión, de forma agresiva y avara. Como una posesión que se ha de aumentar constantemente y se ha de defender como propiedad. Dado que la existencia en su previsible finitud “no se basta” a sí misma, tiene necesidad de la posesión como de un aparente baluarte contra el fin y la “pérdida” (¡palabra llena de significado!) de la vida, hasta que la última pérdida, la muerte se hace inevitable. ¿La existencia insegura no obliga quizás a la posesión? ¿A ignorar al otro e incluso a eliminarlo?

Agresividad, pues, a causa de un miedo secreto: que no basten las provisiones, que la vida no se viva plenamente, que el otro tenga más y que me prive de algo o que incluso me tome precisamente algo,… A esto se une una reflexión que va más allá: como con frecuencia sucede, la culpa individual tiene sus raíces en un profundo trastorno. Porque ya está presente en la vida, casi naturalmente, mejor aún inevitablemente, un desorden: en el sentido de una “codicia”, dispuesta a actuar en la vida, necesaria. Y con ello llegamos a la agresividad pre-culpable, a la culpa “óntica” pre-moral. De esto hablan muchas religiones en los mitos y en las imágenes, y precisamente a nivel de existencia global. Uno de dichos mitos trágicos es el de Edipo, cuya “culpa inocente” se cumple con el homicidio del padre y con el incesto con la propia madre. Ésta es la experiencia del “mundo”, también en el sentido del Evangelio de San Juan: todos estamos inevitablemente insertados “en el mundo”, en el modo de vida egocéntrico que le es propio, sin poder escapar.

Un famoso documento de los presocráticos, el fragmento 110 de Anasimandro (siglo 5 a. C.), tiene como tema la culpa incluso de las cosas: “Las cosas se castigan, y pagan recíprocamente el castigo por sus injusticias (adikias) según la disposición (taxin) del tiempo”. Esta notable afirmación conduce a interpretar la agresividad como una culpa ontológica: debida a la misma existencia . Porque el nacimiento y el desarrollo de todas las cosas ocupa en realidad espacio, rechaza otras, mejor aún, se nutre de otras, eventualmente las elimina para poder existir a su vez. Sin embargo, según Anasimandro, “la disposición del tiempo” anula la tendencia agresiva, en cuanto el tiempo obliga a todo a pasar, a desaparecer y al olvido. Lo que más lejos está de la moderna conciencia de inocencia, es esta singular implicación incluso en la “culpa” de plantas o animales. “Todo lo que vive en el seno de la naturaleza ha nacido a expensas de otro y un día deberá ceder su puesto a este otro. La naturaleza engendra y destruye y no le importa qué engendra ni qué destruye, basta que la vida continúe (…)” . Así la vida arrecia contra la vida, arroja la vida en la muerte, la propia vida y la de los demás. Lo que vive tan ávidamente sólo puede cosechar horror. Santo Tomás de Aquino, contemplando la creación, habla de una discordia naturalis, de una lucha natural, en la que no se trata sólo de conquistar espacios vitales propios, sino directamente de destruir al otro devorándolo o siendo devorado – de una naturaleza, “con dientes y garras rojas” (Alfred Tennyson (1809-1892). No existen excepciones a la ley de hacer sufrir a los demás, de tomar la fuerza vital del otro sin pedirla. Reinhold Schneider (1903-1958), importante escritor católico alemán, al contemplar, hacia el final de su vida, las “técnicas” de los insectos cuyas larvas devoraban lentamente a sus huéspedes desde el interior, recae, hacia el final de su vida, en la incredulidad de su juventud .

Con ello se explica el estrecho vínculo objetivo entre culpa y religiones, que practican, según las ramas, con múltiples y diversos modos y formas, el rito de la liberación colectiva de la culpa. Por tanto, las religiones no se pueden sencillamente suprimir con la crítica religiosa, como si fuera suficiente su anulación iluminista para llegar a la desaparición de su “pendant”, la culpa. Dado que la culpa “óntica” no es una invención de una moral decadente, sino un estado (pre-consciente constante), si se suprime superficialmente la culpa, ésta, “procede por meandros”: la culpa cambia las propias formas fenomenológicas, se disfraza de forma monstruosa. En el Proceso de Kafka, el acusado, Josef K. nunca sabrá el motivo de su acusa; pero la causa es clara: sencillamente es culpable. Dicha culpa “óntica” se ha perdido, desde hace tiempo, en la conciencia iluminada, pero no ha desaparecido del desorden del mundo.

En este contexto se aclara la característica propia de la expresión pecado original, que inicialmente parece una particularidad del Cristianismo en la exégesis del Génesis. A un examen más atento, la decadencia de la existencia (y no sólo de la humana) se expresa a un nivel más o menos simbólico y está presente en las culturas y en las religiones más diversas; en el “análisis” de esta decadencia, incluso si se realiza a nivel narrativo-mítico, se asemejan bajo el aspecto objetivo grandemente. El “pecado original” se entiende en la tradición bíblica a un nivel humano-preindividual y expresa la capacidad de cometer una culpa que se presenta bajo la forma de voluntad propia, natural-agresiva, de imponerse. Se manifiesta y se activa sobre todo en el espacio interpersonal, en cuanto verdadero lugar del error. Las explicaciones ingenuas de una culpa biológica o genética o heredada biológicamente son equivocadas; se trata más bien de un peligro para las relaciones humanas. Ser recíprocamente culpables significa, en la acepción más sencilla, poner el propio Yo contra al del otro. Sin embargo, esto sucede precisamente a nivel preconsciente-natural: en la preservación del Yo contra el Tú, en su instrumentalización para fines propios, en el rechazo del contacto y en la eliminación de su propio campo. Queremos que el Tú se convierta en un indefinido, en una contraparte carente de voluntad.

Cada uno de nosotros nace en este tejido de elementos sucesivos contradictorios y de auto-afirmación instintiva, en el que participa – incluso en la autodefensa – y en el que constitutivamente está encarcelado como “heredero”.

No pocas religiones y culturas, con una antropología a estructura jerárquica, que fijan sistemáticamente a otros seres humanos en un proceso de degradación y no consideran ciertos estratos de la población ni siquiera como seres humanos, en el verdadero sentido del término: así en el sistema hindú de castas, los parias, los intocables, constituyen una especie de “seres humanos inferiores”. Pero también los totalitarismos del siglo XX han instrumentalizado personas o grupos de personas según planes precisos: “Prometieron construir para nosotros; ahora construyen usándonos” (Vasyl’ Stus).

La culpa originaria bosquejada, como disposición de toda existencia humana, es la culpa de la voluntad propia de imponerse – contra el origen de la existencia, Dios, o contra el “hermano”; más precisamente, contra ambos. En realidad, a ambos se someten a la propia voluntad, si es posible de forma útil. “Pecado original” significa, pues, en el verdadero sentido de la palabra, separación para poder afirmarse y obstinación de ser sí mismo en vez del ser con los otros. Éste es el “mundo” que se opone a la venida de Jesús.

4. Solución al poder del “mundo”

Es tarea de las religiones preparar una superación, o por lo menos una contención de la agresividad. El término “santo” envía al sanar algo destruido o destructivo. Más allá del deseo de vivir, la reflexión religiosa se abre a una visión caritativa y tranquilizadora: existir es también y sobre todo un don. Nadie se ha engendrado a sí mismo; un origen muy lejano ofrece a todas las criaturas la existencia. Conceder la vida a otro ser creado, se convierte en criterio de una cultura.

Nadie es “fin” de otro, ya lo dice el Iluminismo. Conceder a otros el nacimiento, otorgar la vida se convierte en criterio de una cultura: ¿acepta ésta, por ejemplo, al niño como “puro don”? Esto presupone que no se acoja la propia existencia de forma obvia, ávida o disgustada, sino que se viva siempre con estupor y que se confirme con gratitud. Sin embargo, a niveles más profundos, esto presupone que: la vida ha de ser liberada del miedo de propio poder y de los propios límites, antes de la “constricción” por otra existencia. No se debe defender como un robo lo que se ha dado por “gracia”, con inexplicable sobreabundancia: la propia vida.

¿Se puede pensar una tal vida de plenitud sin agresividad, miedo o avidez? Diversos planteamientos religiosos van desde la huida de la vida budista hasta el dominio del mundo de la Biblia: la vida fluye “gratuitamente”. Descubrir el carácter de este gratis significa sustituir una vida considerada como posesión (agresiva y que se ha de defender) con una vida como don (divino).

4.1. "Desaparecer" del mundo extinguiéndose: Budismo

La antigua India, con su multiforme tradición hinduista, no conoce más solución para la rueda de la vida, que gira indiferentemente, que la reincarnación, que siempre hace recomenzar desde el inicio el pesado ciclo: pero reincarnarse significa también nueva avidez de vida y nueva muerte en una sucesión eterna, que no conoce, pues, solución.

Esta visión contiene elementos tan amenazadores que el Gautama Buda (siglo 5 a. C.) reivindica que la rueda se pare en el no ser y que la vida se disipe en la nada: en el Nirvana. Ciertamente, también se borra todo lo que significa “Yo”: la sed (de vivir) muere con el sediento. El sufrimiento se borra en cuanto el que sufre desaparece. Así la India, en el mismo Buda, ha desarrollado como respuesta la vía de la muerte interior, antes de cualquier felicidad y desilusión para desenvenenar la desgracia del nacer. Morir antes de la muerte, ésta es la solución de Buda. Su ascesis realiza como último salto un dispersarse, como “huida de la casa que quema”, mientras quien salta y huye se disuelve definitivamente.

En el Budismo originario se tiene, pues, una liberación de la reincarnación, considerada como una desgracia, en un “vínculo” siempre lleno de miedo y de avidez. Es necesario recorrer ocho veces el camino que conduce a la realización del paso: cuanto más el ser humano modera el propio deseo de comer y de beber, de sexo y de poder, tanto más rápidamente se “desarraigará”. Esta concentración ascética sobre sí mismo es posible, sin embargo, sólo al hombre, porque en la mujer el “apego” a la vida está literalmente encarnado – en cuanto portadora de nacimientos siempre nuevos. El asceta logra, en cambio, saltar a la nada, salir fuera del ciclo de la reincarnación y muy especialmente del miedo existencial. Pero esto es posible anulándose a sí mismo. La vida actual sirve de trampolín hacia la felicidad del no ser – lo cual no se puede experimentar como felicidad. Schopenhauer compara concretamente “la persona que espera explicaciones particulares en la muerte con un estudioso que está persiguiendo un importante descubrimiento, pero en el momento en que piensa entrever la solución se le apaga la luz” .

Según el Budismo, pues, la agresividad se debe “evitar”, debe desaparecer. pues está socavada en la base. Esto no es poco – pero ¿existe otra solución que no sea secar la misma sed?

4.2. Antítesis de la violencia del mundo

El discurso de la montaña

El discurso de la montaña de Jesús concentra elementos determinantes de una nueva antropología, en la que el agua de la vida fluye sobreabundante.

En la imagen de los hijos de un mismo padre, amados del mismo modo, nace el concepto de una nueva humanidad opuesta a la autoafirmación natural-instintiva tanto del grupo-nosotros, como del egoísmo del individuo. La exigencia del discurso de la montaña es sencillamente vivir esta “perfección absoluta del Padre celeste”. Novedad determinante es el hecho de que la llamada al forum internum, a la decisión de la conciencia del individuo, no justificable desde el exterior, ha conducido a una ética individual, desconocida hasta entonces. Base de la ética es siempre la Tora, bajo forma de una ética del abstenerse (“no hacer daño”); en las antítesis del discurso de la montaña aquella se radicaliza, sin embargo, en una ética del hacer, que llama al individuo a un optimum virtutis: a dar lo máximo – para el otro.

Forma parte de esto no sólo la renuncia a la violencia, sino también el reconocimiento de las raíces de la violencia: en la propia alma, o, según la expresión hebraica, “en el corazón”. De aquí proviene que las antítesis agudas condenen no sólo el homicidio cumplido, sino que parten de su preparación interior, aparentemente inocua, porque sólo “pensada”: “Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal” (Mt 5, 22). Lo que parece exagerado, o sea, sobre todo hacer iniciar el adulterio en el solo “mirar a una mujer deseándola” (Mt 5, 28), a la luz de la psicología y de “formatos” inconscientes, resulta plenamente loable.

También la extraordinaria exigencia de renunciar a la venganza, aún más, la exigencia de ofrecer la otra mejilla (Mt 5, 39) pierde su aparente "carácter poco varonil", si se considera la dinámica incontrolable de la represalia. Se entienda bien, la renuncia a la violencia se pide sólo a la persona afectada y a su autocontrol: no se aplica a la inactividad ante otras víctimas o a la ligereza ante una posible prevención. Se ha de evitar, al mismo tiempo, una apresurada condena, incluso un juicio del otro, con relación a sí mismo: se debe perdonar al otro setenta veces siete, para impedir en el propio “corazón” la arrogancia de la autoestima.

Los elementos veterotestamentarios se desarrollan completamente en el Evangelio – en teoría, pues no son realizables en la práctica generalmente: también el enemigo está incluido en el mandamiento del amor. El concepto de lucha existe sólo contra el pecado, contra la maldad propia y estructural. Es verdad que la violencia forma parte de este eón, pero demuestra su carácter propio corrompido en esto. El Reino de Dios se construye, en cambio, sin violencia, y sus profetas elegidos, también el Hijo, al final se abandonan a esta violencia sin oponer resistencia. Es cierto que existen medios legítimos de defensa, en primer lugar por lo que se refiere al prójimo que necesita protección, pero la violencia con el fin de imponer la religión o sí mismo es reprobable (Rm 12, 17 y siguientes; 1 P 2, 19 y siguientes).

4.3. “Intercambio maravilloso” (admirabile commercium):
Liberación del miedo agresivo

Es una “característica singular” del Cristianismo su modo de superación del mundo. Comenzamos desde el inicio de la culpa, como la describe Génesis 3: culpa es la divinamente grande posibilidad, desperdiciada, de ser imagen de Dios, de formar la propia imagen sin reservas desde su inicio divino. Génesis 3 rechaza a quien nos da la vida: narra malignidad, porque presume que es Él quien nos priva de la verdadera vida. San Agustín generaliza brevemente: la culpa es del “amor propio crecido hasta el punto de desacreditar a Dios” .

Aquí inicia la Encarnación de Jesús: “dar la vida como rescate por muchos” (Mc 10, 44 y siguientes), así también la “sangre de la alianza derramada por muchos” (Mc 14,24). Vida y sangre son introducidas en la nada, abierta de par en par por el comportamiento óntico del ser humano, mejor aún, por su comportamiento personal equivocado. La víctima Jesús se precipita en este abismo del ser humano, que ha arrastrado consigo la creación, se arroja en la nada para levantarlo desde lo bajo. La kénosis es el misterio de la voluntaria “anulación” de Dios, como lo expresa el himno de los Filipenses: “En Él, a una profundidad inalcanzable para cualquier psicología y metafísica, nació la voluntad de ‘anularse a sí mismo’ (…). Así descendió hasta allí. No sólo a la tierra, sino a una profundidad que no logramos medir; una profundidad y un vacío terrible, del que podemos hacernos una idea solamente si comprendemos real e interiormente qué es el pecado. Es la anulación de quien sacrificándose expía, redime y renace” .

Forma parte de esto, de forma terrible, la no aceptación de la vida de Jesús por parte de muchos de sus contemporáneos. Su sacrificio tiende a un admirabile commercium: “El Señor paga por sus siervos”. Esto significa renuncia de Dios a la propia divinidad, para reabrir la relación originaria: ser-con en vez de ser-yo, vivir la existencia como don y no como posesión.

La cruz, formulada desde el punto de vista del mundo culpable, es:

- renuncia a una vida personal “mortífera“; en su lugar un olvido de sí sin miedo: una vida en proexistencia,

- curación de la rotura de las relaciones destructoras y malignas del individuo, el nuevo intercambio comunicativo de dones = don y restitución recíproca de la vida, en el “alegre intercambio” del agradecimiento a Dios, entre marido y mujer, entre hermanos y entre las criaturas; vivir la vida como relación, desde el “puro don” del origen divino y del otro ser humano.

Es necesario notar ahora, naturalmente, qué terrible ha sido la renuncia del Hijo a su filiación, como Balthasar afirma con palabras apasionadas: “Así decidí entregarme a mí mismo, abandonarme. ¿A quién? Poco importa. Al pecado, al mundo, también a todos, al diablo, a la Iglesia, al Reino de los cielos, al Padre,… para ser el sacrificado por antonomasia. El cuerpo entorno al cual se reunían los buitres. El devorado, comido, bebido, sepultado, derramado. El balón para jugar. El explotado. El exprimido hasta el poso, el pisoteado hasta lo infinito, el envestido y arrollado, rarificado hasta ser aire, el arrastrado por las oleadas en el océano. El que ha sido disuelto (…). Dios mismo se había agotado en mí” . Peccatum factum pro nobis se llama el inimaginable drama según las palabras de San Pablo (2 Co 5, 21), lacónico, horripilante y consolador al mismo tempo.

En realidad, es consolador: “El amor ahuyenta todo miedo. No permanecen ni siquiera las cenizas de mi culpa debido a aquel rayo del amor que todo lo devora” . En una experiencia de este género la culpa apesadumbrada se hace feliz: ha encontrado al Salvador. “Ola detrás de ola, mareas de agua y de sangre irrumpen desde Ti inagotablemente, para siempre, (…), invaden los desiertos de la culpa, que enriquecen desmedidamente, superando toda capacidad de acoger, más allá de todo deseo” .

4.4. Vida en abundancia:
en el mundo, no del mundo

El “sabor de la gracia” significa el puro don de la (nueva) vida en abundancia, sin obligación de restitución; “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10). El pensamiento del “puro don” añade a la idea de la mera lógica del intercambio el elemento nuevo determinante de la transformación cristiana del mundo. Con esto se introduce una nueva imagen de Dios; desde la “vida en abundancia” se reconoce la imperfección del mundo, de la cultura en general, que se fundamenta esencialmente en el intercambio, pero no en el dar incondicionado. El don debe ser “supererogatorio”, superando lo que deseamos y esperamos y lo que debemos; según el paradigma de Jesús es la misma abundancia, “benevolencia” pura, la alegría de dar. “Y si uno te obliga a andar una milla vete con él dos”; “al que quiere quitarte la túnica, dale también el manto” (Mt 5,40). Este nuevo modo de ser bueno se puede “trasladar” al mundo social, para verificar y dar un nuevo impulso a la justicia del intercambio. Entonces, como corrección esencial de la frase do ut des, tendríamos otra: “da, porque te ha sido dado” . Así, la restitución precisa se trasforma en una actitud de don libre, altruista. El ejemplo más bello lo constituye el amor. No se puede comparar con la justicia, sólo existe a nivel de lo que de ambas partes no es debido, que se concede libremente. La sobreabundancia proviene de la libertad del conceder, como don de sí: que está en el mundo, que va al mundo. La existencia se hace pro-existencia: fuente para los demás. “Quien cree en mí, de su seno correrán ríos de agua viva” (Jn 7, 38).

4.5. Superación del miedo de morir del mundo

Una consecuencia más, todavía: la superación del mundo debe superar también la muerte y el miedo de la caducidad de la carne. Sólo el Cristianismo logró formular proposiciones, a diferencia de la caja de resonancia de la antigua filosofía, para la que la carne era un perno: caro cardo, o: carne carnem liberans: “Él libera la carne mediante la carne” .

Según el Cristianismo, Dios no se encarna sencillamente como “poder neutro”, como grandeza mágica, dinámica, mítica, sino como rostro humano. Y en esta carne se ha realizado una cosa inaudita, cumplimiento de lo que había sido dado por cierto: - es decir, la resurrección personal de la muerte. Ya Job (13, 15) arrojaba el propio corazón más allá del muro del miedo a la muerte: “Aunque quiera matarme, lo esperaré”. En esta superación del miedo a morir, está la liberación de la vida.

El fin inevitable del ser humano se convierte cristianamente en el pleno cumplimiento. Cumplimiento significa, en realidad: fin de la muerte como consecuencia de la destrucción agresiva de todo. La creación es liberada de forma permanente, "La creación, en efecto, espera ser liberada de la esclavitud de la corrupción para participar en la gloriosa resurrección de los hijos de Dios” (Rm 6, 20 y siguientes). Doxa, la gloria del ser humano, será visible por vez primera, en la persona a imagen y semejanza de su Creador, sin pecado y sin muerte.

Esta gran escatología comprende todo, libera todo y las Cartas de los Apóstoles no tienen otro término más apropiado para esto que retomar siempre doxa, gloria. El Apocalipsis indica este mismo concepto con la imagen de la ciudad resplandeciente, perfecta. Es conmovedor y hace reflexionar el hecho de que la finalidad de toda esperanza se anuncia con imágenes mudables de pura belleza – la belleza es el fin de los caminos del Señor. Sin embargo, la belleza es sólo reflejo de lo que es verdaderamente grande: la superación de la muerte. En esto consiste la concreción máxima de la esperanza: “En el Dios a quien creyó, que da la vida a los muertos y llama a las cosas que no son para que sean”, se puede “tener fe contra toda esperanza” (Rm 4, 17 y siguientes).

5. En el mundo, no del mundo

Precisamente, las grandes religiones – a causa de su grandeza – exigen un paso desconcertante a través de miedos y resistencias: después podrá venir la consolación, sólo entonces quien ha sufrido conocerá lo que sabe.

El concepto cristiano del mundo puede hablar si sabe de qué cosa habla; del hombre en su totalidad, angustiado, necesitado de redención y redimido. El Cristianismo puede sostener su diferencia respecto a otras religiones humildemente, si la concibe no de forma presuntuosa, sino constructiva. Tiene la ventaja de afirmar la vida, la actual y la futura, de no ver la extinción como fin de la vida (lo que obscurecería ascéticamente también esta vida). Su contenido es un rostro, una persona: el rostro del Hijo, su sumergirse en el dolor humano y la transformación profetizada de todo en una felicidad resplandeciente. Nihil humani allienum, nada de lo que es humano le es ajeno.

Así puede existir – con personas de religiones diversas – una común atención hacia la creación, un esfuerzo común para el decoro del cuerpo y la lucha contra miedos agresivos de cualquier género, se puede también callar juntos y percibir la paz que nace en nuestro interior, especialmente una purificación común de los sentidos ante las super-excitaciones nacientes – sin embargo, para el cristiano esto sólo son peldaños de una escalera, que no conduce sencillamente a una naturaleza divina, a un sí divino, a un divino todo-único o a la nada, sino al rostro del Dios viviente, que es al mismo tiempo, por lo demás, un rostro humano encantador . No se puede determinar a priori, pero ni siquiera excluir, hasta dónde los peldaños de la escalera de otras posiciones espirituales se acercan al misterio de Cristo. Pero, ¿respirar significa ya adorar? La admirable eliminación del dolor, de la que son capaces los seguidores de la yoga, es ya en realidad la alegría de un encuentro? ¿Es de verdad la pertenencia a Buda lo mismo que la plenitud de vida de la que habla el discurso de la montaña?

En el discurso de la montaña el ser humano no se anula, es consolado. En vez de la anulación definitiva la Escritura promete la elevación. Dios no es el destructor que nos priva, sino Aquel que completa la identidad. También la “carne”, que en todas las culturas significa fugacidad y descomposición, es transformada en un “cuerpo sin dolor” . La Resurrección de Jesús, en quien su cuerpo transfigurado conserva todas las heridas del suplicio, es testimonio de la conservación idéntica y de la transfiguración de todo lo que en la tierra ha sido destrozado, herido y olvidado. Esta doctrina no enseña el miedo, sino que es fundamentalmente superación de toda resistencia. “Mantengamos firme la confesión de la esperanza, pues fiel es el autor de la Promesa” (Hb 10, 23).

Nos preguntamos, pues: ¿se puede pensar una vida de plenitud, sin miedo y avidez? Existe una vía hacia un poder que sustituye nuestra obsesión de nosotros mismos con la vida de Dios: Gratis y con amor se llama la nueva melodía de la existencia, sin devorar y ser devorados. Ya en el agua del bautismo nuestro temeroso aislamiento es inundado, sumergido en la vida originaria que fluye a raudales. Dios es relación, ardiente don de sí mismo. Responde a la sed de vivir libre, soberanamente, con los brazos abiertos (como sabemos, también con el corazón abierto). Ciertamente no nos libera de repente del miedo, debemos intentar muchas cosas, antes de dejarnos anular por Él. “Yo soy parsimonioso, Dios mío, pero Tú tienes el derecho a dilapidarme” (Rike). La fe elimina el movimiento natural de agarrarse a sí mismo y concede la vida a cada uno con sobreabundancia. ¡Oh resplandeciente intercambio!: “Gratis lo recibisteis; dadlo gratis” (Mt 10,8).

6. El triple consejo del Evangelio en la experiencia de Hildegard von Bingen

Quien recibe la nueva vida carente de miedo puede abandonar una triple avidez, una triple lucha contra el “mundo”: la lucha por la riqueza, por el sexo (sencillamente como satisfacción de un instinto), por el poder.

El Evangelio aconseja transformar la agresividad en fuerza:

- mediante la pobreza; para una mayor libertad interior: sabiendo que se recibe siempre con abundancia;

- mediante la castidad: casto viene de conscius = consciente; y así la castidad significa: conocer a aquel que se ama, sólo por él mismo;

- mediante la obediencia; saber escuchar la voz de la autoridad: ésta es la voz que me “hace crecer” (augere); en vez de ser esclavo de mis humores.

En realidad ¿contrasta esto demasiado con nuestra naturaleza? Confiamos en la experiencia de Hildegard von Bingen, que, en cuanto benedictina, siguió este triple consejo: “Si el ser humano sigue así lo que es justo, él abandona a sí mismo, toma fuerza y bebe. Es fortalecido como se llenan de vino las venas de quien bebe. Nunca se habrá excedido, como le sucede a un borracho de vino que pierde el control y no sabe lo que hace. De esta forma los justos aman a Dios, en el que no existe disgusto, sino sólo felicidad que dura” .

El compromiso es el siguiente: abandonar a sí mismo, pero abandonarse felices. Existe un rostro, un nombre, el único entre todos, que ofrece este vino: Christus medicus. La vida, en realidad, está prevista para la alegría y la santidad, no para la infelicidad. “El amor ha cumplido así perfectamente su obra, gradualmente, pero de forma clara y decidida, para que no permanezca ningún punto débil, sino que haya toda abundancia” .

“Si alguien, con triunfante sumisión, se somete a Dios y vence a Satanás, se alzará y gozará de la bienaventuranza de la protección divina. Y si, en el ardor por el Espíritu Santo, eleva su corazón y dirige su mirada a Dios, entonces aparecerán con luminosa claridad los espíritus bienaventurados y ofrecerán a Dios su corazón” .

Bajo esta protección, el ser humano se levantará, revivirá, alargará el paso. La voluntad de Dios se transforma en movimiento. “En Él encuentro la riqueza de la fuerza de Dios, de modo que salgo confiado con todas mis fuerzas” . Es la experiencia más antigua: este servicio no doblega, sino que refuerza. Quien es tocado por Dios no es esclavo, sino libre. “Qué bellos son tus ojos, cuando proclaman cosas divinas” . Es un retorno a casa, no sólo hacia Él, sino hacia mí mismo – y al mismo tiempo liberación del mundo. “Si el ser humano abre su corazón a Dios y lo hace luminoso, reverdecerá todo lo que es árido. Grano y vino crecen gracias a esta fuerza misteriosa” , también el grano y el vino de su corazón. Y en cuanto conocimiento teológico, no es algo teórico o mística exaltada, sino que es vida de todos los días y se puede verificar precisamente en la vida cotidiana. Suceden cosas sorprendentes: algo diverso, no alguien diverso, ha ocupado el centro del pensamiento y de la acción y el alma pesada descarga su peso, es más grande que antes. “¡Oh, Espíritu ardiente, a ti la alabanza! […]. Por ti arde el corazón de los hombres. Y el pecho abraza todas las fuerzas del alma. De aquí surge la voluntad y da al alma perfume” . La seguridad con que Hildegard describe este movimiento de la atracción del alma por Dios, tiene la huella de la verdad: da fuerza por una parte y a ésta se puede uno abandonar, aunque sangrando por todas las heridas, pero feliz. “Del corazón nace la curación, cuando se entrevé el alba de un nuevo inicio. Es indecible qué nuevo deseo de Dios inicia y qué celo por su obra, nuestro mundo” . “Y así el ser humano, demora de sus milagros, lo reconoce con la mirada de la fe y lo abraza con el beso del saber” . Sí, el ser humano tiende instintivamente al beso y al abrazo: movimiento que él acoge continuamente y transmite con alegría.

Esto significa estar en el mundo, pero no ser del mundo.


Nota de la CMIS: este texto es una traducción del original en alemán.

¿Cómo estar al servicio de la Iglesia como laicos y en cuánto laicos?

Pierre Langeron

Reverendo Señor Cardenal, Monseñor, querida Ewa, querido(a)s, amigo(a)s,

Con ocasión de Pentecostés, el periódico católico francés La Croix publicó un dossier que tenía por tema: «Estos laicos que hacen funcionar la Iglesia». Y debajo del título en primera página, una enorme fotografía : una mujer anciana que, desde hace 25 años, precisa, prepara un bonito ramo de flores y lo coloca ante el altar mayor de una iglesia vacía... Conflicto de fotografías. ¿Es la respuesta a la cuestión que se nos ha planteado esta tarde ? ¿Es el servicio que la Iglesia espera de los laicos ? Y yendo hasta lo absurdo: ¿se puede imaginar una Iglesia sin laicos ? Hace algunos años, en Florencia, en la Galería de los Uffizi, un pequeño cuadro medieval llamó mi atención, con un título que decía más o menos: la ciudad ideal. Se contemplaba una bella ciudad con sus casas y su Iglesia, en un campo apacible; hombres y mujeres ocupados en actividades ordinarias de la ciudad terrestre: labradores en los campos, artesanos en sus talleres, mujeres en la cocina. Todo respiraba serenidad y armonía, en una dulce luz dorada. Un bello cuadro, sí; una ciudad completamente cristiana, como algo perfecto. Sólo una pequeña precisión: allí sólo había monjes y religiosos... ¡Qué imagen sorprendente de una Iglesia... sin laicos, y sin posteridad ! Ahora bien, una Iglesia sin laicos es como una escuela sin alumnos, o como un hospital sin enfermos.

Abandonada esta ilusión simbólica de un artista de la Edad Media, regresamos a esta evidencia : existen laicos en la Iglesia. Y ya que se trata de examinar cómo los laicos pueden servir a la Iglesia en cuanto laicos, comencemos observando nuestra asamblea. Está compuesta casi exclusivamente de laicos. Sí, los miembros de Institutos Seculares son y permanecen laicos. Recuerdo con agrado la excelente fórmula de nuestro viejo amigo Monseñor Dorronsoro: «plenamente laicos y plenamente consagrados ». Nosotros no somos laicos a mitad, no somos consagrados a mitad. Es la gran «revolución» de la Provida Mater, para usar los términos del Padre Beyer. En realidad, hasta entonces un laico que se comprometía en la vida consagrada, abandonaba su estado de laico y se convertía en religioso; no se podía ser laico y consagrado, se era uno o lo otro. Desde 1947 en nuestros Institutos, es posible ser laico y consagrado, comprometerse en la vida consagrada sin tener que abandonar el estado laical. Pablo VI habló de «la doble realidad de vuestra configuración»[1]. Laico al 100%, y consagrado al 100% ; es la maravilla de nuestra vocación, y tanto peor para los matemáticos. Ser laico no es solamente una manera de vivir, como un religioso que ejercería una profesión secular y viviría en las condiciones ordinarias del mundo. Pablo VI lo explicó : «Vuestra condición existencial y sociológica se convierte en vuestra realidad teológica y en vuestro camino para realizar la salvación » . Somos plenamente laicos y plenamente consagrados. No es seguro que en la Iglesia, en nuestras parroquias, y quizás en nuestros Institutos, esta verdad ontológica se comprenda siempre bien, ni tampoco que la vivan bien algunos de nuestros miembros.

Acumular dos estados de vida no es, por otra parte, una novedad en la Iglesia: es algo evidente a todos, y desde hace tiempo, un sacerdote que se compromete en la vida consagrada permanece plenamente sacerdote siendo plenamente franciscano, jesuita u oblato de María Inmaculada. Lo testimonian los sacerdotes en nuestra asamblea, que son miembros de Institutos Seculares clericales : son plenamente sacerdotes y plenamente consagrados : su consagración no disminuye en absoluto su estado clerical.

Después de haber recordado brevemente algunos elementos de nuestra vocación, podemos abordar el meollo de nuestro tema: «¿Cómo estar al servicio de la Iglesia como laicos y en cuanto laicos? ». La materia es inmensa, y yo no soy ni teólogo, ni historiador, ni sociólogo, sino solamente jurista, profesor de derecho público en la Université d'Aix-Marseille, en Francia, muy comprometido en mi Universidad, pero también en las parroquias, en mi diócesis y en las obras sociales o educativas de la Iglesia. He vivido asimismo como una gran gracia mi participación durante nueve años en la Oficina de la Conferencia Nacional de Institutos Seculares de Francia, lugar de comunión fraterna y de intercambios constructivos, así como órgano motor de numerosas realizaciones a servicio de nuestros Institutos.

Nuestro tema es como una gran montaña: se puede fotografiar bajo muchos aspectos sin que se logre agotar. Nuestros Congresos han desarrollado ampliamente algunos de estos aspectos, como la presencia en el mundo y la secularidad. Otras Conferencias, por otro lado, han tenido en cuenta el tema general de nuestro Congreso : « A la escucha de Dios en los surcos de la historia : la secularidad habla a la consagración ». Además, teniendo en cuenta el tiempo que se me ha concedido, y para no cansar vuestra atención en esta tarde calurosa de verano, quisiera sencillamente tratar, juntamente con vosotros, algunos puntos que, en el contexto actual, parece que merecen una atención particular y una mayor claridad. Los reuniré en torno a dos sencillos ejes: los laicos y la Iglesia primero, y a continuación los laicos y la misión de la Iglesia, haciendo referencia sobre todo a la enseñanza del Concilio Vaticano II, del que celebramos con alegría el 50 aniversario .

I / LOS LAICOS Y LA IGLESIA

El primer punto de esta conferencia tendrá como centro la Iglesia, y el lugar de los laicos en la Iglesia. No soy teólogo; no me arriesgaré, pues, a realizar análisis teóricos, pues superarían ampliamente mis competencias, y me limitaré, pues, a algunos textos esenciales del Vaticano II.

Para comprender cómo los laicos están llamados a servir la Iglesia, es necesario considerar una cuestión previa y fundamental : ¿cómo servimos la Iglesia : desde el interior, o desde el exterior ? O más concretamente, ¿cuál es nuestro lugar exacto como laicos con relación a la Iglesia ? ¿Somos sólo usuarios exteriores de los servicios espirituales y materiales que nos ofrece la Iglesia ? ¿O somos, más bien, actores en la Iglesia, aportando a la misma una contribución específica ? Para responder mejor a esta cuestión, os propongo realizar nuestra reflexión en cuatro tiempos.

¿Qué quiere decir para un laico: servir la Iglesia en cuanto laico ?

Para comprender bien la cuestión, comenzamos lógicamente preguntándonos qué significa el término «servicio». ¿Qué nos enseña la etimología ?

La palabra service en francés, service en inglés, servizio en italiano o servicio en español, procede del latín « servus », que quiere decir : esclavo. El aspecto pasivo es muy claro: servir, obedecer. El alemán también está cerca, pero con una etimología diferente: Dienst y bedienen. Hoy día, este significado original todavía se usa en la lengua corriente : se habla con gran facilidad del personal de servicio, de una entrada de servicio, de la calidad del servicio en un restaurante, o también del « servicio militar » (Wehrplicht en alemán, con la añadidura de la dimensión del deber que se ha de cumplir). En esta primera perspectiva, el laico a servicio de la Iglesia, aparece en primer lugar como aquel que obedece a las autoridades de la Iglesia.

Sigamos el análisis de la palabra «servicio ». El término servus se ha enriquecido de otros sentidos nuevos, como sucedió con muchos otros en tiempos del imperio romano de Oriente, que se hizo oficialmente cristiano después del edicto de Tesalónica en el 380. Así como imperium se convirtió en ministerium (de ahí el calificativo de ministerios en la Iglesia, por ejemplo), así el servitium se convirtió en una función, en una responsabilidad al servicio de otros. Hoy día, por ejemplo, se habla sin equívocos de servicio público: el de la educación, de la salud, del transporte, etc.; servicio público significa antes de nada servicio de lo público, ¡aunque, lamentablemente, no siempre es verdad en la práctica! En esta segunda perspectiva, el laico al servicio de la Iglesia asume una función activa en beneficio de otros miembros de la comunidad de creyentes.

La palabra « servicio » tiene, pues, dos significados, que es necesario conocer y distinguir bien. Tomemos el ejemplo de una escuela: los hijos y sus padres son generalmente consumidores de la formación que se da y de los servicios que se ofrecen. Pero en ciertos países y en ciertas culturas, los padres y las autoridades locales, a veces también los hijos, son actores de la escuela, asociados a las elecciones pedagógicas, culturales e incluso económicas. Se trata menos de un reparto de la autoridad, que de una participación en su ejercicio, con una contribución específica.

Los laicos y la estructura de la Iglesia

En un segundo momento de nuestra reflexión, y partiendo de los dos sentidos de la palabra « servicio », preguntamos cuál es la Iglesia a la que los laicos están llamados a servir en cuanto laicos.

En la Constitución dogmática Lumen Gentium, la Iglesia se presenta en primer lugar como un misterio, con imágenes que pueden ayudar a ilustrarlo: edificación, templo, redil, familia, campo de Dios, etc. La iglesia se presenta también como pueblo de Dios, la multitud de hombres que creen en Cristo (christifideles) y que han sido bautizados. La Iglesia es el Cuerpo místico de Cristo, una comunidad espiritual de fe, esperanza y caridad.

Pero es también una asamblea visible, una sociedad organizada según un principio jerárquico : «Para apacentar el Pueblo de Dios y acrecentarlo siempre, Cristo Señor instituyó en su Iglesia diversos ministerios, ordenados al bien de todo el Cuerpo (...), a fin de que todos cuantos pertenecen al Pueblo de Dios (...) alcancen la salvación (...)» .

Encontramos aquí el aspecto más conocido y más visible de la Iglesia-institución : la distinción de clérigos y laicos. Todos sabemos que el conjunto de los clérigos está estructurado en tres niveles: en primer lugar el colegio de los obispos, con su cabeza el Papa; después los sacerdotes, que son los colaboradores de los obispos en el ejercicio de su cargo; y finalmente los diáconos. Todos los demás miembros de la Iglesia son laicos. Ya clérigo, ya laico : sive clericos, sive laicos, según la forma tradicional. Un laico es, pues, aquel que no es clérigo. Esta definición negativa del laico justifica cierta visión clerical de la Iglesia, que ha marcado siglos de nuestra historia: la Iglesia, la constituyen en primer lugar y sobre todo los clérigos. El lenguaje corriente ha conservado, por otra parte, numerosas huellas: en francés, por ejemplo, todavía se habla con facilidad de «persona de Iglesia» o de «bienes de Iglesia ». Y en algunas asambleas dominicales, la oración universal menciona a la Iglesia y sus pastores, después a los fieles, como si los fieles no fueran también Iglesia.

Este planteamiento institucional ha engendrado una extraña VISIÓN de la Iglesia, la imagen de una construcción original. En primer lugar, una pirámide, bien estructurada, con los tres niveles que hemos recordado. En la base de esta pirámide y distinta de ella, la masa informe de los fieles. Finalmente, y al lado, en una situación un poco compleja, el conjunto de religiosas y religiosos. De aquí este lugar de los laicos en la Iglesia, que un Papa había resumido claramente: «Nadie puede ignorar que la Iglesia es una sociedad desigual, en la que Dios ha destinado a unos a mandar y a otros a obedecer. Los primeros son los clérigos, y los segundos son los laicos». Estas palabras son de Gregorio XVI, en la mitad del siglo XIX. Expresan muy bien, para los laicos, el primer sentido de la palabra «servicio » que nosotros hemos puesto de relieve: servir es obedecer.

En esta lógica, el servicio de los laicos se reduce al servicio de la institución Iglesia; lo que muchos sociólogos han podido llamar clericalismo. A partir de la Edad Media occidental, los mismos Papas han reivindicado esta autoridad primera de los clérigos sobre los laicos y sobre toda la sociedad civil. La mejor ilustración de ello ha sido dada por «la teoría de las dos espadas», en parte inspirada por San Bemardo: «En la Iglesia y en su poder, hay dos espadas (es decir, dos poderes), el espiritual y el temporal. Ambos son poder de la Iglesia. El primero debe ser utilizado por la Iglesia, y el segundo para la Iglesia. Uno por el sacerdote, y el otro por el rey y el soldado, pero de acuerdo y por orden del sacerdote» . Estas palabras muy oficiales del Papa Bonifacio VIII, al inicio del siglo XIV, ilustran esta voluntad y, con frecuencia, esta práctica de la Iglesia de ejercer su poder sobre la sociedad temporal y sobre la actividad de los laicos. Aquí, la noción de obediencia es lo primero, la actividad de los laicos sólo se puede ejercer en el marco y bajo la autoridad de los clérigos.

En filosofía política, este planteamiento medieval se ha calificado de «agustinismo político», seguramente refiriéndose a San Agustín, o más sencillamente de « sacerdotalismo ». Ha impregnado fuertemente nuestra historia y nuestra cultura en Occidente, incluso hasta nuestros días. He aquí algunos ejemplos :

-durante la Edad Media, los Papas ponían y quitaban reyes y emperadores ; la historia de Alemania o de Sicilia, por ejemplo, ha estado profundamente marcada en este sentido;

-entre los errores enumerados en 1864 por el bienaventurado Papa Pío IX en el célebre Syllabus: toda separación entre la Iglesia y el Estado está condenada, porque la Iglesia perdería entonces su poder y su influencia sobre el Estado (no. 55);

-la sociedad de Québec vivió durante mucho tiempo en la estrecha dependencia del clero, incluso en las cuestiones estrictamente personales y familiares ; este largo período a veces se critica hoy día como «el tiempo de la grande negrura»;

-en la Italia de la post guerra, caracterizada por la existencia de dos grandes partidos, la Democracia cristiana y el Partido comunista, los obispos no dudaban en iluminar a sus fieles recordándoles con insistencia, en el momento de las elecciones, que estaban en una democracia y que ellos eran cristianos...;

-es preciso recordar, finalmente, que la tarea de la catequesis ha sido durante mucho tiempo monopolio de clérigos y religiosos, los laicos no se juzgaban seguros, aunque estuvieran bien formados.

Se podría añadir todavía que hoy, en algunos países de vieja cristiandad, en los que la importancia de la Iglesia continúa disminuyendo, se constata como una vuelta de este clericalismo. Para algunos jóvenes sacerdotes por ejemplo, es una respuesta comprensible a la necesidad de reforzar una identidad amenazada. Para otros, a veces, alimenta la esperanza de un regreso a una pirámide de autoridad, en la que los laicos se convertirían en fieles ejecutores.

Se observa finalmente que esta visión clerical de la Iglesia ha sido diversamente actuada en los países en los que el cristianismo se implantó más tarde. Con frecuencia los misioneros occidentales la han llevado con ellos por convicción o por necesidad. Por el contrario, a veces han sido los laicos los que han llevado la llama de la Iglesia durante más tiempo, como en Corea o Japón.

Sea como sea, una de las primeras tareas de los laicos sigue siendo comprometerse en las diversas actividades de sus parroquias, de sus diócesis y de sus movimientos. ¿Pero este servicio es el único y el más importante para un laico?

Los laicos y la Iglesia según el Vaticano II

Hemos recordado, al inicio, los dos sentidos de la palabra servicio, y acabamos de ver una ilustración limitadora. Consideremos ahora la verdadera eclesiología que el Concilio nos recuerda con claridad. En la Lumen Gentium, en efecto, el principio de la constitución jerárquica de la Iglesia ciertamente se recuerda, pero se aclara, interpreta, como una comunión de servicios entre los clérigos y los laicos. Por una parte, «los ministros que poseen la sacra potestad están al servicio de sus hermanos» . Por otra parte, los laicos están al servicio de toda la Iglesia: «Los sagrados Pastores reconozcan y promuevan la dignidad y responsabilidad de los laicos en la Iglesia. Recurran gustosamente a su prudente consejo, encomiéndenles con confianza cargos en servicio de la Iglesia y denles libertad y oportunidad para actuar ( ... ) » . La pirámide existe ciertamente; pero se sitúa en un marco de relaciones y de servicios recíprocos.

El bienaventurado Juan Pablo II desarrolló claramente esta imagen de la Iglesia comunión en su Exhortación sobre los laicos : «La comunión eclesial se configura, más precisamente, como comunión orgánica, análoga a la de un cuerpo vivo y operante. En efecto, está caracterizada por la simultánea presencia de la diversidad y de la complementariedad de vocaciones y condiciones de vida, de ministerios, de carismas y de responsabilidades. Gracias a esta diversidad y complementariedad, cada fiel laico se encuentra en relación con todo el cuerpo y le ofrece su propia aportación» .

Para nosotros, miembros de Institutos Seculares, Pablo VI comentaba también: «Los Institutos Seculares se deben encuadrar en la perspectiva que el Concilio Vaticano II ha definido para presentar la Iglesia: como una realidad viva, visible y espiritual en su conjunto, (...) compuesta de muchos miembros y órganos diversos, pero íntimamente unidos y que se comunican entre sí, participando en la misma fe, en la misma vida, en la misma misión, en la misma responsabilidad, y, sin embargo, distintos por un don, un carisma particular del Espíritu vivificador (...) » .

A esta comunión de vocaciones y de servicios, la Lumen Gentium añade la igualdad de todos los fieles de Cristo : «El Pueblo de Dios, por Él elegido, es uno (...). Es común la dignidad de los miembros, que deriva de su regeneración en Cristo; común la gracia de la filiación; común la llamada a la perfección. (...) Existe una auténtica igualdad entre todos » .

Comunión de servicios, igualdad de todos los fieles; queda la misión de la Iglesia. El decreto conciliar sobre el Apostolado de los laicos explica: «En la Iglesia hay variedad de ministerios, pero unidad de misión. A los Apóstoles y a sus sucesores les confirió Cristo el encargo de enseñar, de santificar y de regir en su mismo nombre y autoridad. Mas también los laicos, hechos partícipes del ministerio sacerdotal, profético y real de Cristo, cumplen su cometido en la misión de todo el pueblo de Dios en la Iglesia y en el mundo » . Los laicos, pues, como los clérigos, están plenamente al servicio de la misión de la Iglesia en el mundo, cada uno según su estado. Volveremos sobre el particular en la segunda parte de esta conferencia.

Una última observación sobre esta relación entre los diversos miembros de la Iglesia. Es necesario reconocer que la eclesiología renovada del Vaticano II ha engendrado a su vez excesos, en una dirección opuesta a los excesos precedentes. Olvidando la estructura jerárquica de la Iglesia o minimizándola, algunos laicos han laicizado de alguna manera la Iglesia, y han llegado a afirmar, por ejemplo, en Austria: «wir sind die Kirche»; traduzco: nosotros los laicos somos la Iglesia. Dicha reivindicación está completamente equivocada: ¡no hay Iglesia sin clérigos! Con mucha finura y habilidad, el santo Padre Benedicto XVI respondió en su último viaje a Alemania : «wir alle sind die Kirche» ; traduzco : ¡todos nosotros somos la Iglesia, laicos y clérigos! A un nivel más modesto, se puede encontrar la misma desviación en parroquias, y yo conozco en Francia algunas en las que el párroco no decide absolutamente nada sin el acuerdo de los laicos: es toda la comunidad la que ejerce la responsabilidad pastoral y material. Es necesario admitir que la grave penuria de vocaciones favorece a veces estas soluciones alternativas. Existen también parroquias y diócesis inmensas en ciertos continentes, que tienen muy pocos sacerdotes: se puede comprender la asunción de responsabilidades pastorales más grandes por parte de los laicos, y también por parte de miembros de Institutos Seculares. ¿Es necesario preocuparse mucho por estas prácticas ? Existe en sociología una ley de buen sentido, la ley del balancín: un movimiento excesivo en un sentido engendra un movimiento casi también excesivo en el otro sentido; con el tiempo, el balancín se acerca poco a poco al equilibrio. Quizás es necesario que este movimiento se invierta para evitar volver demasiado atrás.

Los tria munera

Para comprender bien el lugar y el servicio de los laicos en la Iglesia, nos falta por ver un aspecto esencial que los especialistas llaman: los tria munera. En efecto, por su bautismo los laicos participan de la triple función de Cristo y de la Iglesia: función sacerdotal, función profética y función real . ¿De qué manera? El Vaticano II y la Exhortación de Juan Pablo II sobre los laicos lo precisan:

-La función sacerdotal; «Todas las obras de los laicos, sus oraciones e iniciativas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el cotidiano trabajo, el descanso de alma y de cuerpo, si son hechos en el Espíritu, e incluso las mismas pruebas de la vida - si se sobrellevan pacientemente - se convierten en sacrificios espirituales, aceptables a Dios por Jesucristo, que en la celebración de la Eucaristía se ofrecen piadosísimamente al Padre junto con la oblación del cuerpo del Señor. De este modo, también los laicos, como adoradores que en todo lugar actúan santamente, consagran el mundo mismo a Dios » . Seleccionemos los tres componentes: lugar central de la Eucaristía, dimensión espiritual de toda la vida ordinaria, y, finalmente, consecratio mundi, la consagración del mundo; este concepto clave ilumina toda nuestra vida y nuestra misión de laicos en la Iglesia; lamentablemente se conoce poco y no siempre se comprende bien. Para nosotros, miembros de Institutos Seculares, Pablo VI explicaba: «Un campo inmenso se abre a vuestra doble misión: por una parte vuestra santificación personal, es decir vuestra alma, y por otra parte la consecratio mundi, tarea muy delicada y atrayente, como bien lo sabéis vosotros; es decir el campo del mundo; del mundo humano, tal como es, con su inquieta y seductora actualidad, con sus virtudes y sus pasiones, con sus posibilidades para el bien y su gravitación hacia el mal» .

-La función profética : los laicos la ejercen en primer lugar con el testimonio de su vida, «para que la virtud del Evangelio brille en su vida diaria, familiar y social» . La ejercen también con la palabra en su familia, en su ambiente de trabajo y en los diversos compromisos sociales y pastorales ; de esta forma los laicos pueden participar plenamente en las actividades de catequesis, una vez formados debidamente. Pueden, finalmente, asumir tareas de acompañamiento espiritual, tarea que no está reservada a los clérigos: piénsese en primer lugar en todas las religiosas que tienen responsabilidad en sus congregaciones, pero también en laicos como Chiara Lubich en Italia, fundadora de los focolares, como Marthe Robin en Francia, fundadora de los Hogares de caridad, o como Jean Vanier en Canadá, fundador del Arche.

-La función real : corresponde a los laicos contribuir a establecer el Reino de Dios en el mundo. «Igualmente coordinen los laicos sus fuerzas para sanear las estructuras y los ambientes del mundo cuando inciten al pecado, de manera que todas estas cosas sean conformes a las normas de la justicia y más bien favorezcan y no obstaculicen la práctica de las virtudes. Obrando de este modo, impregnarán de valor moral la cultura y las realizaciones humanas. Con este proceder simultáneamente se prepara mejor el campo del mundo para la siembra de la palabra divina, y a la Iglesia se le abren más de par en par las puertas por las que introducir en el mundo el mensaje de la paz » .

Para concluir este primer punto sobre los laicos y la Iglesia, conviene recordar que ser laico, no es solamente una condición sociológica o un simple estado de hecho en la Iglesia. En la Exhortación apostólica Christifideles laici, el bienaventurado Juan Pablo II desarrolla una magnífica teología del laicado. Utilizando la parábola evangélica de los obreros de la viña, comienza subrayando que el estado laico no es un estado por defecto (es laico quien no es clérigo), sino un estado positivo en el que cada uno recibe una llamada particular por parte del Dueño de la viña: «todos están llamados a trabajar en la viña». Existe ciertamente una vocación laica, así como una vocación sacerdotal o religiosa. Dios dirige esta vocación a todos los laicos; y es necesario saberlo, comprenderlo y responder enseguida. ¿Tenemos suficiente conciencia de esta vocación, también en nuestros Institutos? ¿Se podría incluso sugerir que a continuación del año sacerdotal, que se celebró ampliamente en 2009 / 2010, haya pronto en la Iglesia universal un año del laicado ? ¿Qué pensáis ? Este sería un proyecto que nuestros Institutos podrían apoyar...
II Los laicos y la misión de la Iglesia

Una vez examinado el puesto y el estatuto de los laicos en la Iglesia, podemos en un segundo momento de nuestra reflexión común interrogarnos sobre la parte de los laicos en la misión de la Iglesia. ¿Cuál es la especificidad y el objeto de su participación ? Y ¿cuál es la amplitud de su responsabilidad ?

Una vez más os ruego que perdonéis mi incompetencia en materia de teología. También para expresar sencillamente la misión de Cristo y de la Iglesia en su importancia universal y cósmica, me limitaré a citar a San Pablo : el Padre « nos da así a conocer el misterio de su voluntad según el benévolo designio que en Cristo se propuso de antemano, para realizarlo en la plenitud de los tiempos: hacer que todo tenga a Cristo por cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra » . Éste es el gran misterio de nuestra fe cristiana: la obra de la redención y de la salvación.

La misión de la Iglesia

El Concilio explicita claramente esta misión de toda la Iglesia : «La obra de la redención de Cristo, que de suyo se refiere a salvar a los hombres, comprende también la restauración incluso de todo el orden temporal. Por tanto, la misión de la Iglesia no es sólo anunciar el mensaje de Cristo y su gracia a los hombres, sino también el impregnar y perfeccionar todo el orden temporal con el espíritu evangélico » . Este texto es esencial para nuestro tema. Está en el centro del Decreto sobre el Apostolado de los Laicos, en el número 5. Merece ser comentado detalladamente. Comencemos poniendo de relieve juntos su estructura :

-En primer lugar, un fin: la obra de redención de Cristo ; se trata de la dimensión teleológica, y también aquí escatológica, de la misión de Cristo y de la Iglesia; no es un fin particular, sino un fin general, global, esencial.

-A continuación, y para lograr este fin, dos caminos complementarios : la salvación de los hombres por una parte, y la restauración del orden temporal por otra; volveremos sobre este punto luego.

-Finalmente, dos series de actores: el texto permite distinguir la responsabilidad respectiva de los clérigos y de los laicos : corresponde en primer lugar a los clérigos anunciar a los hombres el mensaje de Cristo y su gracia, mediante la predicación y los sacramentos; y a los laicos corresponde en primer lugar impregnar y perfeccionar el orden temporal con el espíritu evangélico.

Este mismo texto nos permite a continuación profundizar el servicio que los laicos pueden asumir en la Iglesia. Tomaré aquí tres elementos útiles para nuestra reflexión.

I/ La misión común de toda la Iglesia: existe una sola misión, pero tiene dos objetos distintos. Los campos y los medios son diversos, pero existe un único fin. El decreto sobre el Apostolado de los Laicos precisa a este respecto: « Por más que estos dos órdenes sean distintos, se compenetran de tal forma en el único designio divino, que el mismo Dios quiere hacer de todo el mundo una nueva creación en Cristo, incoativamente aquí en la tierra, plenamente en el último día » . Parece, pues, claro. Pero en el tiempo y en el espacio, la misión de la Iglesia no siempre se ha percibido de esta forma. Por ejemplo, en los últimos siglos la Iglesia católica ha encontrado mucha hostilidad: persecuciones en Japón, en Vietnam o en China, Revolución francesa, Kulturkampf alemán, guerra de los Cristeros en México, antic1ericalismo italiano, guerra de España, etc. Con frecuencia la Iglesia se repliega en su misión espiritual: la liturgia, los sacramentos, la oración y las devociones, las peregrinaciones, la moral personal, familiar y sexual. Un gran jesuita, Michel de Certeau, ha hablado de una «Iglesia fuera de la historia » - esto era menos cierto en los países de misión.

Este planteamiento limitativo de la vida cristiana todavía existe. Hoy, por ejemplo, se encuentran en varios continentes numerosas poblaciones muy creyentes y practicantes, pero que a veces reducen su vida cristiana a esta dimensión demasiado exclusivamente espiritual y sacramental. El mes de marzo del 2012, en el avión que lo llevaba a México, nuestro Papa Benedicto XVI evocó esta situación. Con la gran valentía de la verdad que lo caracteriza, se atrevió a calificarla de esquizofrenia: «Se nota en América Latina, pero también en otras partes, cierta esquizofrenia en algunos católicos entre moral individual y moral pública. En la esfera privada, son católicos y creyentes a título personal. Pero en la vida pública siguen otros caminos que no corresponden a los grandes valores del Evangelio, necesarios para la fundación de una sociedad justa. Por consiguiente, es necesario educar a superar esta esquizofrenia, a educar no sólo a una moral individual, sino también a una moral pública, y es lo que nosotros tratamos de hacer con la doctrina social de la Iglesia » .

Permitidme que traiga un ejemplo personal. Un miembro de mi Instituto es de Filipinas. Trabaja en Manila en una gran empresa. Esta empresa fue objeto un día de un control fiscal y debió pagar una multa bastante grande. El inspector le dijo claramente que podía anular esta multa, si se le pagaba discretamente, en billetes de banco, una cantidad a negociar. Insistió durante bastante tiempo; finalmente, se puso nervioso y dijo: « ¡es necesario concluir antes de 17 horas, porque después yo voy a la Iglesia para el Via Crucis y para la Misa»...!

Para ayudar a precisar la misión de la Iglesia y, por tanto, la de los laicos, el Concilio toma de nuevo el tema de San Agustín y recuerda claramente esta «compenetración de la ciudad terrestre y de la ciudad celeste » : « El divorcio entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerado como uno de los más graves errores de nuestra época. ( ... ) No se creen, por consiguiente, oposiciones artificiales entre las ocupaciones profesionales y sociales, por una parte, y la vida religiosa por otra. El cristiano que falta a sus obligaciones temporales, falta a sus deberes con el prójimo; falta, sobre todo, a sus obligaciones para con Dios ( ... ) » . El texto anima a continuación a los cristianos a realizar una síntesis vital entre los dos campos, espiritual y temporal.

La Iglesia y su misión sólo pueden comprenderse en la perspectiva de la Encarnación

2/ La salvación de los hombres: detrás de la banalidad aparente de esta expresión muy conocida, hay una gran verdad que el Concilio ha aclarado. En efecto, hasta entonces era habitual en la Iglesia hablar de almas más que de hombres. ¿Habéis notado esta pequeña diferencia en las palabras? Antes se decía fácilmente que era necesario salvar las almas, llevar las almas a Dios, etc. Desde el Vaticano II, la Iglesia habla sobre todo de hombres. Porque entra toda la antropología cristiana en esta cuestión de vocabulario. La Iglesia recuerda con fuerza que el hombre es « una unidad de cuerpo y alma » Es quizás el bienaventurado Juan Pablo II quien mejor ha expresado este misterio, con la fuerza y el poder habitual de sus fórmulas. Desde su primera encíclica, Redemptor hominis, destaca en un sólo párrafo : «se trata del hombre real, del hombre concreto, histórico, del hombre entero, de todo el hombre, del hombre en su plena dimensión, en toda su verdad, en su realidad humana, éste es el camino de la Iglesia» .

Para medir bien el alcance de esta observación, mencionaré con agrado dos ejemplos un poco extremos ; pero por esta razón son muy reveladores. Hace algunos años en una revista católica, se descubrió la actividad de una congregación misionera en Calcuta a finales del siglo XIX. Tenía como misión principal bautizar a los niños que morían en las calles. De los informes redactados para la casa general, se mencionaban regularmente el número de niños que así habían sido enviados al paraíso. Sí, las almas estaban salvadas. Pero yo me pregunto si no era necesario salvar en primer lugar los cuerpos y alimentar a estos niños. Un siglo más tarde, la bienaventurada Madre Teresa de Calcuta no trataba de bautizar a todos los moribundos que ella acogía; los asistía en Kalighat. Segundo ejemplo extremo: No hace mucho tiempo, en la capellanía universitaria en la que yo trabajo desde hace más de 25 años, un estudiante muy creyente manifestó su posición sobre los jóvenes afectados por SIDA: «han pecado, que se confiesen, y que le vamos a hacer si mueren: sus almas se salvarán ». Palabras terribles de alguien encerrado en sus convicciones, y que cortan como una hoja de cuchillo.

Es, pues, «el hombre, todo el hombre », para tomar la célebre fórmula de Pablo VI , a quien la Iglesia debe tener en cuenta y que es el objeto de su misión y de su caridad pastoral.

3/ Perfeccionar el orden temporal con el espíritu evangélico: el texto que comentamos indica tres campos para la misión de la Iglesia

-difundir la gracia de Cristo: mediante el medio principal de los sacramentos; esta participación en la función sacerdotal de Cristo corresponde evidentemente a los clérigos;

-anunciar a los hombres el mensaje de Cristo: esta participación en la función profética de Cristo es compartida entre los clérigos y los laicos;

-restaurar todo el orden temporal e impregnarlo y perfeccionarlo con el espíritu evangélico: esta participación en la función real de Cristo corresponde exclusivamente a los laicos. Este último punto alimentará todavía nuestra reflexión ; merece a su vez algunos desarrollos.

El Concilio explica: «Es preciso, con todo, que los laicos tomen como obligación suya la restauración del orden temporal ( ...) Todo lo que constituye el orden temporal, a saber, los bienes de la vida y de la familia, la cultura, la economía, las artes y profesiones, las instituciones de la comunidad política, las relaciones internacionales, y otras cosas semejantes, y su evolución y progreso, no solamente son subsidios para el último fin del hombre, sino que tienen un valor propio, que Dios les ha dado » .

Para Dios, para la Iglesia y para cada uno de nosotros, el mundo tiene, pues un valor propio. ¿Somos suficientemente conscientes de ello ? La Iglesia ha percibido el mundo, demasiado frecuentemente de forma negativa, como el reino del demonio y del pecado: « Si el mundo os odia, sabed que a mí me ha odiado antes que a vosotros; vosotros no sois del mundo, por eso os odia el mundo (...) el príncipe del mundo está juzgado » . Sin olvidar que el mismo San Juan nos dice también : « Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él » .

Desde su introducción, la constitución Gaudium et Spes nos invita a esta visión grandiosa y magnífica del mundo que reconcilia estos dos aspectos : «Tiene pues, ante sí la Iglesia al mundo, esto es, la entera familia humana con el conjunto universal de las realidades entre las que ésta vive. ( ...) El mundo esclavizado bajo la servidumbre del pecado, pero liberado por Cristo, crucificado y resucitado, roto el poder del demonio, para que el mundo se transforme según el propósito divino y llegue a su consumación» .

Esta perspectiva destacada por el Concilio aclara en profundidad la responsabilidad particular de los laicos en la Iglesia : «A los laicos corresponde, por propia vocación, tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios. ( ... ) Allí están llamados por Dios, para que, desempeñando su propia profesión guiados por el espíritu evangélico, contribuyan a la santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento. ( ...). Por tanto, de manera singular, a ellos corresponde iluminar y ordenar las realidades temporales a las que están estrechamente vinculados, de tal modo que sin cesar se realicen y progresen conforme a Cristo y sean para la gloria del Creador y del Redentor » .

La doctrina social de la Iglesia

¿Cómo, pues « restaurar el mundo según el Evangelio », para tomar de nuevo la bellísima fórmula del bienaventurado Juan Pablo II? Si el Magisterio cita en primer lugar la vida familiar y la esfera de la vida privada de cada uno de nosotros, insiste igualmente en su aspecto colectivo, social -en el sentido amplio. Y aquí es preciso mencionar el papel y la importancia de la doctrina social de la Iglesia. En realidad, desde hace más de un siglo, la Iglesia, madre y educadora, Mater et Magistra, como afirmaba el bienaventurado Papa Juan XXIII, ilumina nuestra mirada y orienta nuestra acción de laicos en el mundo. Esta enseñanza ha estado marcada en sus inicios por la encíclica Rerum Novarum de León XIII, en 1891. Y a continuación se ha desarrollado considerablemente. Abarca hoy día casi todos los aspectos de la vida en sociedad : el trabajo, la paz y el desarrollo, los derechos de la persona, el desorden del comercio internacional y de la finanza mundial, la protección del medio ambiente, etc. Su expresión más reciente es la gran encíclica del Papa Benedicto XVI: Caritas in Veritate.

No se trata de examinar detenidamente esta tarde juntamente con vosotros este inmenso tesoro. Pero para enriquecer nuestra reflexión sobre la misión de los laicos en la Iglesia, citaré sencillamente la definición sintética de toda esta enseñanza: «La doctrina social de la Iglesia propone principios de reflexión, extrae criterios de juicio, da orientaciones para la acción » . Tomemos cada uno de estos tres elementos:

-La Iglesia propone principios de reflexión: la Escritura y la Tradición de la Iglesia nos ofrecen principios seguros y fundamentales, como la dignidad de la persona humana, las exigencias de la justicia, de la verdad y de la caridad, la busca del bien común, etc. Encontramos expuestos estos principios en grandes documentos, como Pacem in Terris, Populorum Progressio, Laborem Exercens, Evangelium Vitae, etc.

-Aplicados a situaciones concretas, estos principios permiten extraer criterios de juicio. Pío XI por ejemplo, en el sombrío contexto de 1937, analiza los fundamentos del comunismo y del nacionalismo (Divini Redemptoris y Mit brennender Sorge). Después de la caída del muro de Berlín y el derrumbamiento del bloque soviético, el bienaventurado Juan Pablo II propone su análisis de la nueva situación mundial (Centessimus Annus, 1991). Nuestro Papa Benedicto XVI presenta en 2009 un análisis valiente y lúcido de los excesos del capitalismo mundial y del individualismo liberal, y sus consecuencias (Caritas in Veritate ).

-El Magisterio dona finalmente orientaciones para la acción. En situaciones concretas, las autoridades pueden invitar a los cristianos a actuar juntos en un sentido determinado. Pensemos en la extraordinaria resistencia de la Iglesia de Polonia en tiempos del comunismo, bajo la dirección del Cardenal Vizinsky. Pensemos en la lucha contra las leyes que favorecen el aborto o el matrimonio homosexual, en España y en otras partes. Pensemos en el combate contra la corrupción, las injusticias y la droga, en muchos países del mundo.

Esta doctrina social de la Iglesia aclara y orienta la misión de los laicos en el mundo; pero no la determina. En realidad, no existe un régimen político cristiano, una economía cristiana, una pedagogía o una medicina cristiana. Pero existe una manera cristiana de hacer política, economía, pedagogía o medicina. ¿Habéis observado los tres verbos utilizados en esta definición? « proponer », « extraer », « donar ». No so imperativos. Por el contrario, abren a la diversidad de respuestas posibles, al pluralismo que no siempre ha sido bien aceptado en la práctica de los cristianos. ¡Y con todo!

Hace un siglo y medio, por ejemplo, en una Francia muy monárquica, se les prohibió a los católicos apoyar una República heredada de la Revolución; en la misma época en Italia, se les prohibió a los católicos apoyar la monarquía que acababa de anexionarse Roma. O todavía, durante la segunda guerra mundial en Europa, había obispos y católicos en los dos campos. Así mismo hoy día, si la Conferencia Episcopal de Estados Unidos ha tomado una posición contra las armas nucleares, quizás es la única.

Este pluralismo de posibles elecciones aclara la responsabilidad personal de cada laico en el mundo, un campo en el que el Concilio reconoce la justa autonomía de las realidades temporales: «Una tal exigencia no sólo la reclaman imperiosamente los hombres de nuestro tiempo. Es que además responde a la voluntad del Creador» . Libertad y responsabilidad de los laicos. Pablo VI lo recordaba a los miembros de los Institutos Seculares : « La primera actitud que se ha de tener ante el mundo es el respeto de su autonomía legítima, de sus valores y de sus leyes » . Pero esta autonomía no significa independencia : las cosas creadas dependen de Dios, y los hombres no pueden disponer de ellas según su capricho, sin referencia al Creador. Asimismo, no pueden comprometerse en un camino que sería contrario a las exigencias de su fe .

Y desde entonces, ¿cómo efectuarán los laicos sus elecciones y decidirán sus acciones en el mundo ? El Concilio responde: «A la conciencia bien formada del seglar toca lograr que la ley divina quede grabada en la ciudad terrena. De los sacerdotes, los laicos pueden esperar orientación e impulso espiritual. Pero no piensen que sus pastores están siempre en condiciones de poderles dar inmediatamente solución concreta en todas las cuestiones, aun graves, que surjan. No es ésta su misión. Cumplan más bien los laicos su propia función con la luz de la sabiduría cristiana y con la observancia atenta de la doctrina del Magisterio » .

Para ejercer mejor su misión en la Iglesia, los laicos tienen dos instrumentos, dos brújulas :
-un instrumento objetivo para iluminarlos intelectualmente : es la doctrina social de la Iglesia ; el bienaventurado Juan Pablo II ha hecho de la misma uno de los tres pilares de toda formación seria de los laicos, juntamente con la formación doctrinal y la formación espiritual ; un instrumento sujetivo para iluminarlos espiritualmente: es su conciencia. Es una exigencia esencial para la misión de los laicos en la Iglesia, pues no es necesario ser creyente para practicar esta Doctrina social. La constitución Gaudium et Spes describe así la conciencia, inspirándose en el bienaventurado John Henry Newman : « La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquella». Para obedecer a su conciencia, el laico debe aprender también a discernir la voz de Dios en el silencio interior. No puede asumir su misión en la Iglesia sin desarrollar su propia interioridad en el secreto de la oración; no puede asumir su misión en la Iglesia sin desarrollar su propia interioridad en el secreto de la oración; no puede servir a Dios en el mundo si, en la fe, no escucha, en primer lugar, la voz de Dios en la franqueza de la oración. Porque los laicos – que se espera sean creyentes – son ante todo instrumentos vivos y colaboradores del Espíritu Santo, el único verdadero maestro y agente de la misión.

A este punto es hora de concluir esta demasiado larga intervención.

Subrayaría antes una evolución semántica que discretamente se ha producido. En realidad, yo he partido del tema propuesto: « el servicio de la Iglesia como laicos y en cuanto laicos» ; después este tema progresivamente se ha convertido en « la misión de los laicos en la Iglesia»: la misión es más rica de sentido que el servicio; y «de la Iglesia» se ha convertido de forma más explícita: «en la Iglesia ». Y esto ya es una manera de responder al interrogante que se nos planteó.

Por otra parte, y para subrayar la urgencia del compromiso de los laicos en la misión de toda la Iglesia, traeré a la memoria un breve recuerdo personal. Hace unos veinte años trabajé un semestre en la Universidad de Tübingen, en Alemania. Durante la Cuaresma, todas las Iglesias presentaban fijada en el muro la siguiente bella frase con grandes caracteres : « Gott hat keine Bande, nur deine », Dios tiene solamente tus manos; ¡qué invitación! A su manera, ya San Ignacio de Loyola nos invitaba a «rezar a Dios como si todo dependiera de Él, y a actuar como si todo dependiera de nosotros ». Así mismo, el bienaventurado Juan Pablo II dirigiéndose a los laicos: «Nuevas situaciones, tanto eclesiales como sociales, económicas, políticas y culturales, reclaman hoy, con fuerza muy particular, la acción de los fieles laicos. Si el no comprometerse ha sido siempre algo inaceptable, el tiempo presente lo hace aún más culpable. A nadie le es lícito permanecer ocioso» . Nosotros aquí, como miembros de Institutos Seculares, dejemos resonar en nosotros las siguientes fórmulas de Pablo VI , que conocemos perfectamente y que resumen muy bien nuestro ideal :

-«alpinistas espirituales » ;
-«en el mundo, no del mundo, pero para el mundo».
-«ala avanzada de la Iglesia en el mundo»;
-«laboratorio experimental en el que la Iglesia verifica las modalidades concretas de sus relaciones con el mundo».

Finalmente, y ya que estamos en Asís, en proximidad fraterna con San Francisco, escuchemos una de sus oraciones a la luz de todo lo que se acaba de decir :
Señor, ¡haced de mí un instrumento de de tu paz ! Que donde haya odio, ponga yo el amor. Donde haya ofensa, ponga yo el perdón. Donde haya discordia, ponga yo la unión. Donde haya error, ponga yo verdad. Donde haya duda, ponga yo la fe. Donde haya desesperación, ponga yo esperanza. Donde haya tinieblas, ponga yo la luz. Donde haya tristeza, ponga yo alegría.

¡Gracias por vuestra paciencia y benévola atención!


Nota de la CMIS: este texto es una traducción del original en francés.

Un nuevo modelo de santidad como fidelidad a Dios en el mundo

Monseñor Gérald Cyprien Lacroix

Arzobispo de Québec

Primado de Canadá

Una canción muy bella del gran poeta de Québec, Félix Leclerc, contiene las siguientes palabras : « C'est beau la vie, c'est grand la mort, c'est plein de vie dedans » (Es bella la vida, es grande la muerte, está llena de vida). Refiriéndome al tema que se me ha pedido que exponga en el marco de esta Conferencia Mundial de Institutos Seculares, permitidme parafrasear a nuestro ilustre cancionista diciendo a mi modo : ¡« Es santa la vida ; es santa la muerte, está llena de Dios » ! En realidad, ya que Dios es santo, es decir tres veces santo, ¿la obra de sus manos no muestra la huella misma de su Creador?

Desde ayer reflexionamos sobre este desafío que se nos ha pedido afrontar, el estar a la escucha de Dios en los surcos de la historia, en la que estamos llamados a vivir intensamente nuestra vocación cristiana. Tratamos de definir nuevos modelos de santidad en el mundo, permaneciendo fieles a Dios.

Desde el inicio, os entrego en una sola palabra la clave de interpretación de mis palabras sobre la santidad, su esencia y su manifestación más bella, ¡Jesucristo ! Él es, precisamente Él, el nuevo modelo de santidad. Es Aquel que ha encarnado la fidelidad a Dios en el mundo. No encontraremos nada nuevo fuera de Él, pues es el Alfa y Omega. « Jesucristo es el mismo, ayer, hoy y por los siglos » (Hb 13, 8).

La obra santa de Dios Creador

Llamo vuestra atención sobre la palabra santo, que resuena en nuestra Iglesia desde hace siglos en cada una de las celebraciones eucarísticas. El SANCTUS es el principal himno de adoración de nuestra liturgia ; es el cántico del ceremonial celeste. La primera parte de este himno está tomada del profeta Isaías, que ha escuchado exclamar a los Serafines tres veces: «Y se gritaban el uno al otro estas palabras: Santo, santo, santo, Señor Sebaot: llena está toda la tierra de su gloria » (Is 6, 3). La segunda parte procede de la aclamación de la multitud que agitaba ramos durante la entrada de Jesús en Jerusalén, la vigilia de su pasión : « La gente, muy numerosa, extendió sus mantos por el camino ; otros cortaban ramos de los árboles y los tendían por el camino. Y la gente que iba delante y detrás de él gritaba : « ¡Hosanna al hijo de David ! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas! » (Mt 21, 9).

Habréis notado, sin duda, que en el primer texto en particular, la referencia a la santidad de Dios no se cuchichea como convendría a la majestad de un corazón divino. Se grita desgañitándose como un trueno que resuena hasta los confines del universo y hasta lo profundo de los corazones. Esta santidad es contagiosa e imperiosa. Inspiró, en primer lugar, al profeta Isaías una toma de conciencia de su naturaleza pecable: «¡Ay de mí, que estoy perdido!, pues soy un hombre de labios impuros» (Is 6, 5). Pero inmediatamente, después de esta confesión, se realiza en él un formidable proceso de conversión. Cuando la voz del Señor, tres veces santo, se hace escuchar para invitarlo, a pesar de todo, a servirlo en el cumplimiento de una exigente misión profética, él afronta el desafío y responde: «Heme aquí: envíame » (Is 6, 8). ¿Cómo, a semejanza de Isaías, somos interpelados, llamados, en nuestra vida cristiana, y como miembros de un Instituto Secular, por la santidad de Dios? ¿Qué vinculo puede existir entre la santidad de Dios y nuestra misión de vivir santamente en este mundo, en cualquier tiempo y en cualquier lugar ?

La llamada de Dios a la vida

Durante nuestra vida, cada uno y cada una de nosotros somos invitados a responder a una gran cantidad de llamadas, comenzando por la más fundamental, la del Creador a entrar en el mundo de los vivientes: « Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, macho y hembra los creó ». (Gn 1, 26-27). Desde el momento de nuestra concepción y de nuestro nacimiento, somos llamados por Dios a formar parte de la noble cohorte de estos seres que, desde hace miles de años, pueblan la tierra y le confieren su carácter más prestigioso, la humanidad.

La entrada en un mundo creado por Dios para que el hombre realice en él su destino, tiene la huella indeleble de su creador: «Vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien». (Gn 1, 31). En cuanto miembros de un Instituto Secular, nos interesa reconocer la santidad de este mundo creado por Dios y ser modelos para la realización de su proyecto sobre la humanidad. ¿De qué otro modelo más apropiado podemos hoy evocar el recuerdo en esta dulce ciudad de Asís, sino del más ilustre de sus hijos, una figura entre las más simpáticas de la hagiografía cristiana, a quien llamamos fraternalmente Francisco, este joven, seducido por Jesucristo y su Evangelio? Volveremos sobre el particular más tarde durante esta Conferencia. He aquí un hombre que ha percibido con una sorprendente sensibilidad el carácter sagrado de la naturaleza creada por Dios, y que la canta con acentos poéticos que testimonian su fe profunda : « Alabado seas, mi Señor, por todas tus criaturas, sobre todo por nuestro hermano sol...», y que a continuación menciona por su nombre todos los elementos de la creación. ¿No deberíamos reconocer nosotros de esta forma la hermosura de la que el Creador ha dotado su obra, que ha hecho santa, todo lo que es visible y lo que es invisible, y de esta forma enriquecer nuestra vida con la alegría de ser parte urgente para exclamar con el salmista: « ¡Los cielos cuentan la gloria de Dios, el firmamento anuncia la obra de sus manos! » (Sal 19, 2) La Influencia de Francisco ha atravesado los siglos y franqueado los continentes y los mares. Ha prestado su nombre a numerosas generaciones de cristianos, entre ellos el de mi predecesor, el Bienaventurado François de Laval, primer obispo de Québec.

Lejos de mí, la idea de sugerir la imagen de una tierra idílica, sin fallos y sin defectos, una especie de paraíso terrestre, como lo describen algunos autores del siglo XVI, después de haberse aventurado, con frecuencia por casualidad, en el Nuevo Mundo.

Nosotros estamos muy lejos de imaginar el mundo creado por Dios como un paraíso, incluso perdido, y a los humanos que lo habitan como ángeles, que lamentablemente nos parecen a veces un poco decaídos. La historia reciente de la humanidad ha puesto dolorosamente de manifiesto rasgos particularmente violentos del comportamiento de algunos de nuestros contemporáneos. Los conflictos continúan causando estragos en numerosos lugares del globo. Asistimos asombrados e impotentes a la rápida degradación de nuestro planeta contaminado por los gases de invernadero y por muchas otras materias contaminantes. Los boletines informativos no cesan de transmitirnos imágenes de matanzas humanas, de cataclismos que siegan con una sola ola o con violentos movimientos telúricos la vida de miles de personas que no tenían más culpa que la de encontrarse allí en ese momento preciso. ¿Es bella esta tierra que el Creador, en su infinita santidad, ha dejado en herencia a los humanos para que se multipliquen y la sometan ? Por diversas razones, afirmo que tenemos el deber de superar los obstáculos que la vida nos presenta y de percibir en todas partes la bella obra de Dios. Y ésta es la razón principal.

La obra maestra de la creación

El Verbo de Dios donado al mundo

Dios ha perfeccionado la obra de su creación dando al mundo su tesoro más santo, su mismo Hijo : « Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Unigénito, lleno de gracia y de verdad » (Jn 1, 14). Desde el inicio de su vida pública, en su bautismo en el Jordán, Jesús de Nazaret se siente designado por el Padre como: « ...Tú eres mi hijo amado, en ti me complazco» (Mc 1, 11). En el mismo relato evangélico, esta vez con ocasión de la Transfiguración de Jesús, la voz de Dios ordena a los discípulos elegirlo como modelo: « Éste es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle» (Lc 9, 36). He aquí, pues, establecida la supremacía de Cristo y confirmado el papel que desempeñará en la salvación de toda la humanidad, y en el cumplimiento del proyecto de santificación de todas las personas que, en todo el mundo, querrán seguir sus pasos.

Jesucristo, perfecto modelo de santidad para todo tiempo

¡Qué modelo más pertinente podemos evocar para asegurarse que vivimos según el plan que Dios ha trazado para la humanidad y que transformamos el mundo con Él, sino dirigiendo nuestra mirada al mismo Jesús! Cristo Jesús ha indicado muy bien el camino para que seamos la sal de la tierra y la luz del mundo, y para que lleguemos a ser nuevos modelos de santidad hoy, en este nuestro mundo.

El Señor Jesús ha amado sinceramente la tierra y todos sus habitantes y ha reconocido su carácter sagrado. Una gran cantidad de parábolas, que utiliza para anunciar su mensaje, se refieren a una naturaleza que Él encuentra bella, en la que vive durante el día y con frecuencia durante la noche. Así, él menciona la higuera, los lirios del campo, el trigo cogido incluso el sábado, las aves, el agua de los lagos y de los ríos, la tierra, el viento y el cielo, el vino de la boda de Caná y el pan de la Cena. Todos estos elementos testimonian una estrecha familiaridad con el medio ambiente en el que vive.

Pero su gran solicitud es hacia su pueblo, las mujeres, los niños y los hombres de su tiempo, hacia los cuales muestra un profundo interés, un conmovedor afecto, sinceras muestras de simpatía y de piedad. Constata cómo el mal y la enfermedad destrozan el cuerpo y los espíritus y se emplea en aliviar y curar. En vez de escapar ante la problemática sociopolítica o religiosa de su época, propone respuestas que testimonian su apego incondicional al Amor de su Padre, que se revela como el fundamento de toda su actividad, de todas sus decisiones y de toda su vida. Esta santidad producirá tal impresión en sus contemporáneos, que inflamará el corazón de numerosos discípulos. Como Cristo les ha enseñado, éstos se distribuirán por el mundo conocido y su acción producirá efectos que llegan hasta nosotros : «Jesús les dice estas palabras: Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 19-20).

El mensaje evangélico que inspira la vida de mujeres cristianas y de hombres cristianos dimana directamente de la persona de Cristo « ... el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14, 6). La existencia cristiana es portadora de un sentido que nos guía en todo nuestro itinerario de vida, en nuestras relaciones humanas, en nuestras actividades profesionales y sociales. Nosotros tratamos, entonces, de imitar los valores más fundamentales que el mismo Cristo ha juzgado conformes a la voluntad de su Padre : « Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor » (Jn 15, 10). En realidad son estos valores los que han suscitado la admiración de personas que han tenido el privilegio de conocerlo o de encontrarlo, y que han marcado a quienes han acogido su enseñanza. Consideremos más de cerca algunos de estos valores fundamentales privilegiados por Jesús. Tomemos tiempo para constatar cómo son susceptibles de provocar el compromiso de mujeres cristianas y de hombres cristianos, particularmente de los miembros de Institutos Seculares como nosotros, en nuestro camino hacia la santidad en el corazón del mundo.

El reconocimiento de la dignidad de la persona humana es uno de los valores más fundamentales apreciados por Jesucristo en su vida y en su enseñanza. Numerosos relatos evangélicos describen al Señor que supera ciertos tabúes sociales de su época. Se atrevió a manifestar compasión hacia las personas que eran considerados números despreciables en la sociedad, por ejemplo los niños o algunas categorías de personas enfermas, como los leprosos que eran castigados con la exclusión y despreciados. Expresó una profunda piedad hacia los enfermos que acudían a El a miles para ser curados de aflicciones consideradas, con frecuencia, como vergonzosas. Una de las actitudes más audaz y más innovadora para los hombres de este tiempo, es su posición ante las mujeres, ya fueran prostitutas, viudas, extranjeras, o sencillamente amigas muy queridas. He aquí, pues, algunos de los valores apreciados por Jesús, y capaces de hacer nacer por emulación nuevos modelos de santidad, perfectamente compatibles con el plan de Dios en nuestro mundo. ¿Cómo puede suceder?

Bautizados en Jesucristo, nosotros vivimos de su vida e irradiamos el ardor de nuestra fe

Estamos llamados a ser testigos de la santidad de Dios en esta comunidad creyente que es la Iglesia de Jesucristo, y en el mundo que ella tiene como misión guiar y santificar. El momento fundamental de nuestra vocación es el bautismo que nos recrea y nos confiere nuestra identidad insigne de hijos de Dios para una vida nueva y eterna. Cuando hemos elegido perfeccionar nuestra vida bautismal uniéndonos a un Instituto Secular, ha sido para responder mejor, día tras día, a la llamada de Cristo a ser santos, santas : « Más bien, así como el que os ha llamado es santo, así también vosotros sed santos en toda vuestra conducta, como está escrito: Seréis santos, porque santo soy yo » (1 P 1, 15-16). Éste es, pues, el desafío que debemos afrontar o la bella misión que debemos realizar, vivir santamente en nuestro mundo, que siempre está en busca de sentido, sediento de verdad, que parece tan poco atraído por cualquier referencia a lo sagrado, principalmente la religión, sin ceder al efecto de ósmosis, que correría el riesgo de arrastrarnos y desanimarnos, sino permaneciendo centrados en Cristo.

Porque ni Cristo Jesús, ni las Escrituras nos ofrecen una respuesta fácil e inmediata a los mayores problemas de nuestro tiempo. Nuestra fe no dispone de recetas mágicas para resolver los grandes interrogantes existenciales sobre el origen del mundo y de la vida, o sobre cómo se debe entender la calidad de la vida o la dignidad de la muerte. La fe se confronta continuamente con los problemas éticos que nacen de las investigaciones biomédicas, tecnológicas, y de las transformaciones sociopolíticas y económicas que remodelan el mundo a un ritmo enloquecedor. La fe no disipa nuestros temores ante el despliegue de armas de destrucción masiva, ni ante la incertidumbre a la que puede conducirnos un desarrollo equivocado de la ciencia y de la tecnología.

Nosotros vivimos en medio de un mundo en plena ebullición. Sabemos reconocer los avances positivos de la ciencia, de la tecnología y los progresos de la medicina, lo cual valora las capacidades humanas recibidas del Creador. Sin embargo, estamos llamados, por nuestro bautismo y nuestra condición de discípulos de Cristo, a mantener una mirada crítica ante las elecciones de la sociedad, que en nada contribuyen al progreso de la humanidad porque no respetan la dignidad del ser humano.

En un mundo secularizado y difícil

Una mirada rápida a las grandes tendencias de nuestra sociedad occidental nos da una imagen que choca con frecuencia con nuestra comprensión de los elementos más fundamentales de nuestro código de conducta cristiana : hedonismo, individualismo, mercantilismo, injusticia, indiferencia, es decir, desprecio de lo sagrado y de la religión, haciendo aparecer comportamientos que van en contra del ideal propuesto por el Evangelio.

Se asiste actualmente a una desoladora falta de cultura religiosa, incluso en las personas de una generación en la que la fe se ha enseñado más sistemáticamente pero en la que, por razones diversas, estos hombres y mujeres no han realizado el encuentro personal con Cristo. En este humus estamos invitados a ser « una lámpara que alumbre a todos los que están en la casa » (Mt 5, 16).

Las palabras que dirigió el Bienaventurado Papa Juan Pablo II a los participantes en el Congreso mundial de Institutos Seculares, en 1980, todavía permanecen actuales para nosotros aquí, en Asís, en este 24 de julio de 2012. El Santo Padre citaba entonces las palabras de su predecesor, el Papa Pablo VI, a los Responsables generales de los Institutos Seculares: (25 de agosto de 1976) : « Si permanecen fieles a su vocación propia, los Institutos Seculares serán como el laboratorio experimental en el que la Iglesia verifica las modalidades concretas de sus relaciones con el mundo. Por esta causa, los Institutos Seculares deben escuchar, como dirigido sobre todo a ellos, el llamamiento de la Exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi: « Su tarea primera... es el poner en práctica todas las posibilidades cristianas y evangélicas escondidas, pero a su vez ya presentes y activas en las cosas del mundo. El campo propio de su actividad evangelizadora es el mundo vasto y complejo de la política, de lo social, de la economía, y también de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de los medios de comunicación de masas (no. 70). » ¡Éste es el campo fértil, completamente trazado, para emprender una nueva evangelización! Veamos rápidamente cómo nuestra busca de modelos de santidad puede fructificar en este nuevo panorama en el que estamos los obreros enviados a la viña del Señor.

Prestemos, una vez más, atención a lo que el Bienaventurado Papa Juan Pablo II escribía en su Exhortación apostólica Christifideles Laici (30 de diciembre de 1988, no. 3) sobre la actitud que conviene tener ante el mundo en el que vivimos : «Es necesario entonces mirar cara a cara este mundo nuestro con sus valores y problemas, sus inquietudes y esperanzas, sus conquistas y derrotas: un mundo cuyas situaciones económicas, sociales, políticas y culturales presentan problemas y dificultades más graves respecto a aquél que describía el Concilio en la Constitución pastoral. De todas formas, es ésta la viña, y es éste el campo en que los fieles laicos están llamados a vivir su misión. Jesús les quiere, como a todos sus discípulos, sal de la tierra y luz del mundo».

¿Resulta, pues, tan difícil responder a la invitación de Cristo, nuestro camino y nuestro modelo, que nos invita a seguirlo « ... para que donde esté yo, estéis también vosotros » (Jn 14, 3) ? Tocamos así el centro del dilema que nos acecha como discípulos de Cristo, ávidos de cumplir nuestro ideal de santidad permaneciendo fieles al plan de Dios sobre el mundo. ¿Cómo actuar conforme a nuestras convicciones en el mundo en el que vivimos ? ¿Es preciso despreciarlo y retirarse, ignorarlo y vivir aislados, o más bien amarlo y creer que el Espíritu lo habita y lo santifica ? Propongo una visión positiva de nuestra pertenencia al mundo. Dios lo ha creado para nosotros. « Dios es nuestro Padre en cuanto es nuestro Creador. Porque Él nos ha creado, nosotros le pertenecemos. El ser, en cuanto tal, procede de Él, y es, por tanto, bien y participación de Dios » (Ratzinger/Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, 2007, pág. 161). ¡Estamos invitados ahora a participar con Él en su recreación con la fuerza del Espíritu de Jesús resucitado !

La voz del Señor se transmite a través de los acontecimientos de la historia de la Iglesia y de la humanidad, como nos lo recuerdan los Padres del Concilio Vaticano II : «Movido por la fe, que le impulsa a creer que quien lo conduce es el Espíritu del Señor, que llena el universo, procura discernir en los acontecimientos, exigencias y deseos, de los cuales participa juntamente con sus contemporáneos, los signos verdaderos de la presencia o de los planes de Dios. La fe todo lo ilumina con nueva luz y manifiesta el plan divino sobre la entera vocación del hombre. Por ello orienta la mente hacia soluciones plenamente humanas» (Constitución pastoral Gaudium et Spes, 11).

Las narraciones de la Creación nos recuerdan que Dios se maravilló ante su obra y la encontró « muy bien ». Nosotros debemos ser capaces de hacer lo mismo. Sin embargo, el Señor ha sido capaz también de ver el sufrimiento y el mal que entraron en el mundo a causa del pecado. Este mundo en el que vivimos, con frecuencia inquietante y amenazador, nos obliga a someternos de nuevo a las luces del Espíritu de Dios y a las enseñanzas del Magisterio de su Iglesia. Nosotros tenemos el deber de vigilar, de trabajar según nuestros medios para modificar ciertas problemáticas que son de nuestra incumbencia y de esperar, contra toda esperanza, en la alegría y solidaridad humana. He aquí, pues, pistas que los bautizados, y particularmente las mujeres y los hombres de Institutos Seculares, pueden explorar para esbozar modelos de santidad en sus compromisos respectivos. Ciertamente, no es una ligera tarea, pero ¡qué desafío interesante !

Un mundo en espera de amor, de fe y de esperanza

¿Cómo definir un modelo de santidad en un mundo que hace del placer el principio y el fin de la vida, y que busca la máxima satisfacción con el mínimo esfuerzo ? Vosotros habréis reconocido en estas palabras la definición del hedonismo y del individualismo que se le asemeja, dos corrientes características de nuestra sociedad actual. Es cierto que esta tendencia a la facilidad y a replegarse en sí mismo se observa en el comportamiento de grupos sociales y de individuos cada vez más ávidos de obtener siempre beneficios en perjuicio de las responsabilidades que deberían acompañarlos. Pero también es cierto que fuerzas formidables de generosidad y de compartir están actuando en el mundo. Pensemos en las luchas contra la pobreza y el analfabetismo, en los auxilios ofrecidos a las víctimas de guerras y de otras catástrofes por los Médicos sin Fronteras y por voluntarios generosos, en miles de hombres y mujeres que, en nombre de su fe cristiana, luchan en favor del respeto de la vida o por el establecimiento de la justicia y de la paz. Considerando estas múltiples manifestaciones de gratuidad, generosidad y altruismo, no puedo no admirar la puesta en práctica de lo que nosotros podemos llamar la Carta de la santidad cristiana, el magistral discurso de las Bienaventuranzas : « ... Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados... Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios » (Mt 5, 6-9). A este mundo estamos llamados, pues, a llevar la Buena Nueva mediante una nueva evangelización.

Llamados a testimoniar el amor de Dios mediante una nueva evangelización

Aunque la expresión «nueva evangelización » esté actualmente bastante difundida y suficientemente asimilada, sigue siendo una expresión aparecida recientemente en el universo de la reflexión eclesial y pastoral, de manera que su significado no es siempre claro y estable. El Bienaventurado Papa Juan Pablo II es el primero que pronuncia la expresión nueva evangelización. La convierte en una obra maestra de su Magisterio : « Hoy se ha de afrontar con valentía una situación que cada vez es más variada y comprometida, en el contexto de la globalización y de la nueva y cambiante situación de pueblos y culturas que la caracteriza. He repetido muchas veces en estos años la «llamada » a la nueva evangelización. La reitero ahora, sobre todo para indicar que hace falta reavivar en nosotros el impulso de los orígenes, dejándonos impregnar por el ardor de la predicación apostólica después de Pentecostés. Hemos de revivir en nosotros el sentimiento apremiante de Pablo, que exclamaba: « ¡ay de mí si no predicara el Evangelio!» (1 Co 9, 16) (Novo Millenio Ineunte, No 40).

Su Santidad, nuestro Papa Benedicto XVI, prosigue ahora la orientación de su predecesor, como lo atestigua la creación del Consejo Pontificio para la Nueva Evangelización, el 12 de octubre de 2010, y la celebración del próximo Sínodo de los Obispos en Roma, que tratará « La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana». El santo Padre precisará, por otra parte, sus intenciones sobre este Consejo, cuando afirma : « Haciendo mía la preocupación de mis venerados predecesores, considero oportuno ofrecer respuestas adecuadas para que toda la Iglesia, dejándose regenerar por la fuerza del Espíritu Santo, se presente al mundo contemporáneo con un impulso misionero capaz de promover una nueva evangelización » (Motu Proprio « Ubicumque et Semper », 21 de septiembre de 2010).

La Iglesia y el mundo tienen necesidad de una nueva evangelización, ¡no de un nuevo Evangelio ! Se trata de anunciar, pues, la Buena Nueva de una manera renovada, vigilando concentrarse en el corazón de la fe que puede hacer cambiar nuestras vidas, tocar y atraer los corazones de los creyentes y de los no creyentes. Para nosotros, miembros de diversos Institutos Seculares, que estamos llamados a participar en esta vasta obra, es importante recordar las condiciones óptimas para su realización, es decir, la experiencia profunda y personal del amor de Cristo y de su salvación: « Quien ha encontrado verdaderamente a Cristo no puede tenerlo sólo para sí, debe anunciarlo con la valentía de tener que plantearse la siguiente pregunta: ¿Si no tengo el gusto de anunciarlo, lo he encontrado verdaderamente? » (Novo Millenio Ineunte, No 40).

En cuanto verdaderos y verdaderas creyentes, y con el sostén del Espíritu de Dios, estamos llamados a la santidad e invitados a testimoniar durante toda nuestra vida la belleza de los valores evangélicos. Éstos deben traslucirse en todo lo que somos y hacemos. El evangelizador testimonia la experiencia personal y comunitaria del Amor de Dios, las maravillas de Dios en su vida y no lo que ha aprendido sobre Dios. «Porque esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación» escribe el apóstol Pablo a los Tesalonicenses (1 Ts 4, 3).

Algunos bellos testimonios de la presencia activa de Dios

Admiramos los grandes testigos, cuya vida y obra han tocado y transformado la humanidad. Laicos como Jean Vanier, Madeleine Delbrêl, Chiara Lubich, la Madre Teresa de Calcutta, y muchos otros que podríamos citar. Éstos son verdaderos modelos, cuyo trabajo e influencia testimonia el poder del Espíritu en nuestro tiempo. Son dichos comportamientos los que deben inspirarnos en el camino de nuestra vida y en la busca de la santidad. El Papa Pablo VI decía muy bien que «El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escuchan a los que enseñan, es porque dan testimonio » (Evangelii Nuntiandi, no 41).

Como os habrá sucedido a vosotros, yo conozco personalmente personas que, en sus vidas, expresan esta misma sed de perfección e imitación de Cristo, y que actúan como faros en el universo nebuloso de la vida de algunos de sus contemporáneos. Yo pertenezco al Instituto Secular Pío X, fundado en 1939 por el Padre Henri Roy. Éste tenía la costumbre de decir: « El sólo defecto de una vida es no ser santo ». Las personas que lo han frecuentado, lo han calificado como « obsesionado por la santidad » (Revue Je Crois, 1985). Estoy de acuerdo en que esta expresión puede parecer peyorativa, pero os aseguro que no hay nada de eso. Como el Hermano Francisco, como todos los santos y santas que han marcado la vida de la Iglesia y su época, el Padre Roy ha sido un verdadero testimonio del Amor y de la solicitud de Dios en el mundo. Fue un ardiente artesano de la caridad de Cristo a todos los humanos, particularmente a los pobres, los jóvenes y los más necesitados entre ellos. Como lo expresaba el profeta Jeremías, estos hombres y mujeres son los « locos de Dios » : « Me has seducido, Señor, y me dejé seducir » (Jr 20, 7).

Un modelo inspirador para nuestro tiempo

En ciertos momentos de la historia, el destino parece dudar entre contrariedad y adversidad, como si esperara la venida de alguien, pero nadie viene. Hacia finales del siglo XII, en esta ciudad de Asís, un joven casi logró hacer triunfar el ideal. Su vida se desarrolla en dos tiempos como si tuviera que ilustrar lo que existe de triste y de alegre en la vida, de pequeño y de grande, de mundano y de espiritual, de improductivo o de sublime, en un enfrentamiento existencial del que San Pablo resume los parámetros, una vida en la que «la carne tiene apetencias contrarias al espíritu, y el espíritu contrarias a la carne » (Ga 5, 16).

Cito el ejemplo de San Francisco, no sólo porque su santidad ha sido reconocida oficialmente por la Iglesia, sino, sobre todo, porque percibo en su camino un modelo susceptible de inspirar nuestra propia busca de una vida santa y gozosa. Francisco ve la luz en una época en la que todos los excesos de la vida son moneda común. La Antigüedad pagana todavía no se ha olvidado, y sus costumbres disolutas no han sido borradas por el mensaje evangélico. El país, como el conjunto de los países de Europa, es desgarrado por guerras intestinas y por luchas de poder. La distancia entre ricos y pobres crea desigualdades escandalosas que engendran ignorancia, enfermedad y carestía. La misma Iglesia vacila en sus bases ; se ha alejado de la fidelidad a su Maestro y su misión se ha pervertido. Un día, Francisco escucha la voz de Cristo que le dice : « Francisco, ve y repara mi Iglesia que está en ruinas. »

Francisco crece en una familia burguesa y su juventud se colma de todos los placeres y de toda despreocupación, que le procura riqueza, notoriedad y un carácter bonachón que fácilmente le atrae la admiración y simpatía de todos. Esta primera parte de su vida llega a su fin con una experiencia espiritual inusitada, que inicia en la pequeña iglesia de San Damián. Como Blas Pascal que, en 1654, conocerá una experiencia semejante que él calificará de « noche de fuego », Francisco adquiere enseguida y dolorosamente conciencia de su condición de pecador. La imagen que tiene de sí mismo se hace insoportable comparándola con la que percibe de la persona de Cristo. Atrapado por los remordimientos, pero sobre todo ardiendo en un amor incondicional por Aquel que llama desde ahora el Amor, se compromete a ser otro Cristo. Siente, a su vez, esta experiencia, vivida antes que él por San Pablo : « Con Cristo estoy crucificado; y ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí » (Ga 2, 19-20).

Francisco ya es un hombre nuevo. Conoce muy bien la sociedad y el mundo en el que vive. Predica con palabras sencillas y comprensibles la conversión, la renovación, la vuelta a una fe que no se base en el conocimiento de los dogmas, en el cumplimiento de preceptos y en el rezo rutinario de oraciones, sino en una verdadera comunión personal de amor con Cristo. Su predicación no es moralista; no tiene nada de dogmático, ni de autoritario. Le basta vivir como Jesús, en la alegría, el compartir, la compasión y la santa pobreza para que su testimonio sea su lenguaje más elocuente. Él, que no ha realizado estudios teológicos, pero que arde por compartir la alegría que le procura el amor loco que tiene de Dios, se pone en camino y propaga la Buena Nueva con palabras que suenan auténticas y que tocan los corazones. Mediante una vida de obediencia y de pobreza elevada al rango de virtud, ya que se identifica con la de Cristo, Francisco se convierte en el artesano de una nueva evangelización en su mundo.

Su influencia modificará el curso de la historia de la Iglesia y de todo el mundo. Su mensaje es una llamada apremiante a los hombres y a las mujeres de todos los tiempos para que se conviertan, una invitación a volver decididamente a Cristo, nuestro perfecto modelo, para que Él nos inspire sus actitudes en nuestra vida de todos los días.

Por nuestra parte afrontar el desafío y servir de modelos en la oración y en la acogida de la Palabra de Dios

Queridos hermanos y hermanas de Institutos Seculares, que trabajáis en medio del mundo por vuestra profesión y por vuestro compromiso en el seno de la Iglesia, en diversos sectores de la vida humana y pastoral, juntos creemos sinceramente que el Espíritu Santo nos guía en nuestra busca de una vida gozosa, lo que llamamos nuestra aspiración a la santidad. Y nosotros nos entregamos de nuevo a su acción benéfica y tranquilizadora para que sea indefectiblemente nuestro guía de santidad, como nos lo dice el profeta Ezequiel : «Infundiré mi espíritu en vosotros y haré que os conduzcáis según mis preceptos y observéis y practiquéis mis normas » (Ez 36, 26-27). Profundamente arraigados en este mundo, en el que nos dedicamos a descubrir su belleza y grandeza, sabemos que es santo porque procede de Dios y está habitado por Él. Constatamos que el don más sublime del Creador a los humanos es su Hijo, nuestro Señor Jesucristo. Por Él y en Él, reconocemos el Camino y la Verdad. Tenemos la seguridad de poder contar con la fuerza de su Espíritu para afrontar pacífica y positivamente todos los obstáculos que surgirán en los caminos de nuestra vida. « Sed, pues, imitadores de Dios como hijos queridos, y vivid en el amor como Cristo os amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave aroma » (Ef 5, 1).

Este desafío no es fácil de afrontar. Fue difícil para Jesús superar las asechanzas que le fueron tendidas, las traiciones de sus amigos, la incomprensión de su mensaje, los sufrimientos de su pasión. Pero Él venció la adversidad con el medio de la oración. En todo momento, día y noche, y particularmente cuando el peso de su misión se manifestaba difícil de soportar, Él se dirigía a su Padre y rezaba. La oración estaba en el centro de la vida de Jesús. Era un diálogo constante con Aquel que lo había enviado. Era la consolación en la noche de la duda, su alimento en el desierto y su consuelo en la prueba. La oración era el exutorio en los momentos de intensa alegría y de grandes emociones, la fuente en la que bebía para realizar los milagros de la curación de almas y cuerpos. Jesús era oración, cumpliendo en todas las cosas la voluntad de su Padre, haciendo de nosotros sus hijos. « Y, como sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama : ¡AbbáPadre ! » (Ga 4, 4-6).

Cuando los Apóstoles pidieron al Señor que les enseñara a rezar (cfr. Lc 11, 20), Él les enseñó a decir « Padre Nuestro », con las palabras que brotarán de su corazón, la oración que él mismo ha dirigido a Dios y a la que ha asociado a todos los miembros de su familia. Queridos amigos, éste es el instrumento con el que podemos ser modelos de santidad. La oración es el grito y el soplo del Espíritu en nosotros que nos empuja hacia nuestros hermanos y hermanas, en todas las partes donde ellos se encuentran. Otro elemento esencial en la conquista de la santidad consiste en el lugar que ocupa la Palabra de Dios en nuestra vida cotidiana. Los profetas tenían dos recursos para vivir su misión: la oración y la Palabra de Dios. Y no puede ser de otra manera para nosotros. Acoger, meditar, vivir la Palabra de Dios se revela un camino seguro para hacer de nosotros santos, santas, para que nuestra vida se ajuste al plan de Dios y produzca muchos frutos. Porque la Palabra es Alguien, es el Verbo hecho carne.

En la viña del Señor, aquí y ahora

Nosotros trabajamos de tal manera que la belleza resplandezca en todo lugar, que ella testimonie la bondad, la grandeza, la disposición y el Amor del Creador. Allí donde nos encontramos, en nuestras instituciones de enseñanza, en nuestras familias, en nuestras aldeas y en nuestras ciudades donde nosotros cuidamos del crecimiento de una juventud feliz y de ciudadanos comprometidos en causas nobles y duraderas ; en las fábricas y en los laboratorios donde tratamos de mejorar las condiciones de vida de nuestros conciudadanos ; en los hospitales, las clínicas, las residencias de personas ancianas donde aliviamos la enfermedad, el sufrimiento del abandono y de la soledad ; en las asociaciones donde creamos condiciones favorables para el establecimiento de la paz, de la justicia y de la felicidad; en nuestras comunidades cristianas donde nos dedicamos a repetir el mensaje de amor y de reconciliación inspirado por nuestro loco amor a Cristo, éste es el humus en el que nosotros sembramos cotidianamente los gérmenes de una santidad de la que emergen y emergerán nuevos modelos. Lo hacemos con los ojos y el corazón fijos en Cristo, de quien somos los testigos activos en todo lo que realizamos.

Cito con agrado las palabras del Cardenal Etchegaray a los sacerdotes de su diócesis de Marsella, el día de la celebración del Jueves Santo de 1978. Resumen con pertinencia esta nuestra preocupación de ser modelos de santidad en nuestro tiempo : « Si tú aminoras el paso, los creyentes se para ; si tú flaqueas, ellos titubea ; si tú te sientas, ellos se acuesta ; si tú dudas, ellos se desanima ; si tú criticas, ellos destruyen; si tú vas delante de ellos, ellos te superará ; si tú les das la mano, ellos te darán incluso la piel; si tú rezas, entonces ellos serán santos» (Texto atribuido a Michel Menu, dirigido a los Scouts de Francia).

Pero la verdadera palabra del final pertenece a Jesús, como una llamada urgente, un desafío entusiasmante, una invitación a participar gozosa y valientemente en su misión : « Y al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor. Entonces dice a sus discípulos: La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies» (Mt 9, 36-38). Hemos de responder como Isaías : « Heme aquí : envíame » (Is 6, 8).

En todo y para todos al seguimiento de Jesús

Con Cristo iremos a recorrer a paso largo los senderos de la historia. Los que son sinuosos y están surcados de rodadas, los que parecen conducir a un callejón sin salida, los que parecen menos molestos y menos amenazadores, los que se abren mucho a horizontes prometedores. Iremos al encuentro de nuestros hermanos y de nuestras hermanas en humanidad, que frecuentan estos caminos, en todos los lugares donde se encuentran. Les tenderemos luego una mano compasiva, les ofreceremos de beber o de comer para sus cuerpos y para su espíritu. Compartiremos con ellos el vestido, nuestros bienes, nuestros talentos, nuestro tiempo. Consolaremos a los afligidos y enjugaremos sus lágrimas ; visitaremos a los prisioneros y les diremos palabras que recalentarán su corazón. Uniremos todos nuestros esfuerzos para que contribuyan a la edificación de la paz y de la reconciliación. Denunciaremos las injusticias y las desigualdades, estaremos de la parte de los pobres y desheredados. Trabajaremos en el advenimiento de un mundo mejor, más bello, más próspero, más justo, y afirmaremos que así lo ha querido Dios nuestro Padre. Por estos caminos, anunciaremos en todas partes que Dios es Amor, que es Justo y Bueno, que cada persona es única, y que cuenta para Él y que Él la ama. Trataremos de convencer a cada una de las personas, en contra de todas las apariencias y de todo lo que ella se imagina, que sólo tiene que dejarse amar, ya que Él espera solamente amarla, ser amado y entrar en una Alianza eterna.

Al seguimiento de Jesús que ha recorrido nuestros caminos, sembrando en ellos los gérmenes de una vida humana feliz y amorosa, y todavía más, una vida que alcanzará su plenitud en la casa de nuestro Padre, nos encomendaremos a su Espíritu para que nos guíe, nos fortalezca en nuestros esfuerzos y nos acompañe. Entonces, como ha prometido, le escucharemos decir: « Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis ; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel y acudisteis a mí... En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25, 34-40). A este punto, nos daremos cuenta de que habremos recorrido los caminos de la santidad en un modo amoroso de fidelidad a Dios en el mundo en el que El nos ha creado.

Juntos, prosigamos con audacia, valentía y con alegría, la misión que se nos ha confiado. El Señor nos ha llamado, no esperemos más, Él está siempre con nosotros.


Nota de la CMIS: este texto es una traducción del original en francés.

Nuevos lenguajes y una nueva lengua para la Iglesia

Ivan Netto

¿QUÉ SON LOS NUEVOS MEDIOS?

Nuevos medios es un término genérico utilizado para muchas, diversas formas de comunicación electrónica, que la tecnología informática ha hecho posibles. El término se usa en contraste con los “viejos” medios, como diarios y periódicos de papel que proporcionan representaciones estadísticas de textos y gráfica.

Entre los nuevos medios podemos citar: sitios web, chat, correos electrónicos, community online, publicidad en web, DVD y CD-ROM, ambientes en realidad virtuales, telefonía vía internet (integración de datos digitales con el teléfono), podcast, feed RSS, social network, mensajes SMS, blog, mundos virtuales, internet y pc móvil, etc.

Según algunos observadores, la Iglesia Católica, en un tiempo líder en las comunicaciones, ahora ha perdido terreno en el mundo de los nuevos medios. Dichos observadores afirman que la utilización de los nuevos medios por parte de la Iglesia Católica sería de gran ventaja a su actividad catequética, evangélica, y a sus esfuerzos de comunicación en general, ofreciendo a los miembros de la Iglesia, tanto a nivel nacional como en el extranjero, y al resto del mundo, recursos económicos de fácil acceso y que contribuyen a crear una comunidad.

¿Cuál es la contribución ofrecida por los nuevos medios?
Relacionan a las personas a través de informaciones y servicios. Por ejemplo, los pacientes afectados por el SIDA pueden relacionarse con las propias familias, con los amigos, con otros enfermos de SIDA y con quienes los asisten. Los nuevos medios promueven la colaboración entre las diversas personas. Por ejemplo, ayudan a las organizaciones que actúan en el campo del SIDA a trabajar juntas por los propios pacientes. Contribuyen a crear nuevos contenidos, servicios, comunidades y canales de comunicación que ayudan a entregar informaciones y a realizar servicios. Por ejemplo, las organizaciones activas en el campo del SIDA pueden crear su propios sitios web y blog.

¿CUÁLES SON LAS REACCIONES ANTE LOS NUEVOS MEDIOS?

El Santo Padre Benedicto XVI ha subrayado que los nuevos medios no deberían suscitar ni un fácil entusiasmo ni, por otro lado, escepticismo. Ha afirmado, sin embargo, que la Iglesia debería aprender a utilizar los nuevos medios de forma eficaz.

Como cualquier lengua, ha dicho el Papa, los nuevos medios presentan modos específicos de expresar pensamientos y organizar ideas. Todas las lenguas plasman el modo en que se expresan los pensamientos, y los medios sociales hacen emerger capacidades que son más intuitivas y emotivas que analíticas. Además, tienden hacia una diversa organización lógica de nuestras ideas y relaciones con la realidad.

Esta nueva lengua presenta sus inconvenientes, ha añadido el Papa, en particular para quienes utilizan los medios sociales sin comprender cómo funcionan. Los riesgos vinculados a este medio de comunicación son numerosos, como la pérdida de profundidad interior, superficialidad en las relaciones, una derivación hacia el emocionismo, el prevalecer de la opinión más convincente en perjuicio del deseo de verdad.

El Papa recomienda que el Consejo Pontificio de Comunicaciones Sociales ayude a quienes ocupan puestos de responsabilidad en la Iglesia a comprender, interpretar y hablar la “nueva lengua” de los medios de comunicación en su función pastoral.

¿QUÉ ENSEÑA LA IGLESIA CATÓLICA SOBRE LOS NUEVOS MEDIOS?

La Iglesia ha proporcionado muchas enseñanzas en materia de evangelización, medios y nuevos medios. Se espera que pronto siga una actualización.

La primera enseñanza sobre el particular ha sido la Apostolicam Actuositatem, el decreto del Concilio Vaticano II sobre el Apostolado de los laicos en 1965, al que siguió, después de diez años la Evangelii Nuntiandi, ambos promulgados por el Papa Pablo VI. Estos dos documentos son la base para comprender la visión de la Iglesia en materia de evangelización, en particular por lo que se refiere al laicado. Después siguió la Carta apostólica del Papa Juan Pablo II, El rápido desarrollo en el año 2005 y la encíclica del Papa Benedicto XVI Caritas in Veritate en el año 2009. Estos dos documentos contribuyen a la comprensión de las enseñanzas de la Iglesia en materia de comunicación y medios. Finalmente, el Papa Benedicto XVI ha escrito un reciente documento, Nuevas tecnologías, nuevas relaciones, sobre los nuevos medios y las relativas consecuencias sobre las relaciones humanas.

En el Apostolicam Actuositatem, el Concilio alienta a los laicos a esmerarse más en hacer todo lo posible para explicar, defender y aplicar diligentemente los principios cristianos a los problemas de nuestra época, en la línea del pensamiento de la Iglesia. El documento subraya, pues, que todos los cristianos han recibido la misión de defender el mensaje divino de salvación y de hacerlo abrazar a todos los hombres del mundo. Con el fin de realizar esto, deberían recurrir al testimonio personal y a la proclamación del Evangelio con su vida cotidiana a todos los laicos que viven a su lado. Los documentos subrayan que la evangelización es un proceso rico y personal y que es un deber de todo cristiano. El Concilio aclara, además, que la evangelización no debería ser sólo un trabajo personal de los individuos, sino también de las comunidades. Todo debería testimoniar y proclamar el Evangelio.

El Papa Pablo VI, en la Evangelii Nuntiandi, enseña que la evangelización es, de hecho, una gracia y vocación propia de la Iglesia y representa su más profunda identidad. La Iglesia existe para evangelizar. El Papa pone de relieve que lo importante es evangelizar la cultura y las culturas humanas, no simplemente de forma superficial, sino llegando hasta las raíces más profundas. El Papa se detiene, en particular, en dos aspectos. El primero, la evangelización debe inspirar un cambio en las raíces de una cultura, allí donde se forman los valores. El segundo, el Papa sostiene que la forma de encuentro personal es muy importante y que se ha de realizar imitando los encuentros del mismo Jesús con los diversos personajes del Evangelio, como la mujer samaritana.

En el documento El rápido desarrollo, Juan Pablo II enseña que en los medios de comunicación, la Iglesia encuentra una preciosa ayuda para difundir el Evangelio y los valores religiosos, para promover el diálogo, la cooperación ecuménica e interreligiosa y también para defender aquellos sólidos principios que son indispensables para construir una sociedad respetuosa de la dignidad de la persona humana y atenta al bien común. La Iglesia considera los medios como instrumentos que se han de utilizar para satisfacer su poliédrica misión en el mundo, que es dictada por Dios. El Papa añade que es necesario hacer todo lo posible para llevar a buen fin esta misión y observa que los medios pueden hacer más eficaces los vínculos de comunión entre las diversas comunidades eclesiales. Advierte, además, que las modernas tecnologías aumentan de forma considerable la velocidad, la cantidad y la accesibilidad de la comunicación. Alude, así mismo, a algunos “defectos” de los medios de comunicación, en particular al hecho de que no favorecen el delicado intercambio que se desarrolla entre mentes y corazones. Este tipo de intercambio debería caracterizar cualquier comunicación que esté al servicio de la solidaridad y del amor.

El Papa Benedicto XVI, en Caritas in Veritate, afirma que los medios de comunicación y la tecnología en general expresan la tensión interior que impulsa la humanidad a superar gradualmente las limitaciones materiales y reflejan un deseo de trascendencia. La tecnología es una respuesta al mandamiento de Dios de cultivar y custodiar el jardín que Él ha confiado a la humanidad (Gn 2, 15). La Iglesia no considera la tecnología como buena o mala en sí misma, sino, más bien, como la expresión de una cualidad humana donada por Dios, que se puede utilizar para el bien de la humanidad.

El Papa Benedicto XVI en Nuevas tecnologías, nuevas relaciones ofrece algunas líneas guía a quienes utilizan los nuevos medios, subrayando diversos modos con los que éstos últimos influencian las relaciones humanas. Inicia afirmando que la velocidad con la que las tecnologías de los nuevos medios se desarrollan y difunden no debería sorprendernos, dado que los nuevos medios responden a un deseo fundamental de las personas de comunicar y ponerse recíprocamente en contacto. Desea que los nuevos medios no sólo consientan a las personas ponerse en contacto, sino también que estos contactos favorezcan formas de cooperación entre las personas provenientes de contextos geográficos y culturales diversos. Esto, a su vez, permite profundizar su común humanidad.

El 29 de junio de 2011, el Papa Benedicto XVI ha lanzado un nuevo sitio web utilizando un iPad, y pronunciando estas palabras: “Queridos amigos, he lanzado hace unos momentos el sitio News.va. ¡Sea alabado Jesucristo! Con mis oraciones y bendiciones, Benedicto XVI”. Esto ha llevado a miles de usuarios a seguir el “account” Twitter del Vaticano en lengua inglesa.

CRITICIDAD

El Papa Benedicto XVI toca, además, el tema del digital divide (distancia digital). Este término expresa el concepto de que los nuevos medios de comunicación son de fácil acceso para la clase media y alta, de la que expresan sus valores; sin embargo, permanecen de difícil acceso y no son representativos de las clases más pobres. El Papa apoya el esfuerzo de asegurar que las ventajas que ofrecen los nuevos medios se pongan a disposición de todos los seres humanos y de las comunidades, en particular de las más desfavorecidas y vulnerables. Lanza un advertencia, es decir, que sería una tragedia si el continuo desarrollo de los nuevos medios debiera contribuir sólo a aumentar la distancia que separa a los pobres de las nuevas redes que se están desarrollando al servicio de la socialización e información de la humanidad. Así, mientras la Iglesia sostiene el acercamiento de los pobres mediante los nuevos medios, hace un llamamiento para que haya un movimiento adecuado que represente a los pobres y marginados a través de estos nuevos medios.

El Papa Benedicto XVI ha puesto en guardia también contra el hecho de que las relaciones no deberían ser el único aspecto sobre el que se concentren los nuevos medios, al contrario, la cualidad de los contenidos presenta igual importancia. El Pontífice ha alentado a cuantos trabajan en el sector de los nuevos medios a promover una cultura del respeto del diálogo y de la amistad, dentro de la cual es necesario respetar la dignidad de la persona humana. El diálogo debería realizarse en el ámbito de una verdadera busca de la verdad. Con los nuevos medios, los usuarios podrían ser inducidos con facilidad a creer que son consumidores en un mercado de posibilidades infinitas, en el que la misma elección es el bien, en el que la novedad es más importante que la belleza y en el que la experiencia sujetiva sustituye la busca de la verdad. Los nuevos medios no deberían alejar a quien los frecuenta de las relaciones con la familia, los cercanos y los miembros de la comunidad offline. El Papa ha lanzado también la siguiente advertencia: si el deseo de conectividad virtual es excesivo, puede terminar en efecto aislando a los individuos de la verdadera interacción social y deteriorar al mismo tiempo los ritmos de reposo, silencio y reflexión, necesarios para un sano desarrollo humano. La Iglesia sostiene la moderación en todos los ámbitos de la interacción con los nuevos medios. El Papa ha puesto también el acento en el papel de los jóvenes en la relación de la Iglesia con los nuevos medios y la evangelización, que probablemente es más importante que nunca.

¿QUÉ OTRAS FUENTES CRISTIANAS ESTÁN UTILIZANDO LOS NUEVOS MEDIOS?

Las ventajas de los beneficios producidos por los nuevos medios han sido indicados por el marketing (secular), y por fuentes católicas y protestantes. Muchas organizaciones dentro de la Iglesia han iniciado a utilizar los nuevos medios y las relativas tecnologías a amplia escala, logrando distintos niveles de éxito.

Y ¿QUÉ DECIR DE LOS INSTITUTOS SECULARES Y LOS NUEVOS MEDIOS?

Los Institutos Seculares han adoptado también ampliamente los nuevos medios. Dado que los miembros de los Institutos Seculares viven solos o en familia, es posible para ellos conectarse con otros miembros vía correo electrónico, Skype, etc. La CMIS (Conferencia Mundial de Institutos Seculares) tiene un sitio web que une diversas Conferencias de Institutos Seculares e Institutos Seculares. Otras Conferencias de Institutos Seculares a nivel continental o nacional están también disponibles en el web. En Internet se encuentra también material sobre la sensibilización a la vocación y relativo a la formación.

¿QUÉ PIENSAN LOS MODERNOS INVESTIGADORES DE LOS NUEVOS MEDIOS?

Los investigadores James Katz y Ronald Rice han realizado amplias investigaciones sobre las consecuencias sociales del uso de Internet. En su trabajo Project Syntopia, presentan un informe de su investigación. En general, el comportamiento online de las personas refleja su comportamiento cuando están offline, o sea no conectadas con Internet. No existen pruebas científicas que se puedan adoptar en sostén de la paradoja social, según las cuales un masivo uso de Internet causa un aumento de aislamiento social. Al contrario, Katz y Rice concluyen afirmando que el uso de Internet está unido a “un aumento de la participación en la comunidad y en la política, y a un considerable crecimiento de la interacción social, tanto online como offline”. Sus conclusiones han sido confirmadas por otros numerosos estudios.

Según las pruebas recogidas por Erik Qualman durante el año 2009, los medios sociales no sólo señalan el mayor número de nuevos afiliados respecto a cualquier otro medio de comunicación del pasado, sino que su popularidad está destinada a aumentar en el tiempo. La radio ha necesitado 38 años para llegar a 50 millones de oyentes y la televisión 13 años, Facebook, el conocido sitio de medios sociales, ha logrado 10 millones de nuevos usuarios en menos de nueve meses, según las estimaciones del investigador. Éste afirma, además, que si Facebook fuera un país, sería el cuarto mayor del mundo, Wikipedia, la famosa enciclopedia online, en la que los usuarios crean y modifican los contenidos, hospeda más de 13 millones de artículos, de los que el 78% está escrito en una lengua diversa del inglés.

Si consideramos, además, el punto de vista del “marketing”, los consumidores son libres de decidir cuánta y qué publicidad desean. Pueden elegir el programa televisivo que desean mirar, qué publicidad evitar y pueden navegar en un sitio web utilizando un programa que impide a la publicidad pop-up aparecer en la pantalla. Los consumidores están cansados de recibir mensajes publicitarios. Esto crea un interesante desafío para quien se ocupa de marketing y quiere llegar a los consumidores de hoy. Según Qualman, sólo el 14% de los consumidores confía en la publicidad, mientras el 78% afirma confiar en las recomendaciones de otros consumidores. Éstos últimos han perdido la confianza en quien vende y les dice qué es lo mejor. Desean, en cambio, una verdadera interacción, con personas exactamente iguales a ellos. En el año 2008, el Barómetro de la confianza de Edelman ha constatado que la voz de mayor confianza en Internet era, según los consumidores, la voz de una “persona como yo”.

LOS JÓVENES E INTERNET

Internet desempeña un papel importante en la vida de los jóvenes. Se ha constatado que el 87% (21 millones) de jóvenes estadounidenses está hoy en online. Los sms, la mensajística instanánea, los chat room y los sitios web personales, aumentan la velocidad de la interacción múltiple y simultánea, que plantea muchos desafíos.

Impacto en la esfera social. Comunicar a través de Internet ayuda a ampliar la esfera social de un individuo. Actualmente, la esfera social de una persona ya no está limitada geográficamente, dado que existe una presencia virtual más que física. Los jóvenes que viven en lugares distantes, que son discapacitados o se ven obligados a permanecer en casa por motivos de salud, pueden encontrar en los chat de Internet una importante forma de comunicación.

Sin embargo, según algunos, esto podría conducir al aislamiento social. Además, el impacto en las relaciones con la familia suscita preocupación. Emergen ahora nuevas situaciones como el ciberbulismo y el stalking online, la ciber-pornografía, y los fenómenos de hacking o el flaming, un mensaje ofensivo público o personal, en el que se usan agresiones verbales. Otros peligros incluyen mostrar abiertamente la violación de grupo de las reglas, con fenómenos como el racismo, sexismo y homofobia.

Impacto en la esfera emotiva. Internet se utiliza cada vez más como fuente esencial para encontrar información de todo género: desde nociones sobre la forma de abuso hasta material para la auto-ayuda, permitiendo a los jóvenes expresarse. Muchos jóvenes consultan recursos, como sitios o números para ayudar a quien tiene pensamientos suicidas, grupos de sostén, sitios de información médica y contactos con las relativas organizaciones. Esta interacción contribuye a ofrecer sostén, fuera del ambiente familiar inmediato, en los problemas emotivos que tienen y afrontan algunas personas.

El reverso de la medalla consiste en el hecho de que muchos recursos que se refieren a la esfera emotiva pueden ser nocivos. Existen, por ejemplo, muchas asociaciones que promueven el derecho a morir (las Hemlock Societies – literalmente Asociaciones de la Cicuta). Se encuentran, además, informaciones sobre cómo construir bombas, auto mutilarse, ser activos sexualmente, consumir drogas y muchas otras actividades ilícitas e ilegales.

LA SEGURIDAD INFORMÁTICA

Es una cuestión importante para los jóvenes de hoy. Es esencial para los padres y sus hijos ser conscientes de los aspectos vinculados a la seguridad informática, con el fin de no convertirse en víctimas inconscientes de seducciones o molestias sexuales, por ejemplo. Los enseñantes pueden integrar en la escuela los programas didácticos con lecciones que tienden a explicar conceptos como el plagio, copiar y otras formas de comunicación no ética.

LECCIONES ONLINE Y LOS CIBER HELPERS (AYUDANTES O TUTORES ONLINE)

Son instrumentos importantes para los jóvenes hoy. Se trata de lecciones que pretenden comentar un mensaje instantáneo, SMS o correo electrónico, para comprender el mensaje y quien lo ha enviado, discutir la etiqueta de la red (netiqueta), comprender cuál es el uso correcto del ciberespacio, que adquieren hoy una gran importancia. La comunicación vía Internet ha cambiado muchos aspectos en la vida de los jóvenes, por ejemplo la esfera privada, social, cultural, económica e intelectual. Sin embargo, con una preparación, guía y supervisión adecuadas, existe el potencial para que Internet ofrezca una experiencia positiva y contribuya a promover el crecimiento personal.

¿TEOLOGÍA O TECNOLOGÍA?

El Papa Benedicto XVI, dirigiéndose a los miembros de la Comisión teológica Internacional, en el mes de diciembre de 2010, ha afirmado que quien ame a Dios está impulsado a ser, en cierto sentido, un teólogo. Toda nuestra actividad debería estar estrechamente vinculada a nuestra relación con Dios. El Pontífice ha afirmado así mismo que la teología no es teología, sino se integra en la vida y no refleja la reflexión de la Iglesia en el espacio y en el tiempo.

Jesús ha dicho:
"muchos me dirán aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: ¡Jamás os conocí: apartaos de mí, agentes de iniquidad!" (Mt 7, 22-3)

Podríamos continuar hablando durante horas de cuánto los nuevos medios pueden ayudar a la misión de la Iglesia, pero esto no producirá ningún efecto, si este trabajo no se fundamenta en los medios de la oración y la teología. ¡Es una cuestión de primacía de la teología sobre la tecnología!

AHORA BIEN, ¿CÓMO PODRÍA LA IGLESIA DESARROLLAR UN FUNDAMENTO TEOLÓGICO?

El Santo Padre cree que nuestros enseñantes son los Padres y los teólogos de toda la tradición cristiana. Debemos comenzar a reflexionar sobre la evangelización en el seno de la Iglesia partiendo de los profetas, pasando por Cristo, hasta los santos. Debemos reflexionar, pues, sobre los siguientes Padres, doctores y nuevas personalidades mediáticas de la Iglesia. Me refiero, en particular, a: San Pablo Apóstol, San Francisco de Sales, Obispo y doctor de la Iglesia (1567-1622), el beato Giacomo Alberione, fundador de la Familia Paulina (1884-1971), el siervo de Dios Fulton J. Sheen, obispo y personalidad mediática, distinguido con diversos premios por su actividad en televisión (1895-1979) y San Daniel Comboni, cuyas palabras sobre el trabajo misionero resuenan en este mundo de nuevos medios.

¿POR DÓNDE COMENZAMOS, PUES?

Los nuevos medios han creado un nuevo ambiente para el pensamiento humano, la adquisición de conocimientos y la comunicación. Muchos ven este fenómeno mejor que una revolución mediática, como una revolución de la lengua. Las nuevas tecnologías de los medios han cambiado radicalmente el modo de pensar y de expresarse de los seres humanos. He tratado de presentar un cuadro y el lenguaje con el que las tecnologías emergentes de los nuevos medios se pueden considerar, valorar y, si fuera el caso, alentar y utilizar en la Iglesia. He recogido el material para mi presentación de los documentos de la Iglesia y de la tesis de Santana Angela. La Iglesia dispone de nuevos lenguajes y debe considerar qué nueva lengua es positiva en sí misma.


Referencias bibliográficas:
1. Santana Angela M., New Media, New Evangelization: The Unique Benefits of New Media and Why the Catholic Church Should Engage Them. (Nuevos medios, nueva evangelización: las ventajas únicas de los nuevos medios y por qué la Iglesia Católica debería utilizarlos) St. Mary's University San Antonio, Tejas (Universidad de St. Mary, San Antonio, Tejas).

2. Encíclica Caritas in Veritate del Sumo Pontífice Benedicto XVI a los obispos, a los presbíteros y a los diáconos, a las personas consagradas, a los fieles laicos y a todos los hombres de buena voluntad sobre el desarrollo humano integral.

3. Decreto sobre el Apostolado de los Laicos. Apostolicam Actuositatem. Solemnemente promulgado por Su Santidad el Papa Pablo VI, el 18 de noviembre de 1965.

4. Carta Apostólica El rápido desarrollo, del Santo Padre Juan Pablo II, a los responsables de las comunicaciones sociales.

5. Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI a la 43 Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales. "Nuevas tecnologías, nuevas relaciones. Promover una cultura de respeto, de diálogo, de amistad". [Domingo, 24 de mayo de 2009]

6. James Katz y Ronald Rice. Project Syntopia: Social consequences of Internet Use. (Proyecto Sintopía: las consecuencias sociales del uso de Internet).


Nota de la CMIS: este texto es una traducción del original en inglés.

Cómo cambia la vocación cuando cambia el mundo y nosotros mismos...

Piera Grignolo

El tema que me ha sido confiado es grandemente sugestivo y está rico de consideraciones. Me parece que el término “cambio” está en la base del discurso sobre la realidad sociocultural en la que nos encontramos sumergidos y sobre nuestra realidad personal: no creo que se refiera a nuestra VOCACIÓN laical:

cambia el modo de vivir y de actualizar los carismas, pero no cambia la sustancia, es decir, una vida entregada a Dios por los es hermanos en la realidad temporal, en el mundo.

No se trata de cambiar mentalidad, sino de adquirir “una mentalidad de cambio o del viajante” (E. Leed - La mente del viaggiatore, Bolonia 92), es decir, la capacidad de madurar un pensamiento nómada, como es justo que así sea en una época de movilidad y de cambio, en la que tanto el que viaja como el que queda en su lugar vive de todas formas como “hombre migrante”.

Se trata de repensar en una nueva forma educativa, dictada por la superación del subjetivismo moderno – el YO en el centro – para abrirnos siguiendo el rostro del otro: éste es el cambio, apertura a un humanismo planetario, convivial, intercultural.

Es la novedad del tercer milenio: redescubrir la realidad relacional. Nosotros, occidentales, pertenecemos a una tradición filosófica y pedagógica perfectamente arraiga en el principio del “conócete a ti mismo”, que implica la convicción de que el otro es igual a nosotros y, si no lo es, “bárbaro, infiel, de todas formas inferior”. Pero ¿qué sucede cuando el otro es diverso y yo soy consciente que no puedo considerarlo como bárbaro o pagano?

El filósofo Italo Mancini en – Tornino i volti – (Regresen los rostros), escribe: “...en el tercer milenio el término comprensivo de todo deberá ser el otro y su rostro, bíblicamente el prójimo, y se le extenderá en torno una cultura de paz”.

Se trata de redescubrir el sentido de la acogida y de la solidaridad, es decir, de educarse a la reciprocidad que progresivamente nos hace capaces de escucha, de diálogo, de silencio, de soledad habitada por la presencia del otro.

Es un notable cambio que se exige a todos, pero diría, de forma particular, a nosotros laicos, llamados por vocación a compartir la vida cotidiana de la gente que habita nuestras ciudades y nuestros territorios. Es cierto, hoy existe el territorio del aislamiento frío, desolado y sin memoria, o memorias, que desde nuestra presencia se ha de transformar en territorio vivido, identificado, lleno de futuro y de profecía, que es el del hombre y de la mujer, el de las relaciones significativas, donde el yo se define con el nosotros, donde la tierra habitada se convierte en espacio afectivo y relacional, donde juntos construimos el sentido de la vida y donde cada persona pueda encontrar pan y paz.

En esta perspectiva se aprende a COMPARTIR. El compartir da la medida misma de la relación: no puede existir una relación significativa sin que exista el compartir.

El compartir afecta a los aspectos más profundos de la persona: quien comparte se hace partícipe de la vida de los otros y participa al otro la propia vida, en una relación de igualdad, en la que cada uno divide con el otro las propias energías, capacidades, límites, debilidades, alegría y dolor.

No es la relación “yo doy, tú tomas”, sino, más bien, el decir entre varias personas: uno al otro, “entra en mi vida, en mi realidad de persona” y aceptar por esto cambiar, en lo concreto y cotidiano. Es un buscar de nuevo junto con los otros la construcción de algo que compartir, algo que dé sentido a mi vida y a la de los demás y lleve mejora a las personas a través de un cambio de las estructuras para hacerlas más humanas, más a servicio de la persona.

No se debe pensar en hacer grandes cosas, sino en estar atentos a las necesidades reales de las personas que con nosotros realizan un trozo de historia.

Diría que la novedad de hoy consiste en tener que vivir una presencia diversa y nueva en nuestro ambiente de vida, teniendo como objetivo “vivir el estilo evangélico para anunciar, con la vida, a Dios al hombre contemporáneo”.

Esto exige una atención continua a los cambios socioculturales en los que estamos sumergidos, a los cambios que suceden en nosotros, para poder vivir en novedad de vida nuestra VOCACIÓN laical, que se concretiza en la conciencia del ir AL ENCUENTRO del otro, y la relacionalidad está en la base de nuestra presencia.

No se nos pide sólo HACER, ORGANIZAR, sino sobre todo SER fieles en el cambio con nuevas modalidades de presencia.

Es cierto que cada uno de nosotros cambia: pienso en el entusiasmo y en las motivaciones iniciales con las que nos hemos lanzado a la acogida del proyecto de Dios sobre nosotros: ser sal, levadura, luz en la vida cotidiana ha sido para cada uno un deseo profundo que nos ha hecho superar las dificultades.

Los años nos han hecho experimentar, gradualmente, la fatiga del no ser reconocidos por nuestra presencia aparentemente anónima, por la soledad con frecuencia no comprendida, por la no asistencia en la enfermedad, por la no seguridad de la vejez asistida,...

He leído con mucho interés y asombro un artículo, publicado en la revista “Credere oggi” de la teóloga Lilia Sebastiani, que tenía como título: “Por una espiritualidad del consumo y de la satisfacción”. Nunca había sentido hablar de Espiritualidad del consumo, pero de consumismo, lógicamente en sentido negativo.

“ …¿Es realmente hoy una elección espiritual la fuga del “alma bella” fuera de la civilización comprometida con el factor dinero? Incluso admitiendo que esta alma (individual] encuentre su felicidad y realización en la forma de vida extra-económica que elige para sí, quisiéramos preguntarnos: ¿una vida extra-económica no es también, de alguna manera, extra-social? Y ¿puede existir una elección auténticamente espiritual sin solidaridad?

Quizás hoy el alma bella es sobre todo la que acepta la confrontación con las cosas del mundo: la que acepta “mancharse las manos”, se decía con frecuencia hasta hace algún tiempo, pero la perspectiva que implica no nos parece satisfactoria, porque siempre contiene un juicio negativo [mundo = sucio].

La elección no es la de mancharse las manos o el corazón, sino la de purificar el mundo hasta hacerlo capaz de “transparencia”, hasta hacer legible en él el proyecto de Dios.

Es preciso, pues, reconciliarse también con los bienes, con las cosas: no para abandonarnos en ellas, no para identificarse con el mundo, no para perder la propia innata “verticalidad”, sino para hacer la lógica de la Redención cada vez más reconocible y activa en todos los ámbitos del vivir terreno”.

Esta lectura me parece muy significativa para nosotros, miembros de Institutos Seculares, una propuesta de reflexión y de nueva apertura, de la que hoy no se puede prescindir, si queremos buscar verdaderamente un creativo, pero fiel modo de estar presente en la historia, poniendo en el centro la PERSONA y no las cosas, y usando los bienes sin depender o ser consumidos por ellos.

Es una pista de búsqueda.

CÓMO VIVIR LA VOCACIÓN HOY – EN LA PERSPECTIVA EDUCATIVA

Permanecer en estado de conversión continua: una nueva mentalidad. Nunca decir... da lo mismo... sino vivir con las antenas alzadas para captar modalidades nuevas de presencia e idóneas a nuestra edad y condición:

1) Pensar una Iglesia pobre y humilde, que confía en la fuerza del Evangelio: “la misma Iglesia es el mundo convertido” [Moioli 1990]. Nosotros somos Iglesia, nosotros somos siempre mundo.

- No a la fuga del mundo.

- No a la conquista del mundo.

- Sí a la conversión del mundo partiendo de nosotros mismos: vivir un testimonio creíble: ¿nuestro estilo de vida, nuestra humanidad, suscitan una pregunta sobre el sentido en quienes nos encuentran?

- Con pobreza de medios: usar los medios del mundo en la medida en que son útiles, pero abandonarlos cuando hagan dudar de la sinceridad del testimonio [Dianich].)

2) Conquistar la “sabiduría”

- Vivir nuestra sensibilidad y evangelizarla; “sentidos espirituales, en cuanto receptores de la Gracia vivificadora del Espíritu”.

- Los sentidos nos permiten comunicar con lo externo en las dos direcciones; acoger el don de Dios y donarlo de nuevo.

- Cultivar la relación con lo único necesario:

° dimensión contemplativa y de comunión con Jesucristo, como fundamento del estar en el mundo sin perder el “sabor”;

° como fundamento de la aceptación del “riesgo del compartir” (Moioli 91).

Vivir nuestra humanidad y permanecer en contacto profundo con la humanidad de Cristo que nos transforma interiormente, nos hace sabios y, por tanto, prudentes, mujeres y hombres capaces de “llevar a la eficacia de vida” [GS 42] la fe y la caridad que provienen de la acogida del Evangelio.

Cada uno de nosotros hará propia la invitación que Jesús dirige a María Magdalena (Juan 20) “Vete a mis hermanos”, vive en medio de ellos y con tu testimonio anuncia al Dios que se ha revelado en Jesucristo.


Nota de la CMIS: este texto es una traducción del original es en italiano.

Elementos para una síntesis del Congreso

Giorgio Mario Mazzola

Concluimos nuestro Congreso tratando de recoger algunos estímulos que emergieron en estas jornadas e intentando sacar algunas indicaciones del itinerario que se debe recorrer.

Comenzamos por Asís, por San Francisco.

Recuerdo que durante un encuentro con la CMIS, el entonces Secretario de la Congregación, Monseñor Gardin, escuchando y tratando de comprender el significado profundo de la vocación de los Institutos Seculares, concluía con esta analogía: “San Francisco, cuando quiso constituir una orden de hermanos, los quiso Menores, es decir, pequeños”. Pequeños, pero necesarios para renovar la Iglesia, que entonces sufría a causa de una grave desorientación, para reconducir la Iglesia a su única misión, la de ser testigo del amor de Dios.

Después de tantos siglos, parece encontrarse en la misma situación: la Iglesia está viviendo cierta desorientación – y no me refiero sencillamente a lo que nos toca leer en los títulos de los periódicos, que en todo caso puede indicar un síntoma de un malestar más profundo, de una cierta confusión de la que varias veces ha hablado el Papa – la Iglesia, decía, debe eliminar muchas superestructuras que representan un peso inútil y, en algunos casos, hasta nocivo, y debe volver a entrar en contacto vivo, y por tanto auténticamente humano, con la palabra del Evangelio, teniendo confianza sólo en ésta. Si se piensa bien, y si miramos a nuestro alrededor, se trata de una obra inmensa de renovación. En esta renovación, los Institutos Seculares deben cumplir con su parte. Pequeños, pero necesarios.

¿Cuál es esta parte, que no es lícito abandonar? Es necesario que reflexionemos bien, no se ha dicho que podemos ser fieles a esta tarea sólo por el hecho de que estamos aquí.

Ser fieles, se ha de recordar, para nosotros significa ser fieles a la consagración y a la secularidad, a una plena consagración y a una plena secularidad.

Partamos de las palabra del Papa. Una vez más nos hemos enriquecido con la palabra del Magisterio, alta, densa, comprometedora.

Y el Concilio nos recuerda también que la relación entre la Iglesia y el mundo se ha de vivir en el signo de la reciprocidad, por lo que no sólo la Iglesia da al mundo, contribuyendo a hacer más humana la familia de los hombres y su historia, sino que es también el mundo el que da a la Iglesia, de tal forma que pueda comprenderse mejor a sí misma y vivir mejor su misión. (cfr. Gaudium et Spes, 40-45)

He releído los números de la Gaudium et Spes, citados en la Carta del Papa y tengo que decir que la expresión de la Carta que nos ha dirigido me parece todavía más eficaz. En todo caso, en este intercambio entre Iglesia y mundo, nosotros debemos participar de ambos flujos. Nosotros, por así decirlo, somos de ambas partes. Esta reciprocidad, de la que se habla aquí, debemos sentirla en nuestras vidas. Prestando atención, sin embargo, a comprendernos bien: no se trata, para nosotros, de actuar como mensajeros, como si debiéramos tomar de una parte y llevarla a la otra parte. Esta reciprocidad la vivimos personalmente, porque estamos en aquel mundo. Y nuestra vida, si se está en el mundo de verdad, está atravesada continuamente por aquel flujo.

Después, nos ha pedido el Papa:

Se debe ser capaces de dejarse interrogar por la complejidad que atraviesa el mundo de hoy, de permanecer abiertos a las solicitaciones que provienen de la relación con los hermanos que encontráis en vuestros caminos, de comprometeros en un discernimiento de la historia a la luz de la Palabra de Vida. Estad dispuestos a construir, juntamente con todos los que buscan la verdad, itinerarios de bien común, sin soluciones preconcebidas y sin miedo a los interrogantes que permanecen tales.

Antes de tratar de sacar algunas consecuencias de estas palabras, quisiera indicar que la enseñanza del magisterio sobre los Institutos Seculares, en particular el de los Papas, tiene un grandísimo valor y contenido. Es como si la Iglesia continuase a repetirnos, con fuerza: ¡Mira que esta vocación es importante! ¡Es importante! Pero nosotros,... nosotros no lo creemos totalmente. No nos decidimos a entregar (uso un término importante de la relación del P. Gamberini) todo el significado de nuestra vida a la existencia común. Buscamos atajos para hacerla importante de otra forma.

Afirma el Papa: “Sin miedo a los interrogantes que permanecen tales”. ¡Se necesita valor para hablar así! Qué bello si nuestros Institutos se presentaran a los jóvenes de esta forma: nosotros no estamos aquí, en primer lugar, para ofrecer respuestas (quizás preconcebidas) sino para acoger preguntas. Tenemos necesidad de preguntas importantes, porque continuamente debemos hacer el ejercicio de recoger preguntas. En particular, las que vienen del mundo no creyente.

El Evangelio ha sido hecho para ser entendido por todos los hombres de buena voluntad. Si esto no sucede, entonces debemos interrogarnos sobre los modos con que lo presentamos. Deberíamos saber entrar, de vez en cuando, en el corazón del no creyente y no sería difícil si tuviéramos el valor de escuchar al no creyente que está dentro de cada uno de nosotros – para ver lo ridículo que somos, a veces, insulsos, con nuestras liturgias contrahechas, con nuestras sentencias moralistas, con nuestras iniciativas ornamentales, para no hablar de cuando contradecimos, precisamente, el Evangelio. El Papa nos ha pedido abrazar con caridad las heridas del mundo y de la Iglesia, porque... son nuestras heridas.

La escucha del mundo no creyente debería ser una tarea que los Institutos Seculares deben sentir como suya. Pero para que el mundo sea escuchado, es necesario, que estemos realmente dentro del mismo.

El P. Gamberini nos ha mostrado que en Jesús, el santo, el puro, la vida ha encontrado el pecado, lo impuro, la muerte, y sólo de esta forma la vida ha podido fluir, correr. Nuestra salvación se origina precisamente así: cuando lo sagrado ha alcanzado lo profano. Es necesario que reflexionemos sobre esto. Como ya afirmé inmediatamente después de la relación, no pretendo añadir nada más. Pero debemos reflexionar.

Cuando decimos que nuestra pobreza, castidad y obediencia se han de vivir de forma correspondiente a las exigencias de la secularidad, pretendemos que debe acoger la intencionalidad de Dios, y el criterio, con el que aquellas virtudes se han de vivir y verificar, es éste: para que todos “tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10b).

Hemos hablado de lenguaje: los nuevos medios están acelerando la evidencia de que el lenguaje eclesial corre el riesgo de sonar a vacío, cuando en dicho lenguaje no fluya ya la vida (en términos evangélicos, podemos decir la sangre, es decir, una vida plena). Jesús hablaba con autoridad porque era el Verbo hecho carne, en Él la Palabra y la vida coincidían. Resulta interesante la narración de la profesora Gerl Falkowitz sobre la iniciativa de oración dirigida a los ateos: nos decía que cuando al Evangelio se añadían nuestras palabras, los no creyentes se mostraban menos interesados; cuando se leía directamente el Evangelio, los ateos se sentían interrogados. Existe precisamente cierto lenguaje – y cierto modo de pensar la Iglesia – que se está desarrollando sobre sí mismo, que ya no influye, que no logra transmitir la vida, porque está lejos de la vida.

En la presentación de Ivan Netto me ha llamado la atención una expresión sintética de una investigación sobre los jóvenes: “no están dispuestos a escuchar mensajes que vienen de lo alto, pero están dispuestos a escuchar a uno como yo”. Jesús ha encontrado a las personas allí donde estaban, se hizo uno como ellas. Una Intervención en la sala decía: Madeleine Delbrel juzgaba que no había hecho grandes cosas, sino amar a la gente con la que vivía.

Piera Grignolo nos ha dicho en su relación que no es tan descontado encontrar al otro. Es necesario aprender. El otro que cada vez es más otro. No estando delante de él, sino a su lado. No es una empresa de poca importancia. En la conversación que ha seguido su relación, el P. Gamberini nos decía que la primera forma de exorcismo es la escucha, el conceder espacio al otro, para que pueda expresar su experiencia.

Espacio: ésta es una palabra que nos debe apasionar. En este encuentro con el otro, debemos aprender a crear espacio, más que llenarlo, que es lo que generalmente hacemos. Sabiendo que, según el misterio cristiano, en el momento en que, en este encuentro, hay alguien que debe pagar y debe morir – debe, precisamente ceder espacio - este alguien somos nosotros.

La Iglesia debe aprender a no decir siempre lo máximo posible, sino a decir lo mínimo necesario, para que sea claro que “una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros” (2 Co 4,7). Debemos cesar de comportarnos como patrones del Espíritu. Debemos tener, en cambio, la conciencia de que Dios escribe su historia de salvación en la trama de las vicisitudes de nuestra historia (son palabras del Papa). Es su historia de salvación, no la nuestra. El mundo no tiene necesidad de comerciantes del Espíritu (nos decía el Cardenal Prefecto que corremos el riesgo de morir bajo el peso de nuestras obras), que usan la fe como un manual de respuestas preconfeccionadas, sino de buscadores de la verdad – cito una vez más las palabras del Papa:

Medida de la profundidad de vuestra vida espiritual no son las muchas actividades (...) sino, más bien, la capacidad de buscar a Dios en el fondo de cada acontecimiento. (...) Sólo en virtud de la gracia, que es don del Espíritu, podéis entrever en los senderos, con frecuencia tortuosos de las vicisitudes humanas, la orientación hacia la plenitud de la vida sobreabundante.

La Iglesia debe aprender a ser sierva inútil – no estoy afirmando un despropósito, son las palabras de Jesús. Queremos muchísimo a la Iglesia, por esto la queremos bella y fiel al Evangelio.

Gracias a la intervención de la Profesora Gerl Falkowitz, hemos recordado, sobre todo en el caso en que nos hubiéramos olvidado, que es necesario pensar la fe; en realidad, en nuestros ambientes falta una reflexión continua y actualizada, con el riesgo de que todo se abandone a la sola emotividad; veremos si en la Asamblea de los próximos días sabremos indicar algún itinerario. La profesora nos ha ayudado mucho a comprender la necesidad de una visión antropológica profunda, que coloca el misterio cristiano en el centro de la cuestión fundamental de la vida: ¿Cómo usaré esta vida? ¿La debo conservar para mí? ¿Cómo puedo abandonar el miedo a perderla? Son preguntas que... nos ponen precisamente al lado del otro. Por esto yo decía, después de su relación, que deberíamos plantearnos claramente esta pregunta: ¿cuál es la tarea del cristiano en el mundo? Si pusiéramos en el centro la vida, deberíamos concluir que estamos en el mundo no para hacer nuestras cosas, las presuntas cosas cristianas, sino para aceptar totalmente esta tensión que la vida de cada hombre y cada mujer conlleva, y tratando, dentro de ella, de ser testigos de un significado que hemos contemplado. El mundo tiene necesidad de personas que consideren atentamente estas preguntas y que sepan confrontarse con ellas sin ficciones.

La sola falta de una vida es la de no llegar a ser santos: así nos decía, de forma muy significativa y con gran fuerza, Monseñor Gérald Lacroix, recordando la llamada a ser santos. Hemos entrado en un Instituto Secular exactamente para esto. Pero esto no es un don para nosotros, es para todos, y la llamada a la santidad exige ser traducida en la vida concreta. Debemos ayudar al empleado, al enseñante, a la mamá, al papá, al herrero, al alcalde, al enfermo... pero también al artista, al deportivo, a responder: “¿Cómo puedo ser santo haciendo el empleado, el enseñante, la mamá…?” Hay, precisamente un nuevo modelo de santidad que se ha de preparar, para que el cristiano comprenda que se hace santo no alejándose de lo impuro, de lo profano, sino haciéndose presente, y santo, en medio de aquella condición. Jesús nos ha obtenido la vida cuando ha entrado en contacto con lo impuro, con lo que está enfermo

En la Iglesia todo debe sostener este camino de santidad, porque nuestro modo de “hacer funcionar” la Iglesia es precisamente éste. Pierre Langeron nos ha recordado, con precisión, toda la fatiga de un camino de reapropiación del papel de los laicos en la Iglesia. En este camino no debe encontrar espacio, sin embargo, una “reivindicación” del papel de los laicos, como si éstos pidiesen concesiones o delegaciones. Este tiempo debe terminar porque en la Iglesia se debe ser conscientes de que el pueblo de Dios está compuesto de laicos, y a servicio de aquel pueblo están los ministerios, absolutamente necesarios al mismo, de la Palabra, de los sacramentos, del discernimiento, de la oración incesante. Por este motivo no proclamaría en la Iglesia, un “año del laicado”, pues me parecería tratar al laicado como una categoría: en realidad, el laicado es fundamentalmente el pueblo de Dios; si en la Iglesia no se ocupara de él, ¿de qué se ocuparía uno? De otra cosa, sí, es posible, pero con los riesgos de traicionar el Evangelio que hoy, como siempre, están bien a la vista.

El Cardenal Prefecto nos ha recordado el grandísimo valor de la comunión y de la necesidad de respirar con toda la Iglesia. No debemos mirarnos a nosotros mismos, nos ha repetido, no debemos limitar nuestra mirada a lo propio, sino abrirnos a la comunión. Llama la atención cuanto nos refería el Cardenal Prefecto: el origen de muchas infidelidades en la vida consagrada nace de la poca comunión, de la poca apertura. Quisiera lanzar, pues, una súplica, que, a la luz de estas palabras, se convierte en una llamada: hemos vivido bellas jornadas de comunión aquí en Asís, no dejemos que sean un episodio aislado, tratemos de vivir juntos el camino de la Conferencia Mundial y cualquier otra ocasión de compartir entre nosotros. No nos encerremos para no correr el riesgo de ser infieles.

Esto exige una particular vigilancia para que vuestros estilos de vida manifiesten la riqueza, la belleza y la radicalidad de los consejos evangélicos. Una vez más, son las palabras del Papa que nos presentan la necesidad de la transparencia y, como se decía al inicio, de la fidelidad a la plena consagración y a la plena secularidad. Si fuera un peldaño menos, no sería suficiente. Y si fuera un peldaño menos, estaríamos perdiendo el tiempo. El mundo tiene necesidad de la entrega de toda nuestra vida.

Concluimos así nuestro Congreso. Hemos recogido preciosas indicaciones para el trabajo de la Asamblea que se abre dentro de poco, pero, sobre todo, para ayudarnos a vivir, y así mostrar aquel don extraordinario que es la vida que hemos recibido.


Nota de la CMIS: este texto es una traducción del original en italiano.

ESTADÍSTICAS DE LA CMIS

INSTITUTOS SECULARES

  • 214 reconocidos
  • 200 dependientes de la CIVCSVA
  • 4 dependientes de la Congregación para las Iglesias Orientales


NÚMEROS TOTALES

  Derecho pontificio Derecho diocesano Número total Número de miembros
Femeninos 61 119 180 26580 (82,16%)
Masculinos laicos 2 6 8 569 (1,76 %)
Sacerdotales 8 2 10 3987 (12,32 %)
Con ramas 2 6 8 1216 (3,76 %)
Total 73 137 210 32352 (100 %)




TIPOS DE MIEMBROS

Mujeres Hombres laicos Sacerdotes Total
Incorporación definitiva En formación Incorporación definitiva En formación Incorporación definitiva En formación  
25682 1713 (6,67 %) 642 134 (20,87 %) 3538 643 (18,17 %) 32352
27395
776
4181
 

NÚMEROS DE MIEMBROS POR INSTITUTO

Número de miembros Número de institutos
- 10 8
11 a 20 16
21 a 50 52
51 a 100 51
101 a 200 50
201 a 500 21
501 a 1000 6
1001 a 2000 4
2001 - 2

Edición impresa

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