Simposio Institutos Seculares 2007

SUMARIO

1. Editorial

2. Los Institutos Seculares en el mundo. (Doctora Ewa Kusz)

3. Este es el tiempo para nosotros (Mons. Gianfranco A. Gardin OFM Conv.)

4. Aspectos teológicos de la consagración ( + Georges Card. Cottier, OP)

5. Audiencia
Saludo al Santo Padre
Benedicto XVI a los participantes al Simposio

6. A Diogneto (siglo II-III) (
Prof. Luigi Franco Pizzolato)

7. “Hacer de Cristo el corazón del mundo” (Hermana Sharon Holland I.H.M.)

8. Mesa redonda:Vida y misión de los Institutos Seculares
La consagración secular y el compromiso laical (Arzobispo Stanislaw Rylko)

9. Presentación de las experiencias
Sr. Enrica Rosanna F.M.A.
por Asia - Leah Rillera Priscilla (Filipinas)
por Europa - Emilio Sanchez (España)
Jolanta Szpilarewicz (Polonia)
por África - Perpétue Kakese (Rep. Dem. Congo)
por América - Denise Dubé (Canada)
M. Cecilia Comuzzi (Argentina)

10. Conclusión del Simposio y perspectivas abiertas (Cardenal Franc Rodé C.M.)

11. Clausura del Simposio (Ewa Kusz)

EDITORIAL

En el Simposio “Este es el tiempo para nosotros”, han adquirido visibilidad y consistencia sesenta años de vida de los Institutos Seculares. La Presidencia de la CMIS ha decidido publicar en Dialogo, en un número completamente especial, todo el material del Simposio: la Audiencia del Santo Padre, las Relaciones, las Intervenciones del Secretario de la CIVCSVA, Mons. Gianfranco A. Gardin, del Presidente del Consejo Pontificio de los Laicos, S. Ex. Mons. Stanislaw Rylko, del Presidente de la CIVCSVA, S. Em. Card. Franc Rodé, y los testimonios de la Mesa redonda.

Un material que permitirá a quien estuvo presente y a quien no pudo asistir, abundante riqueza teológica, cultural, así como las experiencias que han caracterizado el Simposio.

Es un honor especial para Diálogo acoger las Actas, porque esto dilata el compromiso al diálogo en los Institutos Seculares y a ser voz de comunión.

Naturalmente, este número de Diálogo se presentará con un número mayor de ejemplares, con el fin de que además de los suscriptores, otros Institutos puedan reservarlos y adquirirlos.
Las Actas contienen también algunas fotografías, para que la memoria visiva ayude a custodiar lo que la memoria de la mente y del corazón conservan.

Maria Mazzei

LOS INSTITUTOS SECULARES EN EL MUNDO

Deseo dar inicio a estas consideraciones, dirigiéndoos a todos vosotros unas palabras de saludo y de alegría por haber venido al Simposio. Nos encontramos aquí personas provenientes de diversos países (26) y de diferentes Institutos (116), no sólo para celebrar el sesenta aniversario de la Constitución Apostólica Provida Mater Ecclesia, sino también para apropiarnos, de nuevo, de nuestra vocación propia de nuestro compromiso, como miembros de Institutos Seculares en la realidad del mundo moderno y de sus desafíos.

Saludo cordialmente a todos, pero especialmente a nuestros relatores y a los representantes de la Congregación CIVCSVA (Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica).

El tema de nuestro Simposio es: Éste es el tiempo para nosotros, es decir, todo tiempo – cada día, toda hora - se ha de considerar tiempo privilegiado para dar testimonio de nuestra presencia en el mundo, la misma que proviene de la pertenencia Dios.

Hace sesenta años, el Papa Pío XII aprobó los Estatutos generales de los Institutos Seculares, reconociendo que el Señor “por admirable consejo de su Divina Providencia, dispuso que también en el mundo depravado por tantos vicios, especialmente en nuestros días, florecieran y florezcan actualmente grupos de almas elegidas, que encendidas en el deseo no sólo de la perfección individual, sino también movidas por una especial vocación, permaneciendo en el mundo, pudieran encontrar óptimas y nuevas formas de asociación, que respondieran a las necesidades de los tiempos…”.

Para releer la Constitución Apostólica Provida Mater Ecclesia ha sido invitado el Cardenal G. Cottier, pro teólogo emérito de la Casa Pontificia, que en su intervención hablará de Aspectos teológicos de la consagración secular.

Desde la época en que nació el primer Instituto Secular hasta el día de hoy, la esencia de nuestra vocación no ha cambiado, pero cambia continuamente el mundo en el que vivimos, tanto en la realidad civil como en la realidad eclesial. Creo que se puede afirmar que desde la promulgación de la Provida Mater Ecclesia hasta el Concilio Vaticano II (que ha valorado a los laicos), y también después, los laicos consagrados han vivido en medio de los demás cristianos y que la vocación de los laicos consagrados ha sido el signo de que, dentro del mundo, sin abandonarlo, era posible ser santo, pertenecer a Cristo en sentido pleno.

Actualmente, la mayor parte de las veces, tanto en Europa, donde los Institutos Seculares nacieron, como en los demás continentes con otras religiones, los laicos consagrados “viven en su patria como forasteros; participan en todo como ciudadanos y se desapegan de todo como extranjeros. Toda patria extranjera es su patria, y toda patria es extranjera”, como dice el documento A Diognetes, que fue escrito a finales del siglo II [segundo], y que todavía hoy día suena muy actual para nosotros. La segunda contribución será La reflexión sobre el documento A Diognetes: Consecuencias de estilo y de presencia, que realizará el Profesor F. Pizzolato, de la Universidad Católica “Sacro Cuore” de Milán.

El Código de Derecho Canónico de 1983 sanciona que “Un Instituto Secular es un Instituto de vida consagrada en el cual los fieles, viviendo en el mundo, aspiran a la perfección de la caridad, y se dedican a procurar la santificación del mundo sobre todo desde dentro de él” (canon 710). También los 20 artículos siguientes, relativos a los Institutos Seculares son muy ricos, aunque concisos. En la tercera intervención, la Hermana S. Holland, canonista de la CIVCSVA, alumna del inolvidable Beyer, nos ayuda de descubrir de nuevo no sólo el sentido de las palabras jurídicas, sino también el espíritu del Código de Derecho Canónico.

Como ya he dicho, nuestra vocación implica tanto una fuerte pertenencia a Dios, como un buen conocimiento del mundo moderno y una respuesta a los desafíos que éste nos plantea. Los problemas y desafíos son distintos en las diversas partes del mundo, en las que viven los miembros de los Institutos Seculares. En la Mesa redonda, los representantes provenientes de todos los continentes tratarán de decirnos cuál ha de ser la respuesta profética de la consagración secular y del compromiso laico en la Iglesia ante los desafíos del mundo contemporáneo, en sus países y en los continentes de los que provienen.

Naturalmente, la audiencia del Santo Padre Benedicto XVI constituye la gran alegría de nuestro Simposio y suscita, seguramente, en nosotros no sólo expectativas, sino también una gran curiosidad. Algunos de nosotros ya han tenido la oportunidad de encontrar al Papa Benedicto XVI, ya durante el encuentro de todos los consagrados del mes de mayo del año pasado, ya durante otras audiencias. Pero es la primera vez que el Papa Benedicto XVI encontrará solamente a los representantes de los Institutos Seculares y a nosotros dirigirá especialmente sus palabras. Creo que esto puede revestir una gran importancia para nosotros. Esperamos saber qué piensa y qué espera de nosotros, al inicio del siglo XXI, el Padre y Pastor de la Iglesia universal.

Este Simposio no sólo significa la conmemoración del sesenta aniversario de la Provida Mater Ecclesia, sino que es, sobre todo, la primera etapa de la reflexión sobre nuestro carisma y nuestra vocación. Existen tres etapas en el método aplicativo de la teología pastoral: doctrina, aplicación y praxis-acción. El Simposio significará para nosotros la primera etapa: doctrina, donde existe la posibilidad de recibir los principios fundamentales de nuestra vocación. El tiempo que mediará entre el Simposio y la Asamblea general de la CMIS del próximo año podrá representar en nuestros Institutos la ocasión para la discusión y la profundización, pero también para preparar las propuestas para la discusión en la Asamblea general, durante la cual estudiaremos los resultados del trabajo de los Institutos particulares.

Geografía de los Institutos Seculares

De los datos recogidos por la Congregación (CIVCSVA), resulta que a finales del 2005 hay 215 Institutos Seculares reconocidos por la Iglesia en el mundo. Dependientes de la CIVCSVA son 211 y 4 dependientes de la Congregación para las Iglesias Orientales. De los 215 Institutos Seculares, hay 183 Institutos que adhieren a la CMIS (160 Institutos femeninos, 7 Institutos masculinos, 15 sacerdotales y 1 con ramas).

De los 215 Institutos Seculares hay 143 Institutos de derecho diocesano y 72 de derecho pontificio.
Según el género hay:

  • 183 Institutos femeninos, de los cuales 124 son de derecho diocesano y 59 de derecho pontificio. Los Institutos femeninos están integrados por 27.553 miembros (después de los primeros votos) y 2.103 en el período de formación.
  • 25 Institutos masculinos, de los cuales 11 son de derecho pontificio y 14 de derecho diocesano. Los Institutos masculinos tienen 4.167 miembros y 667 candidatos en período de formación.
    Los Institutos masculinos son Institutos laicos e Institutos sacerdotales. Hay:

    • 7 Institutos masculinos laicos, de los que 5 son de derecho diocesano y 2 de derecho pontificio. Los Institutos masculinos laicos tienen 442 miembros y 128 en período de formación.
    • 18 Institutos sacerdotales, de los que 9 son de derecho pontificio y 9 de derecho diocesano. Los Institutos sacerdotales tienen 3.725 miembros y 549 candidatos.
    • 7 son Institutos con ramas:
    • los que sus Constituciones prevén tres ramas: femenina, sacerdotal y masculina laica. De ellos, dos son de derecho pontificio y 5 de derecho diocesano. En total, estos Institutos tienen 933 miembros y 62 candidatos.

Según los continentes, hay:

  • En Europa 177 Institutos Seculares. Y éstos tienen un total de 22.761 miembros y 921 en período de formación. Tomando en consideración dos zonas: Europa Occidental con 166 Institutos Seculares y un total de 20.884 miembros y 609 candidatos; y Europa ex comunista con 55 Institutos Seculares, 1.877 miembros y 312 candidatos.
  • En Asia hay 43 Institutos Seculares con 2.068 miembros y 441 en período de formación.
  • En África existen 60 Institutos Seculares, con 926 miembros y 333 candidatos.
  • En América hay 134 Institutos Seculares. Los Institutos Seculares americanos cuentan con 6.762 miembros y 1.130 en período de formación. Tomando en consideración dos zonas: la de América del Norte, que comprende Estados Unidos, Canadá, Jamaica y Martinica, con 55 Institutos Seculares, 1.073 miembros y 86 candidatos; la de América Latina, a la que pertenecen todos los países que forman parte del CELAM (Conferencia Episcopal Latino Americana), con 123 Institutos Seculares que tienen 5.689 miembros y 1.044 candidatos.
  • En Oceanía hay 10 Institutos Seculares que cuentan con 48 miembros y 6 en período de formación.

Comparando con los datos de 1995, hace diez años, es posible constatar que:

  • En los Institutos Seculares, en general, a finales de 1995 había 35.322 miembros y 2.977 candidatos. Diez años más tarde, el número de miembros disminuyó del 8% (ocho por ciento). El número de candidatos permaneció casi igual.
  • En los Institutos femeninos, a finales de 1995 había 29.775 miembros y 2.144 candidatos. Diez años más tarde, el número de miembros de los Institutos femeninos disminuyó del 7% (siete por ciento). La cifra de candidatos es semejante.
  • En los Institutos sacerdotales, a finales de 1995 había 4.324 miembros y 636 candidatos. Diez años más tarde, el número de miembros de los Institutos sacerdotales disminuyó del 14% (catorce por ciento). Y también disminuyó el número de candidatos.
  • En los Institutos masculinos laicos, a finales de 1995 había 379 miembros y 97 candidatos. Diez años más tarde, el número de miembros creció el 17% (diecisiete por ciento). También creció el número de candidatos.
  • En los Institutos con ramas, a finales de 1995 los miembros eran 844 y 100 candidatos. Diez años más tarde, el número de miembros creció el 11% (once por ciento), pero el número de candidatos disminuyó.

Mientras hacía la comparación de los datos de 1995 con los de 2005 noté que el número de miembros de algunos Institutos había disminuido, el de otros había crecido, y en ese período había datos nuevos. No he podido hacer la comparación de los datos sobre la difusión por continentes.

La vitalidad de los Institutos Seculares

Paradójicamente la estadística y los datos numéricos sobre los Institutos Seculares no dejan translucir nuestra vitalidad.
Nuestra vocación significa ser “sal, que no es insípida”, “fermento eficaz” dentro del mundo y “‘laboratorio experimental’ en el que la Iglesia verifica las modalidades concretas de sus relaciones con el mundo” . Ser sal y fermento no depende del número de consagrados laicos de un país, de un continente o de una ciudad, sino que está en relación con la profunda interdependencia que existe entre la consagración y la secularidad y se convierte en experiencia interior para cada consagrado laico. Y la vitalidad de los miembros de los Institutos Seculares solamente explica la fuerte y personal intensidad de la vida de la consagración secular. El apostolado de cada uno de los miembros de los Institutos Seculares es un apostolado individual, que se vive con plena responsabilidad personal, incluso cuando es el resultado de una convergencia de intereses comunes a personas del mismo Instituto. No se trata, pues, de datos estadísticos y de difusión de nuestro compromiso, tanto a nivel eclesial como político o social. Por este mismo motivo, no es posible valorar el apostolado desde fuera, considerando solamente la eficacia del apostolado.

¿Qué dicen los datos, que he presentado? Es posible constatar que:

  • Los laicos consagrados están presentes en todos los continentes y en casi todos los países (también en China y en Sudán).
  • Los laicos consagrados viven también en países, en los que los cristianos sufren persecución, todavía hoy. Por ejemplo, en países en los que la persecución es muy intensa viven 163 miembros de Institutos Seculares y 38 candidatos.
  • Los Institutos Seculares nacieron en Europa y en Europa se encuentra más del 70% de los mismos, y solamente en Italia existen 10.697 miembros de Institutos Seculares (igual al 33% de todos los consagrados laicos del mundo).
  • Ha decrecido el número de mujeres (7%) y de sacerdotes (14%) en los Institutos Seculares, pero ha aumentado el número de los miembros de Institutos masculinos laicos (17%) y de Institutos con ramas (11%).
  • Por lo que se refiere a los candidatos en período de formación se nota su crecimiento sobre todo en América Latina (37% de todos los candidatos), pero por lo que se refiere a la proporción entre miembros y candidatos, el primer lugar lo ocupa África (26%) y Europa Occidental ocupa el último puesto (3%).
  • Son 120 Institutos Seculares que han experimentado una disminución del número total de miembros y 95 Institutos Seculares que han experimentado un crecimiento del número de miembros en los últimos 10 años. Hay 5 Institutos Seculares que tienen menos de 10 miembros y ningún candidato y hay 6 Institutos Seculares con más de 1.000 miembros.

Cuando leía todos estos datos, pensaba que la gracia del Señor es imprevisible, que los pensamientos del Señor no son nuestros pensamientos y que nuestros caminos no son los caminos del Señor . Pensaba que los Institutos Seculares se desarrollan como en las grandes familias pluri generacionales - algunos nacen y otros envejecen y mueren . Al mismo tiempo, unos se desarrollan, otros cambian de lugar. Algunos tienen la fuerza para hacer cosas grandes, otros hacen cosas pequeñas, aunque también necesarias. Este proceso evolutivo no afecta sólo a un Instituto en el que algunos inician la formación y otros mueren, sino que afecta a los Institutos en general – también los Institutos “mueren” porque sus miembros envejecen y mueren y no hay miembros nuevos, pero al mismo tiempo nacen nuevos Institutos Seculares.

Observando desde fuera y leyendo solamente los datos estadísticos, no es posible decir a qué punto se encuentra la vitalidad de los Institutos Seculares. ¿Qué Institutos son más dinámicos y vigorosos? ¿Los que tienen obras propias, o los que tienen gran número de miembros y de candidatos? Y de éstos, ¿cuáles están presentes en los diversos continentes? O ¿qué Institutos están en África, en Asia,…?

Quisiera repetirlo una vez más: la vitalidad y el atractivo de los Institutos Seculares no depende del número de sus miembros. Y pongo un ejemplo: existen Institutos Seculares, con pocas personas que ya son ancianas, que no tienen ningún candidato y saben que pueden desaparecer. No se esconden en la propia ancianidad, sino que están en medio de las demás personas, viven en edificios, o en residencias para ancianos. Su vejez es una nueva respuesta a la vocación de siempre. Signo visible y testimonio de la esperanza que proviene de la paz y de la serenidad de quien trata de de vivir la propia vida según el proyecto de Dios. En el mundo, especialmente en Europa y en América del Norte, donde se vive el gran miedo a la muerte, donde es actual la debilidad a causa de la vejez con la angustia del dolor y de la enfermedad, así como de la eutanasia, los ancianos son como “la sal” y la “luz”. Son verdaderos testimonios de la esperanza entre los hombres, que han perdido no sólo la esperanza, sino también el sentido de la vida. ¿Puede, entonces, decir alguien que un Instituto con 5 miembros hacia los ochenta años no es un don precioso?

A mi parecer, aquí está la vitalidad y la fuerza de la vocación secular – ser fermento eficaz allí donde cada miembro de Institutos Seculares se encuentra, en los diverso puestos del mundo y en las diversas edades de la vida. Tanto en la juventud, cuando uno mira hacia al futuro y se piensa en la dieta, en el sentido de la vida, en un trabajo más atractivo para poderse realizar,…como en la edad madura, con el cansancio de la vida cuando algunos abandonan la propia familia y el trabajo para hacer algo nuevo y cuando otros se han comprometido en el trabajo o a nivel político o social,…así como en la vejez con sus desafíos.
Ser “sal”, “luz”, “fermento” es posible en cualquier lugar, en cualquier país, y en cualquier condición de edad, de salud y de vida – en Italia, donde hay muchos laicos consagrados y en Sudán, donde hay uno. Con este modo de ver nuestra vocación puede ser que éstas personas, que desde fuera se consideran como “inservibles” debido a su vejez, a su enfermedad o porque ellos pocos reciben bastantes más “frutos” que la actividad de muchos. Y quizás los miembros del extinguible Instituto, que viven hacia el final de la propia vida la plena consagración secular, reciben los frutos provenientes de otras partes del mundo.

Aunque nuestra presencia en el mundo tenga una característica muy personal, podemos descubrir juntos y responder a las preguntas:

  • ¿Cómo ser hoy día laico consagrado entre los “single”, que viven sin vínculos y sin responsabilidades hacia los demás? El modo de nuestra vida es según la moda “on top”, como se dice en la cultura.
  • ¿Qué significa la verdadera consagración secular, cuando los religiosos y especialmente las religiosas abandonan el hábito y el convento para trabajar en diversos lugares y vivir solas o con otros? Algunos dicen que “toman el estilo de vida de los Institutos Seculares”. Su secularización se llama “consagración laica”.
  • ¿Cómo ser “ ‘el laboratorio experimental’ en el que la Iglesia verifica las modalidades concretas de sus relaciones con el mundo” entre y con los demás laicos, comprometidos en los diversos movimientos, asociaciones, que, a veces, son exteriormente más visibles que nosotros?
  • ¿Qué significa ser laico consagrado en el mundo, donde la “laicidad” significa la visión a-religiosa de la vida, en la que “no hay puesto para Dios, para un Misterio que transciende la pura razón, para una ley moral de valor absoluto” ?

Entonces, ¿Cuál es nuestro compromiso? ¿Cómo debería ser nuestra actitud? ¿Cuál debería ser nuestra vocación en el mundo de hoy? Espero que nuestro Simposio pueda responder a éstas y otras preguntas.
Deseo a todos buen trabajo y tiempo suficiente para encontrarse con los demás.

Ewa Kusz
Presidenta de la CMIS

ESTE ES EL TIEMPO PARA NOSOTROS

A todos vosotros, que estáis aquí reunidos, miembros y Responsables de los Institutos Seculares, laicos y presbíteros, que provenís de diversos lugares e incluso bastante lejanos, presento el más cordial y caluroso saludo de la Congregación para la Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica; lo hago en nombre de Su Em. Cardenal Franc Rodé, Prefecto del Dicasterio. Juntamente con el saludo, el deseo de que este momento de reflexión, tan importante y conducido por un grupo tan representativo de consagrados seculares, pueda producir buenos frutos para la vida y renovación de todos vuestros Institutos.
Al inicio de este Simposio, me atrevo a hacer mías, las palabras que Pablo VI dirigió a los participantes del Primer Convenio internacional de Institutos Seculares: “Cuánto nos interesa y cuánto nos emociona este encuentro. Nos hace pensar en los prodigios de la gracia, en las riquezas escondidas del Reino de Dios, en los recursos incalculables de virtud y santidad, que también hoy tiene la Iglesia, inmersa como sabéis, en una humanidad profana y, a veces, profanadora, exaltada por sus conquistas temporales y tan reacia como necesitada de encontrarse con Cristo” (26 de septiembre de 1970).
No existe la menor duda de que detrás de la discreción y consciente escasa visibilidad institucional que caracteriza vuestras comunidades y vuestra presencia, existe un apasionado seguimiento del Señor Jesús, una intensa relación con Dios y una generosa donación a hermanos y hermanas, un estar presentes cotidiano con estilo evangélico en medio de los hombres y mujeres de nuestro tiempo: todo esto es un bien precioso que se difunde en la Iglesia y es “aroma que llena toda la casa de Dios, la Iglesia”, (VC. 104).

Me agrada leer que vuestro encuentro es hoy como una ulterior etapa del camino iniciado, precisamente, con la promulgación de la Constitución Apostólica Provida Mater Ecclesia, precisamente hace 60 años, el 2 de febrero de 1947. Este documento de Pío XII tuvo el mérito histórico de introducir oficialmente en la Iglesia una experiencia, que hacía tempo que estaba presente en el pueblo de Dios. Y así, gracias también a las precisiones aportadas el año siguiente por el Motu Proprio Primo feliciter, las formas de vida, que ahora se llaman oficialmente “Institutos Seculares”, pudieron disponer de un mejor y definitivo fundamento teológico, y de un significado más claro de su misión en el mundo.
Se puede afirmar, pues, que el Magisterio Pontificio os ha acompañado desde vuestro nacimiento, ayudándoos a profundizar, sobre todo con ocasión de los Encuentros internacionales periódicos, los aspectos más relevantes de vuestra vocación, a veces aclarando algunos aspectos de la misma, y siempre animándoos y manifestándoos una solicitud atenta.

Consagración y secularidad se han convertido, desde entonces, en un binomio indisoluble que identifica a los Institutos Seculares. Éstos llevan en sí como una profunda y singular necesidad de síntesis entre “la plena responsabilidad de una presencia y de una acción transformadora desde dentro del mundo” (Pablo VI, Discurso con ocasión del 25 aniversario de la Provida Mater Ecclesia, 2 de febrero de 1972.

Me he preguntado cuál es el significado del tema que se ha elegido para el presente Simposio: “Este es el tiempo para nosotros”.
Creo que la expresión se puede entender en un doble sentido.

El acento se puede poner, en primer lugar, en este tiempo, y más precisamente en el pronombre éste. Y Éste, y no otro, es el tiempo en el que vuestra particular forma de consagración está llamada a expresarse y a realizarse. Se trata, con otras palabras, de estar especialmente atentos a lo que en este tiempo es contexto precioso para vuestra consagración, es estímulo, provocación a vivir el vuestro ser consagrados, cristianos auténticos, discípulos que Jesús envía al mundo.

El mundo es el lugar propio en el que vuestra consagración secular se vive habitualmente; pero no un mundo abstracto, indefinido, atemporal: sino el mundo como se configura en este tiempo, en el hoy que constituye vuestra cotidianidad. Cierta separación del mundo, que en algunas formas de vida religiosa asume también caracteres físicamente evidenciados, podría (subrayo podría) hacer vivir la consagración dentro de espacios demasiado asépticos, es decir, alejados de la experiencia de los hombres y mujeres comunes. No es éste vuestro caso: vosotros no buscáis separaciones, alejamientos, no os marcáis espacios reservados, impermeables a las vicisitudes de vuestros contemporáneos y coterráneos. Vosotros estáis insertados en el mundo, estáis dentro de este tiempo, que es el hoy concreto, irrepetible de la salvación y del seguimiento del Señor.

Vivir la consagración “desde dentro” del mundo, significa descubrir, con el discernimiento propio de la fe, las posibilidades y las situaciones actuales que lo convierten en lugar reconocido como irrenunciable para vuestra vida de creyentes. El vuestro estar insertados en el mundo no es un mero hecho físico, sino, sobre todo, una actitud interior, casi un dato básico, un estado de vuestra búsqueda espiritual, de vuestro ser, como todos los consagrados, buscadores de Dios.

En este sentido podéis constituir, en realidad, como sugería Pablo VI, un “laboratorio espiritual” de las relaciones entre la Iglesia y el mundo: “el mundo – como afirmaba el mismo Papa en la Evangelii nuntiandi – vasto y complicado de la política, de lo social, de la economía, y también de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de los medios de comunicación social” (n. 70). Quiero citar aún a Pablo VI, que afirmaba que el ámbito de vuestra consagración y de vuestra misión es “el campo del mundo; del mundo humano, tal cual es en su inquieta y seductora actualidad, en sus virtudes y en sus pasiones, en sus posibilidades de bien y en su inclinación al mal, en sus magníficas realizaciones modernas y en sus secretas deficiencias e indefectibles sufrimientos: el mundo” (26 de noviembre de 1970).

Esta inserción en el mundo preocupa a la Iglesia: Juan Pablo II afirmaba que “la Iglesia espera mucho de vosotros”. Tiene necesidad de vuestro testimonio para llevar al mundo, hambriento de la Palabra de Dios, aunque no es consciente de ello, el “alegre anuncio” de que toda aspiración auténticamente humana puede encontrar en Cristo su realización” (28 de agosto de 1980).

Un segundo significado, que se puede atribuir al tema de este Simposio se encuentra en acentuar el para nosotros: este es el tiempo para nosotros. Es decir, la actual situación de la Iglesia y del mundo, incluso en la variedad de las diversas culturas, podría ser particularmente favorable a la comprensión y realización de vuestra específica vocación de consagrados seculares. El presente es para vosotros un cairos, un “tiempo oportuno”, un momento favorable, para recordar a Pablo, en la II Carta a los Corintios, 6,2: “he aquí el tiempo favorable”. Vuestra vocación podría encontrar, pues, en el hoy de la Iglesia un espacio nuevo, promotor de una nueva comprensión de vuestro específico estado y, quizás, de nuevas experiencias.
No sé si esta interpretación o desarrollo del tema, que constituye el objeto de la reflexión de estos dos días, es legítima o si entra dentro de vuestras preocupaciones. Pienso que también vosotros, sobre todo en algunas áreas geográficas y culturales estáis sufriendo aquella escasez vocacional que afecta a todas las formas de consagración especial y que experimentáis la dificultad de encontrar nuevos miembros para vuestro Instituto. Sin embargo, el tiempo presente es tiempo de profundización, de cualificación, de atención a la formación, más que de búsqueda de números elevados. El momento favorable, el tiempo “para vosotros” podría provenir del hecho de que el nuevo modo de pensaros con relación al mundo por parte de la Iglesia, os hace especialistas de dicha relación.

Entonces, este tiempo es “para vosotros”, porque ofrece razones teológicas y espirituales más fuertes y convincentes a vuestra vocación, que cada vez es menos – por así decirlo - “tolerada” (consagrados, aunque seculares) y cada vez es no sólo más legitimada, sino también más reconocida como enriquecedora para toda la Iglesia (consagrados en cuanto seculares).

Y permitidme que añada, enriquecedora también para la vida consagrada de los religiosos. Si la característica de éstos últimos es la de establecer una relación de mayor separación del mundo, algo que se hace visible e institucional, vosotros ayudáis a nosotros, religiosos, a amar, de todas formas, el mundo, y, sobre todo, a reconocer que mientras el mundo puede ser lugar de santidad, también el claustro – para usar un lugar simbólico – o, de todas formas, la comunidad religiosa, puede ser espacio de mundanidad. Se puede ser mundanos separándose del mundo, en espacios que se dicen evangélicos, y se puede ser evangélicos dentro del mundo, o en diáspora en el mundo, marcado por el mal.
Vuestra capacidad de construir una síntesis sana y fecunda entre consagración y mundo, puede ayudar, en realidad a toda la vida consagrada, en sus diversas expresiones, y a toda la Iglesia.

Son solamente algunas ideas que humilde y dócilmente ofrezco a vuestra consideración, confirmándoos a todos vosotros la estima y el agradecimiento de nuestro Dicasterio y el deseo, como indica el documento Vita consecrata, n. 10, de que “transfiguréis el mundo desde dentro con la fuerza de las Bienaventuranzas”.

Para todos el deseo de un proficuo y denso trabajo.

Mons. Gianfranco A. Gardin OFM Conv.
Secretario de la Congregación para la Vida Consagrada
y Sociedades de Vida Apostólica

ASPECTOS TEOLÓGICOS DE LA CONSAGRACIÓN

I

Introducción

Es sabido que las traducciones latinas más antiguas de la Biblia traducen por saeculum el griego aiôn y el hebreo ôlãm. El término tiene diferentes sentidos: duración del mundo, mundo humano caduco y efímero, en oposición con el mundo divino.

En la Vetus Latina, sobre todo en el Evangelio de Juan, saeculum equivale al griego cosmos, que la tradición judeo - helenista traduce por ôlãm.

La preferencia que los latinos otorgan a saeculum sobre mundus refleja, sin duda, cierta repugnancia a dar un sentido negativo a éste último término, que evoca orden y belleza.

Además, ya en el latín profano, el término puede adquirir un significado ético, para expresar la decadencia de las generaciones. Sin duda, el sentido primero de tiempo (un siglo, significa 100 años) no ha desaparecido: es lo que ha significado tiempo presente, vida presente, condición temporal de la humanidad. En los Padres latinos, prevalece frecuentemente un sentido negativo de inspiración bíblica, que es al, mismo tiempo, ético y religioso. Saeculum designa, pues, el mundo humano que lleva las huellas de la vanidad y del pecado. Éste será, pues, el mundo pagano, perseguidor de los cristianos.

Si indico estos diversos significados, es porque, sin que se pueda hablar de sinónimos, siglo y mundo son dos términos muy cercanos que, a veces, coinciden sin que ello haga desaparecer siempre la distinción. Así secular no se puede traducir por mundano.

Sin embargo, para no forzar las cosas, introducimos nuestras reflexiones sobre la secularidad interrogando la Escritura sobre el sentido de la palabra mundo.

Y a este respecto es significativo que las traducciones modernas traducen la expresión de Pío XII en el documento Primo feliciter : non tantum in saeculo sed veluti ex saeculo por : no sólo en el mundo, sino también, por así decirlo, con los medios del mundo. Una tal traducción viene espontáneamente a la mente.

En los escritos de Juan

2. Sobre todo el Evangelio de Juan ha puesto en evidencia la complejidad de la palabra mundo. La noción encierra una pluralidad de sentidos, a primera vista en contraste, pero que expresan toda la riqueza del misterio de la fe, según la doble polaridad de la creación y de la redención.

El prólogo del Evangelio, en efecto, une la creación y el drama de la historia humana, marcada por el rechazo de la luz divina y de la salvación traída por el Verbo encarnado.

“Todo se hizo por Él y sin Él no se hizo nada”: la revelación del Verbo, “el Hijo unigénito que está en el seno del Padre” se inserta en la evocación del relato de la Creación en el Génesis, (Gn. 1, 1-5), en el que se afirma la bondad de la creación, que testimonia el amor de Dios.
Para el hombre, que es el coronamiento de la creación, se repite la afirmación : y esto estaba muy bien. Creado a imagen y semejanza de Dios, el hombre es investido de responsabilidad : se le encarga la administración de este mundo. Con la responsabilidad se afirma, al mismo tiempo, la dimensión ética y la dimensión histórica. La responsabilidad será sometida a prueba, que es la prueba de la fidelidad. La prueba es también la tentación: la libertad, en vez de asumir su responsabilidad en obediencia al designio benévolo de Dios, se deja embriagar por ella por instigación del Tentador: “Seréis como Dios” (cfr. Gn. 3,5). El inicio de la historia humana está marcada por el pecado.

El Prólogo recuerda este acontecimiento espiritual de los orígenes:
Lo que se hizo en él era la vida
y la vida era la luz de los hombres
y la luz brilla en las tinieblas
y las tinieblas no lo vencieron
(o : no lo comprendieron).

El Prólogo continúa abrazando la historia humana como historia de salvación. Dios, cuya bondad se manifestó en la creación, nos dona una nueva manifestación, más intensa, más conmovedora, de su amor y de sus iniciativas.

Los hombres tenían el poder, contemplando la creación, de reconocer el Verbo « luz verdadera que ilumina a todo hombre », pero « el mundo no lo conoció » , porque estaba ciego a causa de su pecado. Cada rechazo provoca una nueva iniciativa del amor divino. Dios se elige un pueblo con el que establece una alianza particular, en vista de un don todavía más profundo, inaudito. “Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron": cuanto mayor es el don, más profundo resulta el rechazo, pero el pecado no puede tener la última palabra. La encarnación del Verbo revela la inagotable, infinita profundidad del amor divino :En efecto, no todos se dejaron arrastrar por el rechazo y « a todos los que lo recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios ». Dios engendra, mediante la fe y mediante la gracia, ”a aquellos que creen en su nombre”, a aquellos que acogen su don supremo: “Y el Verbo se hizo carne y puso su Morada entre nosotros”.

Y aquí se revela también en su radicalidad la responsabilidad de la libertad humana.

Entrar en la filiación divina, que nosotros recibimos del "Hijo unigénito, lleno de gracia y de verdad”, es un don de la gracia – la gracia de la fe.

La fe y el rechazo de la fe se presentan, así, como los factores espirituales decisivos de la historia humana y de su drama. Partiendo de ahí se comprenden las afirmaciones en contraste del Evangelio y de la Primera Carta de Juan sobre el mundo.

Revelación del amor divino

3. La gran revelación que Jesús hace a Nicodemo aclara algunas afirmaciones que nosotros ya hemos encontrado en el Prólogo (cfr. 3, 16-21. El amor de Dios es inquebrantable, sus recursos son inagotables.

“Porque tanto amó Dios al mundo
que dio a su Hijo unigénito,
para que todo el que crea en él
no perezca,
sino que tenga vida eterna”.

El pecado del hombre, en cuanto rechazo y desobediencia, es una ofensa a Dios. Pide la intervención de su justicia. El Antiguo Testamento, que, sin duda, no ignora los acentos angustiosos del amor divino con su pueblo, ha leído la historia de las desgracias de Israel como castigos y expresiones de la cólera divina, es decir, intervenciones de la justicia que eran otras tantas invitaciones a la conversión y a la vuelta a la fidelidad a la Alianza.

Las palabras de Jesús a Nicodemo ponen en evidencia la radicalidad del amor :
"Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que El mundo se salve por él”.

Los primeros capítulos del Evangelio, que se detienen en la figura del Bautista, insisten en el hecho de que la conversión, a la que él invita, tiene un carácter preparatorio. El hombre, que debe arrepentirse de su pecado, no puede con ello borrar la ofensa hecha a la justicia y al amor de Dios. Tiene necesidad de ser salvado. La revelación de la radicalidad del amor de Dios ayuda, así mismo, a adquirir conciencia de la gravedad del pecado. Este, por sí mismo, pide la condena. Se comprende por qué el pecado se encuentra como recapitulado en el rechazo a creer, porque este rechazo a creer es rechazo a reconocer la profundidad del amor de Dios.
“El que cree en él (el Hijo), no es condenado ;
pero el que no cree, ya está condenado,
porque no ha creído
en el Nombre del Hijo unigénito de Dios ».

El rechazo a creer en el Hijo de Dios lleva consigo ya su juicio, porque se da preferencia a las tinieblas sobre la luz, es decir, se rechaza la verdad. El Evangelio nos da la razón de este rechazo. Hacer el mal conduce a odiar la luz, porque ésta revelaría la malicia de la elección pecaminosa. Existe ahí una línea de decisión a la que la libertad no puede sustraerse: “Pero el que obra en la verdad (o : el que obra la verdad), va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están echas según Dios”.

Se ha afirmado que el proceso de Jesús recorre todo el cuarto Evangelio. Es el proceso intentado por quienes rechazan creer que Jesús es el Hijo de Dios, el Muy – Amado del Padre, enviado como víctima propiciatoria por nuestros pecados. Por esto la vida es un combate. La primera Carta de Juan, que contiene expresiones muy fuertes, dirá lo siguiente:

“Y ésta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe.¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?” (I Jn. 5, 4-5). Aquí el mundo significa el mundo de los hombres bajo el dominio del pecado. Repetidas veces Jesús denuncia, detrás de nuestros pecados, la acción de aquel que él llama el Príncipe de este mundo (12, 31 ; 14, 30 ; 16, 11).

Y la primera Carta lo acentuará, si se puede decir : “Nosotros sabemos que somos de Dios y que el mundo entero yace en poder del Maligno” (5, 19). El relato de las tentaciones de Jesús, en la versión de Lucas, nos revela la profundidad de esta influencia : « Llevándole luego a una altura le mostró en un instante todos los reinos de la tierra y le dijo el diablo : ‘Te daré todo el poder y la gloria de estos reinos, porque me la han entregado a mí y yo se la doy a quien quiero. Si, pues, me adoras, toda será tuya’. Jesús le respondió : ‘está escrito : adorarás al Señor tu Dios, y sólo a él darás culto’ » (Lc. 4, 5-8).

Es, pues, la hostilidad y el rechazo de Cristo lo que caracteriza al mundo que ha caído en el pecado, mundo que Dios no cesa de amar, y esto testimonia su designio de salvación.

El odio del mundo y el envío del Espíritu

4. En un debate dramático con sus adversarios, que rechazan creer en su testimonio y en su palabra, Jesús les dirá: “Vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo” (Jn. 8, 23). Como él, sus discípulos tampoco son de este mundo, por esto el mundo los odia (17, 14).

Jesús testimonia ante Poncio Pilato – testimonio que Pablo llama “su hermoso testimonio” (cfr. I Tm. 6, 13) - : que su Reino no es de este mundo. Aquí mundo parece indicar el pecado, pero designa “los reinos de este mundo” con sus leyes propias, mientras que el reino de Cristo “no es de aquí”. Si Jesús ha “venido al mundo” es para realizar una misión trascendente: “para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz” (cfr. 18, 36-37). Lo que Jesús afirma aquí, es la distinción entre lo que nosotros llamamos los reinos temporales y el reino de Dios.

El don de Jesús, muriendo en la Cruz por nuestro amor, es “el juicio de este mundo”: “ahora el Príncipe de este mundo será derribado. Y yo, cuando sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (cfr. 12, 31-32). Será también la hora del envío del Espíritu, el Paráclito y el Consolador, el Espíritu de la verdad, del que Jesús promete a los discípulos su apoyo, al mismo tiempo que les predice las persecuciones: “Y cuando él venga, convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio: en lo referente al pecado, porque no creen en mí; en lo referente a la justicia, porque me voy al Padre, y ya no me veréis; en lo referente al juicio, porque el Príncipe de este mundo está condenado” (16, 8-11).
La vuelta de Jesús al Padre es su glorificación « con la gloria, dice, que tenía a tu lado antes que el mundo fuese » (17, 5). Afirmación que se ha de colocar paralela al Prólogo, que anunciaba su venida al mundo.

Esta glorificación se extiende a sus discípulos que permanecen en el mundo. Jesús ruega a su Padre que les dé su alegría plena. Y estas palabras arrojan luz sobre la existencia cristiana, pues esta oración se extiende, además de a los discípulos, a todos a aquellos que “gracias a su palabra, creerán en mí” (cfr. Jn.17,20):

“Yo les he dado tu palabra y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como yo no soy del mundo. No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno. Ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo. Santifícalos en la verdad : tu palabra es verdad » (17, 14-17).

La misión

5. En el mundo, pero no del mundo. Esta distinción se ha de completar con un tercer elemento, el de la misión: “Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo. Y por ellos me santifico a mí mismo, para que ellos también sean santificados en la verdad” (ver 18-19).

En el mundo, no del mundo, enviados al mundo. Estos tres momentos definen la condición de los cristianos. La misión es anuncio de la palabra que es indisociable del testimonio, que es testimonio del ágape divino:
“Como tú, Padre, en mí y yo en ti
que ellos sean también uno en nosotros,
para que el mundo crea que tú me has enviado.
Yo les he dado la gloria que tú me diste,
para que sean uno como nosotros somos uno:
yo en ellos y tú en mí,
para que sean perfectamente uno,
y el mundo conozca que tú me has enviado,
y que los has amado a ellos, como me has amado a mí”

(ver 21-23).

Había prometido a sus discípulos que no los dejaría huérfanos (cfr. 14,18). Con el Padre, volverá a morar en ellos (cfr. 14, 22), y existe la gran promesa del Espíritu. La marcha de Cristo, que marca su victoria sobre el mundo y el pecado, no significa, pues, un abandono. Comienza una presencia nueva, que ella misma es espera y promesa de una nueva presencia definitiva y plena. Recordemos aquí lo que dice la primera Carta : « Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado todavía lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es » (I Jn. 3, 2). El tiempo de la Iglesia es el tiempo de la esperanza. Sabemos que el mundo ya ha sido juzgado y que la victoria de Cristo lo ha arrancado del dominio del Demonio. Juan Bautista lo había atestiguado cuando vio a Jesús que se le acercaba: « He ahí el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (1, 29). Pero este tiempo es también el de la esperanza de su venida gloriosa, en el que nosotros esperamos « un cielo nuevo y una tierra nueva » (cfr. Ap. 21, 1s.).

Como afirmará San Pablo, la creación “gime hasta el presente y sufre dolores de parto” (cfr. Rm. 8, 18-25).
El odio del mundo que ha perseguido al Señor, también la emprenderá con sus discípulos (cfr. I Jn. 3, 13). También ellos sufrirán persecuciones. Estarán sostenidos en su lucha y en su testimonio por el Espíritu Santo (cfr. 15, 25-27). En el mundo y por el mundo deben dar testimonio, pero guardándose del espíritu del mundo. De ahí el aviso del Apóstol: “No améis al mundo (entendiendo con ello un amor de complicidad y de connivencia), ni lo que hay en el mundo. Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo cuanto hay en el mundo – la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la jactancia de las riquezas – no viene del Padre sino del mundo. El mundo y sus concupiscencias pasan; pero quien cumple la voluntad de Dios permanece para siempre” (I Jn. 2, 15-17).

II

El mundo y el Reino

6. Me ha parecido de utilidad detenerme en la enseñanza de Juan sobre el mundo, enseñanza compleja y en contraste, pues a su luz se debe profundizar el significado de la expresión: no sólo en el mundo, sino también, y por así decirlo, con los medios del mundo, en el siglo y como desde el siglo.

Digamos en primer lugar que esta enseñanza vale para todos los bautizados y todos los confirmados. Juan Pablo II, en Novo Millennio Ineunte (31), al hablar de la vocación a la santidad, nos dice que “es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este « alto grado » de la vida cristiana ordinaria”. La fórmula no parece aplicable a la condición de vida de la mayoría de los cristianos, que viven en el mundo. Esta consideración servirá como de horizonte a nuestra reflexión.

La consagración significa, en efecto, el compromiso a perseguir, con una intensidad particular, esta vocación a la santidad, que es de todos, eligiendo los medios que facilitan este perseguimiento. Así son los votos religiosos. Implican cierto retiro del mundo, una separación. Pero esta separación no se refiere, en primer lugar, a la renuncia al mal, lo cual es un deber de todos los bautizados, sino a la renuncia a aspectos de la existencia común, que en sí mismos son buenos y pueden y deben ser santificados, como el matrimonio, la gestión de los bienes, o la libre disposición de sí mismo, pero que comportan cierto peso y dan lugar más fácilmente a la tentación. Los religiosos se liberan de ciertas preocupaciones, en sí mismas legítimas y santificantes, para concentrarse exclusivamente en las preocupaciones más grandes del Reino.
Considerar el mundo como algo malo en sí mismo y colocar la perfección en la huída de este mundo malo ha sido, a lo largo de la historia, una realidad de tendencias gnósticas y heréticas. Es significativo, por su parte, la condena del matrimonio. En la historia de la espiritualidad cristiana, cierta literatura, que ponía en primer plano el contemptus mundi, el desprecio del mundo, no siempre ha carecido de ambigüedades.
La verdad es que, para todo cristiano, las realidades de este mundo y su uso han de ser medidas según el metro de nuestra vocación esencial, que es el Reino y la vida eterna. “La figura de este mundo pasa” (I Co. 7, 13) « (…) pues no tenemos aquí ciudad permanente, sino que buscamos la futura » (Hb. 13,14). Esta condición peregrina no contiene ninguna condena ; pone ante nuestros ojos las justas proporciones.

El valor de lo temporal. Secularidad

7. En el mundo: este mundo está envuelto en el amor de Dios y testimonia este amor. El amor divino está en el origen de su creación, que canta su gloria ; está, como redoblando su generosidad, en el origen de su redención, después de haber sido destrozado por el pecado. El pecado, que no cesa de actuar en él, no destruye su radical bondad, y el amor redentor, que ha sido dado en el don de su Hijo unigénito, es más fuerte que el pecado. Si éste no cesa de ejercer su seducción, la fuerza santificante de la redención es capaz de sacar de su dominio al pecador, que somos nosotros, y de purificarnos.
Amar la bondad del mundo, guardarse de las seducciones del mal, colaborar en la obra del Redentor, - que vino a sacar a la humanidad de la servidumbre del pecado-, mediante la oración, el testimonio y la participación en la cruz de Jesús, manifestación suprema de la divina misericordia : este es el sentido cristiano de estar en el mundo.

La teología distingue, así, los efectos de la gracia: ésta es santificante, nos eleva a la dignidad de hijos de Dios, pero, al mismo tiempo, nos sana (gratia sanans) las heridas del pecado, y conforta la rectitud de nuestra naturaleza.

Lo que precede se refiere a nuestra vocación en cuanto miembros del Reino, que viven en el mundo. Pero la expresión contiene todavía otro significado, si se considera este mundo en sí mismo, con sus leyes, sus finalidades, su consistencia propia. La Gaudium et Spes habla de autonomía relativa, porque es claro que los fines del mundo, considerado en sí mismo, non constituyen el fin último, sino que están subordinados a éste. Se habla entonces de fines infravalentes. Considerando su relación con el Reino y con la vida eterna, se hablará todavía más de realidades temporales.

La realidad del Reino de Dios no niega el valor de las cosas de este mundo y de todo el orden de las actividades humanas. Pero porque están heridas y amenazadas por el pecado y porque sólo encuentran su plena autenticidad cuando se abren a las realidades del Reino, son objeto de un compromiso específico por parte de los cristianos. Y aquí se sitúa precisamente la secularidad de vuestra vocación. Porque las energías de la gracia y del Evangelio están llamadas, como por añadidura, a animar desde dentro y a iluminar las realidades temporales.

III

Secularizad y Secularización

8. Aquí se plantea, hoy día, una serie de problemas, de los que es necesario decir unas palabras para concluir.

La vocación a la filiación divina, a la que todos están llamados, repercute en las realidades humanas y temporales. Por el pecado, la naturaleza ha sido herida en sí misma, y pide que sea curada y confortada en sí misma; ha de ser preservada de todo repliegue sobre sí misma y sobre una autosuficiencia que la cerraría a las realidades superiores del Reino, a las que debe permanecer abierta; sus propias finalidades, plenamente legítimas, para que sean auténticamente ellas mismas, deben permanecer en el eje de las finalidades últimas de la vida eterna.
Es lo que nosotros expresamos cuando decimos que la gracia de Cristo, en cuanto fermento, debe animar desde dentro e iluminar las realidades humanas consideradas en sí mismas.

Encontramos aquí el fenómeno y las teorías de la secularización, la cual puede tomar diversas formas.
Bajo el punto de vista de la sociología, la secularización significa un hecho social comprobable. En las sociedades industriales, con todos los recursos que ellas ofrecen a los individuos, asistimos a un declino, al menos a nivel de sus manifestaciones públicas, de la religiosidad. El materialismo práctico, unido a las facilidades del consumo, distrae el espíritu de la atención a las cosas de Dios; esto se traduce en entumecimiento espiritual, en agnosticismo o en ateísmo práctico, según los casos.

Pero la secularización puede ser considerada, así mismo, bajo el punto de vista doctrinal, donde encuentra justificaciones teóricas. Se habla entonces de secularismo, que deberemos distinguir de la secularidad. El secularismo puede tener dos tipos de justificación.

El primero es teológico y tiene sus raíces en la Reforma luterana y en su concepción de la gracia.
La gracia, en esta perspectiva, no es la gracia santificante, como la entiende la doctrina católica, capaz de transformar intrínsecamente al hombre pecador y de comunicarle la vida divina. La justificación consiste, en la no imputación de su pecado al pecador, sin que éste haya cambiado en su interior. Por otra parte, la naturaleza humana, después del pecado original, ya no es una naturaleza solamente herida, sino también corrompida. Finalmente, se sabe que Lutero era un adversario de la vida religiosa y, por tanto, de la vida consagrada.

Por consiguiente, el cristiano debe vivir su vida cristiana, poniendo en práctica las virtudes cristianas, en este mundo tal cual es, con su malicia y sus profundas ambigüedades. No se trata de una transformación evangélica, obrada desde el interior del mundo, tal cual es. Es necesario adaptarse a él. Lo que aquí se indica es un diseño teórico ; en la vida concreta existen, de hecho, posibles rectificaciones.

El segundo tipo de justificación expresa, por el contrario, una concepción naturalista : el mundo, tal cual es, es bueno y autosuficiente ; se desarrolla conforme a sus leyes propias, independientemente de Dios : etsi daretur Deum non esse. Cuando se trata del orden político, se hablará de laicismo, - que es una ideología -, distinto de la laicidad, la cual indica la justa distinción entre las cosas del César y las cosas de Dios – distinción no quiere decir separación.

El secularismo naturalista, a su vez, puede tomar diversas formas, y todas, de una manera u otra, tienen que ver con la ética.

La primera se refiere, en el orden público, a los fundamentos del derecho y de la moral. La ley tiene su fuente última en los individuos, que se expresan mediante las vías de la democracia, deciden de forma soberana lo que es lícito y lo que no lo es. Esta voluntad soberana se expresa mediante decisiones de la mayoría. Si la posición de la Iglesia es insoportable para los defensores de esta manera de pensar, no es por puro anticlericalismo, sino porque la Iglesia reconoce que las leyes humanas han de estar de acuerdo con la ley divina, que se nos manifiesta en la ley natural. La autonomía del hombre no es una autonomía absoluta.

Una segunda forma está relacionada con la lectura que se hace de ciertos fenómenos sociales. Por ejemplo, se atribuirá a ciertas leyes un carácter de necesidad que es propio de las leyes de la naturaleza. Lo que quiere decir que estas leyes no pueden ser consideradas en un juicio ético. El discernimiento exige aquí competencia y formación1.

Una tercera fórmula, particularmente acentuada hoy día en el campo de la bioética, pretende sustraer a un juicio ético algunas prácticas, de orden técnico, sobre el embrión o sobre las células germinales, en nombre del derecho de la « ciencia » : estas prácticas se justificarían por sí mismas. El juicio ético se debería rechazar en cuanto representaría una intromisión indebida y anticuada. Aquí se requiere todavía información y cultura.

Veluti ex saeculo, sino también, por así decirlo, con los medios del mundo. Los ejemplos expuestos anteriormente muestran que la fórmula se ha de aplicar con discernimiento. El mundo y sus medios designan la creación, como ha sido querida por Dios, con sus finalidades naturales, el mundo purificado, pues, de sombras y de desviaciones debidas al pecado, y contemplado según el designio del Creador.

La vocación de consagrado en el mundo y, por así decirlo, con los medios del mundo, es muy exigente. Exige formación y gran libertad interior, la libertad propia del cristiano, de la que habla San Pablo en la Carta a los Gálatas (Capítulo V).

Con los medios del mundo significa una elevada vocación a purificar y santificar estos medios según su orientación nativa. Esta puede transformarse, si falta el celo y la rectitud, en una tentación e, incluso, en sometimiento a la servidumbre. “Alto grado” de la vida consagrada en el mundo, este mundo que no se debe abandonar a la deriva y que exige ser salvado.

+ Georges Card. Cottier, OP
Pro-Teólogo emérito de la Casa Pontificia

BENEDICTO XVI
A LOS PARTICIPANTES AL SIMPOSIO
Sala Clementina - Sábado 3 de febrero de 2007

Queridos hermanos y hermanas:

Me alegra estar hoy entre vosotros, miembros de los institutos seculares, con quienes me encuentro por primera vez después de mi elección a la Cátedra del apóstol san Pedro. Os saludo a todos con afecto. Saludo al cardenal Franc Rodé, prefecto de la Congregación para los institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica, y le agradezco las palabras de filial devoción y cercanía espiritual que me ha dirigido, también en nombre vuestro.

Saludo al cardenal Cottier y al secretario de vuestra Congregación. Saludo a la presidenta de la Conferencia mundial de institutos seculares, que se ha hecho intérprete de los sentimientos y de las expectativas de todos vosotros, que habéis venido de diferentes países, de todos los continentes, para celebrar un Simposio internacional sobre la constitución apostólica Provida Mater Ecclesia.

Como ya se ha dicho, han pasado sesenta años desde aquel 2 de febrero de 1947, cuando mi predecesor Pío XII promulgó esa constitución apostólica, dando así una configuración teológico-jurídica a una experiencia preparada en los decenios anteriores, y reconociendo que los institutos seculares son uno de los innumerables dones con que el Espíritu Santo acompaña el camino de la Iglesia y la renueva en todos los siglos.

Ese acto jurídico no representó el punto de llegada, sino más bien el punto de partida de un camino orientado a delinear una nueva forma de consagración: la de fieles laicos y presbíteros diocesanos, llamados a vivir con radicalismo evangélico precisamente la secularidad en la que están inmersos en virtud de la condición existencial o del ministerio pastoral.

Os encontráis hoy aquí para seguir trazando el recorrido iniciado hace sesenta años, en el que sois portadores cada vez más apasionados del sentido del mundo y de la historia en Cristo Jesús. Vuestro celo nace de haber descubierto la belleza de Cristo, de su modo único de amar, encontrar, sanar la vida, alegrarla, confortarla. Y esta belleza es la que vuestra vida quiere cantar, para que vuestro estar en el mundo sea signo de vuestro estar en Cristo.

En efecto, lo que hace que vuestra inserción en las vicisitudes humanas constituya un lugar teológico es el misterio de la Encarnación: "Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único" (Jn 3, 16). La obra de la salvación no se llevó a cabo en contraposición con la historia de los hombres, sino dentro y a través de ella. Al respecto dice la carta a los Hebreos: "Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo" (Hb 1, 1-2). El mismo acto redentor se realizó en el contexto del tiempo y de la historia, y se caracterizó como obediencia al plan de Dios inscrito en la obra salida de sus manos.

El mismo texto de la carta a los Hebreos, texto inspirado, explica: "Dice primero: "Sacrificios y oblaciones y holocaustos y sacrificios por el pecado no los quisiste ni te agradaron" —cosas todas ofrecidas conforme a la Ley—; luego añade: "He aquí que vengo a hacer tu voluntad"" (Hb 10, 8-9). Estas palabras del Salmo, que la carta a los Hebreos ve expresadas en el diálogo intratrinitario, son palabras del Hijo que dice al Padre: "He aquí que vengo a hacer tu voluntad". Así se realiza la Encarnación: "He aquí que vengo a hacer tu voluntad". El Señor nos implica en sus palabras, que se convierten en nuestras: "He aquí que vengo, con el Señor, con el Hijo, a hacer tu voluntad".

De este modo se delinea con claridad el camino de vuestra santificación: la adhesión oblativa al plan salvífico manifestado en la Palabra revelada, la solidaridad con la historia, la búsqueda de la voluntad del Señor inscrita en las vicisitudes humanas gobernadas por su providencia. Y, al mismo tiempo, se descubren los caracteres de la misión secular: el testimonio de las virtudes humanas, como "la justicia, la paz y el gozo" (Rm 14, 17), la "conducta ejemplar" de la que habla san Pedro en su primera carta (cf. 1 P 2, 12), haciéndose eco de las palabras del Maestro: "Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos" (Mt 5, 16).

Además, forma parte de la misión secular el esfuerzo por construir una sociedad que reconozca en los diversos ámbitos la dignidad de la persona y los valores irrenunciables para su plena realización: la política, la economía, la educación, el compromiso por la salud pública, la gestión de los servicios, la investigación científica, etc. Toda realidad propia y específica que vive el cristiano, su trabajo y sus intereses concretos, aun conservando su consistencia relativa, tienen como fin último ser abrazados por la misma finalidad por la cual el Hijo de Dios entró en el mundo.

Por consiguiente, sentíos implicados en todo dolor, en toda injusticia, así como en toda búsqueda de la verdad, de la belleza y de la bondad, no porque tengáis la solución de todos los problemas, sino porque toda circunstancia en la que el hombre vive y muere constituye para vosotros una ocasión de testimoniar la obra salvífica de Dios. Esta es vuestra misión. Vuestra consagración pone de manifiesto, por un lado, la gracia particular que os viene del Espíritu para la realización de la vocación; y, por otro, os compromete a una docilidad total de mente, de corazón y de voluntad, al proyecto de Dios Padre revelado en Cristo Jesús, a cuyo seguimiento radical estáis llamados.

Todo encuentro con Cristo exige un profundo cambio de mentalidad, pero para algunos, como es vuestro caso, la petición del Señor es particularmente exigente: dejarlo todo, porque Dios es todo y será todo en vuestra vida. No se trata simplemente de un modo diverso de relacionaros con Cristo y de expresar vuestra adhesión a él, sino de una elección de Dios que, de modo estable, exige de vosotros una confianza absolutamente total en él.

Configurar la propia vida a la de Cristo de acuerdo con estas palabras, configurar la propia vida a la de Cristo a través de la práctica de los consejos evangélicos, es una nota fundamental y vinculante que, en su especificidad, exige compromisos y gestos concretos, propios de "alpinistas del espíritu", como os llamó el venerado Papa Pablo VI (Discurso a los participantes en el I Congreso internacional de Institutos seculares, 26 de septiembre de 1970: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 18 de octubre de 1970, p. 11).

El carácter secular de vuestra consagración, por un lado, pone de relieve los medios con los que os esforzáis por realizarla, es decir, los medios propios de todo hombre y mujer que viven en condiciones ordinarias en el mundo; y, por otro, la forma de su desarrollo, es decir, la de una relación profunda con los signos de los tiempos que estáis llamados a discernir, personal y comunitariamente, a la luz del Evangelio.
Personas autorizadas han considerado muchas veces que precisamente este discernimiento es vuestro carisma, para que podáis ser laboratorio de diálogo con el mundo, "el "laboratorio experimental" en el que la Iglesia verifique las modalidades concretas de sus relaciones con el mundo" (Pablo VI, Discurso a los responsables generales de los institutos seculares, 25 de agosto de 1976: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 5 de septiembre de 1976, p. 1)

De aquí deriva precisamente la continua actualidad de vuestro carisma, porque este discernimiento no debe realizarse desde fuera de la realidad, sino desde dentro, mediante una plena implicación. Eso se lleva a cabo por medio de las relaciones ordinarias que podéis entablar en el ámbito familiar y social, así como en la actividad profesional, en el entramado de las comunidades civil y eclesial. El encuentro con Cristo, el dedicarse a su seguimiento, abre de par en par e impulsa al encuentro con cualquiera, porque si Dios se realiza sólo en la comunión trinitaria, también el hombre encontrará su plenitud sólo en la comunión.

A vosotros no se os pide instituir formas particulares de vida, de compromiso apostólico, de intervenciones sociales, salvo las que pueden surgir en las relaciones personales, fuentes de riqueza profética. Ojalá que, como la levadura que hace fermentar toda la harina (cf. Mt 13, 33), así sea vuestra vida, a veces silenciosa y oculta, pero siempre positiva y estimulante, capaz de generar esperanza.

Por tanto, el lugar de vuestro apostolado es todo lo humano, no sólo dentro de la comunidad cristiana —donde la relación se entabla con la escucha de la Palabra y con la vida sacramental, de las que os alimentáis para sostener la identidad bautismal—, sino también dentro de la comunidad civil, donde la relación se realiza en la búsqueda del bien común, en diálogo con todos, llamados a testimoniar la antropología cristiana que constituye una propuesta de sentido en una sociedad desorientada y confundida por el clima multicultural y multirreligioso que la caracteriza.

Provenís de países diversos; también son diversas las situaciones culturales, políticas e incluso religiosas en las que vivís, trabajáis y envejecéis. En todas buscad la Verdad, la revelación humana de Dios en la vida. Como sabemos, es un camino largo, cuyo presente es inquieto, pero cuya meta es segura.

Anunciad la belleza de Dios y de su creación. A ejemplo de Cristo, sed obedientes por amor, hombres y mujeres de mansedumbre y misericordia, capaces de recorrer los caminos del mundo haciendo sólo el bien. En el centro de vuestra vida poned las Bienaventuranzas, contradiciendo la lógica humana, para manifestar una confianza incondicional en Dios, que quiere que el hombre sea feliz.

La Iglesia os necesita también a vosotros para cumplir plenamente su misión. Sed semilla de santidad arrojada a manos llenas en los surcos de la historia. Enraizados en la acción gratuita y eficaz con que el Espíritu del Señor está guiando las vicisitudes humanas, dad frutos de fe auténtica, escribiendo con vuestra vida y con vuestro testimonio parábolas de esperanza, escribiéndolas con las obras sugeridas por la "creatividad de la caridad" (Novo millennio ineunte, 50).

Con estos deseos, a la vez que os aseguro mi constante oración, para sostener vuestras iniciativas de apostolado y de caridad os imparto una especial bendición apostólica.

AUDIENCIA

Amadísimo Santo Padre:

Han pasado a penas sesenta años desde que el Papa Pío XII, con la promulgación de la Constitución Apostólica Provida Mater Ecclesia, aprobó el estatuto general de los Institutos Seculares, para que, como el mismo Papa escribía un año después en el Motu Proprio Primo Feliciter, los miembros de los Institutos Seculares “sean la sal, que no se convierte en insípida, de este mundo insulso y tenebroso, del cual no son y en el cual, por disposición divina, tienen que permanecer; (…); el escaso, pero eficaz fermento que, obrando siempre y donde quiera y mezclado con todas las clases de ciudadanos, desde las más humildes a las más altas, se esfuerza por tocarlas y penetrarlas a todas y cada una mediante la palabra, el ejemplo y mediante todos los modos, hasta informar toda la masa de manera que fermente en Cristo”.

Hoy estamos aquí, proviniendo de las diversas partes del mundo y de los diferentes Institutos, para poner en común nuestro ser sal y fermento y comprender mejor qué significa para nosotros ser “sal, que no se convierte en insípida, y qué significa ser “eficaz fermento” en el mundo de hoy.

En el mundo posmoderno, donde “secularidad” y “laicidad” se confrontan con una visión areligiosa, en la que “no hay puesto para Dios, para un Misterio que transciende la pura razón, para una ley moral de valor absoluto”, nosotros estamos llamados a ser Consagrados y, por tanto, a pertenecer totalmente a Dios, y a ser Seculares y, por ello, insertados plenamente en la realidad del mundo con su autonomía. No introduciéndonos en ella desde fuera para cambiarla, ni asumiendo las leyes, sino tratando de superarlas con nuestra vida según la lógica del Evangelio. Morando en la tierra, donde Dios nos ha colocado, conscientes de que somos ciudadanos del cielo… - como dice el documento A Diognetes, en el que nos inspiramos.

Hemos venido aquí para acoger, también sus expectativas, Santidad, sobre nosotros y sobre nuestra presencia en la Iglesia en los inicios del siglo XXI - para renovar el compromiso de asumir nuestras responsabilidades tanto dentro de la Iglesia como en el mundo. Hemos venido a encontrar a nuestro Padre diligente y pedirle que fortalezca nuestra vocación de “alpinistas del espíritu”, como afirmó el Papa Pablo VI.

Santidad, esperamos para todos nosotros su palabra y pedimos su bendición.
Por nuestra parte, le aseguramos nuestra oración.

Ewa Kusz
Presidenta de la CMIS

A Diogneto (siglo II-III)
Como reflexión ejemplar
sobre la presencia de los Cristianos en el mundo

La azarosa suerte del antiguo opúsculo cristiano “A Diogneto”, impropiamente conocido como Carta1, lleva en sí misma las huellas de la presencia paradójica del Cristianismo en medio del mundo, que transmite de manera singular. No tiene nada de religioso el modo cómo se descubrió la obrita y el modo cómo fue acogida, pues fue de una forma tan banal y casual, que se acerca a lo increíble. Sacado en 1436 de una pescadería de Constantinopla, donde estaba destinado a servir como papel de embalaje del pescado, su único ejemplar manuscrito, por suerte, fue trascrito antes de su destrucción irreparable en Estrasburgo en 1870, durante un bombardeo de la artillería prusiana durante la guerra franco – prusiana. El opúsculo que, de forma más original que cualquier otro escrito, reflexiona sobre el modo de presencia del cristiano en el mundo, ha pagado por ello a la suerte del mundo un precio demasiado alto.

El documento A Diogneto, que será definido “la perla de la antigüedad cristiana” (Sailer), y “de lo más brillante que han escrito los cristianos en griego” (Norden), desde su nacimiento (finales del siglo II – inicios del siglo III) había permanecido desconocido a las fuentes cristianas antiguas, quizás debido a su mensaje, difícil de integrar en el marco de las consolidadas posiciones espirituales. Así como resultó difícil encuadrar en nuestra mentalidad la historia de los Institutos Seculares, que en el documento A Diogneto encuentran, por así decirlo, una carta magna, no jurídica, sino espiritual. Una carta, escrita en una época todavía de persecuciones, aunque no trágica, pero que es fruto de una serena, aunque a veces pesimista concepción de la historia. Una carta dialogante, para la cual las razones del diálogo no responden a una táctica de supervivencia o victoria, sino que se fundamentan en la convicción de una constitutiva presencia de los cristianos en el mundo.

Un texto que, como veremos, propondrá una solución no sacra, sino laica, pero que parte, sin embargo, de un problema sacro, al que se reconducía en el mundo antiguo, el hecho religioso. El documento A Diogneto no parte de la definición del Dios de los cristianos. El rostro de su Dios se localiza, en cambio, partiendo de las manifestaciones religiosas y en ellas se refleja, así que, entre culto y naturaleza de Dios, se establece un vínculo poderoso, que las religiones pre cristianas casi nunca advirtieron: “¿en qué Dios creen y qué culto practican” los Cristianos? Mejor que detenerse en una definición teológica previa, el documento A Diogneto juzga que es posible y resulta más fructífero proponer un camino hacia atrás que, partiendo de los datos visibles históricos (culto y comportamiento), permita a los demás poder participar del rostro de su Dios, que los presupone. De esta forma, los Cristianos, como los demás hombres, se convierten, por así decirlo, en constructores de los rasgos del rostro de su Dios y responsables de la transmisión de los mismos.

Teniendo en cuenta esta base, las modalidades del culto pagano y las modalidades del culto judaico, se juzgan igualmente expresivas de aquellas divinidades y deformadoras de la imagen del verdadero Dios.

El culto pagano cultiva falsos ídolos, divinidades hechas con la mano del hombre (cap. II), es decir, en última instancia, proyecciones de los deseos humanos; su jerarquía depende del material con el que han sido hechos los ídolos (es decir, de su valor funcional); el culto es economista, y se basa en el intercambio entre ofertas y beneficios. Del culto pagano emergen la fisonomía de un dios que es una trascripción religiosa de las modernas proyecciones y, al contrario, la creencia de que al verdadero Dios le corresponde un culto espiritual y no material, exageradamente sacro. Para los cristianos vale la intencionalidad espiritual de la oferta y no la destrucción sacrifical cuantitativa de las cosas ofrecidas.

En realidad, la mentalidad hebrea (veterotestamentaria) parte de la verdadera naturaleza de Dios, pero llega a deformarla con su culto, recayendo en la imagen material de los paganos y en su minucioso y “supersticioso” culto material, “casi creyendo que Dios tiene necesidad” de ofertas materiales (III, 3-5): lo cual es visto, análogamente, por el Kerygma Petrou (fr.3) y por Minucio Felice (inicios del siglo II) como signo de ingratitud, porque el sacrificio material lo que hace es arrojarle a Dios, de forma ingrata, bienes materiales de los que Él no tiene necesidad, porque se los ha dado al hombre para que los use y no los destruya, ni siquiera por fines sacros: “¿Ofreceré a Dios sacrificios y víctimas, que él me ha donado para que los use, de forma que rechace su don? Sería ingratitud arrojárselos (Minucio Felice, Octavius, 32,2). Dicho culto inexacto ‘antropomorfiza’ la divinidad y la hace semejante a un ídolo y, de esta forma, la mentalidad pagana se convierte en aliada de la mentalidad legalista judaica: “unos [los paganos] creen que hacen un honor a quien no es capaz de recibirlo, otros [los Judíos], a quien no tiene necesidad” (III, 5). La actitud legalista judaica es definida, en fin, hiper - religiosa o “supersticiosa” (IV, 1) y destruye la verdadera relación entre el hombre y Dios y entre el hombre y el mundo. La ley obstaculiza dicha relación con una serie de prescripciones minuciosas y físicas que borran la sustancia eminentemente espiritual y oblativa de la relación, que se ha de preservar. Se trata, pues, de errores por exceso de materialidad y de antropomorfismo, que conceden poco espacio al misterio espiritual (el “misterio de la verdadera devoción”: (IV, 6), donde lo sagrado es esencializado y la materia de la que se sirve, parcamente utilizada (pan y vino) en su naturaleza de sacramento, no es importante por su cantidad, sino por su función de signo.

Normalmente, después de la pars destruens, los Apologistas pasaban a tratar la fe y el culto de los Cristianos, subrayando, de una manera casi etnográfica, las especificidades de esta nueve “estirpe” (genos). El documento A Diogneto está convencido de que el culto es, sobre todo, la vida y que la gloria de Dios es el hombre viviente, por lo que elige otro camino que representa la imagen universal – no étnica - del Dios de los Cristianos. Ésta emerge de la imposibilidad de hablar de una diferencia etnográfica entre los cristianos y los demás hombres; y la relación que se establece entre ellos y el mundo es el signo de la relación que une lo divino, que ellos representan, y el mundo. Es una identidad al contrario en el panorama religioso del mundo antiguo, que libera el Cristianismo de los vínculos nacionalistas, lingüísticos y culturales, en general, para colocarlo en medio del mundo como su alma. La realidad cristiana no se puede percibir por signos exteriores, y la verdadera actitud de devoción (theosébeia), se manifiesta no en excesivos gestos exteriores de culto, sino en comportamientos relacionales exactos. No se trata, sin embargo, de una reducción del Cristianismo a una ética, porque está siempre presente el retorno entre comportamiento y naturaleza del verdadero Dios y la transparencia que dicho comportamiento produce con relación al misterio invisible de Dios. La ética, al fin y al cabo, no es un fin que borra la fe, sino la transparencia de la fe, que permanece siempre en el origen y fin del “comportamiento paradójico” de los Cristianos.

Y aquí los grandes capítulos centrales del opúsculo (capítulos V-VI), tan densos y actuales hablan claramente: “Los cristianos no se diferencian de los demás hombres, ni por el territorio, ni por la lengua, ni por el modo de vestir. Nunca viven en ciudades reservadas a ellos, no se sirven de dialectos insólitos, no tienen un modo de vivir especial. Su doctrina no es un descubrimiento suyo, fruto de alguna intuición o elucubración de personas curiosas; ni ellos son los jefes de una ideología humana […]. Viven en ciudades griegas y bárbaras, allí donde el destino los ubica. Siguen las costumbres locales en el vestir, en el comer y en todo modo de vivir” (V, 1-4). La descripción de la presencia cristiana en el mundo inicia con las características del parentesco con un destino y un comportamiento comunes. El cristiano está en medio del mundo, como lugar al que ha sido destinado, dentro del cual no puede marcarse una zona propia que lo desolidarice; ni fundar un sistema, diríamos, ideológico para ser identificados y que va más allá de la propia fe. Inspirándose en esta línea, un gran laico, consagrado, italiano, como Ezio Franceschini, medievalista de fama internacional, podía afirmar que “el consagrado a Dios está llamado a este nuevo camino de testimonio [de los Institutos Seculares], para permanecer […] dondequiera que se ejerza una actividad humana; ha de aparecer en todo igual a aquellos con quienes trabaja, sin que éstos conozcan el secreto que lo vincula a Dios mediante la profesión de los consejos evangélicos. Éstos, los compañeros de camino, verán sus obras: pero conviene que ignoren de qué fuente íntima provienen, precisamente para que puedan creer que es posible a todos la santidad de vida, en la fe y en la caridad, sea cual sea el trabajo, oficio o profesión que ejercen”.

En el documento A Diogneto comienzan después las afirmaciones binarias, las tensiones dialécticas, introducidas por la famosa afirmación: “Sin embargo, demuestran la paradoja admirable y conocida por todos de la constitución de la propia ciudadanía” (V, 4). La condición común visible con los demás hombres no borra su especificidad, sino que permite evidenciarla como “ciudadanía paradójica”, es decir, ciudadanía “que va contra el sentir común” (doxa). Ésta está constituida por la coexistencia de pertenencia, juntamente a las ciudades del mundo y a la ciudadanía celeste. Podemos decir que la especificidad de los cristianos es tener siempre juntas la condición común y la alteridad, en una serie de posiciones construidas en una serie de et… et…, no separadas en un aut… aut. Esta ciudadanía paradójica se manifiesta, pues, en una serie de afirmaciones de cercanía y de distancia: “Cada uno vive en la propia patria, pero como domiciliados temporales; concurren a todas las decisiones como hacen los ciudadanos, pero las soportan todas como si fueran extranjeros. Toda tierra extranjera es su patria, pero toda patria es tierra extranjera” (V, 5). Como todos los demás viven en ciudades individuales, deciden sobre la vida pública, pueden vivir en cualquier ciudad, pero, en cuanto cristianos, no esperan de la ciudad la fundamentación y legitimación de sus valores, más bien soportan las leyes (la política siempre será, pues, para ellos el espacio de un mal menor y de una distancia del Reino); la ciudad terrena es siempre un lugar donde ellos experimentan siempre una dosis de extraneidad, diríamos de marginación de los valores y de reprobación social.

Ha sido suficientemente evidenciado el uso del término paroikoi, que en el documento A Diogneto está a mitad del término polìtes (ciudadano), y del término xénos (extranjero), y que son las dos únicas formas de la relación entre persona y ciudad (Estado) que el mundo antiguo conocía. Mientras el ciudadano ha nacido en una ciudad y a ella pertenece, reconociendo en ella el origen y el fin de la propia actividad y de los propios valores (se piense en Sócrates); y el extranjero se siente extraño en una ciudad que no es suya y no participa en la vida ciudadana, el pàroikos o “domiciliado temporal” (como Abrahán en Egipto, en Dt. 26,5; o como Moisés en el país de Madian, en Ex. 2,22), no pertenece a la ciudad (al mundo), del que no proviene, pero, llamado por el destino a vivir en una ciudad del mundo, trata de participar en la mejora de sus condiciones, sabiendo, sin embargo, que nunca podrá identificarse con ella, ni lograr en la historia la coincidencia entre Ciudad – mundo y Reino de Dios. Es un concepto nuevo para el mundo antiguo, que rompe la idea del estado ético, es decir, del estado que determina totalmente la vida del ciudadano y dicta sus normas. El pàroikos sí acepta el mundo y su ciudad y se inserta en ellos, pero siempre lleva dentro de sí una “reserva” (sí…pero…) que proviene de su pertenencia a otro Reino, que está antes y más allá del Estado pero que, sin embargo, no es visible, y al que pertenecen el mundo y la ciudad por su naturaleza y al que tienden como destino; por tanto, funciona como ideal trascendente y utópico para la construcción del Estado visible. La ciudadanía mundana siempre responderá, de manera imperfecta, a las leyes del Reino. Se manifiesta, en fin, en los Cristianos la tensión entre su “estar en el mundo” y su “no ser de este mundo”, tensión dramática y que no se puede simplificar a no ser a costa – como veremos - de una traición.

“Se casan como todos; engendran hijos, pero no se vanaglorian. Todos comparten la misma mesa, pero no el mismo lecho” (V, 6-7). En fin: aceptan las leyes usuales del mundo, pero las viven con una actitud nueva; usan el mundo (y esto es la marca de su intrínseca “laicidad”), pero no lo usan como los demás. A diferencia de los gnósticos continentes, que desprecian la materia (incluso el cuerpo) y se abstienen de hacer uso del mismo, porque la materia no constituye el hombre verdadero, los Cristianos hacen uso de la materia y consideran el valor antropológico de la corporeidad como algo bueno, comprendido el sexo. A diferencia de los gnósticos libertinos que, partiendo de la misma idea de que la materia no constituye la verdadera esencia del hombre, abusan de ella a su arbitrio, los Cristianos juzgan que la corporeidad es plenamente humana y que, a través de ella, se juega inevitablemente su testimonio histórico. Su espiritualidad consiste, más bien, en liberar las reglas de la corporeidad de la limitación del egoísmo y del sexismo, por lo que juzgan la donación superior a la fruición y el cuerpo superior al alimento y al sexo.

“Ellos están en la carne, pero no viven según la carne. Pasan la vida en la tierra, pero son ciudadanos del cielo” (V, 8-9). Su pertenencia a la carne es un dato de la naturaleza (el verbo es tugchano ), pero la vida que eligen (el verbo es zoo) sigue las reglas del Reino. De aquí se sigue que los cristianos están destinados a sufrir siempre en el mundo: “obedecen a las leyes establecidas, pero con su vida actúan para superarlas” (V, 10). El verbo que indica obedecer es “peithomai”, que indica también cierto grado de adhesión, no solamente una aceptación pasiva (hypakouoo), pero la frase adversativa sucesiva (“pero son ciudadanos del cielo”) dice que la obediencia a las leyes establecidas es siempre una paciente aceptación distanciada; a lo que se añade la tarea perenne y nunca terminada de superación de las leyes, porque las leyes de la ciudad son y serán siempre imperfectas respecto a las leyes de la auténtica ciudadanía de los Cristianos, es decir, a las leyes del Reino. Por lo cual, en cierto sentido, la acción política cuenta siempre, en el tiempo del mundo, con la falta de perfección. Pero no existe el abandono del mundo (de la ciudad) a sí mismo y a su imperfección constitutiva después del pecado, ni la consiguiente huida a zonas de vida y de comportamiento extrañas, sino la tentativa de coordinar siempre la aceptación de la ley imperfecta con las posibilidades de su superación. Dicho progreso se actúa, en primer lugar, mediante el testimonio, que hace ver, realmente, que siempre es posible superar la legislación de la ciudad hacia metas de mayor perfección. No retirarse, pues, sino estar dentro de los procesos mundanos, asumiendo la responsabilidad de su imperfección, y sanarlos cada vez más: la acción es ostentativa (muestra los propios valores) y pedagógica al mismo tiempo (trata de mejorar lo más posible, gradualmente, el ethos de la ciudad). Esta su actividad de asumir – sanar, comporta inevitablemente una dosis perenne de reprobación social, ya que es constitutivo del cristiano estar cercado por el mundo: “Aman a todos, pero todos los persiguen. Nadie los conoce, pero todos los condenan; los matan, pero siguen viviendo. Son pobres, pero enriquecen a muchos; están privados de todo, pero abundan en todo. Son despreciados, pero en el desprecio encuentran gloria. Son vituperados, pero salen justificados. Son ofendidos, pero bendicen. Los tratan con violencia, pero conservan respeto. Hacen el bien, pero son castigados como malvados. Son castigados, pero se alegran como si recibieran la vida” (V, 11-16). La reprobación es un precio sacrifical, que la lógica del amor oblativo (el amor que dona, sin pedir nada) paga a la lógica del mundo, pero la reprobación no se vive con angustia como síndrome de cerco, sino como ocasión para testimoniar serenamente la victoria sobre el egoísmo, que produce salvación y vitalidad fuera y dentro de la historia. Los intentos de marginación son ocasiones, no para protestar, para auto compadecerse o para distanciarse, sino ocasiones de vida plena y de búsqueda de participación solidaria. A la lógica del mundo responden con la lógica del Reino, que mejora el mundo, de tal forma que estando en medio del mundo, aunque sean tan perseguidos, son considerados, incluso, como ricos.

La conclusión sintética de dicha actitud es que “lo que el alma es en el cuerpo, esto son los cristianos en el mundo” (VI, 1). Así dice el texto griego, que la Constitución dogmática “Lumen Gentium” ha acogido al final del capítulo 4 sobre los Laicos, con un cambio de no poca importancia: “lo que el alma es en el cuerpo, esto sean los cristianos en el mundo” (n. 38). El texto del documento A Diogneto no concede espacio a interpretaciones moralistas, porque presenta una constatación ontológica: los Cristianos, sólo por el hecho de existir en cuanto cristianos, son alma del mundo, es decir, son elemento de contraste y de convergencia vital con el mundo. Por lo cual, por una parte el mundo, como cuerpo, permite a los Cristianos – alma poner de manifiesto el valor de su acción informadora, que ejercen sobre el mundo y a través del mundo; mientras los Cristianos - alma constituyen el sostén del mundo – cuerpo. Sostén que – como ya afirmaba Lazzati – “no se ha de entender solamente en sentido moral, que tiende a poner en evidencia el ejemplo que los cristianos dan en el ámbito moral, la aportación de su oración, sino que va más lejos”: por esto su papel se expresa en indicativo: son el alma, y no sean el lama. Y la comparación de los Cristianos con el alma “¿no quiere decir el texto […] que la relación vital [entre cristianos y mundo] es vital en la medida en que confía más en la potencia del Espíritu que en los vínculos jurídicos o en la tentación del poder?”

El Cristiano – alma es diverso del mundo – cuerpo, pero unido, mejor aún diseminado (VI,2) en todo el mundo. La actitud religiosa de los Cristianos resulta invisible si no se manifiesta a través del mundo – cuerpo que, a su vez, los tiene prisioneros (VI, 4). La relación dialéctica, que aquí se realiza, afirma que el mundo – cuerpo aprisiona, es decir, limita y condiciona el desarrollo del Cristiano, aunque el mundo – cuerpo permite a los Cristianos – alma situarse y manifestarse porque “a los cristianos se les considera habitantes del mundo, pero su comportamiento religioso es invisible” (VI, 4). Por esto el Cristiano, como el alma, permanece encerrado en el mundo como en un lugar ineludible para su subsistencia y manifestación. Como afirmaba el gran histórico del cristianismo antiguo, H. I. Marrou, el mundo “no es sólo lugar de falsos valores, sino también un instrumento a servicio de la adquisición de valores verdaderos” y no permite al alma esfumarse en un espiritualismo incoloro, es decir, evadir sus tareas históricas. Y, a pesar de estar, en cierto sentido, prisionero, el Cristiano - alma (es decir, confiere sustancia verdadera al mundo (VI, 7) y así sana la guerra que siempre contrapone alma y cuerpo (VI, 5). No es, pues, el mundo quien da sentido al Cristiano, sino al contrario. Y la diferencia interna en aquella relación, se manifiesta en un doble y contrapuesto estilo: al odio del mundo, el Cristiano responde con el amor, precisamente con el amor oblativo del agape (VI,6): sólo con el amor por el mundo, el Cristiano se convierte, al mismo tempo, en conciencia crítica y sostén del mundo.

El concepto de Cristiano – alma del mundo, afirma, pues, la específica sobriedad visible del Cristiano y la importancia intrínseca de su papel. Una actitud religiosa sobrecargada de visibilidad convierte al alma en prisionera de la materia mundana y traiciona su función de preservación de los valores mundanos, que ella ha de salar con la sal evangélica y ha de sustraer a la corrupción que, irremediablemente, sufrirán si se dejan en manos del mundo. La idea la aclara con profundidad Clemente de Alejandría, cuando afirma: “mientras dura su (de los cristianos) semilla, todas las cosas se mantienen (y cuando se recogerá aquella semilla, todo se disolverá”. E igualmente Orígenes: “Los hombres de Dios son la sal que conserva el mundo y las cosas permanecerán hasta que la sal no se convierta en insípida”. Y Basilio, en el siglo IV, comentando la expresión “tienda de Dios” del Sal. 14, 1, afirmará en la línea del documento A Diogneto: “Tienda de Dios es la carne que Dios ha dado como habitación al alma del hombre. ¿Quién mirará esta carne como si le fuera extraña? Como los domiciliados temporales, que han tomado en arriendo una tierra extranjera, cultivan dicho terreno según la voluntad del arrendador, del mismo modo se nos confía a nosotros, según el contrato, el cuidado de la carne, de tal forma que, trabajándola convenientemente la entreguemos con frutos a quien nos la ha donado. Y, entonces, se convertirá, realmente, en ‘tienda de Dios’” .

El puesto en el mundo ha sido asignado por Dios con una consigna de tipo militar: “Dios los ha destinado a puestos tan importantes, que ellos no los pueden abandonar” (VI,10). El sentido de este abandono ha sido bien interpretado por Lazzati, cuando afirmaba: “El abandono [del puesto] podría realizarse o recayendo en una posición mundana, en nombre de una malentendida ley de la encarnación, o aislándose en un angelismo infecundo, en nombre de una malentendida ley de la trascendencia”. Ni fuga ni adecuación, pues, sino una presencia que, mediante el amor al mundo, testimonia que una ley diversa debe y puede gobernarlo. Es una ley que no proviene de un culto, sino de una responsabilidad de amor que impregna las cosas, a pesar de que esta responsabilidad de amor proviene de un original sacrificio sanante y que es, por así decirlo, su prolongación histórica. El documento A Diogneto no configura una evangelización en primer lugar por anuncio, sino, diría yo, por sanación ontológica y existencial, que la hace posible Aquel que ha justificado a los Cristianos y los ha hecho idóneos para dicha tarea. El autor anónimo no ignora, en realidad, que los valores mundanos están radicalmente salvados a través de la salvación que ha traído Cristo.

A este punto, parece que la originalidad del documento A Diogneto disminuye. Dicha originalidad, quizás con la complicidad de una laguna del texto (después del VII, 6), asume los tonos de las usuales apologías, expresando la doctrina del Dios de los Cristianos. Pero también aquí continúa la influencia de la parte central y hace notable su normal prosecución. Para alejar cualquier sospecha de que aquel comportamiento cristiano, aparentemente tan igual al de los demás hombres, desemboque en el naturalismo y reduzca el Cristianismo a una ética, por muy noble que sea, la doctrina cristiana se reconduce a las fuentes de la Revelación divina: ésta ha sido traída al mundo por el Hijo de Dios, enviado por el Padre a salvarnos. De aquí resulta que aquella normalidad de comportamiento del Cristiano en medio de los demás hombres es, en realidad, fruto de un acontecimiento religioso, no de una doctrina filosófica. Y de un acontecimiento religioso que proviene de la sabiduría divina, no de un descubrimiento humano (VII, 1).

Si su religión hubiera sido solamente humana, los cristianos ni siquiera hubieran soñado mantener escondido su elevado valor misterioso con su disciplina del arcano, expresándolo solamente con el comportamiento, sino que habrían inventado una religión llena de visibilidad, para su uso y ventaja: una de tantas religiones particulares del mundo antiguo, que fueron creadas por los hombres que se aprovechan de la religión con fines de cohesión social y de identificación. La religión cristiana proviene directamente de Dios omnipotente que envía a la tierra el Verbo santo, el Hijo, para revelarla (VII, 2), pero no en la visibilidad exterior para insinuar potencia y dominio: “¿Ha venido, quizás, [el Hijo] para dominar, para espantar, para aterrar?” (VII, 3). La naturaleza paradójica del comportamiento de los Cristianos está relacionada con este origen, es decir, con la paradoja del modo con el que aquella doctrina excelsa vino al mundo, sin tantas mediaciones que la mostraran majestuosamente lejana, sin las débiles manifestaciones del comportamiento confiado a la vida de los Cristianos.

El modo del anuncio muestra la religión cristiana no como un acto autoritario de un monarca, sino como un gesto humilde de bondad y dulzura (VII,4) que, salvando, trata de persuadir. Por esto, el Hijo la pone en las manos de los hombres, desnuda, y confía el sentido de su trascendencia a los gestos testimoniales de hombres que aceptan por ella, incluso, el martirio: que, finalmente, no vencen mediante el poder, sino que dominan en la sumisión. Y “estas cosas no parecen obras propias del hombre; estas cosas son potencia de Dios, son prueba visible de su presencia” (VII,9). La trascendencia más alta demuestra una actitud encarnacionista paradójica y, con otras palabras, la paradoja del comportamiento de los cristianos (pierden, pero vencen) es signo de la paradoja de su doctrina que se somete a las reglas del mundo para vencerlas.

Ante este vínculo entre doctrina divina y vida de los Cristianos, el documento A Diogneto se plantea el problema de cómo estaba presente Dios antes de la venida del Hijo y antes del testimonio de los cristianos (VIII, 1). Antes de su revelación, “ningún hombre lo vio o lo conoció” (VIII, 5), es decir, la naturaleza del divino no es material y visible (como pretendían los filósofos: (VIII, 2-4), lo cual justificaría una religiosidad visible y cosificada. Ésta “se reveló por medio de la fe, a la que únicamente se ha concedido ver a Dios” (VIII,6): la sobriedad sacra del rito cristiano pertenece a la naturaleza del Dios de los Cristianos, que quiere fe y no sacrificios. Siguiendo su línea, también los Cristianos buscan adhesión mediante la credibilidad.

Pero la historia precristiana – y podemos decir también la historia sucesiva externa al hecho cristiano - no es ausencia de Dios, sino que entra en un plan de “magnanimidad”, es decir, de paciente “ánimo amplio” (VIII, 7). Es la esperanza de que el hombre transfiera su centro de interés de sí mismo a Dios. Dios no ha sido (no es) bueno sólo cuando ha venido a revelarse, sino, también, antes y después: “Él ha sido así, y lo es y lo será: afable, bueno, dulce, veraz; solamente Él es bueno” (VIII, 8). También en el silencio del retraso y en la aparente ausencia (VIII, 10), Él pensaba en nosotros, desde el inicio (VIII, 11).

La fraudulenta pregunta que se dirige a los cristianos: “¿Por qué vuestro Dios ha venido tan tarde?”, que es la pregunta perenne, que siempre se expresa en nuevos contextos: “¿Por qué a vuestro Dios le cuesta imponerse a los falsos ídolos?”, encuentra una respuesta, que es también una lección para los discípulos: Dios, a pesar de ser omnipotente, ha tardado y tarda, tolerando la resistencia del hombre, porque ha querido que el hombre experimentara la vanidad de sus obras de auto salvación y que, finalmente, aceptara que la salvación “fuera posible por la potencia de Dios” (IX, 1): “Y una vez que nuestra injusticia llegó a su cumbre y que había sido completamente revelado que castigo y muerte eran la recompensa que le esperaba, entonces vino el momento que Dios había preestablecido para revelar finalmente su Bondad y Potencia”, mediante la oferta del Hijo en rescate por nosotros (IX, 2). Es una visión, que podemos definir pesimista, de la historia que se mueve antes y fuera de Cristo. Esta visión, en realidad, contrasta con la visión más optimista (de Ireneo, Clemente, Orígenes) según la cual el plan de Dios implica una mejora progresiva hasta llegar a la plenitud de los tiempos. El documento A Diogneto se hace intérprete, en cambio, de la conciencia de una derrota de la historia mundana, que debía adquirir conciencia de la necesidad de abandonarse a Dios para recibir la salvación. Pero el juicio debe ser más complejo. En realidad, dentro de este cuadro, permanece inmutable la actitud de bondad de Dios, porque también la búsqueda descarrilada y turbulenta del hombre entra en su Plan y es rescatada por la “magnánima paciencia”: “en el tiempo precedente Él nos demostró la imposibilidad de que nuestra naturaleza obtuviera la vida, mientras ahora nos ha indicado que el Salvador es capaz de salvar, incluso, a la misma imposibilidad. En ambas actitudes, Él quiere que nosotros tengamos fe en su bondad” (IX, 6).

La actitud divina soporta las debilidades éticas, con la confianza de que éstas no podrán, finalmente, no desembocar, casi por agotamiento, en los brazos de Dios: y el hombre ha de ser consciente de la ineficacia de los becerros de oro que se ha creado. Podría parecer que este pesimismo desemboca en una especie de quietismo y que contrasta con la visión de una salvación del mundo realizada por los Cristianos, gracias a su testimonio intrínsecamente mezclado con la vida de los demás. Y, sin embargo, bien considerado, a guiar la historia y la conversión es siempre la misma actitud de paciente espera que inunda tanto la historia precristiana como la historia perenne extra cristiana, después de la venida de Cristo: actitud de Dios y actitud que debe guiar el comportamiento de los cristianos, es lo mismo. Dios sabe esperar, y del mismo modo el discípulo no debe ser invalido por un frenesí de intervencionismo, hasta el punto de que casi sea más impaciente que Dios.

Son dos las actitudes divinas – de las Personas divinas - que el discípulo debe imitar, en el hoy eterno (XI, 5) de la economía de la salvación, que tiene, pues, las mismas actitudes, antes, durante y después de la venida de Cristo: la espera magnánima y la participación salvífica. Con la espera paciente el discípulo respeta e imita el plan eterno, escondido en el seno del Padre: “amando serás imitador de su bondad; y no te ha de maravillar de que un hombre pueda ser imitador de Dios: lo puede ser, porque Dios lo quiere” (X, 4). Con la participación, el creyente imita la obra del Hijo: “El hombre que toma sobre sí el peso del prójimo, el hombre que quiere ayudar a su semejante más desaventajado en el campo en el que es superior a él, el hombre que da generosamente los bienes que ha recibido de Dios como don, a quien tiene necesidad y así se convierte en Dios para quien los recibe, éste es imitador de Dios” (X, 6). Con la espera paciente, respetando los mecanismos de la maduración humana, el creyente acepta la imperfección perenne de la historia y con su obra sanante, que no prescinde de aquella magnanimidad, colabora a llevarla a cabo ya, aquí y ahora: “Entonces, a pesar de vivir en la tierra, contemplarás la ciudad de Dios que está en los cielos” (X, 7).

A este punto, y sólo a este punto, (después de una laguna del texto, difícil de explicar pero, probablemente, grande), el documento A Diogneto introduce la Iglesia, después de haber insistido ampliamente en la relación del alma con Dios y del Cristiano con el mundo. La Iglesia es el lugar en el que hoy se manifiesta la obra eterna del Verbo. También quien no ha vivido el encuentro histórico con el Verbo, puede vivir en sí el recorrido de la economía de la salvación dentro de la Iglesia. En ésta se continúa el enseñamiento recibido de los primeros discípulos: “por obra [del Verbo] la Iglesia se hace rica y la gracia, difundiéndose, aumenta en los santos, aportando inteligencia, revelando misterios, anunciando acontecimientos, exultando en los fieles” (XI, 5). En el presente histórico de la Iglesia (hoy), el Hijo es verdaderamente reconocido en el momento en que es engendrado en el corazón de los fieles por la gracia del bautismo9. Se puede afirmar que en la Iglesia, no sólo se prolonga objetivamente el plan eterno e inmutable de Dios en el hoy mediante el testimonio del fiel, sino que, gracias a la Iglesia, se percibe más plenamente: “Si no entristecerás esta gracia con el pecado de egoísmo y de maldad, derrotado por el amor mutuo que nos hace imitadores, entrarás en conocimiento de lo que el Verbo narra, de los caminos de su voluntad, de los tiempos de su voluntad” (XI, 7). La Iglesia, en fin, permite comprender plenamente en todo tiempo, no sólo en el momento privilegiado de la aparición histórica del revelador, el plan secreto de Dios que el Cristiano realiza ya en sí mismo, en su vinculación con Dios. Gracias a la Iglesia, donde se ubica el hoy del Verbo, las etapas históricas de la salvación (XI, 6) se convierten en símbolos del crecimiento espiritual del alma y en ésta son reconocidas. Parece que la Iglesia confiera al Cristiano, que realiza ya con su presencia, el reino de Dios en el mundo, también la conciencia del desarrollo progresivo de aquel plan y de su inserción en el mismo: lo ontológico cristiano se une al gnoseológico, y éste último motiva las razones densas de la especificidad al testimonio paradójico indiferenciado. En la Iglesia, en fin, el cristiano encuentra el lugar de su ciudadanía celestial en la tierra y aquí encuentra, reunidas, las razones últimas de su comportamiento, que son las de una evangelización explícita y no sólo testimoniada. Aquellas razones que él no puede rehusar abiertamente en el momento de actuar en el mundo, si quiere que la ciudad del mundo las comprenda y las acepte en su aspecto sanante.

El capítulo final se centra completamente en el “conocimiento” (el término “gnosis” se repite más de diez veces) y en el árbol del conocimiento. No se trata, sin embargo, de la gnosis intelectualista que cataloga a los fieles según sus dotes de inteligencia y que va a ocupar el primado de la fe en la salvación. Se trata, más bien, de una fe que se ha hecho más madura por la percepción de los misteriosos mecanismos de la salvación y por la participada imitación en ellos. El árbol del conocimiento es, en realidad, coetáneo del árbol de la vida: “no hay vida sin conocimiento, ni conocimiento seguro sin vida verdadera; por tanto, ambos han sido plantados uno al lado del otro” (XII, 4). La plenitud cristiana se da “cuando se muestra la salvación y los apóstoles han sido hechos sabios y la Pascua del Señor se acerca y los acontecimientos salvíficos se condensan y el Verbo entra en armonía con el mundo y se alegra de servir de maestro a los santos” (XII, 49). La salvación se muestra en Cristo (es la revelación) y en la Iglesia (son los sacramentos de la Pascua): en el hoy, los dos acontecimientos son simultáneos y, por tanto, conocimiento y vida se besan, y la manifestación es percibida por el conocimiento y este conocimiento es hecho seguro por la verdadera vida. Por lo cual, no se da traducción vital plena del mensaje, sin referencia al Único que da sentido a aquel mensaje y es la norma de su traducción en el mundo y, por otra parte, se evita una confesión explícita que, como “címbalo que suena”, no se traduzca en el comportamiento adecuado de la misma.

De esta forma, el documento A Diogneto, se convierte, al final, en una obra espiritual realizada, donde las razones de la distinción entre estar en el mundo y no ser del mundo encuentran su síntesis en la pertenencia del fiel a la Iglesia, que compendia los misterios del testimonio y del conocimiento, del compartir y de la identidad. En ésta encuentra alimento y descanso al final, pero también en el tiempo del “mientras tanto”, el fiel que está llamado a transmitir el mensaje de Cristo al mundo, de una forma que le exige una considerable fatiga de adaptación y un gran derroche de energía, porque está en continua confrontación con las capacidades de acogida del mundo, siempre diversas y con las exigencias del Reino, siempre iguales.

Luigi F. Pizzolato
Profesor titular de Literatura cristiana antigua
Presidente de la Facultad de Filosofía y Letras
de la Universidad Católica del “Sacro Cuore” de Milán

“HACER DE CRISTO EL CORAZÓN DEL MUNDO”
REFLEXIÓN CANÓNICA SOBRE LOS INSTITUTOS SECUALRES

“Hacer de Cristo el corazón del mundo”… Estas palabras, tomadas del breviario italiano, parecen estar en consonancia con la vocación de los Institutos Seculares. Volviendo a la Provida mater en su 60 aniversario, volviendo a reflexionar sobre el Primo feliciter y al rever el magisterio sucesivo, encontraremos este tipo de tema, que identifica una vocación distinta en la Iglesia – llevar a Cristo al corazón del mundo, hacer de Cristo el corazón del mundo.

Una mirada a la historia

Esta reflexión se llama canónica, y lo será ampliamente. Pero en la Iglesia la ley se debe basar en la doctrina. Trataré de demostrar que los cánones suministran el marco necesario para vivir la vocación de la consagración secular, o secularizad consagrada, según la doctrina que se ha desarrollado y enriquecido durante más de sesenta años.
Una fundamental apología teológica o doctrinal de los Institutos Seculares ha sido expresada en el así llamado Pro Memoria4 del año 1939, desde hace tiempo asociado a los nombres de Gemelli y Dossetti.. Se puede sentir su influencia en la Provida mater y, todavía más, en el Primo feliciter. En realidad, esta influencia se percibe también en los cánones del Código de 1983.

La decisión de Pío XII de reconocer los Institutos Seculares como un nuevo modo de vivir el estado de perfección y de otorgarles una legislación eclesial propia, la Lex Peculiaris, ha representado un paso valiente para su época. En realidad, algunos problemas de aquel tempo subsisten todavía hoy, en una u otra forma. La frase del Pro Memoria “quoad substantiam religiosa” pretendía afirmar la consagración total de los miembros de los Institutos Seculares, pero ofuscaba la clara identificación de los Institutos en cuanto seculares, pero no religiosos.

De la misma forma, en los decenios que siguieron a la Provida mater, varios autores han debatido la cuestión de si era posible a los miembros laicos de los Institutos Seculares, permanecer verdaderamente laicos. El papel de los laicos en la Iglesia se estaba desarrollando, pero no hasta el punto en que lo explicitó el Concilio Vaticano II y el Sínodo sucesivo, dedicado a los laicos.

La evolución doctrinal antes del Código

Es sabido que el Concilio Vaticano II ha dicho pocas cosas explícitas sobre los Institutos Seculares. Las Actas del Concilio mencionan una adición in extremis en el documento Perfectae caritatis 11, que afirma claramente que los Institutos Seculares no son religiosos: “Los Institutos Seculares, aunque no sean institutos religiosos, llevan, sin embargo, consigo la profesión verdadera y completa, en el siglo, de los consejos evangélicos, reconocida por la Iglesia”. Precedentemente, la frase ambigua “quoad substantiam vere religiosa” había sido quitada del texto.

El desarrollo más significativo de la expresión doctrinal relativa a los Institutos Seculares, antes de la nueva legislación del Código de 1983, se tiene, seguramente, en la enseñanza de Pablo VI. Sus palabras, especialmente vista la ausencia de una doctrina explícita del Concilio, deberían constituir una base importante para la interpretación y aplicación de las normas canónicas.

Al dirigirse al Congreso Internacional de Institutos Seculares que se celebró en 1970, Pablo VI fundamentó sus palabras en el concepto de la llamada y de la respuesta vocacional, enraizadas en la vocación fundamental del bautismo. Hablando de la respuesta total de los miembros, afirmó: “Vosotros habéis decidido permanecer seculares, es decir, en la forma común a todos en la vida temporal”. Esta decisión implica una doble actividad que exige vigilancia y una gran fuerza interior. Estáis llamados a la santificación personal y a la consecratio mundi.

En el mismo discurso, Pablo VI habló de la relación de los miembros de los Institutos Seculares con la Iglesia: “Vosotros pertenecéis a la Iglesia a título especial, vuestro título de consagrados seculares… Sois laicos, que hacen de su profesión cristiana una energía constructora, dispuesta a sostener la misión y las estructuras de la Iglesia…”.

En 1972, con ocasión del 25 aniversario de la PM, Pablo VI se dirigió de nuevo a los miembros de los Institutos Seculares, hablándoles de su relación particular con la Iglesia, Al recordar la llamada del Concilio a la Iglesia a ser fermento y “alma” del mundo (GS, 40 ), el Santo Padre subrayó la coincidencia profunda y providencial que existe entre el carisma de los Institutos Seculares y la deseada presencia de la Iglesia en el mundo. Los Institutos Seculares, proseguía “en virtud de su carisma de secularidad consagrada (PC, 11) se presentan como diligentes instrumentos” con los que se puede transmitir la nueva relación de la Iglesia con el mundo.

El mismo año, Pablo VI afirmó: la vuestra es una secularidad consagrada; sois seculares consagrados12. Lo veía como una radicalización de la consagración bautismal, que se emprendía para responder a las invitaciones del Espíritu Santo a la vocación. Finalmente, al dirigirse, en 1976, a los Responsables Generales volvió sobre el papel que los Institutos Seculares pueden desarrollar, ilustrando el modo en que la Iglesia está presente en el mundo. Si permanecen fieles a su vocación propia, afirmó “los Institutos Seculares serán como el ‘laboratorio experimental’ en el que la Iglesia verifica las modalidades concretas de sus relaciones con el mundo”.

Las enseñanzas conciliares sobre el papel de los laicos en la misión de la Iglesia en virtud del bautismo y sobre la nueva visión del papel de la Iglesia en el mundo, han delineado también una mejor comprensión de los Institutos Seculares. Este desarrollo doctrinal influyó en los cánones escritos para sustituir la Lex peculiaris de 1947.

El trabajo preliminar del coetus

También el coetus, o grupo de trabajo encargado de revisar los cánones del año 1917 sobre la vida religiosa, ha debido tener en cuenta esta evolución. Desde el inicio, en 1966, los redactores eran conscientes de que los Institutos Seculares estaban incluidos en su sección canónica, pero, a continuación, apareció una mayor conciencia de sus implicaciones. Hasta el año 1968, el coetus y su sección canónica se conocían como De Religiosis, título que figuraba en el Código de 191715.

Mientras la Lumen Gentium reflejaba una noción que iba más allá de la “religiosa”, cuando describía la vida consagrada a través de la profesión de los consejos evangélicos, con el uso de los votos u otros vínculos sacros, sólo se utilizaba el término “religioso” (LG, 44). Los redactores de la ley se dieron cuenta de que la Perfectae caritatis había dado un paso hacia delante sobre el particular, refiriéndose explícitamente al carácter específico de los Institutos Seculares en el n. 1 y definiéndolos intencionadamente como no religiosos en el n. 11. Con el fin de evitar cualquier equívoco, el nombre genérico de coetus y de su sección canónica se cambió en “Institutos de Perfección” (De Institutis Perfectionis)16 . La expresión no era ni nueva ni desconocida a los Institutos Seculares. La Provida mater identificaba el factor fundamental que distinguía los nuevos Institutos Seculares de las demás asociaciones de fieles como una “vida de auténtica perfección” (PM n. 12).

Este título permaneció hasta 1974, pero no se consideraba satisfactorio. Cada vez era mayor la conciencia de que la vieja terminología estaba superada con relación a los nuevos Institutos. Mientras se discutía sobre los nuevos títulos, se insistió en tratar de evitar en las normas generales todos los términos estrictamente religiosos, sustituyéndolos con términos más genéricos, aplicables a los Institutos, tanto religiosos como seculares. A este punto, el título del coetus y de su sección canónica se convirtió en “Institutos de vida consagrada a través de la profesión de los consejos evangélicos” (De Institutis vitae consecratae per professionem consiliorum evangelicorum)17. Era el título del borrador de 1977, que fue ampliamente difundido para su consultación. En dicho borrador, los primeros 88 cánones eran comunes a todos los Institutos de vida consagrada, mientras los cuatro últimos (números 123-126) eran específicos de los Institutos Seculares. Mientras la intención de la PM había sido distinguir los Institutos Seculares de las asociaciones de fieles, la tarea, durante la elaboración del Código era identificar, de forma adecuada, dos formas distintas de vida consagrada, la religiosa y la secular.

Después de las consultaciones, todo el borrador sobre la vida consagrada se elaboró de nuevo de forma significativa. El título final de la sección que incluía a los Institutos Seculares se abrevió en “Institutos de vida consagrada” (De Institutis vitae consecratae), en un ulterior esfuerzo por lograr la máxima claridad posible.

Mientras tanto, el nombre del Dicasterio responsable de estos Institutos había sufrido cambios paralelos. La Provida mater (II, 2, 2°) había colocado los Institutos en el ámbito de la Sagrada Congregación para los Religiosos, por motivo de su consagración. En 1967, después del Concilio, con la Constitución Apostólica de Pablo VI, Regimini Ecclesiae Universae, el Dicasterio se convirtió en “Congregación para los Religiosos y para los Institutos Seculares”. Seguidamente, en 1987, después del Código de 1983, con la Constitución Apostólica de Juan Pablo II, Pastor Bonus, el Dicasterio tomó el nombre que todavía conserva hoy día “Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica”. Las Sociedades de Vida Apostólica están todavía bajo su competencia, pero en el Código no se identifican como Institutos de vida consagrada.

Una vez terminada, la sección pertinente del Código contiene normas que son comunes a los Institutos Religiosos y a los Institutos Seculares (cánones 573-606) y una sección diversa para cada tipo. Las normas comunes, juntamente con los principios teológicos, sustituyen las normas contenidas en la Provida mater ( V-VIII) para cuestiones como la erección de los Institutos y la aprobación de sus constituciones o estatutos.

Identidad específica

Los Institutos Seculares se tratan específicamente en los cánones 710 – 730. La reducción del número de normas comunes a todos los Institutos de vida consagrada, de 88 a 34, se debe a las dificultades de usar un lenguaje neutro, que se pudiera aplicar a los Institutos, tanto Religiosos como Seculares. El aumento del número de cánones dedicados a los Institutos Seculares, de 4 a 31, ha permitido dictar normas más respetuosas de su identidad.

Solamente examinaremos aquí algunos de estos cánones que parecen más significativos para la identidad doctrinal y jurídica de los Institutos Seculares y de su desarrollo futuro en la Iglesia.

El canon 710 introduce la sección:
Un instituto secular es un instituto de vida consagrada en el cual los fieles, viviendo en el mundo, aspiran a la perfección de la caridad, y se dedican a procurar la santificación del mundo sobre todo desde dentro de él.

Una vida consagrada vivida en el mundo… para santificarlo desde dentro. El Pro Memoria había insistido en el hecho de que la vida consagrada en los nuevos Institutos era sustancialmente religiosa (secundum rei substantiam), pero vivida en el mundo. Con la Provida mater, la premisa de que la vida consagrada se pudiera vivir, de una forma nueva en el mundo, fue aceptada por la Iglesia y considerada una vida de perfección. Esto distinguía los Institutos Seculares de otras asociaciones de fieles. La Lex Peculiaris había ofrecido criterios para el reconocimiento en cuanto Institutos Seculares: la profesión ante Dios de la castidad en el celibato, y un voto o promesa de obediencia y de pobreza, una duradera incorporación recíproca y total en el Instituto, y ninguna obligación de vida común (LP III).

El primer canon se ha de leer juntamente con el canon 573 que introduce las normas comunes y ofrece una expresión teológica más completa, aplicable a todos los Institutos de vida consagrada. Su sensibilidad hacia los Institutos Seculares se manifiesta en el uso del término “Institutos” en vez de usar términos como orden o congregación, durante largo tiempo asociados a los religiosos; la profesión de los consejos evangélicos se realiza a través del voto “u otros vínculos”; y este canon introductivo no impone la vida en común, característica de los religiosos.

El canon 712 establece que las constituciones de cada Instituto Secular determinen el tipo de vínculos sacros que se han de usar y que definan las obligaciones que de ellos se derivan. Se hace referencia a las normas comunes, cánones 598-601, que ofrecen el contenido esencial de cada uno de los consejos, que se ha de especificar, después, en las constituciones. La conciencia de los Institutos Seculares resulta muy evidente en el canon 600 sobre la pobreza evangélica, que evita toda referencia a la comunidad de bienes. Particularmente importante en el canon 712 es la precisión de que las definiciones contenidas en las constituciones deben preservar siempre “la secularidad propia del Instituto”.

La disposición final del canon 710, sobre la santificación del mundo desde dentro, es fruto de un desarrollo ulterior del pensamiento. En la Provida mater, se ponía un fuerte acento en la consagración de la vida, permitiendo un apostolado más libre y más completo (PM 9, LP I) o un apostolado capaz de llegar a ámbitos a los que los religiosos no tienen acceso. Sin embargo, se daba una indicación sobre el concepto de una actividad de fermento:

Estos Institutos […] son una ayuda eficaz […] para una intensa renovación cristiana de las familias, las profesiones y la sociedad civil, por el contacto íntimo y cotidiano con una vida perfecta y totalmente consagrada a la santificación…[…].(PM 10)

Sin embargo, es en el Primo Feliciter donde la naturaleza secular de los Institutos y el impacto de esta naturaleza en el concepto de apostolado se evidenciaban más claramente. En este documento, Pío XII insistía en el hecho de que el carácter secular del Instituto debe ser “siempre y en todo puesto en evidencia”, y que toda la vida de los socios de los Institutos Seculares se debe convertir en apostolado. También aquí hay una afirmación que continúa resonando en los cánones:
Este apostolado de los Institutos Seculares debe ejercerse fielmente, no sólo en el siglo, sino, por así decirlo, con los medios del mundo; y, por lo mismo, en profesiones, ejercicios, formas y lugares correspondientes a estas circunstancias y condiciones de seculares. (PF II)

En su comentario de 1988, Beyer expresa su pesar por la falta de un canon de síntesis doctrinal, paralelo al canon 607 para los Institutos Religiosos19. Sin embargo, el canon 710 recapitula brevemente esta nueva comprensión de la consagración secular, orientada a la perfección de la caridad y a la santificación del mundo desde dentro.

El estatuto canónico de los miembros de los Institutos Seculares

Esta santificación del mundo desde dentro de él está íntimamente unida al estatuto inmutado de los miembros laicos. En una época precedente, la duda al respecto se agravaba con la idea según la cual todas las personas consagradas en el ámbito de los consejos evangélicos debían ser religiosos. Hoy día, la afirmación de la condición canónica inmutada puede asumir un mayor significado apostólico, que exige, como presupuesto radical, la creciente comprensión por parte de la Iglesia del papel de los laicos en la Iglesia y en el mundo.

El canon 711 reza:
Por su consagración un miembro de un instituto secular no modifica su propia condición canónica, clerical o laical, en el pueblo de Dios, observando las prescripciones del derecho relativas a los institutos de vida consagrada.

El Pro Memoria había afrontado de forma específica el tema de los laicos consagrados a Dios en el mundo. La Provida mater hablaba de las asociaciones de clérigos o de laicos, pero subrayaba que los miembros de los Institutos Seculares no profesaban los votos públicos de religión, no estaban vinculados por el derecho religioso y no podían hacer uso del mismo.

De una manera más fundamental, los miembros bautizados de la Iglesias se designados como clérigos o laicos. Los miembros de cada grupo pueden conducir una vida consagrada mediante la profesión de los consejos evangélicos (canon 207). En esta materia, el Código Latino no ha adoptado la fórmula de la Lumen Gentium, 31, que describe a los laicos como aquellos que no son ni clérigos ni religiosos20. Sin embargo, del canon 711 y de todos los documentos precedentes, se ve claramente que los miembros laicos de los Institutos Seculares son, de hecho, miembros del laicado. ¿A qué efecto?

Beyer concluye que el canon 711 expresa, con fuerza y de forma indiscutible, la vocación de la secularidad consagrada como una consagración y una presencia en el mundo, como la levadura en la masa. Es un fortalecimiento de la condición de vida, donde una persona ha sentido la llamada y donde debe vivir la consagración. En virtud de la secularizad consagrada, un laico está insertado en el laicado a título de una vocación nueva y específica. Quizás se podría decir que el laico está más radicalmente insertado en su condición bautismal y que el clérigo lo está en el sacerdocio diocesano. Esto se puede comprender mejor si se considera el modo cómo el código describe el papel de los miembros de los Institutos Seculares en el ámbito de la misión de la Iglesia (canon 713) y su estilo de vida (canon 714).

Vivir “en las condiciones ordinarias del mundo”

Parece útil comenzar con el examen del canon 714 sobre las condiciones de vida de los miembros de los Institutos Seculares, antes de pasar a hablar de su apostolado. Si volvemos a la Lex Peculiaris del la Provida mater, veremos que se ha precisado claramente que la vida en comunidad no se impone a todos los miembros (LP II,1).

Esto constituía, naturalmente, una de las premisas fundamentales del Pro Memoria. Su objetivo consistía en el reconocimiento eclesial de las “Asociaciones de laicos consagrados a Dios en el mundo”. El acto de la consagración se consideraba central, mientras la vida en comunidad, característica de los religiosos y de las sociedades, era secundaria. La vida en comunidad, vista como la incorporación en una sociedad orgánica, sería indispensable para un estado de perfección reconocido por la Iglesia; en cambio, vista como vida en comunidad, no sería en ningún modo esencial.

Al final, se aceptó esta argumentación, como se ve en la Provida mater. Sin emabrgo, la Lex Peculiaris ha insistido en la necesidad de que hubiera una o más “casas comunes”. Afirmaba que “Los Institutos Seculares, aunque no imponen a todos sus miembros, según la norma del Derecho, la vida común o la conmoración bajo el mismo techo (art. II, § 1), sin embargo, conviene que tengan, según la necesidad o utilidad, una o varias casas comunes, en las cuales:

1° Puedan residir los que ejercen el régimen del Instituto, sobre todo en el orden supremo o en el regional.
2° Puedan morar o reunirse los miembros para recibir y completar su instrucción, para hacer los ejercicios espirituales y otras cosas semejantes.
3° Puedan ser recibidos los miembros que por enfermedad u otras causas no puedan valerse por sí mismos, o que no convenga que vivan privadamente en su casa o en la de otros”
(LP, III, 4).

Los cánones que sustituyen ahora la Lex Peculiaris no hablan de este aspecto. Hablan, en cambio, de lo que constituye la vida de los miembros de los Institutos Seculares, más bien que de lo que no es necesario En el canon 714 leemos:

Los miembros de los Institutos Seculares han de vivir en las
circunstancias ordinarias del mundo, ya solos, ya con su propia
familia, ya en grupos de vida fraterna,
de acuerdo con las constituciones. (Vitae fraternae coetu).

Los cánones hacen una clara distinción entre vida fraterna y vida fraterna en común, cuando hablan de las diversas formas de vida consagrada. El canon 602 sobre las normas comunes, aplicables tanto a los religiosos como a los Institutos Seculares , habla de la vida fraterna propia de cada Instituto, que lo une como una familia en Cristo. Esto se convierte en un sostén para todos los miembros en su vocación y se ha de fundamentar en el amor. En contraposición, los cánones sobre los religiosos (canon 607 &2) y sobre las sociedades de vida apostólica (canon 731 &1) especifican vida fraterna en común. Si los miembros de los Institutos Seculares viven juntos, no es según este modelo de vida en común. Una afirmación que no se dice, parece que es la de que los clérigos viven como lo hacen los demás clérigos de la Iglesia particular.

Consagrados para el apostolado en el mundo

El objetivo de Gemelli y de sus colaboradores era tener laicos consagrados para el apostolado en el mundo. La legislación actual sobre los miembros que viven “en las condiciones ordinarias del mundo” forma parte de esto. Sin embargo, el corazón de la cuestión se encuentra en el canon 713, interpretado a la luz de los documentos en los que se basa. Este canon, que trata de la actividad apostólica de los miembros de los Institutos Seculares, consta de tres partes: la primera es de carácter general, la segunda es específica de los laicos y la tercera de los clérigos.

La parte primera del canon precisa que los miembros de los Institutos Seculares manifiestan y ejercen su propia consagración en la actividad apostólica y, a manera de levadura, se esfuerzan en impregnar todas las cosas con el espíritu evangélico, para fortaleza e incremento del Cuerpo de Cristo. Los miembros laicos (canon 713 §2) participan en la función evangelizadora de la Iglesia en el mundo y desde dentro del mundo (in saeculo et ex saeculo) bien sea:

  1. con el testimonio de vida cristiana,
  2. la fidelidad a su consagración,
  3. la colaboración que prestan para ordenar según Dios los asuntos temporales e informar al mundo con la fuerza del Evangelio. Y también ofrecen su propia cooperación al servicio de la comunidad eclesial, de acuerdo con su modo de vida secular. (iuxta propriam vitae rationem saecularem).

Los expertos canonistas, cuando elaboraban los cánones, no han inventado estos conceptos y estas frases. En 1939, el Pro Memoria, al tratar de distinguir las nuevas asociaciones de los religiosos y de las sociedades, precisó que sus miembros, mientras se consagraban con la misma intensidad y plenitud de los religiosos, y para el mismo fin – el Reino de Cristo – lo hacían, sin embargo, “desde dentro del mundo”. Aunque el autor reconoce que esta expresión es “indudablemente del todo inadecuada”, desde nuestro punto de vista, hoy día, podemos constatar que se ha convertido en una característica de los Institutos Seculares.

En 1947, la Provida mater reconoció que los Institutos Seculares podían ser eficientes en una intensa renovación cristiana de las familias, las profesiones y la sociedad civil, por el contacto íntimo y cotidiano con una vida perfecta y totalmente consagrada a la santificación (PM 10).Un año más tarde, en Primo Feliciter emergió un concepto más integrado sobre la vocación. En la sección introductiva, la imagen bíblica de la levadura se utiliza para describir el papel que los Institutos Seculares pueden realizar en el mundo, dado su carácter secular específico, que representa su razón de ser (PF II). En vista de esto pueden ser:

…el escaso, pero eficaz fermento que, obrando siempre y donde quiera y mezclado en todas las clases de ciudadanos, desde las más humildes a las más altas, se esfuerza por tocarlas y penetrarlas a todas y cada una por la palabra, por el ejemplo y por todos los modos, hasta informar toda la masa de manera que toda sea fermentada en Cristo (PF Introducción 2).

A pesar de que la profesión de la perfección cristiana todavía se identifica aquí como “auténticamente religiosa en su sustancia”, (quoad substantiam vere religiosa), se debe realizar en el mundo. Sin embargo, aquel apostolado que encierra en sí la vida entera de los miembros de los Institutos Seculares, “debe ejercerse fielmente, no sólo en el siglo, sino, por así decirlo, con los medios del mundo24 y, por lo mismo, en profesiones, ejercicios, formas y lugares correspondientes a estas circunstancias y condiciones de seculares” (PF II).

Este lenguaje ha sido introducido en la Perfectae caritatis, n. 11. Los Institutos deben mantener su carácter secular, cuando realizan su apostolado “en el mundo y desde dentro del mundo” (in saeculo ac veluti ex saeculo). Los miembros deben, por tanto, recibir una esmerada formación en las materias humanas y divinas para poder ser “verdaderamente un fermento en el mundo”, destinado a dar fortaleza e incremento al Cuerpo de Cristo (ut revera fermentum sint in mundo ad rebur et incrementum Corporis Christi”).

El canon 713 proviene claramente del Perfectae caritaris, n. 11. Sin embargo, sus disposiciones se han de entender según la tradición que se deriva del Pro Memoria y de los dos documentos clave, con los que Pío XII otorgó a los Institutos Seculares su estatuto oficial en el seno de la Iglesia.

Sin embargo, se ha suscitado, de vez en cuando, una ulterior cuestión, a la luz de la descripción de la Lumen Gentium sobre la condición y el papel de los laicos en la misión de la Iglesia. “El carácter secular (indoles saecularis) es propio y peculiar de los laicos”, se lee en el n. 31, y han de tratar de obtener el Reino de Dios implicados en todos los diferentes deberes y ocupaciones del mundo y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social. Están llamados a contribuir “a la santificación del mundo, como desde dentro, a modo de fermento” (LG 31).

Este texto fue promulgado en 1964; y el de la Perfectae caritatis en 1965. Leyendo atentamente el canon 713, se constata que los miembros laicos de los Institutos Seculares han conservado completamente su condición laica, pero han sido identificados como vocación específica en esta condición. Volvemos, así, al Pro Memoria y a la Provida mater, que pusieron el acento en la realidad de la plena consagración de la vida, vivida como laicos en la secularidad. El canon reconoce la actividad apostólica de los miembros a modo de fermento como la expresión y el ejercicio de su consagración. Como pone de relieve Beyer, su condición de laicos no se modifica con la consagración, más bien se refuerza; en virtud de una específica vocación divina, están llamados a marcar su ambiente particular con el espíritu del Evangelio y, por tanto, a cumplir mejor con sus tareas humanas y cristianas, siendo un ejemplo y un sostén para todos.

Los Institutos clericales:

¿Cuál es, pues, la aplicación paralela de una actividad a modo de fermento realizada en la vida y en el ministerio de los miembros clérigos? El canon 713 &3 estable lo siguiente:

Los miembros clérigos, por el testimonio de la vida consagrada, ayudan sobre todo a sus hermanos en el presbiterio con peculiar caridad apostólica, y realizan en el pueblo de Dios la santificación del mundo a través de su ministerio sagrado.

El ámbito de la presencia de los clérigos como fermento es en particular el presbiterio. Su santificación del mundo no se describe como “desde dentro del mundo”, sino, más bien, a través de su ministerio sagrado entre la gente. Desde los tiempos de la Provida mater ha permanecido claro que puede haber, y que hay, Institutos Seculares de clérigos, y , sin embargo, el argumento continúa provocando debates.

Como ya hemos indicado, el canon 711 insiste en el hecho de que la condición canónica de un miembro de un Instituto Secular “laico o clérigo” no cambia por su consagración. Mientras parece obvio que la condición canónica de un clérigo, en cuanto sacerdote o diácono, no cambia, el canon parece subrayar, en este contexto, que permanece sacerdote o diácono secular. En un sentido más fundamental, no se ha convertido en sacerdote o diácono religioso.

Esto lo refuerza el canon 715 que habla, principalmente, de los miembros clérigos incardinados en una diócesis. Dependen del obispo, quedando a salvo lo que se refiere a cuestiones inherentes a la vida consagrada en su propio Instituto. El canon 266 &3, que se refiere a la incardinación en general, presenta la incardinación diocesana como una norma: “El miembro de un Instituto Secular, por la recepción del diaconado, queda incardinado en una Iglesia particular, para cuyo servicio fue promovido…”.

La posibilidad de una incardinación en el Instituto es reconocida como una concesión de la Sede Apostólica que, de hecho, no ha hecho concesiones desde la promulgación del Código en 1983. El segundo párrafo del canon 715 establece que cuando un miembro clérigo, incardinado en el Instituto, “es destinado a obras propias del Instituto, depende del Obispo del mismo modo que los religiosos”.

Los cánones acogen realidades existentes. Sin embargo, sus disposiciones suscitan cuestiones relativas a la “secularidad”. Beyer explica la secularizad de los Institutos Clericales como el reforzamiento de su pertenencia al presbiterio diocesano o secular, del mismo modo que para los laicos es una radicalización de su pertenencia al laicado.

Conclusión:

¿Qué podemos decir para concluir? Seguramente una cosa, es decir, que los cánones, aunque usan un lenguaje jurídico, tratan de respetar y de reflejar la naturaleza única de los Institutos Seculares. Al mismo tiempo, sin embargo, la vida en la Iglesia y en el mundo continúa desarrollándose. En 1988, la Exhortación Apostólica Christifideles Laici reafirmó que los Institutos Seculares son una vocación particular en la condición laical (n. 56). En 1996, Vita Consecrata hablaba de los mismos como de una “levadura de sabiduría y testigos de gracia dentro de la vida cultural, económica y política” (n. 10).

El Papa Benedicto XVI, en su primera Encíclica Deus Caritas Est, ha expresado su visión de la tarea de la Iglesia en cuanto tal y de los laicos en la edificación de la ciudad terrena. El establecimiento de estructuras sociales justas, afirma, no es un cometido inmediato de la Iglesia. “El deber inmediato de actuar a favor de un orden justo en la sociedad es más bien propio de los fieles laicos. Como ciudadanos del Estado, están llamados a participar en primera persona en la vida pública”. Deben preocuparse de una “multiforme y variada acción económica, social, administrativa, legislativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común”.

En un reciente discurso a la Unión de Juristas Católicos Italianos, Benedicto XVI ha ilustrado la complejidad de la sociedad hodierna, con sus diversos conceptos sobre condición laical y de secularidad. La secularidad, afirmó “en los tiempos modernos ha asumido el significado de exclusión de la religión y de sus símbolos de la vida pública mediante su confinamiento al ámbito privado y a la conciencia individual”. Por el contrario hace notar que “todos los creyentes, y de modo especial los creyentes en Cristo, tienen el deber de contribuir a elaborar un concepto de laicidad que, por una parte, reconozca a Dios y a su ley moral, a Cristo y a su Iglesia, el lugar que les corresponde en la vida humana, individual y social, y que, por otra, afirme y respete ‘la legítima autonomía de las realidades terrenas’" (GS 36). “A los cristianos nos corresponde mostrar que Dios, en cambio, es amor y quiere el bien y la felicidad de todos los hombres”.

Un desafío semejante ha lanzado el Papa en el discurso que ha dirigido a los participantes en la IV Asamblea Nacional Eclesial Italiana, que se celebró en el 2006, en Verona. Al reiterar el papel que han de realizar los laicos en un justo ordenamiento de la sociedad, como se ha dicho antes, ha continuado con las siguientes palabras: “Hoy requieren una atención especial y un compromiso extraordinario los grandes desafíos en los que amplios sectores de la familia humana corren mayor peligro: las guerras y el terrorismo, el hambre y la sed, y algunas epidemias terribles. Pero también es preciso afrontar, con la misma determinación y claridad de propósitos, el peligro de opciones políticas y legislativas que contradicen valores fundamentales y principios antropológicos y éticos arraigados en la naturaleza del ser humano…”.

El tema de nuestro Simposio era “Este es nuestro tiempo" o “Este es el tiempo para nosotros” y ha dado el siguiente subtítulo a mis reflexiones canónicas: “Hacer de Cristo el corazón del mundo”. Naturalmente, los cánones no realizan esto, pero contienen la identidad y las estructuras fundamentales que permiten vivir y actuar ahora y en el futuro. No existe tiempo más necesitado y más apto del presente para que los Institutos Seculares, juntamente con otros, pero a su manera específica, lleven plenamente a Cristo y los valores del Evangelio al corazón de nuestro mundo sufriente.

Sor Sharon Holland, IHM
Canonista
Primer Responsable de la CIVCSVA

MESA REDONDA:
VIDA Y MISIÓN DE LOS INSTITUTOS SECULARES

LA CONSAGRACIÓN SECULAR Y EL COMPROMISO LAICAL

1. Saludo cordialmente a los participantes en este Simposio, también en nombre del Consejo Pontificio para los Laicos, el dicasterio que tengo el honor de presidir, y doy las gracias a los Organizadores por la invitación que me han dirigido para que presidiera esta Mesa redonda y que he acogido con gran placer. El tema que afrontaremos, es decir, la experiencia de vida y la misión de los Institutos Seculares, nos colocará, una vez más, ante los desafíos que el mundo contemporáneo plantea a la Iglesia, con un acento explícito sobre la respuesta profética que la vida consagrada “sumergida en el mundo” está llamada a darles. En mi introducción me limitaré a presentar tres “flash” sobre cuestiones cruciales que interpelan hoy día nuestro ser cristianos, para cuya individuación seguiré el magisterio del Papa Benedicto XVI, guía segura y maestro extraordinario, por su agudeza en comprender lo que es esencial en la vida del hombre.

2. Parto de la afirmación del Santo Padre de que el problema fundamental del hombre de hoy es Dios, o mejor, la centralidad de Dios en la vida del hombre, un tema crucial que interesa grandemente a Benedicto XVI. Este problema de siempre, en realidad se presenta de nuevo de una forma dramática a los hombres de nuestro tiempo. La cultura dominante trata, en todos los modos, de reducir a Dios a lo accesorio embarazoso, incómodo y – en resumidas cuentas – inútil, en la vida del hombre. El pensamiento políticamente correcto desenvaina todas sus armas para relegar la fe al ámbito de las cuestiones totalmente privadas. Y en el mundo de los conocimientos, en los medios de comunicación, en el campo social, Dios está, cada vez, más ausente, aun más: es el gran Ausente. ¡Cuántas veces nos ha hablado el Papa de este “extraño olvido de Dios” del hombre posmoderno! En realidad, a pesar de las continuas llamadas a la tolerancia, la presencia “visible” y explícita de Dios en nuestro mundo occidental no es absolutamente tolerada. Parece como si ésta fuera la única forma de intolerancia “políticamente correcta”. Nace, así, una nueva forma de totalitarismo, la de un laicismo fundamentalista, ante el cual, todos nosotros, los cristianos, estamos llamados a afirmar de nuevo la centralidad de Dios y, por tanto, la centralidad de la fe en la vida del hombre, como condición imprescindible para la misma supervivencia de la humanidad. En el discurso que dirigió a los Obispos suizos, en el mes de noviembre del año pasado, el Papa tocó este punto doliente, sin usar medios términos y no dejó lugar a dudas al respecto. Decía: “Se trata de la centralidad de Dios, precisamente no de un dios cualquiera, sino del Dios que tiene el rostro de Jesucristo. Esto es importante, hoy. Existen tantos problemas que se pueden enumerar, que se deben revolver, pero que no todos se resuelven si no se coloca a Dios en el centro, si Dios no se hace de nuevo visible en el mundo, si no se convierte en determinante en nuestra vida y si no entra también, a través de nosotros, de forma determinante en el mundo” (7 de noviembre de 2006). ¿Qué debemos hacer, pues? La respuesta nos la sugiere, una vez más, Benedicto XVI que, pocos días antes de su elección a la sede pontificia, afirmaba con pasión en una conferencia: “De lo que, sobre todo, tenemos necesidad en este momento de la historia, es de hombres que, mediante una fe iluminada y vivida, hagan a Dios creíble en este mundo. El testimonio negativo de cristianos que hablaban de Dios y vivían contra de Él, ha oscurecido la imagen de Dios y ha abierto la puerta a la incredulidad. Tenemos necesidad de hombres que tengan la mirada fija en Dios, aprendiendo desde ahí la verdadera humanidad […] Solamente a través de hombres que han sido tocados por Dios, Dios puede regresar en medio de los hombres” (L’Europa nella crisi delle culture, Cantagalli 2005, pág. 28). He aquí el mayor desafío que se plantea a los cristianos del tercer milenio: vivir como hombres y mujeres verdaderamente “tocados por Dios”. Y ésta debería ser, precisamente, la característica de la vida consagrada.

3. La segunda gran cuestión es la que se refiere a nuestra identidad cristiana. ¿Cómo la vivimos? El mudo posmoderno está, cada vez más, en valía de una verdadera y propia “dictadura del relativismo” (Benedicto XVI): la verdad no existe, todo se puede reducir a objeto de opiniones sujetivas y de elecciones que se equivalen. Domina el “pensamiento débil” (Gianni Vattimo) que, carente del fundamento de la verdad, engendra personalidades débiles, identidades confusas, incoherentes y contradictorias. Está en acto un proceso de “desconstrucción” (Jaques Derida) de los mismos fundamentos de la antropología, nacida de las raíces judío – cristianas. El nuevo orden mundial, del que se habla tanto, trae consigo también un nuevo vocabulario en el que, extrañamente, se cancela precisamente la palabra “identidad” y se sustituye con los términos “diversidad” y “pluralismo”. Este clima general condiciona grandemente nuestro modo de vivir la fe, creando una confusión que hace incoherentes y que disuelve gradualmente la identidad de no pocos bautizados, cuyo testimonio de Jesucristo es, cada vez más opaco, indescifrable, no convincente… He aquí, pues, el gran desafío que El mundo moderno plantea a la Iglesia: dar de nuevo a nuestra identidad (fieles laicos, consagrados, sacerdotes) una nueva consistencia y fuerza persuasiva. Hoy día es preciso encontrar de nuevo el valor de nuestro “ser”, antes que del nuestro “hacer”. Se necesitan personalidades cristianas fuertes, plenamente conscientes de la propia vocación y misión. Esto implica para los consagrados, en primar lugar, fidelidad al carisma del propio Instituto, vivida sin concesiones. El fundamento de esta renovada autoconciencia cristiana es el sacramento del Bautismo. Porque, del Bautismo brotan, precisamente, todas las vocaciones específicas a los diversos estados de vida. La finalidad última de toda auténtica formación cristiana consiste, precisamente, en ayudar a que los fieles redescubran el significado del Bautismo en sus vidas (cfr. Christifideles laici, n. 10). Recientemente, el Papa Benedicto XVI afirmó al respecto: “El sacramento del Bautismo […] es realmente muerte y resurrección, renacimiento, transformación en una nueva vida. Es lo que revela San Pablo en la Carta a los Gálatas: “ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Ga. 2, 20). De esta forma ha sido cambiada mi identidad esencial, mediante el Bautismo, y yo continúo existiendo solamente en este cambio” (Verona, 19 de octubre de 2006). Lo que grandemente necesitan hoy día los cristianos es tener el valor de ser ellos mismos, la capacidad de saber reconocer lo esencial de su ser bautizados y vivirlo en profundidad. No tenemos el derecho a alimentar complejos de inferioridad ante el mundo laicista, por el contrario, debemos ser orgullosos de nuestra identidad, conscientes de la grandeza del don que hemos recibido.

4. La tercera gran cuestión que interpela a los cristianos de hoy día es la misión, es decir, nuestra presencia incisiva - en cuanto discípulos de Cristo – en los areópagos de un mundo que trata, con todos los modos, de reducirnos al silencio, de hacernos socialmente invisibles. En el mundo globalizado de los grandes números, los cristianos son, cada vez más, una minoría que vive como en diáspora. Una situación que desanima y en la que arraiga el riesgo real de que se difunda un “cristianismo cansado” (Benedicto XVI), “apagado”, mediocre, que se acomoda a la mentalidad moderna, lleno de compromisos con las imposiciones de la cultura dominante.
Pero –conviene tenerlo bien presente - no es la ley de los grandes números la que determina la suerte del Evangelio en el mundo. Como sabiamente decía, hace ya algunos años, el escritor italiano Vittorio Messori, para nosotros, cristianos, el verdadero problema no es que somos una minoría, sino el convertirnos en marginales, irrelevantes. La sal se usa en pequeña cantidad, (es minoritaria) pero da sabor a los alimentos; la levadura también se usa en pequeñas cantidades, pero hace fermentar gran cantidad de pasta. En nuestros días, por falta de valentía y por nuestra mediocridad, nosotros, cristianos, nos estamos convirtiendo, cada vez más, en marginales, insignificantes, inútiles: una sal que no da sabor, una levadura que no fermenta, una luz apagada (cfr. V. Messori, en: Riscoprire la Confermazione, Città del Vaticano 2000, pág. 22). Una presencia cristiana incisiva y misionera supone la valentía de ir contracorriente respecto a la presión homologante de la cultura dominante. Y el Papa Benedicto XVI, cuando se refiere a las “minorías creativas”, de las que habla Arnold Toynbee - minorías decisivas para la suerte del mundo – quiere recordarnos que es ésta, precisamente, la misión que los cristianos deben asumir en el mundo contemporáneo. Ser minoría, pues, nunca nos ha de inducir al desaliento, sino confirmarnos en la verdad del Evangelio: el crecimiento del Reino de Dios en el mundo no sigue el criterio de la cantidad, se realiza por la “fuerza débil” del granito de mostaza evangélico.
Es urgente hoy día volver a ser cristianos que viven la propia fe con alegría, con entusiasmo, con ímpetu misionero. Como lo demuestran las Jornadas mundiales de la juventud. Y como lo demuestran los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades que el Espíritu Santo dona a la Iglesia, gracias a las cuales tantos fieles lacios, hombres y mujeres, jóvenes y adultos, han descubierto y descubren la belleza de ser cristianos y la alegría de comunicarlo. El punto crucial de la evangelización en nuestro tiempo – como recuerda constantemente Benedicto XVI - es precisamente éste: ofrecer prueba y razón al otro de que el cristianismo no es un insoportable fardel de prohibiciones, una jaula que encarcela al hombre, sino un proyecto positivo y fascinante que nos hace verdaderamente felices. Merece, pues, la pena preguntarse cómo vivimos nuestra propia consagración al Señor mediante los consejos evangélicos. ¿Transparenta verdaderamente nuestra vida el Rostro del “más bello de los hijos de hombre”? (Sal. 45).

5. El mundo posmoderno no se reduce, afortunadamente, a los desafíos que plantea y a los peligros que suscita. Y entre los signos de esperanza, que no faltan tampoco hoy, se ha de indicar la “nueva época asociativa de los fieles laicos” de la que tanto ha hablado el siervo de Dios Juan Pablo II, entreviendo en ella la expresión de una nueva “primavera del Espíritu” en los umbrales del tercer milenio de la era cristiana (cfr Christifideles laici, 29; Redemptoris missio, 86). De los carismas suscitados por el Espíritu Santo en la Iglesia de nuestro tempo, han nacido y nacen numerosos movimientos eclesiales y nuevas comunidades, en cuyo seno tantos fieles laicos encuentran o encuentran de nuevo el “gusto de Dios”, el “gusto de la fe” y el gusto de una vida cristiana vivida como seguimiento radical de Cristo. De aquí, para muchos de ellos, el descubrimiento del valor de los consejos evangélicos, incluso para la vida de laicos sumergidos en las condiciones ordinarias del mundo, y el deseo de adherir a los mismos mediante promesas y compromisos, siempre – sin embargo – de carácter privado (a diferencia de la vida consagrada propiamente dicha). Casi todos los movimientos eclesiales han generado estas formas nuevas de vida laica según los consejos evangélicos, cuyo testimonio es especialmente fuerte y persuasivo. Son las novedades con las que el Espíritu Santo continúa sorprendiéndonos (cfr. Testimoni della ricchezza dei doni, PCPL Città del Vaticano 1992). De estos mismos carismas nacen también nuevas formas de vida comunitaria que ven convivir (separadamente) dentro de la misma comunidad todos los estados de vida y que, a veces, se parecen mucho a las así llamadas “nuevas formas de vida consagrada”, de las que habla la Exhortación apostólica postsinodal Vita consecrata (n. 62). Se trata de novedades que exigen un atento y sabio discernimiento por parte de la Iglesia y un paterno acompañamiento, lo que asegura el Consejo Pontificio para los Laicos, en colaboración con la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica. En nuestros días, los confines entre vida laica y vida consagrada tienden a ser cada vez menos netos y se evidencia, cada vez más, la complementariedad de los diversos estados de vida en la Iglesia. (cfr A..M. Sicari, “Diversità e complementarità degli stati di vita nella Chiesa, in: Tutti tralci dell’unica vite, PCPL Città del Vaticano, 1994, páginas 17-36). Por tanto, se hace, pues, más importante la cuestión de la claridad de identidad de la vocación y misión de cada uno. Hoy día, vosotros, miembros de Institutos Seculares, no sois los únicos que viven los consejos evangélicos en el corazón del mundo. Están a vuestro lado una muchedumbre de hombres y mujeres que, como vosotros, han decidido arriesgar toda su vida por el Evangelio, conservando su plena identidad laica.

Os doy las gracias por la atención, en la esperanza de que mis reflexiones sirvan de ayuda para el trabajo de esta Mesa redonda.

Arzobispo Stanislaw Rylko
Presidente
Consejo Pontificio de los laicos

PRESENTACIÓN DE LAS EXPERIENCIAS

Gracias, Excelencia, por sus palabras, que introducen muy bien la Mesa redonda.
El Profesor Pizzolato, cuando ayer comentaba el documento A Diognetes, hizo referencia a la petición contenida en el documento “Parlami del tuo Dio”, y a la respuesta “ti dico come noi lo adoriamo”.

Permitidme que haga la paráfrasis de esta petición.

Háblame de tu Instituto Secular, te digo cómo vivimos.

Realicemos nuestra vuelta alrededor del mundo, usaremos un “sputnik” veloz.

Cada uno referirá la particularidad de la propia vivencia. Comenzamos viajando hacia Filipinas y pedimos a Priscilla Rillera que nos diga su experiencia. Su intervención se centró en la esperanza en el futuro; una esperanza que ahonda sus raíces y encuentra su fuerza en la Eucaristía. Como diría Antonio, el padre del monacato, encuentra la fuerza en respirar a Cristo para traducirse en testimonio, en martirio.

Un testimonio silencioso, hecho de pequeños momentos de atención, en cada ocasión, para testimoniar a Cristo, para que Cristo sea el respiro de la tierra filipina, una tierra de contrastes entre riqueza y pobreza, bienestar y miseria, belleza y contaminación, indiferencia y búsqueda de Dios.

Una tierra fértil por el entusiasmo de los jóvenes y la sabiduría de los ancianos.

Volvemos a Europa, y concedemos la palabra a Emilio Sánchez, miembro de los Cruzados de Santa María, abogado comprometido en servir en la frontera, donde se viven las consecuencias y tantos dramas de la sociedad opulenta, la inmigración ilegal, la trata de mujeres, el tráfico de droga, la crisis de la familia. Emilio ejerce su servicio en la escuela del Señor. Sirve a la dignidad de la persona, incluso de la más embrutecida por el mal, comunicando, mediante el servicio de una vida, totalmente donada, un mensaje de salvación y de esperanza.

Con su testimonio, Emilio nos enseña que tenemos mucho que aprender de los pobres.

Concedemos la palabra a Jolanta Szpilarewicz of Niepokalanej Matki Kosciola. Conocemos los dramas que ha vivido la Iglesia del silencio, gracias también al Santo Padre Juan Pablo II. En la sociedad poscomunista, el Instituto de Jolanta está comprometido en dar una contribución significativa al descubrimiento de sus raíces cristianas y en la evangelización de Europa del Este, de forma concreta mediante la diaconía de la verdad y del compromiso cultural.

Y ahora vamos a África. Perpétue Kakese viene del Congo, del Instituto Asiliarie Missionarie Agostiniane. De su rica intervención, quisiera recuperar un elemento fundamental: el de la maternidad en la cultura africana. La mujer se considera como una madre que custodia la vida, la familia, la sociedad, los valores.

La maternidad permanece como algo típico de la mujer, en cuanto experiencia del cuerpo que dona, genera, protege, nutre; pero es también el símbolo más elevado que la naturaleza nos ofrece por lo que se refiere al cuidado de la vida que crece, a la solicitud por la comunión y a la gestión de la corresponsabilidad.

Le damos las gracias a Perpetua, pues pienso que ha lanzado desafíos, sobre los que se deberá realizar una reflexión para África y para el mundo.

Y ahora pasamos a América del Norte, a Canadá. Concedemos la palabra a Denise Dubé de las Oblates Missionnaires de Marie Immaculée, que en un mundo secularizado y opulento, en el que los valores del amor, de la vida, de la religión, del silencio, se reinterpretan, decide ir contra corriente y expresa el corazón de su compromiso con una frase de Madre Teresa de Calcuta. La humanización conduce a la divinización, y elige transmitir a cada persona que encuentra el único mensaje que cuenta: “Dios existe y te ama”.

Pasamos a la última intervención, a la de Cecilia Comuzzi, de América Latina, concretamente de Argentina, que pertenece al Instituto Misioneras Apostólicas de la Caridad. Trabaja con los adolescentes y sus familias en el contexto latino americano, rico en jóvenes. Trabajar con ellos es como elegir la autopista preferencial para construir un mundo de paz y de diálogo entre las culturas.

Dejamos para una próxima ocasión la segunda vuelta de intervenciones, que no podemos ofrecer debido a la falta de tiempo.

Sr. Enrica Rosanna F.M.A.
Subsecretário CIVCSVA

* * *

Felicito sinceramente a la CMIS por este Simposio y le agradezco de corazón el que me haya elegido para celebrar el 60 aniversario de la Provida Mater Ecclesia escuchando las voces de los diversos continentes, porque la búsqueda vocacional debe enraizarse en una conciencia seria y honesta de las necesidades de la Iglesia y de la comunidad de hombres y mujeres allí donde se vive.

Tengo casi la certeza de que lo que diré sobre Asia, y en particular sobre Filipinas, no será muy diverso de la situación de otros países en vía de desarrollo. La situación actual de nuestro mundo global, en crisis y sufriente, a pesar de las grandes innovaciones en el campo de la ciencia y de la tecnología, se extiende a todo el Asia, a Filipinas. Quisiera hablar de la realidad de Filipinas, mostrando sus características, así como las percibe cualquier visitante extranjero, es decir, un país con realidades conflictivas y con contrastes:

  • entre pobreza y riqueza - como aparece en sus rascacielos de cristal, en sus enormes centros comerciales, y en sus bajos fondos, adyacentes a aquellos;
  • entre bienestar y miseria – sus metrópolis y sus principales ciudades parece que tienen de todo, pero sus periferias presentan grandes carencias de servicios sanitarios, debido a lo cual se difunden ampliamente enfermedades que se pueden curar, como la tuberculosis;
  • entre modernidad y pasado que vive en el presente – en realidad no es difícil encontrar en Manila, la capital, la tecnología más moderna, y, sin embargo, todavía perduran muchos viejos instrumentos;
  • entre el sentido del negocio y la apatía – existen hileras de comercios “sari-sari” (establecimientos de barrio, N. del T.) así como numerosos vendedores ambulantes, que uno encuentra en todas las calles; sin embargo, gran parte de la población vive y se contenta con lo que puede;
  • entre una naturaleza maravillosa y la contaminación - su naturaleza tiene un valor inestimable: existen selvas vírgenes en Visallas, playas de coral en Mindanao, montañas y famosos volcanes en Luzon. Sin embargo, existe una contaminación tremenda debida, en parte, a lo smog que producen los anticuados medios de transporte público y los taxis en circulación. Otra fuente de contaminación son los depósitos de residuos urbanos al abierto, donde la basura se acumula formando “montañas humeantes”;
  • en la política – entre los conservadores de la actual clase política y los guerrilleros del Norte, que continúan vinculados a ideas obsoletas, pero que defienden a los pobres que no gozan ni de voz ni de poder;
  • y en la religión – existe un contraste entre un catolicismo muy vivo y otras formas de religiosidad populares, como la devoción al Niño Jesús (Señor Santo Niño), la proliferación de otras Iglesias independientes, como la Iglesia nacional, la iglesia de Kristo, y otras numerosas sectas,

A esta situación de realidades contrastantes, a la que se añade la falta de preocupación del Estado por las personas, en particular por los pobres, los laicos consagrados deben llevar la esperanza. No hemos de ser los primeros que se desaniman y que “renuncian”. Testimoniar nuestra fe en este país, cuyo pueblo está envuelto en nubes de inseguridad y de impotencia, significa proclamar con constancia e insistencia la presencia de Cristo. Con nuestro estilo de vida ayudamos a que nuestra gente descubra la plenitud de la vida en Dios. Es, de verdad, un gran desafío. Y me viene a la mente una flor asiática, una de las más bellas del mundo, la ninfea, que vive en el fango y crece hacia el sol. Como la ninfea, hemos de ser capaces de florecer en medio de las dificultades y de llevar belleza a nuestro alrededor. Hemos de ser capaces de liberarnos de esta situación desesperada, para poder liberar también a los demás, y dirigirnos al Creador;… ¿Podrá un ciego guiar a otro ciego? (cfr. Lc. 6, 39).

Esto podría significar elegir estar en medio de la minoría, en este mundo donde el poder, el dinero, el éxito y la apariencia son más atractivos y que, con mucha frecuencia, son los factores que cuentan.
La situación no nos desalienta, sino que, por el contrario, confirma la “verdad” de este universo, que sólo Dios puede reordenar. Lo ha creado, lo ha salvado, enviando a su Hijo muy amado. Y su Hijo ha prometido que volverá para reinar sobre el mismo. ¡Lo creemos! Y esto nos impulsa a ir hacia adelante, a contribuir con nuestra parte en cuanto “instrumentos” y testigos de su Palabra. Según el ejemplo de Jesús, estamos llamados a infundir valor en todos aquellos que nos rodean: “Levántate, toma tu camilla y anda” (Jn. 5,8) dijo al hombre enfermo al lado de la piscina de Betesda; “Vete, que tu hijo vive” (Jn. 4, 50) dijo al funcionario real en Cafarnaún, y a la pecadora: Tus pecados quedan perdonados” (Lc. 7, 48).
Luchamos para evitar caer en la falta de entusiasmo, por miedo a que se nos juzgue, como la Iglesia de Éfeso en el Libro del Apocalipsis: “Pero tengo contra ti, que has perdido el amor de antes” ( Ap. 2, 4).

Pienso que la gente que nos rodea ve y percibe mejor nuestras acciones que nuestras palabras. Cuando tocamos la vida de quienes nos rodean o de los que encontramos cada día, notamos que somos realmente diferentes. Nuestro testimonio consiste en dar vida a Cristo que está en nosotros. Jesús ha dicho, en una de sus parábolas: “El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca lo bueno…” (Lc. 6, 45). En el contacto personal, en las relaciones interpersonales, en los encuentros con los demás, comprendidas nuestras familias, podemos ser más eficaces al ‘proclamar’ el Reino; no tanto con las palabras, de las que el mundo parece que está saturado, sino con nuestro modo de ser. ¡Pequeños gestos, pequeñas acciones, tareas humildes y duraderas! Tenemos necesidad, por fuerza, de ser fortificados, de permanecer eficientes, a pesar de las numerosas dificultades; porque, en realidad, son muchas. Y la fuente de nuestra fuerza, de nuestro alimento, está en la Eucaristía; ¡la disponibilidad fiel, constante y misericordiosa de Cristo hacia nosotros… y también hacia los otros que lo reconocen!

Ser alimentados por Cristo, nos hace capaces de renunciar a otros alimentos que, como decía antes, son más atractivos hoy día: ¡el poder, el dinero, el prestigio, el éxito y también la belleza física! Ciertamente, son importantes e inmediatos, se logran fácilmente, incluso sin esfuerzo. En este caso, la seducción, la falta de sinceridad y la hipocresía pueden prosperar con facilidad. Pero debemos armarnos de paciencia… porque sabemos que “¡por sus frutos se reconocerán!” Es necesario ser pacientes en la espera, en la esperanza, pacientes en confiar solamente en Dios.

La crisis en acto en el mundo y en Filipinas se debe, en parte, a la falta de un ánima interior – de una profundidad, de raíces. Como todos sabemos muy bien, esto proviene de Cristo.

El compromiso de nuestra vida profética no puede no ser fruto de nuestra contemplación de Dios, una espiritualidad de oración… que es también capacidad de escucha, capacidad de permanecer en silencio. ¡Pero es necesario estar siempre atentos a no caer en el engaño de creer que nuestra contemplación de Dios depende de nuestros sentimientos! En realidad, es fácil encontrar excusas para no hacer aquello que debemos hacer cuando no tenemos ganas de hacerlo.

Debemos aprender el arte de escuchar a Dios y su Inspiración, entrando en la persona de Cristo y en sus Palabras. Es necesario devorar sus Palabras. Es necesario entrar en el misterio de Dios… !que quizás tememos! Si lo hacemos así, ¡el Evangelio nos destruirá para construirnos! ¡Es indispensable realizar un cambio! Y no estamos preparados para este cambio… porque no sabemos cuál será. ¿No es, quizás, más seguro y más fácil vivir con el diablo que conocemos, que ir hacia alguien que no conocemos?

Pidamos el don del silencio y de la mansedumbre, que nos permita ser conducidos al desierto para recibir ahí un corazón nuevo… y ser capaces de descubrir la novedad de nuestra vida. Vivimos en medio de contrastes, confusión, desilusiones y en la exasperación de ciertas personas, pero continuamos a colocar a Jesús en el corazón de nuestra vida. Para poderlo hacer, tenemos necesidad de una gran capacidad de lograr la paz interior, de estar en paz con nosotros mismos. Con esta paz interior, podemos encontrar la fe y la fuerza de ser fieles.

Significa proclamar a Cristo, a través de la contemplación y del apostolado, lo cual exige una fuerte dosis de humildad, porque no es fácil reconocer y aceptar los fracasos. Sin embargo, también la fe nos enseña la misericordia de Dios y nos ayuda a comprender nuestra humanidad; tengamos el valor, por tanto, de pedir perdón y de perdonar, de recomenzar, ¡de levantarnos después de la caída! Caminamos en la tierra como peregrinos, en compañía del resto de la humanidad, reconociendo nuestras limitaciones en cuanto criaturas, pobres y vulnerables como todas, pero dando testimonio de un Dios que, en su gran Amor, nos ha enviado a su Hijo para que nos acompañe en este viaje.

Las personas filipinas que pertenecen al Instituto Secular Misioneras de la Realeza de nuestro Señor Jesucristo, trabajan en casi todos los sectores: hay abogadas, dentistas, optómetras, consejeras provinciales, operadoras sociales, directoras de escuelas diocesanas, psicólogas, contables, secretarias, profesoras y maestras. Y “su tarea primera e inmediata… es poner en práctica todas las posibilidades cristianas y evangélicas escondidas, pero a su vez ya presentes y activas en las cosas del mundo. El campo propio de su actividad evangelizadora, es el mundo vasto y complejo de la política, de la realidad social, de la economía y también de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de los medios de comunicación de masas (Evangelii nuntiandi,70).

Somos conscientes de nuestra corresponsabilidad al lado de la Iglesia, de que ayudamos y servimos, sin buscar refugio en lo sagrado, sino, más bien, tratando de vivir una vida auténticamente secular, no de una forma triunfante, sino en la minoría.
Significa también aumentar la dimensión cívica de nuestra vida social, abierta a nuevas formas de iniciativas que tienden al bien común de toda la comunidad y al servicio de nuestra aldea local. Siempre atentas y privilegiando a los pobres que el Evangelio llama “bienaventurados”, porque “poseen el Reino de Dios”. Estamos dispuestas a aprender de ellos, conscientes de que su debilidad y su impotencia pueden mostrarnos el Reino, de diversas formas. Y en mi país, estamos rodeadas de estos pobres. Pueden consumir nuestro tiempo, nuestros esfuerzos y nuestros recursos. Sin embargo, Dios nunca podrá ser superado en su Generosidad y en su Solidaridad con los necesitados.

Dada la situación del País, se producen con frecuencia conflictos entre las partes: entre los trabajadores y los empresarios, entre los ocupantes abusivos de inmuebles y los propietarios, entre los militares y el gobierno, al que tratan de derribar, etc. En cuanto personas consagradas, siempre tratamos de defender la verdad y de luchar por lo que es justo.

Para concluir, quisiera reafirmar que en Filipinas existe la única Iglesia católica de Asia. Hace diez años, el país era casi totalmente católico – si se exceptuaba el 4% de musulmanes en el Sur del país. Hoy día, Filipinas tiene más católicos que cualquier País europeo. “En cuanto al número de bautizos por año, se supera al conjunto formado por Italia, España, Francia y Polonia” (Sandro Magíster, “Existe un nuevo cristianismo que conquista el sur del mundo. Pero Europa no lo sabe” www.chiesa.expressonline.it )

Y prosigue: “A mitad del siglo es probable que sea el primer país del mundo en cuanto a población católica, con 130 millones de fieles”.

Naturalmente, nuestra llamada nos lleva, no por nuestros méritos, a ayudar a nuestro pueblo para que persevere en la fe, así como tratamos de vivir nuestra vocación en fidelidad a nuestros compromisos. Al final podemos decir: “No somos más que unos pobres siervos; sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer” (Lc. 17,10).

No esperamos recompensas, a pesar de las promesas de Cristo: “El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él” (Jn. 14,21). “Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis” (Jn. 15,7).

Esperamos sencillamente estar entre aquellos por los que Jesús dirigió esta oración al Padre: “Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros. No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno” (Jn. 17. 11, 15).
Gracias a todos.

Priscilla Rillera

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Buenos días a todos los participantes en este Simposio. Voy a intentar responder a los interrogantes que se me han planteado relativos a la realidad cotidiana que experimento y como doy respuesta, o al menos lo intento, a los desafíos que se me presentan desempeñando mi trabajo de abogado.

Trabajo en Italia como abogado desde el año 2001 aunque estudié la carrera de derecho (giurisprudenzia) en España. En el año 1998 me trasladé a Italia para finalizar un doctorado (dottorato di ricerca) en Derecho Penal de Menores. Aprovechando el reconocimiento de los títulos profesionales dentro de la Comunidad Europea, el Consejo de Abogados de Roma me reconoció mi titulo de abogado en España para poder trabajar en Italia.

Trabajo en un despacho con seis abogados. Yo me ocupo principalmente de dos sectores profesionales que son muy distintos entre si. Un sector es la asistencia legal a empresas españolas en Italia y ámbito se centra en la legislación sobre los extranjeros, derecho penal y derecho de familia.

Desgraciadamente uno de los temas más conflictivos que debe afrontar Europa es el factor inmigración. En muchos países del mundo no existen las mínimas condiciones para vivir, para poder crecer a nivel profesional y humano, es imposible mantener una familia. Las personas de estos países hacen todo lo posible por venir a Europa, a Italia, esperando en un futuro mejor. La gran mayoría entran ilegalmente pagando a las mafias y se establecen en Italia de una manera irregular esperando poder tener un día el permiso de residencia. Esta situación genera muchísimos problemas a nivel legal como por ejemplo procedimientos de expulsión, procesos penales por permanecer en Italia ilegalmente, trabajos míseramente pagados sin ninguna seguridad por no tener un contrato de trabajo, vivir en apartamentos sin contratos de alquiler con miedo a que en cualquier momento venga la policía, falta de una asistencia sanitaria normal...etc. Yo tengo que reconocer que muchas veces no me es fácil trabajar en este sector. Detrás de los problemas legales existe una situación personal, familiar, muy complicada y en algunos casos dramática. Muchas de estas personas no entienden el por qué no pueden permanecer en Italia si no han hecho nada malo y lo único que quieren es seguir trabajando, es decir, porqué el Estado no les concede un permiso de residencia. A veces es muy duro cuando como abogado no puede hacer nada y ves como son repatriados por la fuerza a sus países de origen.

En el ámbito penal asisto legalmente a personas que están en la cárcel por tráfico internacional de drogas. Personas generalmente muy jóvenes que vienen de España o Latinoamérica y que por dinero se ofrecen para introducir cocaína y otras drogas en Italia. En la actualidad asisto a unas quince personas que están en la cárcel con edades entre 20 y 35 años. La gran mayoría son chicas o mujeres con familia en sus países de orígenes que aceptan este tipo de trabajo porque se encuentran en condiciones de vida precarias o con grandes problemas económicos. Tengo que decir que estos “correos de la droga” muchas veces son “vendidos” y denunciados a la policía por los mismos narcotraficanes que les dan el encargo de llevar la droga. Moverse en este ambiente como abogado no es fácil y agradable, especialmente cuando debes contactar a la familia del detenido, con la madre o el padre, que quizás no saben nada, para comunicarle que su hijo, su marido o su hermano se encuentra en una cárcel de Italia.

En el ámbito del derecho de familia y menores debo asistir legalmente a parejas con problemas de separación, reconocimientos de paternidad, procedimientos de sustracción internacional de menores, esto es, cuando uno de los padres huye a otro país con los hijos sin decir nada al otro. A veces me es más duro afrontar problemas legales familiares que casos penales. Los problemas familiares son muy complicados y de modo particular cuando la pareja tiene hijos. Lo mismo ocurre con los menores que cometen delitos. La gran mayoría provienen de familias donde no han recibido la mínima educación o donde han experimentado episodios de violencia domestica. El grado de recuperación de estos menores, de su inserción social, es muy bajo y la gran mayoría termina en las cárceles de adultos.

¿Qué respuesta doy a esta realidad desde mi vocación como miembro de un Instituto Secular?.

En primer lugar y por encima de todo uno debe intentar ser un buen profesional. Los problemas legales de las personas no se solucionan solamente rezando. Es necesario estudiar, formase continuamente, intervenir en los tribunales de modo competente. En el derecho penal el abogado tiene en sus manos la libertad del detenido, de la persona. He encontrado personas que han estado en la cárcel algunos meses, inclusos años, porque su abogado no se comportó de una manera profesional. En el ámbito del derecho de familia los problemas legales de una pareja, de un matrimonio, si el abogado se esfuerza y es competente, siempre se pueden resolver de una manera pacífica, evitando daños mayores, gastos inútiles,...o al menos intentarlo.

En segundo lugar es necesario reconocer que cada ser humano, incluso un criminal, tiene una dignidad y por lo tanto hay que tratarlo y defenderlo como una persona en todos los sentidos. Esto a veces no es fácil porque en ocasiones debes tratar con personas que no son conscientes de esta dignidad, que la han perdido por si solos o se la han hecho perder, que no la quieren reconocer. Esto me ocurre bastante frecuentemente cuando debo asistir y defender a las prostitutas. Con algunas de ellas es inútil afrontar el tema de su dignidad para ver otras formas de vida. O también me sucede con personas que han tenido una vida tan dura y difícil en sus países de origen que están dispuestos a soportar cualquier tipo de explotación sin decir nada porque creen que no tienen derecho a ello. Incluso hay que ser consciente que la aplicación pura y dura de la ley puede ser injusta para determinados casos porque daña la dignidad concreta y personal de la persona. Y aquí entramos en un tema muy difícil para los abogados: saber conjugar el principio básico en un Estado de Derecho, la aplicación de la leyes, con las exigencias del derecho natural, de la equidad, de la caridad, de la misericordia.

En tercer lugar creo que también es necesario dar un mensaje espiritual. Un mensaje espiritual pero que no debe ser una catequesis. Un mensaje sobre todo de esperanza, de amor a la vida, de estar dispuestos a volver a comenzar incluso cuando se han cometido grandes errores o cuando se está en medio de una situación muy complicada y difícil. Que no estamos solos, que siempre hay “Alguien” que nos mira, nos conoce, nos perdona y sobre todo nos da la fuerza y la gracia para seguir adelante. Hay personas a las cuales me puedo permitir dar este mensaje directamente con las palabras; hay otras en cambio a las cuales solamente se lo puedo comunicar con mi vida. Y si el mensaje de esperanza no es bien recibido o viene rechazado, que algunas veces ocurre, siempre está la oración, rezar y pedir a Dios por todos aquellos que se cruzan con nosotros en el camino de la vida.

Emilio Sanchez
Cruzados de Santa María

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La presencia de los Institutos Seculares en los países de Europa del Este

Me llamo Jolanta Szpilarewicz y soy miembro del Instituto de la Inmaculada Madre de la Iglesia, de origen polaco.

En este breve discurso trataré de describir la situación de los Institutos Seculares en Europa del Este, zona comunista hasta tiempos recientes, y de definir los desafíos que los miembros de los Institutos Seculares deben afrontar en la actualidad. A continuación hablaré de las respuestas que dan los Institutos Seculares a estos desafíos. Y, finalmente, hablaré de mi experiencia personal.

Los países de Europa del Este han vivido una experiencia común, la de vivir bajo la constricción de un sistema ateo, que combatía la religión y la Iglesia. Para mantener aquel orden, que se basaba en la mentira y en la violencia, el gobierno totalitario tenía necesidad de un sistema militar y policíaco, con numerosos informadores que penetraban en los diversos grupos, particularmente en los intelectuales. Quienes servían a aquel sistema, con el uso de la mentira, de las amenazas, de los chantajes, han destruido, en muchos casos, la conciencia humana. Sin embargo, temían a las personas que no tenían miedo de ellos. Un enemigo externo existía en aquella época, que amenazaba la fe en Dios, la Iglesia y el hombre en su dignidad. Pero muchas personas, religiosas y laicos, impulsadas por la fe o por el amor hacia su País, rechazaban someterse a aquel sistema de violencia, pagando un elevado precio, como la pérdida del puesto de trabajo, de la salud, de la libertad y hasta de la vida. Por otra parte, muchas personas aceptaban pasivamente aquel modo de actuar en nombre de la ley, porque aquel gobierno protectivo les garantizaba el trabajo y no se exigía ninguna iniciativa o idea personal, sino solamente la sumisión al orden existente. El sistema comunista ha producido muchas devastaciones, la mayor de las cuales se encuentra en el mismo hombre, formado como homo sovieticus, heredero de una creación aislada de la fuente de la verdad y de la vida, Dios, su Creador.

En aquellas condiciones, los miembros de los Institutos Seculares, si eran descubiertos, como mínimo perdían su trabajo o debían afrontar otros tipos de represiones. Podían testimoniar su fe en las situaciones de la vida ordinaria, viviendo según el Evangelio, integrados, con frecuencia, en grupos de la elite católica.

Después de la caída del comunismo, el pensamiento laico, liberal, se ha difundido rápidamente en los países de Europa del Este. Se ha constatado que la fe tradicional, no bastante profunda, la religiosidad vivida como una costumbre, no ha podido resistir a las tendencias relativistas. Los conocimientos religiosos, a pesar de los numerosos esfuerzos de catequesis, de la enseñanza del catecismo en las escuelas de primera o segunda enseñanza, han permanecido al nivel de las de un niño de primera comunión. La fe de las personas no es un criterio en las elecciones de vida, los comportamientos de las personas son selectivos. El criterio consiste, más bien, en lo que uno desea hacer en aquel momento, en las cosas que producen ventajas o permiten elevar la situación social. Ha sucedido que muchos trabajadores de las grandes empresas, dirigidas por el sistema comunista, no han sido capaces de adaptarse a la nueva situación económica, porque estaban acostumbrados a realizar el trabajo de forma pasiva, sin ninguna iniciativa personal. En aquellos grupos, aunque no sólo en ellos, el estatuto del parado, inactivo, sin iniciativas, se ha convertido en algo común. Aprobada por los padres, aprendida por los hijos como estilo de vida, aquella vida sin esperanza se ha transformada en una completa incapacidad. Al mismo tiempo, varios millares de habitantes de los países de Europa del Este han emigrado a Europa Occidental en busca de trabajo. Esto se puede ver como un fenómeno positivo, pero es portador de muchas amenazas, en particular para la familia.

La historia diversa de las diferentes naciones, la fuerza de la fe presente en ellas, han influido en las diferencias que existen en cada una de ellas. Polonia y Eslovaquia son muy semejantes en cuanto a la devoción mariana, que, con frecuencia, las familias transmitían de una generación a otra, y que ha producido frutos de una sólida adhesión a Dios y a la Iglesia. Algunos conocidos jerarcas de la Iglesia, como el Primado Wyszinski en Polonia, así como numerosos laicos y religiosos, desconocidos pero heroicos, han sostenido a los fieles durante el régimen comunista. Desde la caída del comunismo, muchos fieles todavía participan en la Santa Misa los domingos, pero, con frecuencia, no tienen la experiencia de una fe personal y no son capaces de resolver los problemas que tienen que afrontar como cristianos, como personas que tienen a Dios por Padre.

La República Checa y Alemania del Este han vivido en un verdadero ateísmo. La religiosidad tradicional no se ha conservado en estos dos países, y todas las leyes comunistas, juntamente con el bajo nivel de fe, han producido una sociedad muy secularizada. En la nueva situación poscomunista, la Iglesia se está construyendo de nuevo desde sus fundamentos. Pertenecer a la Iglesia es el resultado de una elección consciente, de una fe reavivada y de un mejor conocimiento de la fe católica.

Las naciones cristianas que formaron parte de la Unión Soviética, Lituania, Letonia, Bielorrusia y Ucrania, además de vivir bajo aquel régimen y bajo la constricción durante muchos años, han sufrido ingentes pérdidas materiales. Sus iglesias han sido destruidas o transformadas en cines o almacenes. Las personas ancianas, en general, han conservado su fe cristiana como un precioso tesoro y la han transmitido a sus hijos y nietos. Cuando aquella larga opresión llegó a su fin, aquellas personas ancianas han comenzado a frecuentar la liturgia de la Iglesia y a compartir la vida de la Iglesia. Las personas de edad media y los jóvenes de aquellos países, cuyos horizontes habían sido limitados por el sistema comunista a la sola existencia material, sin ningún otro punto de referencia, como los valores espirituales, religiosos, caen, con frecuencia, en el alcoholismo o en otras dependencias.

Durante todos aquellos años difíciles, los laicos consagrados han vivido en Europa del Este como un fermento de sólida religiosidad y de fe viva. Miembros de Institutos Seculares estaban y todavía están presentes, sobre todo, en el campo de la educación, en ámbitos religiosos y laicos. De esta forma, el campo de su influencia, en virtud de su trabajo, comprende niños, jóvenes, otros profesores, educadores y padres. Su ministerio puede definirse como el servicio de la verdad, cuando dan respuesta a las preguntas existenciales más fundamentales que invaden al hombre, o cuando, con ocasión de discusiones de grupo o de intercambios de puntos de vista sobre algunos temas calientes, como la eutanasia o las parejas homosexuales, expresan su opinión y la ponen en práctica a través de su comportamiento. El diaconado de la verdad es necesario para el bien de la humanidad, como escribió Juan Pablo II en su Carta encíclica Fides et ratio.

Merece la pena notar que en los últimos veinte años, las diferencias de actitud ante la vida, que existían entre las sociedades de Europa Oriental y Occidental, casi han desaparecido, y que la facilidad con que se aceptan las opiniones liberales y relativistas las han hecho muy semejantes. La cultura pop atrae a los jóvenes de Este y de Oeste y les resulta también difícil comprender el sentido de las normas morales y, si admiten que son creyentes, separan, con frecuencia, la fe de su vida cotidiana. Los educadores consagrados entran en diálogo con esta generación. Miembros de los Institutos Seculares, están también comprometidos, institucional o carismáticamente, en ambientes patológicos, como los alcohólicos, las mujeres y los niños víctimas de violencias, los homosexuales, o las chicas madres, tratando de ayudarlos profesional y humanamente y de hacerles descubrir su dignidad de hijos de Dios.

La cultura es otro campo de compromiso de los miembros de Institutos Seculares. Realizan o participan en muchas iniciativas aptas a desarrollar las capacidades humanas, los talentos, y participan, también, en otras muchas actividades para sostener el ambiente de la vida humana. Incluso en el campo social y caritativo, se puede constatar una notable presencia de personas consagradas seglares de Europa del Este.

Si los Institutos Seculares poseen actividades propias, asumiendo, por ejemplo, responsabilidades en los movimientos eclesiales, muchos miembros se comprometen en este campo, participando en el proceso de evangelización, en la formación en el seno de grupos, en la vida de la parroquia o de la diócesis.

Sin embargo, la participación de miembros de Institutos Seculares de esta parte de Europa es todavía relativamente escasa en el campo de la vida social y política institucional. Debido, quizás, al hecho de que, antes, aquel tipo de de compromiso se asociaba a negociaciones con el sistema, lo cual no se veía con buenos ojos. Existe también cierto miedo a asumir aquel tipo de responsabilidades. Pero también aquí se requiere nuestro compromiso responsable. Parece que las personas checas consagradas son menos reacias y tienen menos temor a comprometerse en actividades políticas y pueden, por tanto, afrontarlas con mayor facilidad.

Personalmente he descubierto este estilo de vida y he comprendido la llamada de Dios, a través de la formación en el movimiento eclesial, llamado Movimiento Luz - Vida, y que ha sido fundado por un sacerdote polaco, actualmente Siervo de Dios, Fray Franciszek Blachnicki. El carisma de este movimiento consiste en conducir al hombre hacia una fe personal viva y en darle una formación orientada hacia la madurez cristiana, considerada como un proceso que dura toda la vida. Descubrir la presencia de Dios en su Palabra, en los sacramentos y en la comunión de la Iglesia, se ha convertido en una aventura, en sentido de la vida y en un don que se ha de compartir con los demás. En aquella época, he encontrado también otros cristianos, jóvenes protestantes, que compartían con nosotros el modo de estudiar la Biblia y de vivirla. Aquellos encuentros ecuménicos, en el contexto de un retiro espiritual, eran completamente naturales para nosotros, eran la ocasión para intercambiar dones espirituales para construirnos. A través del llamado Movimiento oasis, he conocido el Instituto Secular de la Inmaculada Madre de la Iglesia y he comprendido que Dios me conducía a él. Han pasado veinticinco años desde que entré en el Instituto y dieciséis desde mis votos definitivos de incorporación. Como miembro del Instituto me he comprometido, durante muchos años, en el trabajo del Movimiento Luz -Vida, trabajando en el campo de la formación, en particular con los jóvenes. Las estructuras del Movimiento conceden amplio espacio a los laicos y a través de su compromiso en aquel trabajo, crece en ellos la responsabilidad ante la Iglesia.

Vivo en Roma, desde hace más de 17 años, a causa de mi trabajo en la Fundación Juan Pablo II. Muchos programas de esta Fundación se refieren al campo de la fe y de la cultura. He participado en la preparación de diversos Congresos internacionales de historiadores de Europa del Este y en otros programas que tienden a fortalecer la herencia de las raíces comunes cristianas. Las donaciones que se otorgan a la Fundación se utilizan, en gran parte, en bolsas de estudio para jóvenes de los países ex soviéticos. Éstos, una vez que terminan los estudios, vuelven a sus países para compartir con su compatriotas no sólo los conocimientos adquiridos, sino también los valores espirituales.

Los numerosos contactos con los laicos, que permiten conocerlos, dialogar y participar en sus vidas, en sus alegría y en sus penas – con frecuencia a través de la oración – dan a mi trabajo en una secretaría una dimensión personal. Su compromiso social, caritativo, para el que encuentran tiempo, a pesar de sus múltiples responsabilidades en la familia y en el trabajo, comunican impulso a mis esfuerzos. Estoy convencida de que merece la pena ser abiertos, estar cerca de las personas, para superar las propias costumbres y afrontar nuevos desafíos.

Jolanta Szpilarewicz
Niepokalanej Matki Kosciola

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Me llamo Perpétue Kakese Bingibyage, soy miembro del Instituto Secular de las Auxiliaires Missionnaires Augustiniennes (A.M.A.); vengo de la República Democrática del Congo (RDC) ex Zaire, precisamente de Lubumbashi, en la región de Katanga. Mi ambiente de vida se sitúa entre dos polos : por una parte, la experiencia en la enseñanza en el Instituto de segunda enseñanza durante diez años y, por otra, la vida de estudiante romana en la Universidad Pontificia Urbaniana.

La RDC acaba de atravesar un período histórico, con las primeras elecciones democráticas, después de 40 años. Desde el punto de vista histórico, Katanga es una provincia ubicada en el sur de la RDC. “Si existe una Provincia cuyo nombre no haya pasado desapercibido en la historia de Zaire, la actual República Democrática del Congo, es precisamente Katanga (Shaba) : desde la época colonial hasta el “período de la transición” hacia la tercera República, pasando por los años de la independencia. La riqueza del subsuelo de Kantanga continúa haciendo de esta provincia un punto de atracción. Para realizar los trabajos en las minas de la l’Union Minières du Haut-Katanga (UMHK), la actual GCM (Générales des Carrières et des Mines ), y en otras empresas, el poder colonial belga contrata a trabajadores de Kasaï, de Rwanda-Urundi, de Rodesia (Zambia) y del Nyasaland »1. En esta presentación me ha parecido útil introducir muy brevemente el aspecto histórico para situar mi ambiente de vida y contribuir a una mejor comprensión de sus realidades.

Participar personalmente en esta Mesa redonda, es un signo providencial de esperanza para África en general, y para la RDC en particular. Porque la presencia y expansión de los Institutos Seculares testimonian la fidelidad de la acción del Espíritu Santo en el mundo, capaz de penetrar en las diferentes culturas para purificarlas y hace nacer en la Iglesia un impulso nuevo. En realidad, Cristo continúa encarnándose en la vida cotidiana y llama a seguirlo, dejando la libertad de adhesión radical que compromete y, al mismo tiempo, implica la colaboración.

El análisis de la situación social pone de manifiesto una crisis profunda de identidad. A raíz de la crisis política se desencadenan guerras intermitentes en todos los países de los Grande Lagos, que provocan la presencia, cada vez mayor, de huérfanos, niños obligados a tomar las armas… La carestía, la difusión de enfermedades, el odio al prójimo, pero, sobre todo, una pobreza antropológica, ocasionan una crisis profunda de valores, como la sacralidad de la vida, el compartir, la solidaridad, la hospitalidad,…Todos estos males hacen difícil la cohabitación entre algunos pueblos, entre ciertas etnias y tribus vecinas, que tienen las mismas raíces históricas.

En la cultura congolesa, toda mujer es considera madre. En realidad, una vez superada la edad de la adolescencia, la mirada se dirige hacia el matrimonio. Esta visión de la mujer, que está llamada a realizarse a través de la formación de una familia, ahonda sus raíces en la sociedad tradicional. Así, la identidad de la mujer está siempre relacionada con su presencia en el hogar, donde le esperan múltiples deberes ante la vida. El respeto de la mujer en la sociedad, se justifica por el puesto importante que ella ocupa en el desarrollo de la vida cotidiana. En cuanto madre, es la cuna de la humanidad, porque es quien asegura la educación de los hijos desde la primera infancia, la primera transmisión de la cultura o tradición en familia, que forma la mentalidad de la sociedad, dado que la familia es la célula de base.

Bajo esta óptica, la mujer se comprende mejor en la estructura familiar. Su vida tiene sentido en la medida en que vive plenamente su feminidad, asegurando una descendencia. Así, por ejemplo, la esterilidad se considera, con frecuencia, una dificultad que hace entrar en crisis a la pareja y puede provocar el divorcio, o que se convierte en una razón para casarse con otra mujer. Esta visión de la mujer en la sociedad congolesa existe también en la mayoría de los países africanos. El sentido de pertenencia a la familia es fuertemente vivido por la mujer que, en cierto sentido, es su garante. En realidad, es la primera que recibe la vida, y salvaguarda, mediante los primeros cuidados, los recién nacidos.

La sociedad moderna, a través de los medios de comunicación y la vida concreta, nos muestra cómo la consideración de la mujer ha realizado su camino y bastantes de ellas han tomado el camino de la escuela y han podido conciliar su vida de madre con el trabajo, la investigación; y otras han abrazado la vida consagrada tradicional, como religiosas en un convento. Hasta el presente, la situación de la mujer ha evolucionado con el tiempo, porque la vida comunitaria es un elemento que afecta a un valor fundamental que se vive fuertemente en África: el sentido de pertenencia a la familia. Y aquí se fundamenta el primer desafío que invita a repensar la vida consagrada en África. El sentido de la comunidad en relación con la vida secular. Por una parte, la elección en la orientación de la vida normal, es decir, el matrimonio, es asunto de todos, porque el matrimonio une las dos familias de los futuros esposos y las compromete mediante esta alianza. Por esta razón, existen clanes, familias que tienen el fundamento de su unión en los matrimonios.

El segundo desafío es el celibato o la castidad, con relación a la maternidad, en cuanto realización de la mujer en África. El tercer desafío es la pobreza. La sociedad contemporánea está influenciada por lo que ofrece la televisión, Internet,… Es oportuno, pues, preguntarse por qué África debe presenciar siempre que aquí y allá se encienden focos de tensión, mientras otros continentes viven en paz. Esta situación de guerra constituye el cuarto desafío.
La celebración del 60 aniversario de la Provida Mater Ecclesia para un miembro de un Instituto Secular se convierte en una llamada, en una interpelación personal para un análisis serio de la situación. Es decir, ¿cómo vivo yo concretamente mi vocación secular en mi ambiente de vida? ¿Cuál es mi misión y mi reacción ante los desafíos que se presentan ante mí? ¿Qué hacer para vivir en la fidelidad al Evangelio en medio del mundo de hoy y cuáles son las perspectivas de futuro?

Uno de los primeros valores en África es la paz, que va unida a la justicia, al perdón y a la tolerancia, como respuesta al cuarto desafío. “En realidad, la paz sólo puede florecer y dilatarse cuando todos los ciudadanos reconozcan su responsabilidad en la propia promoción. La violencia nunca podrá ser una respuesta justa a ciertas situaciones, sean cuales sean. La guerra es un azote y nunca constituye, por consiguiente, un medio apropiado para resolver los conflictos que surgen entre las naciones”.

El segundo valor es el trabajo, que es la respuesta al tercer desafío, el de la pobreza. Para un miembro de un Instituto Secular, pienso que el trabajo constituye un elemento importante para su testimonio en la vida cotidiana. En realidad, la crisis económica que África está atravesando, solamente se puede superar mediante una posibilidad: la formación de conciencias perseverantes en el trabajo y convencidas de que pueden cambiar el mundo desde dentro a través de un trabajo personal bien realizado.

Sobre el segundo desafío, el celibato “en el Congo acabamos de vivir un tiempo fuerte, el año pastoral, con Anuarite que ha entrado en un convento por la celebración de una peregrinación a Isiro. La figura de Anuarite representa, para los cristianos del Congo y de toda África, un modelo de castidad y de sacrificio por el Reino”3.

Finalmente, el primer desafío sobre el sentido de la comunidad con relación a la vida secular, constituye un denominador común, que relee a todo miembro en relación con el sentido de pertenencia a su familia de origen. No ver esta realidad sería negar la identidad africana: esta es la razón por la que me he permitido responder en sentido decreciente; porque esta situación impulsa a repensar la vida consagrada en África. La mentalidad africana comprende a cada individuo dentro de una comunidad o a cada miembro unido a los demás en virtud de vínculos de sangre, de amistad o de matrimonio. Esta visión de la realidad excluye cualquier tentativa de una vida privada sumida en el anonimato del sujeto e impulsa a una responsabilidad entendida a nivel de tíos, abuelos, primos y sobrinos. El aspecto familia alargada, en la elección fundamental de un sujeto concierne a toda la comunidad.

Todavía están presentes, en nuestros días, los valores de la solidaridad y de la fraternidad: es suficiente asistir a las celebraciones de matrimonios, para darse cuenta de cómo se han comprometido las dos familias en este proceso, pero, sobre todo, de cómo colabora toda la comunidad en la realización de este proyecto. Entonces, ¿cuál es, en esta sociedad, la novedad, la aportación de un Instituto Secular?

Una cuestión a la que resulta difícil responder. La discreción, como elemento clave de la vida secular, es una situación que hace difícil la inserción de Institutos Seculares en África por dos razones: en primer lugar, el hecho de que cada uno tiene que dar cuenta de su identidad con relación a la comunidad, la familia; una mujer sola en el seno de la sociedad africana, no siempre se ve con buenos ojos. En segundo lugar, la vida consagrada, así como ha sido conocida y presentada por los misioneros, comporta la presencia de la comunidad.

África tiene necesidad de testigos que compartan, todos los días, la vida común al lado de mujeres de alto rango social, que marcan la diferencia, no por sus discursos, sino por la cualidad de la vida. La fertilidad, uno de los valores, se realiza mediante una vida completamente dedicada y abierta a todos, sin distinción. Es muy cierto que se contesta toda inserción en la sociedad, que presente modelos de vida diferentes de los de la sociedad tradicional, pero lo que constituye y constituirá la fuerza y la novedad de los Institutos Seculares en África, será la eficacia del compromiso y su irradiación en los tejidos de la vida.

En cuanto miembro de un Instituto Secular, tomo la respuesta de la espiritualidad de mi Instituto : « La Misionera adora a la Santísima Trinidad, presente en su alma : es consciente de que el recogimiento es la fuente de la virtud y el secreto de la serenidad. Vive el espíritu del Cuerpo místico de Jesús en la maravillosa unidad de oración y acción »4.

Perpétue Kakese
Ausiliarie Missionarie Agostiniane

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Me llamo Denise Dubé, y soy miembro del Instituto Secular Les Oblates Missionnaires de Marie Immaculée ; soy psicóloga y profesora de psicología en el Collège François-Xavier-Garneau de Québec, que es también mi ciudad, mi ambiente de vida.
La sociedad moderna de Quebec ha cambiado mucho desde hace 40 años, bajo el impulso de la Revolución pacífica, fenómeno social de los años sesenta, que ha conducido nuestra sociedad a distanciarse de la religión católica y de la Iglesia. La práctica religiosa ha disminuido considerablemente, dejando en su lugar la indiferencia ante la religión y la Iglesia, llegando, a veces, incluso al desprecio. Doy clases de psicología a jóvenes entre los 17 y 22 años, aproximadamente. Jóvenes preocupados de encontrar un puesto en una sociedad, que tiene como telón de foro un conflicto generacional emergente, en la que la importancia del dinero, del consumo, de la competencia, es cada vez mayor, en detrimento de la persona y de su realización. En este contexto difícil y, al mismo tiempo, lleno de desafíos, veo mi misión secular, de una forma discreta, “a la manera de la levadura en la pasta”.

La indiferencia religiosa y la desconfianza ante el catolicismo, constituye para mí, miembro de un Instituto Secular, un primer desafío importante. En realidad, el rechazo de la religión, unido a la efervescencia de las sectas (actualmente en Québec se cuentan más de mil nuevas sectas), a la multiplicidad de creencias, tanto orientales como esotéricas, al crecimiento del fundamentalismo religioso y del integralismo, contribuyen al desarrollo de la confusión y a desacreditar más los valores evangélicos, que no se perciben como puntos de referencia para guiar nuestras elecciones. En las discusiones con mis colegas, la psicología y, a veces, la moral humana, sirven como punto de referencia para nuestras decisiones, pero jamás el Evangelio. Lejos de disminuir, parece que aumenta la distancia que se ha producido entre la gente y la Iglesia, la religión y la fe. Cada vez parece más difícil construir puentes. Cuando ciertos acontecimientos colocan a la Iglesia o a alguno de sus representantes en el primer plano mediático, escucho, entre mis colegas, muchas críticas y consideraciones negativas sobre la Iglesia. Además, para bastantes de mis alumnos, la religión es una añagaza, un mito inventado por los humanos para combatir su miedo a la muerte, y la Iglesia una institución que, afortunadamente, ha perdido su influencia en la sociedad. Es lo que ellos aprenden en los cursos de historia. Yo trabajo, pues, en un ambiente ampliamente descristianizado, en el que necesito encontrar nuevas formas para hablar de Dios y para construir de nuevo puentes de confianza en la Iglesia.

No solamente las creencias religiosas han sido perturbadas, también se niegan y, con frecuencia, se desfiguran ciertos valores humanos fundamentales. Este es el segundo desafío que encuentro: promover ciertos valores que no siempre se viven en la línea del crecimiento del ser humano y del Evangelio. En cierta ocasión, cuando impartía un curso sobre la motivación a mis alumnos de la primera sección de psicología, les planteé la siguiente cuestión: “¿Cuál es, según vosotros, la motivación más importante en la vida?” Los alumnos me respondieron: “¡El dinero!” Esto me proporcionó la ocasión de hablar del sentido de la vida y de la importancia de los valores más humanos, como la familia y el amor. Todo esto era nuevo para ellos. En un mundo, en el que se concede predominio al dinero, al consumo desenfrenado de bienes, en el que el móvil se ha convertido en una necesidad, para satisfacer la cual están dispuestos a trabajar diversas horas extraordinarias, en detrimento de sus mismos estudios, ¿cómo no creer que lo esencial en la vida es poseer mucho dinero? No conocen otras posibilidades. Están sumergidos en un mundo de superconsumo y creen como, por otra parte, sus mayores, que la superabundancia de bienes materiales es una respuesta a su búsqueda de felicidad y de plenitud. En este contexto, convencerles de que el dinero, el prestigio, el trabajo, por muy beneficioso que sea, no es lo esencial de la vida y abordar el predominio de la solidaridad humana, del compartir con los más desprovistos, suscita al inicio incomprensión y mucha resistencia al cambio.

El amor representa otro valor incomprendido y maltratado en mi ambiente. Pero ¿cómo podría ser de otra manera ? Los jóvenes han vivido, con frecuencia, la experiencia dolorosa del divorcio de sus padres y su percepción del amor como una fuerza teñida de dudas sobre su existencia y duración. El amor es efímero. El acento puesto en la seducción y en la sexualidad, a expensas de la intimidad y de la comunicación, la violencia en las relaciones amorosas y en las relaciones sociales, todos estos límites esconden a los jóvenes el verdadero rostro del amor. Revelarles los valores más profundos del amor humano, como el respeto del otro, la compasión, la honestidad en una relación, representa un desafío. Un curso de psicología representa, a veces, para mí la ocasión para realizar intercambios con mis alumnos sobre estos diferentes aspectos. El tiempo para el intercambio es, sin embargo, demasiado breve para poder profundizar y es una pena.

Quisiera hablar también del valor del compromiso y del esfuerzo que encierra. Sometidos a la tendencia general de la sociedad, los jóvenes no perciben la importancia de comprometerse a largo plazo en una relación o en un proyecto: “Si me gusta continúo, si me resulta difícil lo dejaré y haré otra cosa”. Cuando les hablo de continuidad en el esfuerzo cuando encuentran obstáculos, de persistencia en una relación para tratar de mejorarla, en vez de abandonarla completamente, les resulta un lenguaje nuevo y, con frecuencia, incomprensible. Inculcarles la importancia del esfuerzo para lograr su fin, resulta una misión difícil, sino francamente imposible. Alumnos educados en la facilidad, niños estropeados por las últimas tecnologías de moda, niños - reyezuelos, con frecuencia no confrontados con la autoridad paterna, no han aprendido a superar los numerosos obstáculos que necesariamente se presentarán en sus caminos. Algunos han aprendido, sobre todo, a manipular para obtener lo que desean. Cierto día, saliendo de de la biblioteca de la Universidad, me encontré con uno de mis alumnos que terminaba el último año. Me confesó su desconcierto ante la gran cantidad de trabajo y de esfuerzos que tuvo que realizar para terminar su primera etapa universitaria. Precisamente él que había superado, sin estudiar, la escuela secundaria y la escuela media, ahora se encontraba, por primera vez en su vida, confrontado con el fracaso y no encontraba los instrumentos necesarios para superar esta prueba. La educación no le había proporcionado las instrucciones para usarlos. ¿Cómo presentar, en este contexto, los valores de renuncia, de aprendizaje a través de las dificultades, del sentido del fracaso que, de alguna manera, representan la base de la vida humana y espiritual?

Los valores que se han de promover creo que son numerosos y, durante esta presentación, no podré tocarlos todos. Hay, si embargo, un último valor que merece la pena notar, porque está, más o menos, ausente del lugar de mi misión: el valor de la interioridad, el silencio para la reflexión, el entrar dentro de uno mismo para conocer esta vida interior. Detenerse para interrogarse, mirar cómo se vive e intercambiar cosas, no existe en el lenguaje de mis alumnos. El silencio y el tiempo para detenerse son productos raros. El ruido es omnipresente, ya por la música, difundida por los auriculares que llevan constantemente en sus oídos, o que escuchan a alto volumen en los lugares públicos, ya debido a Internet, donde pasan numerosas horas, como también delante de la televisión. Las continuas actividades no les permiten detenerse para reflexionar y, quizás, descubrir así su realidad interior, sus sentimientos, el origen de algunos de sus problemas y, posiblemente, el sentido de sus vidas. Teniendo esto presente, ¿cómo hablar de encontrarse con ellos mismos, con los otros y con Dios ?

Ante estos numeroso desafíos, suscitados por la cultura occidental norteamericana, ¿cuál debería ser la respuesta específica de un miembro de un Instituto Secular?

Creo que una primera respuesta, no tan fácil, vista la amplitud de los desafíos y la tarea que se ha de realizar, consiste en permanecer en el mundo y ¡no huir! Estoy en el mundo y tengo como profesión el mundo. Amar el mundo, ser solidaria con sus errores, con sus extravíos, así como con sus progresos y sus aspectos positivos, que manifiestan la presencia de Dios que nos ama. Él está ahí y ahí yo lo encuentro. El Espíritu Santo me guía y me transforma dentro de este mundo, pues así lo he elegido. Quisiera tomar aquí el siguiente mensaje de Juan Pablo II a los Institutos Seculares, porque es una de las fuentes de inspiración continua y representa el fundamento de mi compromiso secular.

Vous êtes, en effet, insérés dans le monde à part entière et non seulement
de par votre condition sociologique ; vous êtes tenus à cette insertion
avant tout comme une attitude intérieure. Vous devez donc vous considérer
comme «partie» du monde, comme engagés à le sanctifier en acceptant
totalement les exigences qui découlent de la légitime autonomie des réalités
du monde, de ses valeurs et de ses lois.1

Vous réalisez cet engagement, non pas en vous séparant du monde, mais au sein des réalités complexes du travail, de la culture, des professions, des services sociaux de toute sorte. Ce qui signifie que vos activités professionnelles et les conditions dans lesquelles vous partagez le soin des réalités temporelles avec les autres laïcs seront le champ des épreuves, des défis, la croix mais aussi l’appel, la mission et le moment de grâce et de communion avec le Christ dans lequel se construit et se développe votre spiritualité.2

C’est pourquoi, en tant que consacrés séculiers, vous devez vivre avec une conscience active les réalités de votre temps, afin que le fait de suivre le Christ, qui donne sa signification à votre vie, vous engage sérieusement à l’égard du monde que vous êtes appelés à transformer.3

Vivir plenamente nuestra vocación, no salir del mundo, es lo que implica para mí elegir las actividades sociales, profesionales, políticas, que me mantienen en el mundo en vez de preferir aquellas que favorecen mi retirada, así son de enriquecedoras. Por mi parte, prefiero leer un buen libro y rezar con tranquilidad, en vez de ir a una reunión social de colegas… sin embargo, elijo con frecuencia ir al encuentro social, porque creo que allí se pueden crear nuevos vínculos de solidaridad con el mundo. Permanecer en el mundo y favorecer su crecimiento implica que yo participe, según mis capacidades, en todo proyecto científico, político, social o económico, que encauza nuestras energías hacia la realización humana. Y rezar por el mundo y, sobre todo, con el mundo, porque su grito sube constantemente a Dios.

Madre Teresa dijo: “La humanización conduce a la divinización”. Esto es para mí otra dimensión de la respuesta específica de un miembro de un Instituto Secular. Humanizar significa dar la prioridad a lo humano, a su desarrollo, prestar atención a la persona y a sus necesidades, insistir en el primado del amor, de la compasión, de la ayuda mutua, sobre el egoísmo, la violencia y el provecho a toda costa, denunciar los perjuicios del superconsumo, de la hipersexualización, compartir la preocupación por el medio ambiente con aquellos que lo defienden, ofrecer apoyo a todo lo que está en la línea de la realización plena y total del ser humano en todas sus dimensiones. Humanizar es también creer que el Espíritu Santo actúa en todos los gestos, por muy pequeños que sean, en favor del progreso de nuestras sociedades y de la dignidad humana, que realizan las personas, creyentes o no creyentes, y que tratan de curar, liberar, educar y valorar el ser humano. Porque favorecer el desarrollo de lo humano es realizar el plan de Dios, es realizar el proyecto evangélico. Humanizar es anunciar, de una manera profética, el Reino de Dios entre nosotros. Cuando yo enseño y cuando recibo personas en las visitas de ayuda, este aspecto de mi vocación se me presenta muy claramente. En el mes de agosto de 2006, publiqué un libro de psicología que lleva como título Humaniser la vieillesse. Los objetivos y los temas tratados en dicho libro llaman a que se dé más importancia al desarrollo humano que a las debilidades de esta etapa de la vida y a que se realice una reflexión sobre las actitudes, valores y búsqueda del sentido de la vida durante la vejez.

El rechazo de lo religioso en la cultura de Quebec, por otra parte mencionado como un desafío, presenta, sin embargo, una situación paradójica. A pesar de todo, asistimos a una preocupación espiritual muy fuerte, que no creo que sea algo exclusivo de Quebec. Bernard Descouleurs, en su libro Repères pour la spiritualité (2002), afirma: “La necesidad espiritual retorna, sobre todo bajo la forma de búsqueda de Sabiduría y de sentido”4. De ahí la popularidad de las vías orientales, que tratan de encontrar la Sabiduría y el suceso, por ejemplo, las peregrinaciones a Santiago de Compostela que, con frecuencia, son para la gente un tiempo de reflexión sobre uno mismo, sobre la vida. Este es un fenómeno social reciente, continúa Descouleurs, pero crea un nuevo paisaje religioso que se instalará para durar. La necesidad de vida espiritual vuelve a la carga, y brota de las profundidades del ser humano, como una sed lancinante, como una llamada, como un salmo. ¿Cuál será la respuesta de un miembro de un Instituto Secular a esta situación ? En primer lugar, creo que es un desafío importante que se plantea a la Iglesia y, en particular, a los miembros de los Institutos Seculares, porque ¿no somos “el ala avanzada de la Iglesia” , “el laboratorio de experimentación”, mediante el cual la vida secular, los latidos del corazón del mundo llegan a la Iglesia?

Ante esta búsqueda de vida espiritual, podríamos tratar de identificar cómo se manifiesta esta necesidad en aquellos que nos rodean, de descubrir los signos de esta búsqueda espiritual y de revelar a la persona la llamada que contienen : llamada a entrar dentro de sí mismo, a ponerse en camino para encontrar a Dios que está allí, que espera. Los encuentros con personas durante la visita de ayuda en Psicología, los intercambios con mis colegas y con algunos alumnos, me ofrecen la ocasión de delimitar esta búsqueda espiritual. Es una espera difundida, una necesidad de recuperar el respiro, de alejarse de una sociedad materialista, de ver claro en sí mismo, de conocerse más profundamente. Oigo con frecuencia: “El dinero no es todo. Es necesario tener otras cosas”. “Yo he vivido una dura prueba y quisiera encontrar un sentido a todo esto”. Estar a la escucha de la aspiración espiritual de los demás y, quizás, ofrecer nuestro propio enfoque espiritual en un lenguaje adecuado y moderno, podría ser una respuesta como miembro de un Instituto Secular.

Finalmente, la última respuesta que me viene a la mente es la del testimonio. Ser un testigo de los valores evangélicos en el mundo, en la vida cotidiana, significa para mí, en primer lugar, vivir de acuerdo con el Evangelio en mi corazón, en mis palabras, en mis acciones. Significa vivir y testimoniar el Amor de Dios a todos los seres humanos, sin distinción de raza, cultura, religión, orientación sexual, clase social, con una atención particular a los más necesitados. Todos los días, en mi ambiente de trabajo y de vida, trato de ser fiel a la misión de los Institutos Seculares, es decir, de “vivir una presencia responsable y de realizar una acción transformadora dentro de las realidades temporales para orientarlas en el sentido del Evangelio”, “animada por la caridad de Cristo intensamente vivida a través de las actitudes de vida descritas en la espiritualidad5”. La respuesta de un miembro de un Instituto Secular a los numerosos desafíos planteados por el mundo contemporáneo, es una, me parece: la de humildad, pobreza, pero poderosa, para que llegue fraternalmente a todas las personas y les transmita un único mensaje: Dios existe. Él te ama. Es preciosa como una antorcha encendida en la noche, que continúa diciendo que el alba existe y que la mañana está para venir. Con la ayuda del Espíritu Santo, continuemos dejándonos interpelar por el mundo de este tiempo. Muchísimas gracias por vuestra escucha.

Denise Dubé
Oblates Missionnaieres de Marie Immaculée

* * *

Vengo desde un continente que el Señor ha bendecido en la riqueza de su tierra, en la belleza y variedad de sus paisajes que cautivan: selvas, bosques, llanuras y montañas, bañados por el sol y la abundancia de agua.
Sin embargo, decir América latina, trae a nosotros la imagen de la pobreza con múltiples rostros: el de los chicos de la calle, el de los jóvenes desocupados y desorientados, el de las madres solas, el de los aborígenes y campesinos privados de sus derechos, el de los negros que pelean por su identidad, el de los desempleados o subempleados1, el de los que buscan nuevos horizontes migrando a otros países, el de los nuevos pobres cada vez más numerosos. Desde el Caribe a Sudamérica, uno de cada cinco latinoamericanos no dispone de ingresos suficientes para satisfacer sus necesidades nutricionales mínimas; en nuestras capitales dos de cada cinco habitantes son pobres y en las zonas rurales tres de cada cinco pobladores no acceden a los bienes y servicios mínimos, no cuentan con escolaridad, ni salud.2 Contradictoria realidad que cuesta comprender: ¿Por qué si existen los recursos naturales los pueblos son pobres?

En América latina el mapa de la pobreza tiene diferentes matices:

 El de pobreza urbana, en las grandes ciudades, donde el crecimiento poblacional lleva un ritmo acelerado por la llegada de nuevos “migrantes”, que desde el campo empobrecido o desde países con menores recursos, vienen y se establecen en zonas de vulnerabilidad ambiental: terrenos no aptos, sin infraestructura urbana (luz, desagües cloacales y pluviales, gas), expuestos muchas veces a posibles desastres naturales (inundaciones, avalanchas). Ellos se asientan allí, en precarias viviendas, con su familia o solos; se hacinan y sobreviven en la indigencia, entre la desocupación o el subempleo, sin poder de adquisición, con acceso desigual a la educación y la salud; y se suma a su pobreza material el sentimiento de desarraigo, de no-pertenencia. En estos lugares, en medio de la exclusión social, se originan las diversas formas de pobreza que encontramos en el paisaje ciudadano: chicos en situación de calle, jóvenes desocupados sin posibilidad de acceso al trabajo por falta de formación, madres solas, familias que hurgan en la basura para comer. También allí alcanzan cifras alarmantes la adicción a las drogas y el alcohol, la delincuencia sobre todo juvenil, la promiscuidad, la prostitución y diversas enfermedades entre ellas la desnutrición, la tuberculosis y el sida.

 El de la pobreza rural, entre los antiguos pobladores de nuestro suelo, los aborígenes y campesinos, trabajadores de la tierra, pero la mayoría sin derechos de propiedad, que son empujados por los terratenientes y las actuales políticas sobre las tierras, a dejar la tarea de sus abuelos. El trabajo de los que se quedan no es bien reconocido, el pequeño productor no puede competir con las grandes empresas que explotan los campos; el aborigen no puede seguir viviendo de la tierra como sus antepasados. Además tienen que sufrir la progresiva degradación del medio ambiente rural por la quema y tala indiscriminada de los bosques y el uso de tóxicos para los cultivos intensivos que en pocos años agostan la tierra.

 Y otra forma de pobreza, mucho más grave que la económica, una pobreza que tenemos en común con el resto del mundo, que nos llega por efecto de la mundialización de las comunicaciones y de la globalización: la pobreza del hombre que no tiene proyectos, que ha perdido la autoestima, su sentido de pertenencia, su identidad cultural. Que vive en una sociedad que hace alarde de ser defensora de los “derechos humanos” y que olvida a Dios, fundamento de todos los derechos. De ese hombre que vive sumido en el pragmatismo, en una moral de situación con falta de valores permanentes, para el que es moneda corriente el menosprecio por la vida humana, sobre todo la de los más débiles, la del niño por nacer, la del anciano y la de los que tienen capacidades diferentes; el hombre que vive en un mundo en el que reinan el indiferentismo, la soledad, lo provisorio y descartable, en el que se rinde culto al placer y al dinero, en el que falta el amor y Dios es el gran ausente; el hombre que ha perdido el sentido de la vida, los ideales, el sentirse constructor junto al otro del futuro.

Argentina, mi país, al igual que todos los que integran América latina y el Caribe, está sumido en una profunda crisis social y un creciente empobrecimiento. La escandalosa brecha económica que determina diferente condición de vida entre los habitantes del norte y el sur del planeta, existe también en medio de nuestra sociedad latinoamericana, en nuestros países, como fruto de las prácticas sociales y económicas que se fueron sucediendo en la historia desde el descubrimiento de América, y en la actualidad por el modelo neoliberal, que relega a la mayoría generando pobreza y marginación y es tolerante con la corrupción que privilegia a unos pocos con sus políticas impuestas desde organismos económicos multinacionales a quienes estamos ligados por la injusta “deuda externa”, solo algunos disfrutan sin escrúpulos de los beneficios y tienen mucho, y son muchas las víctimas de un sistema que los excluye, las que no logran tener cubiertas sus necesidades básicas (alimento y vestido). Unos siempre fueron pobres, son los que migraron del campo a las grandes ciudades, sin hallar oportunidades o los que permanecen en el campo y han quedado olvidados del progreso, viviendo en la indigencia, sin luz ni agua corriente; alejados de la educación y la salud. A estos hay que sumar la aparición desde la década del ’80 de nuevos pobres que no han podido acceder al trabajo formal, o que lo tenían y lo perdieron a consecuencia de las reiteradas crisis económicas. Los “nuevos pobres” que han ido surgiendo en estas últimas décadas, eran parte de la numerosa “clase media” que existía en Argentina y en aquellos países del continente que habían alcanzado algún desarrollo durante la vigencia del “estado de bienestar” y hoy cuentan cada vez con menos recursos, casi sin poder de adquisición de aquellos bienes necesarios para una vida digna.

Al empobrecimiento económico hay que sumarle una profunda angustia social, nuestra sociedad está fragmentada, se han cortado los lazos comunitarios, se ha roto el tejido social; se ha perdido el diálogo intergeneracional y como consecuencia existe un quiebre de la visión de futuro3; ya no existe el diálogo de la sociedad con sus dirigentes, de las instituciones con las personas; vivimos un debilitamiento de los movimientos sociales y el quehacer político en muchos casos tiene como única finalidad el poder; tenemos una democracia vacía de principios, vivimos una profunda crisis de creencias y valores en los que se fundan los vínculos sociales. La familia, escuela de humanismo, donde se aprenden los modelos, códigos sociales, costumbres y valores, ya no tiene espacios de “encuentro”, las nuevas tecnologías y los medios de comunicación social, ocupan el lugar de los padres ausentes. Existe una gran inestabilidad en los vínculos matrimoniales y se ven cada vez más las familias incompletas, las monoparentales, las ensambladas. La violencia instalada en la sociedad está presente en todos los ambientes, también en la familia y la escuela. En medio de la angustia y un sentimiento de orfandad, el hombre de hoy tiene sed de lo sagrado, se nota en su búsqueda de diferentes experiencias religiosas; tiene el corazón inquieto y una inmensa sed de amor.

En mi tarea cotidiana soy docente, y trabajo desde hace 26 años en escuelas de la periferia, la zona más carenciada de la ciudad de Rosario. Primero lo hice en el nivel primario (en los primeros años de escolaridad) y hoy como rectora de una escuela de enseñanza media. Allí me llamó el Señor; desde esa realidad interpeló mi vida y descubrí que me invitaba a seguirlo más de cerca y vivir la consagración en un Instituto Secular, siendo “testigo de su presencia de amor entre los hombres y dedicándome más plenamente a colaborar con Él en la salvación del mundo”, según el carisma propio de mi instituto.

En el campo de la educación, trabajo con adolescentes y sus familias; en medio de un barrio que presenta los desafíos propios de un contexto de exclusión: chicos que trabajan a temprana edad y abandonan la escuela, otros sin aspiraciones o sumidos en la adicción a la droga y el alcohol, la mayoría tiene experiencias sexuales tempranas y las adolescentes son madres precoces; las familias en general están deshechas, los padres ausentes en la educación de sus hijos; algunos son violentos y golpeadores, otros casi sin autoridad frente al hijo, depositan en la escuela sus temores por no saber como educarlos.

La fidelidad al Evangelio me lleva a dejarme interrogar por esta realidad y actuar críticamente desde la fe anunciando y denunciando las estructuras de pecado presentes en la sociedad. A reconocer que la pobreza es una cuestión social, a la que debo dar respuesta desde mis posibilidades; que el pobre lo es por una la situación especial que le toca vivir, es víctima de las estructuras económicas y sociales injustas que determinan su vida y por ellas no solo carece de bienes, sino de libertad de opción y muchas veces de participación social o política; que no puedo acostumbrarme a sus carencias, ni estigmatizarlos en mi “decir” de él (“el drogadicto”, “el chico de la calle”, “la madre soltera”), olvidándome de su condición esencial es persona, hijo de Dios, amado de Él, imagen y semejanza suya.

Mi mirada sobre la realidad condiciona al otro, al que camina a mi lado. Si mi mirada es “moralizante” me preocuparé por enseñarle el “deber ser”, como modelo inalcanzable y alejado de su realidad; si es “asistencial”, movida por la lástima, voy a tratar de cubrir con “dádivas” sus carencias; solo si mi mirada es la de Cristo, la del “amor”, voy a hacerme cargo de generar aquellos cambios necesarios para que “el otro”, mi hermano, viva con la dignidad que le pertenece; me moverá el “promocionarlo socialmente”, el estar a su lado y construir desde una solidaridad generosa la inclusión de todos, asumiendo la tarea de edificar una comunidad verdaderamente justa y solidaria, donde las personas sean respetadas en sus derechos y promovidas en su libertad. Es la mirada del amor la que ilumina desde el Evangelio todas estas situaciones que impiden al hombre ser hombre y vivir humanamente: la falta de trabajo, de alimento, de vivienda digna, de vestido, de salud, de educación, de seguridad, de protección; la carencia de sueños, de respeto por su dignidad, de estima por sí; la búsqueda de la verdad, la necesidad de afecto, de buen trato, de libertad, de amor, de justicia, de paz; el hambre de comunión, de reconciliación y solidaridad; esa es la mirada que acerca al hombre a Jesucristo, el único capaz de dar respuesta a sus interrogantes más profundos, de dar sentido a su existencia.

Los Institutos Seculares tenemos una identidad propia: consagración y secularidad constituyen una unidad esencial que nos identifica y es nuestro modo de ser Iglesia. Somos consagrados en el mundo, con una misión que nos compromete: construir el reino de Dios en la historia, vinculados a un carisma y a un Instituto. Llamados a ser levadura de sabiduría y testigos de la gracia dentro de la vida cultural, económica y política, allí donde realicemos nuestro trabajo cotidiano, tratando de introducir en la sociedad las energías del Reino, buscando transfigurar el mundo desde dentro con la fuerza de las Bienaventuranzas.4

En fidelidad a la propia identidad y ante esta realidad que nos interpela, nuestra respuesta como miembros de un Instituto Secular es esta presencia comprometida, transformadora y creativa, siendo signos de amor y de esperanza para el mundo de hoy. Como discípulos de Jesucristo, con una misión en el corazón de la historia: estamos presentes entre nuestros hermanos, anunciando con pasión el Evangelio, muchas veces de manera silenciosa, con la sola presencia y el testimonio de nuestro obrar; dando sentido de salvación a la historia; proclamando lo que hemos visto y oído, nuestra experiencia del amor de Cristo desde un corazón enamorado, que ama y sirve a los hermanos. Asumiendo la responsabilidad de reconstruir en nuestra América latina los valores indispensables para una vida social digna, arraigada en el amor al hermano, y así frente a la cultura de la dádiva y el clientelismo político, desarrollar la cultura del trabajo, el espíritu de sacrificio, el empeño perseverante, la creatividad. Frente a la corrupción, la hipocresía y la mentira, promover el sentido de la justicia, el respeto por la ley y la fidelidad a la palabra dada, siendo testigos de la verdad; frente a la fragmentación social, reconstruir los vínculos sociales, el sentido de la vida familiar, de la comunidad, rompiendo con el individualismo competitivo, mediante la solidaridad sobre todo con el que sufre, recuperando la unidad social en el diálogo, el respeto y la reconciliación; frente a la pérdida de identidad cultural, de ideales, tender lazos entre las generaciones entregando el legado cultural que hemos recibido de nuestros mayores. Trabajando por la defensa de la dignidad humana, fortaleciendo los derechos del hombre, proclamando que no existen donde no se respeta la vida humana desde la concepción hasta la muerte natural y denunciando todo intento de manipulación, de explotación, de discriminación o marginación sobre las personas. Sin descuidar nuestros deberes de ciudadanía participando activamente junto a otros que sin conocer a Cristo buscan el bien común, la promoción del más débil, la inclusión social de todos, la verdad, la paz; y potenciando las iniciativas que van surgiendo en medio de nuestros pueblos por edificar entre todos un mundo más habitable y humano.

Contemplar a Jesús da sentido a nuestra vida y a todo nuestro actuar, estar con Él nos transforma. Fuimos llamados a ser santos en medio de lo cotidiano, a caminar por las huellas de Cristo que se involucró por amor con el hombre y la realidad de su tiempo, con su gracia, en la escucha atenta de su Palabra, seremos capaces de percibir su paso en las actuales circunstancias de la historia y colaborar con Él en su plan de salvación.

De María, Virgen de Guadalupe, nuestra Madre de América latina, modelo de disponibilidad, perseverancia y servicio sencillo, aprendemos a hacer su Voluntad, a irradiar la alegría que brota de un corazón que encuentra sólo en Dios su riqueza, y a vivir en atenta escucha del Espíritu que puede transformar este nuestro mundo por el Amor.

María Cecilia Comuzzi
Misioneras Apostólicas de la Caridad

* * *

Conclusión del Moderador

Agradezco todas estas intervenciones, porque han sido intervenciones de esperanza. Y que tienen sentido, leyendo algunas frases del Salmo 83:

“Dichosos los que moran en tu casa y pueden alabarte siempre,
Dichoso el que saca de ti fuerzas cuando piensa en las subidas.
Ricos de esperanza continuamos nuestro viaje.”

Aunque el Salmo continúa, pasando por el valle del llanto, que, dice, cambia en una fuente de gracias.

Sr. Enrica Rosanna F.M.A.

CONCLUSIÓN DEL SIMPOSIO Y PERSPECTIVAS ABIERTAS

Recojo algunas conclusiones que me han sugerido los trabajos realizados durante estas dos jornadas.
Antes de nada, se hace necesario dirigir un primer y sentido agradecimiento al Santo Padre, que ha querido recibirnos en la Sala Clementina para un encuentro rico de afecto paterno y de una particular cercanía.

Con su palabra iluminadora y estimulante, el Papa ha mostrado su peculiar atención hacia la vida consagrada, en particular hacia la consagración secular. Su invitación a ser buscadores de la belleza de Dios para testimoniar la antropología cristiana, que constituye una propuesta de sentido en una sociedad desorientada y confundida, se convierte en un compromiso para cada uno de vosotros y para vuestros Institutos.

El Papa nos ha hablado de la antropología cristiana, de la visión cristiana del hombre. Nosotros tenemos hoy día el deber de proponer esta visión cristiana a la humanidad, sobre todo ante la tendencia de encerrarse en los horizontes terrenos; ante la pretensión de una autonomía absoluta que niega la vocación trascendente del hombre, ante una situación que, para Europa, el Papa Juan Pablo II definió una “silenciosa apostasía”; en este proceso de secularización, en esta atmósfera, cada día más atea, tenemos la obligación de cumplir con nuestra misión, llamando la atención sobre la dimensión trascendente, llevando un soplo de eternidad para la verdad y libertad del hombre, para su alegría y su esperanza.

Hemos vivido este Simposio como un gran acontecimiento eclesial, rico de esperanza que brota de la fe en Jesucristo, del misterio de su Encarnación y de su obra de Redención.
Hemos reconocido y celebrado los prodigios que el Espíritu Santo realiza en la Iglesia, inmersa en una humanidad, tantas veces y en tantos modos, agobiada y fatigada por sus mismas conquistas, pero siempre necesitada de encontrar a Dios.

La promulgación de la Provida Mater, el 2 de febrero de 1947, ha marcado un punto crucial en la teología de la vida consagrada, que desde ese momento ya no se identifica con la vida religiosa. También los laicos y los sacerdotes diocesanos pueden vivir el seguimiento de Cristo en la perfección del propio estado mediante la asunción de los consejos evangélicos. Se ha tratado de un cambio que, durante estos sesenta años, ha continuando estimulando reflexiones y profundizaciones sobre el valor de la consagración y de la secularidad. Pensemos en la riqueza del Concilio Vaticano II que, sin asumir la perspectiva precisa de los Institutos Seculares, ha retomado el humus teológico en el que nacieron los Institutos Seculares: el reconocimiento de una Iglesia para el mundo y en el mundo (Gaudium et Spes), la valorización del laicado (Lumen Gentium, IV); la plenitud de la vida cristiana, que consiste en la perfección de la caridad, a la que todos está llamados (Lumen Pentium, V).

Pensemos en la redacción del Código de Derecho Canónico de 1983, que ha confirmado que los Institutos Seculares, a pesar de pertenecer a la vida consagrada, como los Institutos Religiosos, se diferencian profundamente de éstos, precisamente en virtud de su secularidad. Pensemos en la apertura a otras formas nuevas de vida consagrada, que el Canon 605 del citado Código deja entrever, y en todo el discernimiento en acto en la Iglesia con relación a dicha posibilidad.
En este contexto me agrada leer el que os hayáis reunido proviniendo de los diferentes lugares en los que vivís y la expresión “Este es el tiempo para nosotros”, título del Simposio en el que, guiados por el documento A Diogneto, habéis buscado de nuevo la actualidad de vuestra presencia y acción.

Quisiera recordar al Profesor Pizzolato, que ayer nos ha hablado del documento A Diogneto, con tanta profundidad y elocuencia.
Lo que admiro en este texto del doscientos, es el optimismo de la fe. Pensad que, en aquel momento, los cristianos eran 20-30 mil en un imperio romano que tenía 50 millones de habitantes. Qué gran conciencia de la propia responsabilidad, qué optimismo de la fe en estos primeros cristianos.

Una minoría sin prestigio social, sin poder político, sin poder económico, sin ninguna presencia visible, una minoría despreciada y, a pesar de ello, consciente de que era el alma del mundo, consciente de que sostenía al mundo con la propia presencia.

Y todavía un pensamiento más del documento A Diogneto: Si Dios nos ha puesto hoy en este mundo, nos ha dado también la fuerza y la capacidad para cumplir con nuestra misión.

Juzgo importante otra consideración:
En este mundo globalizado, ¡es necesario estar atentos a no caer en la tentación de pensar que los desafíos están también globalizados! El gran problema de Occidente, que el Santo Padre ha individuado en el “olvido de Dios”, es algo muy diverso del cambio cultural provocado por los medios de comunicación, por las mareas migratorias y sus repercusiones familiares y religiosas, por la pobreza, por la violencia, por indicar solamente algunos de los desafíos que afectan a América Latina.

Como también es diversa la situación del continente asiático, habitado en su mayoría por budistas, hindúes, musulmanes y donde los católicos son una minoría; así como es diversa la situación del continente africano, donde la miseria, las guerras, la lucha por la supervivencia privan, con frecuencia, a hombres, mujeres y a los mismos niños, de los derechos más fundamentales.

La misma conformación de la vida con Cristo exige diferentes compromisos y obligaciones: ¡asumir la pobreza de Cristo tiene un significado completamente diverso para quien vive en África que para quien vive en América! Y no se trata solamente de un discurso solamente económico, sino que es algo que, como decíamos antes, se refiere a la cultura, a la sociedad, a las aspiraciones de un pueblo, a su valores y fatigas.

Si diversas son las realidades, diverso ha de ser vuestro estilo de presencia. A veces se os pide que anunciéis en voz alta vuestra fe, otras veces se os pide solamente que la testimoniéis con la vida.
Leed de nuevo el estupendo pasaje de la Encíclica de Benedicto XVI Deus Caritas Est, en el n. 31.
Sería un error uniformar las diversidades, delinear una única modalidad de testimonio o de vida.

La pluralidad y diversidad de nuestro tiempo y de nuestro mundo constituyen un elemento de fuerza de vuestra vocación.
Elemento de fuerza, porque no existe lugar, no existe cultura, situación política y social, que no pueda ser iluminada por vuestra vida, que no pueda ser orientada a Dios por vuestra acción.
Quisiera iniciar una reflexión sobre la identidad de los Institutos Seculares y sobre su actualidad.

También en el Código de Derecho Canónico, como si se quisiera definir la secularidad, se subraya que ésta presupone y comporta aspectos existenciales. Aún más, existe una invitación a los miembros de los Institutos Seculares a que vivan “su vida en las situaciones ordinarias del mundo” (Can. 714). Precisamente para evidenciar la necesidad de que permanezcan en medio de los hombres allí donde se encuentran, viviendo los mismos problemas cotidianos, afrontando los mismos riesgos, los mismos temores y los mismos desafíos.

Si esto es esencial para vuestra vocación, quiere decir que no puede faltar, a no ser en detrimento de vuestra misma identidad. No pueden existir condiciones de vida, ni situaciones particulares, ni mucho menos privilegiadas, que os distingan de los demás hombres, así como no pueden existir situaciones existenciales que no os afecten. Esto vale tanto a nivel personal como a nivel de Instituto en general, tanto para los laicos, como para los sacerdotes diocesanos.

Ninguna situación de la vida os puede ser extraña, porque toda vuestra vida es apostolado. Un apostolado que se esfuerza “a modo de fermento en impregnar de espíritu evangélico todas las cosas para fortaleza y crecimiento del Cuerpo de Cristo” (Can. 713).

¿En qué si diferencia vuestra vocación de la de un simple laico? Lo decía Pablo VI, en el ya lejano 1972: “estáis comprometidos en los mismos valores del mundo, pero como consagrados: es decir; no sólo para afirmar el valor intrínseco de las cosas humanas en sí mismas, sino también para orientarlas explícitamente según las bienaventuranzas evangélicas”.

He aquí, pues, los rasgos esenciales de vuestra identidad: compartir las condiciones ordinarias y la radicalidad que proviene de la consagración.

Me dispongo a concluir.
La lectura de la realidad hodierna de los Institutos Seculares, que la Presidenta de la Conferencia mundial, Señora Ewa Kusz ha presentado, ayudada por los datos estadísticos, muestra una cierta vitalidad, yo diría una vitalidad cierta.

Hay Institutos que están naciendo, sobre todo en determinados Países, pero en todas las naciones existe un número discreto de personas en período de formación.

Son números que se han de leer dentro de un contexto más grande, que no podemos ignorar, como el de la crisis de vocaciones, en el sentido más amplio del término, o la tendencia al envejecimiento en algunos Países.
Es una realidad que en, su transformación, sugiere pistas a seguir.

Solamente un ejemplo. Algunos Institutos están integrados, sobre todo, por personas ancianas. Pero este dato no es, en sí mismo, negativo: exige, sin embargo, equiparse en esta dirección, actualizando el lenguaje, los temas de reflexión y de formación, la modalidad del estar juntos, para ayudar a los propios miembros en su condición existencial, ya de inactividad laboral, de vejez, quizás de enfermedad y soledad, para ayudarlos a que consuman la propia vida proclamando la bondad de Cristo, para que mantengan viva la pasión por la vida de los demás hombres, la capacidad de escucha, la comprensión de la diversidad.

A vosotros corresponde mantener viva la llama.
A vosotros, que vivís esta vocación, la tarea de proclamar su belleza, de indicar su especificidad, de definir de nuevo, si es preciso, su identidad con relación a espacios y situaciones lo más concretas posibles.

A vosotros, permanecer en comunión para un rico intercambio, para ayudar las realidades que nacen a que profundicen y encarnen la síntesis entre secularidad y consagración, que convierte a los Institutos Seculares en una realidad viva y eficaz.

Sois como semilla de santidad esparcida en los surcos de la historia. La comparación con la semilla indica claramente vuestra realidad minoritaria: los Institutos Seculares son siempre poco numerosos, casi por su misma vocación, a diferencia de los grandes Institutos Seculares o de los movimientos eclesiales.

Pero, como aquel grano de mostaza, del que nos hablan los Evangelistas, que siendo más pequeña que cualquier semilla, crece y echa ramas tan grandes que las aves del cielo anidan a su sombra (Mc 4.31-32), ¡así vuestra presencia es bendición para el mundo y para toda la Iglesia!.

Quisiera, finalmente, hacer una reflexión que, creo, que no ha estado presente en este Simposio.
Dice la primera carta de San Pedro: “vosotros sois linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido, para anunciar las alabanzas de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz” (I P. 2,9).

Los cristianos están, pues, llamados a santificar la humanidad en su caminar a través del tiempo, como lo fueron los sacerdotes y levitas para el pueblo de Israel en su caminar a través del desierto. Porque, como dice San Pablo, “me ha sido otorgada la gracia por Dios, de ser para los gentiles ministro de Cristo Jesús, ejerciendo el sagrado oficio del Evangelio de Dios, para que la oblación de los gentiles sea agradable, santificada por el Espíritu Santo” (Rm 15, 16).
A nosotros corresponde convertir la historia humana, constituida en su mayor parte por paganos, una historia dramática y también bella, en historia santa, en una oblación agradable al Espíritu Santo. Esta es la tarea del sacerdocio real.

Como Jesús, que viniendo al mundo, mundum volens consecrare adventus suo piissimo, así nosotros hemos de trabajar por la consagración del mundo, para hacer de esta dramática aventura humana una historia santa. Lo lograremos en la medida en que nosotros seremos santos.
Como decía un filósofo francés, Henry Bergson, hacia el año 1939, “los santos no tienen necesidad de hablar, su existencia es una llamada”.

Cardenal Franc Rodé C.M.
Prefecto de la CIVCSVA

CLAUSURA DEL SIMPOSIO

Ha llegado el momento del concluir el Simposio, muy denso por sus contenidos y por los encuentros, especialmente con el Papa Benedicto XVI, quien nos ha dirigido palabras no sólo muy interesantes, sino también significativas para nuestra vocación. Creo que debemos conservarlas en el corazón para reflexionarlas. El Papa nos ha dicho que, así como la levadura hace fermentar toda la harina “así sea vuestra vida, a veces silenciosa y oculta, pero siempre positiva y estimulante, capaz de generar esperanza”. Por tanto, “el lugar de vuestro apostolado es todo lo humano, no sólo dentro de la comunidad cristiana, sino también dentro de la comunidad civil, donde la relación se realiza en la búsqueda del bien común, en diálogo con todos, llamados a testimoniar la antropología cristiana que constituye una propuesta de sentido en una sociedad desorientada y confundida por el clima multicultural y multirreligioso que la caracteriza”.

Con frecuencia nos preguntamos si somos atractivos para los jóvenes; si la Iglesia nos resulta interesante y si también es interesante para nuestra vocación; y qué debemos hacer para convertirnos en más visibles a los ojos de los demás.

A mí parecer, en las palabras del Papa Benedicto XVI, pero también en las intervenciones de ayer y de hoy, hemos escuchado la respuesta. Si somos como la levadura, pertenece a la naturaleza de nuestra vocación estar en el mundo de una forma poco visible y – se puede decir – poco ruidosa, pero no marginal.
Dios mismo concedió la vocación de los laicos consagrados a la Iglesia, y la Iglesia tiene necesidad de nosotros “para completar su misión”, como ayer dijo el Papa. Hemos sido invitados, pues, a dar testimonio de esperanza, que Dios está verdaderamente con nosotros, que ha venido en este mundo, para comunicar a todos la plenitud: el amor, la esperanza y la fe, especialmente a los enfermos, a los desafortunados, a los inseguros y débiles. Este compromiso es muy claro y sencillo, no es necesario buscar otro.

Como he dicho ayer al inicio, el Simposio no termina aquí, sino que comienza el momento de la reflexión en nuestros Institutos y en nuestros países.
Deseo dar las gracias a todos. Creo que nuestra presencia ha servido para fortalecernos y animarnos recíprocamente. Doy las gracias a los representantes de la Congregación CIVCSVA: al Cardenal F. Rodé, al Arzobispo G. Gardin, a la Hermana Enrica Rosanna y a la Señorita Daniela Leggio. Doy las gracias a nuestros relatores: Cardenal Cottier, al Profesor Pizzolato y a la Hermana S. Holland, así como a los participantes de la Mesa redonda, que ha presidido el Arzobispo S. Rylko. Doy las gracias, finalmente, a todos los que han preparado el Simposio, a quienes se han ocupado del secretariado o han realizado otras tareas durante el Simposio.

Ewa Kusz
President de la CMIS

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