Discurso a la Asamblea General de la Conferencia Italiana de Institutos Seculares

Papa Francisco, 10 de mayo de 2014

 

Roma, 10 de mayo de 2014

Discurso sin papeles a la Conferencia Italiana de Institutos Seculares

Os he escrito un discurso, pero hoy ha sucedido una cosa. Es culpa mía porque he tenido dos audiencias, no digo al mismo tiempo, pero casi. Por eso he preferido entregaros el discurso, porque leerlo es aburrido, y deciros dos o tres cosillas que tal vez os ayudarán.

Desde que Pío XII pensó en esto y después de la Provida Mater Ecclesia, se produjo un gesto revolucionario en la Iglesia. Los institutos seculares son verdaderamente un gesto de coraje que hizo la Iglesia en aquel momento; dar estructura, institucionalidad a los institutos seculares. Y desde entonces hasta ahora es mucho el bien que hacéis a la Iglesia, con coraje porque hace falta coraje para vivir en el mundo. Muchos de vosotros solos, en vuestra casa van y vienen; algunos en pequeñas comunidades. Diariamente lleváis la vida de una persona que vive en el mundo y al mismo tiempo, custodiáis la contemplación, esta dimensión contemplativa del Señor y también la que se dirige al mundo, contemplar la realidad, como contemplar lo bello que hay en el mundo, y también los grandes pecados de la sociedad, las desviaciones… todas estas cosas. Siempre en una tensión espiritual… Por eso, vuestra vocación es fascinante, porque es una vocación justo ahí, donde se juega la salvación no sólo de las personas, sino también de las instituciones. Y de tantas instituciones laicas necesarias en el mundo. ¡Por eso, yo creo que sí, que con la Provida Mater Ecclesia la Iglesia hizo un gesto realmente revolucionario!

Deseo que conservéis siempre esta actitud de ir más allá, no solamente más allá, sino más allá y más en medio, allí donde se juega todo: la política, la economía, la educación, la familia… ¡Allí! Tal vez es posible que tengáis la tentación de pensar: “¿Pero qué puedo hacer yo?” Cuando venga esta tentación, recordad que el Señor nos ha hablado del grano de trigo. Y vuestra vida es como el grano de trigo… allí. Es como la levadura… allí. Y hacer todo lo posible para que el Reino venga, crezca y sea grande y que pueda albergar a mucha gente, como el árbol de la mostaza. Pensad esto. Una pequeña vida, un pequeño gesto; una vida normal, pero levadura, semilla, que hace crecer. Y esto os dará la consolación. Los resultados en esta balanza del Reino de Dios no se ven. Solamente el Señor nos hace percibir alguna cosa. Veremos los resultados allá arriba.

Por eso es importante que tengáis mucha esperanza. Es una gracia que debéis pedir al Señor siempre: la esperanza que no defrauda. Nunca defrauda. Una esperanza que va hacia adelante. Os aconsejaría leer muy a menudo el capítulo 11 de la Carta a los Hebreos, ese capítulo sobre la esperanza. Y aprender que muchos de nuestros padres han hecho este camino y no han visto los resultados, sino que los han vislumbrado de lejos. La esperanza. Esto es lo que deseo para vosotros. Muchas gracias por todo lo que hacéis en la Iglesia, muchas gracias por la oración y por las obras. Gracias por la esperanza. Y no lo olvidéis: ¡sed revolucionarios!

Después de pronunciar estas palabras, el Santo Padre ha hecho entrega del discurso que viene a continuación:

Queridos hermanos y hermanas. Os recibo con ocasión de vuestra Asamblea y os saludo diciéndoos: ¡conozco y aprecio vuestra vocación! Es una de las formas más recientes reconocidas y aprobadas por la Iglesia y tal vez por esto no todavía plenamente comprendida. No os desaniméis. Formáis parte de esa Iglesia pobre y en salida con la que yo sueño.

Por vocación sois laicos y sacerdotes como los demás y en medio de los demás, lleváis una vida ordinaria, sin signos exteriores, sin el sustento de una vida comunitaria, sin la visibilidad de un apostolado organizado o de obras específicas. Sois ricos sólo de la experiencia totalizante del amor de Dios y por eso sois capaces de conocer y compartir las fatigas de la vida en sus múltiples expresiones, fermentándola con la luz y la fuerza del Evangelio.

Sois signo de aquella Iglesia dialogante de la cual habla Pablo VI en la Encíclica Ecclesiam suam: “Desde fuera no se salva al mundo – afirma –; Como el Verbo de Dios que se ha hecho hombre, hace falta hasta cierto punto hacerse una misma cosa con las formas de vida de aquellos a quienes se quiere llevar el mensaje de Cristo; hace falta compartir —sin que medie distancia de privilegios o diafragma de lenguaje incomprensible— las costumbres comunes, con tal que sean humanas y honestas, sobre todo las de los más pequeños, si queremos ser escuchados y comprendidos. Hace falta, aun antes de hablar, escuchar la voz, más aún, el corazón del hombre, comprenderlo y respetarlo en la medida de lo posible y, donde lo merezca, secundarlo. Hace falta hacerse hermanos de los hombres en el mismo hecho con el que queremos ser sus pastores, padres y maestros. El clima del diálogo es la amistad. Más todavía, el servicio.” (n. 33).

El tema de vuestra Asamblea: “En el corazón de las vicisitudes humanas: el reto de una sociedad compleja”, indica el campo de vuestra misión y de vuestra profecía. Estáis en el mundo pero no sois del mundo, llevando dentro de vosotros lo esencial del mensaje cristiano: el amor del Padre que salva. Estáis en el corazón del mundo con el corazón de Dios.

Vuestra vocación resulta atrayente a cada hombre y a sus anhelos más profundos, que tantas veces no se expresan o se disfrazan. Por la fuerza del amor de Dios que habéis encontrado y conocido, sois capaces de cercanía y ternura. Tan cercanos estáis que podréis tocar al próximo, sus heridas, sus expectativas, sus preguntas y sus necesidades, con aquella ternura que es expresión de una atención que borra toda distancia. Como el Samaritano que pasó al lado y tuvo compasión. He aquí el movimiento al que os compromete vuestra vocación: pasar junto a cada hombre y haceros prójimo de cada persona que encontráis; porque vuestro permanecer en el mundo no es simplemente una condición sociológica, sino una realidad teologal que os llama a un ser conscientes, atentos, que sabe avistar, ver y tocar la carne del hermano.

Si esto no sucede, si os habéis vuelto distraídos o peor todavía, si no conocéis este mundo contemporáneo sino que conocéis y estáis habituados sólo al mundo que os resulta más cómodo o que más adormece, ¡entonces es urgente una conversión! La vuestra es una vocación en salida por naturaleza, no sólo porque os lleva hacia el otro, sino también y sobre todo porque os pide habitar donde habita cada hombre. Italia es la nación con mayor número de institutos seculares y de miembros. Sois un fermento que puede producir un buen pan para tantos, ese pan del que hay tanta hambre: la escucha de las necesidades, de los deseos, de las desilusiones, de la esperanza. Lo mismo que los que os han precedido en esta vocación, vosotros podéis devolver esperanza a los jóvenes, ayudar a los ancianos, abrir caminos hacia el futuro, difundir el amor en cada lugar y en cada situación. Si esto no sucede, si en vuestra vida ordinaria falta el testimonio y la profecía, entonces, os repito nuevamente, es urgente una conversión.

No perdáis nunca el ímpetu de caminar por los caminos del mundo, la conciencia de que caminar, andar aunque sea con paso incierto o tropezando, es siempre mejor que permanecer inmóviles, encerrados en las preguntas que se hace uno mismo o en las propias seguridades. La pasión misionera, la alegría del encuentro con Cristo que os empuja a compartir con los demás la belleza de la fe, aleja el peligro de quedar atrapados en el individualismo. El pensamiento que propone el hombre como artífice de sí mismo, guiado sólo por sus propias elecciones y por sus propios deseos, a menudo revestidos de una aparente belleza de libertad y de respeto, corre el peligro de minar los fundamentos de la vida consagrada, especialmente de la secular. Es urgente revalorizar el sentido de pertenencia a vuestra comunidad vocacional que, precisamente porque no se fundamenta en una vida común, encuentra sus puntos fuertes en el carisma. Por ello, si alguno de vosotros constituye para los demás una posibilidad preciosa de encuentro con Dios, debe redescubrir la responsabilidad de ser profecía como comunidad, de buscar juntos, con humildad y con paciencia, una palabra de sentido que puede ser un don para la nación y para la Iglesia, y de testimoniarla con sencillez. Sois como antenas listas para acoger las semillas de novedad suscitadas por el Espíritu Santo y podéis ayudar a la comunidad eclesial a hacer suya esta mirada de bien y encontrar nuevos y valientes caminos para llegar a todos.

Pobres entre los pobres pero con el corazón ardiente. Nunca quietos, siempre en camino. Juntos y enviados, también cuando estáis solos, porque la consagración hace de vosotros un destello vivo de Iglesia. Siempre en camino con esa virtud que es una virtud peregrina: la alegría.

Gracias, queridísimos, por lo que sois. El Señor os bendiga y la Virgen os proteja. ¡Y rezad por mí!

(Traducción del italiano: Mario Ortega).

 CONGREGACIÓN PARA LOS INSTITUTOS DE VIDA CONSAGRADA
Y LAS SOCIEDADES DE VIDA APOSTÓLICA

«ALEGRAOS...»

Palabras del Magisterio del Papa Francisco

Carta circular a los consagrados y consagradas
hacia el año dedicado a la Vida consagrada
(Prot. n. Sp.R. M 1/2014)

«Quería deciros una palabra, y la palabra era alegría.
Siempre, donde están los consagrados, siempre hay alegría».

Papa Francisco


Índice

I – Alegraos, regocijaos, llenaos de alegría
A la escucha
Ésta es la belleza
Al llamaros
Encontrados, alcanzados, transformados
En la alegría del sí fiel

II – Consolad, consolad a mi pueblo
A la escucha
Llevar el abrazo de Dios
La ternura nos hace bien
La cercanía como compañía
La inquietud del amor

III – Para la reflexión

Las preguntas del Papa Francisco
Salve, Madre de la alegría


Queridos hermanos y hermanas:

«La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría».[1]

El incipit de la exhortación apostólica Evangelii gaudium resuena, en la línea del magisterio del Papa Francisco, con una sorprendente vitalidad: llama al admirable misterio de la Buena Noticia que, acogida en el corazón, transforma la vida. Se nos narra la parábola de la alegría: el encuentro con Jesús enciende en nosotros la belleza primigenia, esa belleza del rostro que irradia la gloria del Padre (cf. 2 Cor 4,6), cuyo fruto es la alegría.

Esta Congregación para los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica invita a reflexionar sobre el tiempo de gracia que tenemos la dicha de vivir, con la invitación especial que el Papa dirige a la vida consagrada.

Acoger este magisterio significa renovar la existencia según el Evangelio, no como radicalidad en el sentido de modelo de perfección y a menudo de separación, sino como adhesión toto corde al encuentro de salvación, acontecimiento que transforma nuestra vida: «se trata de dejar todo para seguir al Señor. No, no quiero decir radical. La radicalidad evangélica no es sólo de los religiosos: se pide a todos. Pero los religiosos siguen al Señor de manera especial, de modo profético. Yo espero de ustedes este testimonio. Los religiosos tienen que ser hombres y mujeres capaces de despertar al mundo».[2]

En la limitación de la condición humana, en el afán cotidiano, los consagrados y consagradas vivimos la fidelidad dando razón de nuestra alegría, siendo testimonio luminoso, anuncio eficaz, compañía y cercanía para las mujeres y los hombres de nuestro tiempo que buscan la Iglesia como casa paterna.[3] Francisco de Asís, asumiendo el evangelio como forma de vida, «hizo crecer la fe, renovó la Iglesia; y al mismo tiempo renovó la sociedad, la hizo más fraterna, pero siempre con el Evangelio, con el testimonio. Predicad siempre el Evangelio y si fuera necesario también con las palabras».[4]

Al escuchar las palabras del Papa, nos interpela, entre otras muchas sugerencias, la sencillez con la que el Papa Francisco propone su magisterio, con la misma genuinidad del Evangelio: palabra sine glosa, esparcida con el gesto generoso del buen sembrador que con plena confianza no hace discriminaciones de terreno. Una invitación fidedigna que nos inspira plena confianza, una invitación a renunciar a los razonamientos institucionales y a las justificaciones personales, una palabra provocativa que cuestiona nuestro vivir a veces adormecido, al margen, con frecuencia, del desafíosi tuvierais fe como un grano de mostaza (Lc 17, 5). Invitación que nos anima a elevar el espíritu para dar razón al Verbo que mora entre nosotros, al Espíritu que crea y constantemente renueva la Iglesia.

Esta Carta responde a tal invitación y quiere iniciar una reflexión compartida, que permita una confrontación leal entre Evangelio y Vida. El Dicasterio abre así un itinerario en común, lugar de reflexión personal, fraterna, de instituto, hacia el 2015 — año que la Iglesia dedica a la vida consagrada —, con el deseo y el objetivo de osar decisiones evangélicas, con frutos de renovación, fecundos en la alegría: «La primacía de Dios es plenitud de sentido y de alegría para la existencia humana, porque el hombre ha sido hecho para Dios y su corazón estará inquieto hasta que descanse en él»[5]


Alegraos, regocijaos, llenaos de alegría …

Festejad a Jerusalén, gozad con ella, todos los que la amáis, alegraos de su alegría, los que por ella llevasteis luto;

Porque así dice el Señor: «Yo haré derivar hacia ella, como un río, la paz, como un torrente en crecida, las riquezas de las naciones.

Llevarán en brazos a sus criaturas y sobre las rodillas las acariciarán; como a un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo, y en Jerusalén seréis consolados.

Al verlo se alegrará vuestro corazón, y vuestros huesos florecerán como un prado. La mano del Señor se manifestará a sus siervos».

Isaías 66,10-14


A la escucha

Con el término alegría (en hebreo:śimḥâ/śamḥ,gyl)la sagrada Escritura expresa una multiplicidad de experiencias colectivas y personales, relacionadas en particular con el culto religioso y las fiestas, reconociendo el sentido de la presencia de Dios en la historia de Israel. En la Biblia aparecen trece verbos y sustantivos diversos para describir la alegría de Dios, la alegría de la persona y también la alegría de la creación, en el diálogo de salvación.

En el Antiguo Testamento encontramos muchos de estos términos, sobre todo en los Salmos y en el profeta Isaías. Con una riqueza lingüística creativa y original se invita a menudo a la alegría y se proclama la alegría por la cercanía de Dios, el regocijo por la obra de sus manos. En los Salmos se encuentran un sin fin de expresiones que indican la alegría bien sea como fruto de la presencia bondadosa de Dios y su resonancia exultante, bien como garantía de la gran promesa que se divisa en el horizonte futuro del pueblo. En la segunda y la tercera parte del libro del profeta Isaías encontramos frecuentemente esta referencia a la alegría orientada hacia el futuro: será sobreabundante (Is 9,2); el cielo, el desierto y la tierra exultarán de alegría (Is 35,1; 44,23; 49,13); los prisioneros liberados entrarán en Jerusalén con gritos de alegría (Is 35,9s; 51,11)

En el ámbito del Nuevo Testamento el vocablo privilegiado se presenta con la raíz kar (kàirein, karà), junto con otros términos como 'agalliáomai, euphrosyne, y generalmente comporta un regocijo pleno que abraza a la vez el pasado y el futuro. La Alegría es el don mesiánico por excelencia, como Jesús mismo promete: para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría sea colmada (Jn 15,11; 16,24; 17,13). A partir de los acontecimientos que preceden al nacimiento del Salvador, Lucas señala la difusión exultante de la alegría (cf. Lc 1,14.44.47; 2,10; cf. Mt 2,10), y acompaña después la difusión de la Buena Noticia con ese efecto que se expande (cf. Lc 10,17; 24,41.52), típico signo de la presencia y difusión del Reino (cf. Lc 15,7.10.32; Hch8,39; 11,23; 15,3; 16,34; cf. Rm 15,10,13; etc.)

En Pablo la alegría es fruto del Espíritu (cf. Ga 5,22), nota típica y estable del Reino (cf. Rm 14,17) que se refuerza también en la tribulación y en las pruebas (cf. 1Ts 1,6). En la oración, en la caridad, en la incesante acción de gracias (cf. 1Ts 5,16; Flp 3,1; Col 1,11s) se encuentra el manantial de la alegría: en la tribulación el apóstol de las gentes se siente repleto de alegría y partícipe de la gloria que todos aguardamos (cf. 2Co 6,10; 7,4; Col el 1,24). El triunfo final de Dios y las bodas del Cordero completarán toda alegría y regocijo (cf. Ap 19,7), haciendo estallar un Aleluya cósmico (Ap 19,6)

Para captar el sentido pleno del texto citado, ofrecemos ahora una breve explicación de la frase de Isaías 66,10: Alégrate Jerusalén, y regocijaos por ella todos los que la amáis. Llenaos de alegría por ella. Se trata del final de la tercera parte del profeta Isaías. Se ha de tener presente que los capítulos 65-66 están unidos estrechamente y se complementan, como se advierte en la conclusión de la segunda parte (cc. 54-55)

En ambos capítulos se evoca el tema del pasado, con imágenes a veces crudas, pero con la invitación a olvidarlo, porque Dios quiere hacer brillar una nueva luz, una confianza que sanará toda infidelidad y crueldad. Desaparecerá la maldición, fruto de la inobservancia de la alianza, porque Dios desea hacer de Jerusalén un regocijo y de su pueblo una alegría (cf. Is 65,18). Prueba de ello es que la respuesta de Dios llegará antes incluso de la súplica (cf. Is 65,24). Éste contexto se prolonga en los primeros versículos de Is 66, y aparece también por señas más adelante, haciendo ver la torpeza de corazón y de oídos frente a la bondad del Señor y a su Palabra de esperanza.

Sugestiva resulta aquí la analogía de Jerusalén madre, que se inspira en las promesas de Is 49,18-29 y 54,1-3: el país de Judá se llena de repente de cuantos regresan de la dispersión después de su humillación. Equivale a decir que los rumores de "liberación" han " fecundado" a Sión de nueva vida y esperanza, y Dios, el Señor de la vida, llevará hasta el final la gestación, dando a luz sin fatiga a nuevos hijos. De este modo Sión-madre se ve rodeada de hijos, siendo para ellos nodriza tierna y generosa. Imagen muy dulce que fascinó a santa Teresa de Lisieux, que encontró en ella una clave decisiva de interpretación de su espiritualidad.[6]

Una multiplicidad de vocablos repletos de significado: alegraos, exultad, regocijaos, y tambiénconsuelo, delicia, abundancia, prosperidad, caricias, etc. Ante la carencia de una relación de fidelidad y de amor, se había caído en tristeza y esterilidad; ahora la potencia y la santidad de Dios reestablecen sentido y plenitud de vida y de felicidad, expresada con términos pertenecientes a las raíces afectivas de todo ser humano, que despiertan emociones únicas de ternura y seguridad.

Delicado y verdadero perfil de un Dios que vibra con entrañas maternas y con emociones intensas que contagian. Alegría del corazón (cf. Is 66,14) que desde Dios — rostro materno y brazo que levanta — se expande en medio de un pueblo que ha padecido mil humillaciones y por ello tiene huesos frágiles. Transformación gratuita que se prolonga festiva a nuevos cielos y nueva tierra (cf.Is 66,27) para que todos los pueblos conozcan la gloria del Señor, que es fiel y redentor.

Ésta es la belleza…

«Ésta es la belleza de la consagración: es la alegría, la alegría…» [7] La alegría de llevar a todos la consolación de Dios. Son palabras del Papa Francisco durante el encuentro con los seminaristas, los novicios y las novicias. «No hay santidad en la tristeza!»[8] continúa el Santo Padre, no estéis tristes como quienes no tienen esperanza, decía san Pablo (1Ts 4,13).

La alegría no es un adorno superfluo, es exigencia y fundamento de la vida humana. En el afán de cada día, todo hombre y mujer tiende a alcanzar y vivir la alegría con todo su ser.

En el mundo con frecuencia viene a faltar la alegría. No estamos llamados a realizar gestos épicos ni a proclamar palabras altisonantes, sino a testimoniar la alegría que proviene de la certeza de sentirnos amados y de la confianza de ser salvados.

Nuestra memoria breve y nuestra experiencia frágil nos impiden a menudo alcanzar la "tierra de la alegría” donde poder gustar el reflejo de Dios. Tenemos mil motivos para permanecer en la alegría, la cual se nutre en la escucha creyente y perseverante de la Palabra de Dios. En la escuela del Maestro, se escucha para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado (Jn 15, 11-20) y nos entrenamos así en el ejercicio de la perfecta alegría.

«La tristeza y el miedo deben dejar paso a la alegría: “Festejad… gozad… alegraos», dice el Profeta (66,10). Es una gran invitación a la alegría. […] Todo cristiano, sobre todo nosotros, estamos llamados a ser portadores de este mensaje de esperanza que da serenidad y alegría: la consolación de Dios, su ternura para con todos. Pero sólo podremos ser portadores si nosotros experimentamos antes la alegría de ser consolados por Él, de ser amados por Él […] Yo he encontrado algunas veces a personas consagradas que tienen miedo de la consolación de Dios, y pobres, pobres, se atormentan, porque tienen miedo de esta ternura de Dios. Pero no tengan miedo. No tengan miedo, el Señor es el Señor de la consolación, el Señor de la ternura. El Señor es Padre y Él dice que hará con nosotros como una mamá con su niño, con su ternura. No tengan miedo de la consolación del Señor».[9]

Al llamaros…

«Al llamaros Dios os dice: “¡Tú eres importante para mí, te quiero, cuento contigo!” Jesús a cada uno de nosotros nos dice esto. ¡De ahí nace la alegría! La alegría del momento en el que Jesús me ha mirado. Comprender y sentir esto es el secreto de nuestra alegría. Sentirse amado por Dios, sentir que para Él no somos números, sino personas; y sentir que es Él quien nos llama».[10]

El Papa Francisco orienta nuestra mirada al fundamento espiritual de nuestra humanidad para reconocer lo que hemos recibido por gracia de Dios y libre respuesta humana: Oyendo esto Jesús, le dijo: “aún te falta una cosa. Vende todo cuanto tienes y repártelo entre los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego, ven y sígueme” (Lc 18, 22).

El Papa hace memoria: «Jesús, en la última Cena, se dirige a los Apóstoles con estas palabras: No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido (Jn 15, 16), que recuerdan a todos, no sólo a nosotros sacerdotes, que la vocación es siempre una iniciativa de Dios. Es Cristo que os ha llamado a seguirlo en la vida consagrada y esto significa realizar continuamente un «éxodo» de vosotras mismas para centrar vuestra existencia en Cristo y en su Evangelio, en la voluntad de Dios, despojándoos de vuestros proyectos, para poder decir con san Pablo: No soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí (Ga 2, 20)».[11]

El Papa nos invita a una peregrinatio hacia atrás, un camino sapiencial para encontrarnos en las calles de Palestina o junto a la barca del humilde pescador de Galilea; nos invita a contemplar los inicios de un camino o mejor de un acontecimiento que, inaugurado por Cristo, nos lleva a dejar las redes en la orilla, el banco de los impuestos en el arcén de la carretera, las veleidades del zelote entre las intenciones del pasado. Medios todos inadecuados para estar con Él.

Nos invita a detenernos con paz, como peregrinación interior, en el horizonte de la primera hora, donde los espacios están caldeados de relación amistosa, la inteligencia se abre al misterio, la decisión entiende que es bueno entregarse al seguimiento de ese Maestro que sólo tiene palabras de vida eterna (cf. Jn 6,68). Nos invita a hacer de toda la «existencia una peregrinación de transformación en el amor».[12]

El Papa Francisco nos llama a detenernos en el fotograma inicial: «La alegría del momento en que Jesús me ha mirado»[13] y evocar significados y exigencias relacionadas con nuestra vocación: «Es la respuesta a una llamada y a una llamada de amor».[14] Estar con Cristo supone compartir su vida y sus opciones; requiere la obediencia de fe, la bienaventuranza de los pobres, la radicalidad del amor.

Se trata de renacer por vocación. «Invito a cada cristiano […] a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso».[15]

Pablo nos conduce a esta visión fundamental: nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, Jesucristo (1 Cor 3, 11). El término vocación indica este hecho gratuito, como una cisterna de vida que no cesa de renovar la humanidad y la Iglesia en lo más profundo de su ser.

En la experiencia de la vocación Dios es el sujeto misterioso de la llamada. Nosotros escuchamos la voz que nos llama a la vida y al discipulado por el Reino. El Papa Francisco al recordarlo, «Tú eres importante para mí», usa el diálogo directo, en primera persona, para despertar la consciencia. Lleva a conciencia mi idea, mi juicio, para suscitar comportamientos coherentes con la llamada que siento dirigida a mí, mi llamada personal: «Quisiera decir a quien se siente indiferente hacia Dios, hacia la fe, a quien está lejano de Dios o lo ha abandonado, también a nosotros, con nuestros “alejamientos” y nuestros “abandonos” de Dios, quizás pequeños, pero ¡hay tantos en la vida cotidiana!: mira en lo profundo de tu corazón, mira en lo íntimo de ti mismo y pregúntate: ¿hay un corazón que desea cosas grande o un corazón adormecido por las cosas? ¿Tu corazón ha conservado la inquietud de la búsqueda o la has dejado sofocar por las cosas, que terminan por atrofiarlo?».[16]

La relación con Jesucristo necesita ser alimentada por la inquietud de la búsqueda. Ella nos hace conscientes de la gratuidad del don de la vocación y nos ayuda a dar razón de las motivaciones que nos han llevado a la opción inicial y sostienen nuestra perseverancia: «Dejarse conquistar por Cristo significa estar siempre atento hacia lo que me está de frente, hacia la meta de Cristo (cf. Fil 3,14)».[17] Estar constantemente a la escucha de Dios requiere que estas preguntas marquen nuestro tiempo cotidiano.

Este misterio indecible, que llevamos dentro y que participa del inefable misterio de Dios, se puede leer únicamente a la luz de la fe: «La fe es la respuesta a una Palabra que interpela personalmente, a un Tú que nos llama por nuestro nombre»[18] y «en cuanto respuesta a una Palabra que la precede, será siempre un acto de memoria. Sin embargo, esta memoria no se queda en el pasado, sino que, siendo memoria de una promesa, es capaz de abrir al futuro, de iluminar los pasos a lo largo del camino».[19]«La fe contiene precisamente la memoria de la historia de Dios con nosotros, la memoria del encuentro con Dios, que es el primero en moverse, que crea y salva […] Quien lleva consigo la memoria de Dios, se deja guiar por la memoria de Dios en toda su vida, y la sabe despertar en el corazón de los otros».[20] Memoria de ser llamados aquí y ahora.

Encontrados, alcanzados, transformados

El Papa nos pide releer nuestra historia personal y verificarla a la luz de la mirada de amor de Dios, porque si la vocación es siempre iniciativa suya, a nosotros nos corresponde la adhesión libre a la economía divino-humana, como relación de vida en el ágape, camino de discipulado, «luz en el camino de la Iglesia».[21] La vida en el Espíritu no tiene tiempos establecidos, sino que se abre constantemente al misterio mientras discierne para conocer al Señor y percibir la realidad a partir de Él. Al llamarnos, Dios nos hace entrar en su descanso y nos pide descansar en Él, como proceso continuo de conocimiento de amor; resuena para nosotros la Palabra tú te afanas y preocupas por muchas cosas (Lc 10,41). En la via amoris caminamos en una nueva vida: la vieja criatura renace a vida nueva. El que está en Cristo, es una nueva creación (2 Co 5,17).

El Papa Francisco indica el nombre de este renacer: «esta senda tiene un nombre, un rostro: el rostro de Jesucristo. Él nos enseña a ser santos. En el Evangelio nos muestra el camino: el camino de las Bienaventuranzas (cf. Mt 5, 1-12). Esta es la vida de los santos: personas que por amor a Dios no le pusieron condiciones a Él en su vida».[22]

La vida consagrada está llamada a encarnar la Buena Noticia, en el seguimiento de Cristo, muerto y resucitado, a hacer propio el «modo de existir y de actuar de Jesús como Verbo encarnado ante el Padre y ante los hermanos».[23] Asumir en concreto su estilo de vida, adoptar sus actitudes interiores, dejarse inundar por su espíritu, asimilar su sorprendente lógica y su escala de valores, compartir sus riesgos y sus esperanzas: «guiados por la certeza humilde y feliz de quien ha sidoencontrado, alcanzado y transformado por la Verdad que es Cristo, y no puede dejar de proclamarla».[24]

Permanecer en Cristo nos permite acoger la presencia del Misterio que nos habita y hace que se dilate el corazón a la medida de su corazón de Hijo. El que permanece en su amor, como el sarmiento está unido a la vid (cf. Jn 15,1-8) entra en la familiaridad con Cristo y da fruto: «¡Permanecer en Jesús! Se trata de permanecer unidos a Él, dentro de Él, con Él, hablando con Él».[25]

«La señal de Cristo está en nuestra frente y en nuestro corazón… en nuestra frente para confesarle siempre, y en nuestro corazón para amarle… en nuestro brazo para hacer el bien»,[26] la vida consagrada en efecto es una continua llamada a seguir a Cristo y a conformarnos a Él. «Toda la vida de Jesús, su forma de tratar a los pobres, sus gestos, su coherencia, su generosidad cotidiana y sencilla, y finalmente su entrega total, todo es precioso y le habla a la propia vida».[27]

El encuentro con el Señor, nos pone en movimiento, nos empuja a salir de la autorreferencialidad[28]. La relación con el Señor no es estática, ni intimista: «Quien pone a Cristo en el centro de su vida, se descentra. Cuanto más te unes a Jesús y él se convierte en el centro de tu vida, tanto más te hace Él salir de ti mismo, te descentra y te abre a los demás».[29] «No estamos en el centro, estamos, por así decirlo, «desplazados», estamos al servicio de Cristo y de la Iglesia».[30]

La vida cristiana está determinada por verbos de movimiento, es una búsqueda continua, incluso cuando se vive en la dimensión monástica y contemplativo-claustral.

«No se puede perseverar en una evangelización ferviente si no se está convencido, por experiencia propia, de que no es lo mismo haber conocido a Jesús que no conocerlo, no es lo mismo caminar con Él que caminar a tientas, no es lo mismo poder escucharlo que ignorar su Palabra, no es lo mismo poder contemplarlo, adorarlo, descansar en Él, que no poder hacerlo. No es lo mismo tratar de construir el mundo con su Evangelio que hacerlo sólo con la propia razón. Sabemos bien que la vida con Él se vuelve mucho más plena y que con Él es más fácil encontrarle un sentido a todo».[31]

El Papa Francisco exhorta a la inquietud de la búsqueda, como fue para Agustín de Hipona: una «inquietud del corazón lo que le lleva al encuentro personal con Cristo, le lleva a comprender que ese Dios que buscaba lejos de sí es el Dios cercano a cada ser humano, el Dios cercano a nuestro corazón, más íntimo a nosotros que nosotros mismos». Es una búsqueda continua: «Agustín no se detiene, no se arrellana, no se cierra en sí mismo como quien ya ha llegado, sino que continúa el camino. La inquietud de la búsqueda de la verdad, de la búsqueda de Dios, se convierte en la inquietud de conocerle cada vez más y de salir de sí mismo para darlo a conocer a los demás. Es justamente la inquietud del amor».[32]

En la alegría del sí fiel

Quien ha encontrado al Señor y lo sigue con fidelidad es un mensajero de la alegría del Espíritu.

«Sólo gracias a ese encuentro —o reencuentro— con el amor de Dios, que se convierte en feliz amistad, somos rescatados de nuestra conciencia aislada y de la autorreferencialidad».[33]La persona llamada es convocada a ser ella misma, es decir a ser lo que puede ser. Podemos decir que la crisis de la vida consagrada depende también de la incapacidad de reconocer esta llamada profunda, incluso en los que viven ya tal vocación.

Vivimos una crisis de fidelidad, entendida como adhesión consciente a una llamada que es un recorrido, un camino desde su misterioso inicio a su misterioso final.

Quizás nos encontramos también en una crisis de humanización. No siempre vivimos una verdadera coherencia, heridos por la incapacidad de realizar en el tiempo nuestra vida como vocación única y camino fiel.

Un camino cotidiano, personal y fraterno, marcado por el descontento, por la amargura que nos cierra en la lamentación, en una permanente nostalgia por caminos inexplorados y por sueños no realizados, se convierte en un camino solitario. Nuestra vida, llamada a la relación en el cumplimiento del amor puede transformarse en tierra desierta. Estamos invitados en cada edad a volver al centro profundo de la vida personal, allí donde encuentran sentido y verdad las motivaciones de nuestro vivir con el Maestro, discípulos y discípulas del Maestro.

La fidelidad es conciencia del amor que nos orienta hacia el Tú de Dios y hacia cada persona, de modo constante y dinámico, mientras experimentamos en nosotros la vida del Resucitado: «Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento».[34]

El discipulado fiel es gracia y ejercicio de amor, ejercicio de caridad oblativa: «Cuando caminamos sin la cruz, cuando edificamos sin la cruz y cuando confesamos un Cristo sin cruz, no somos discípulos del Señor: somos mundanos, somos obispos, sacerdotes, cardenales, papas, pero no discípulos del Señor».[35]

Perseverar hasta el Gólgota, experimentar la laceración de la duda y de la negación, gozar en la maravilla y en el estupor de la Pascua hasta la manifestación de Pentecostés y la evangelización de las gentes, son etapas de una fidelidad gozosa en la lógica de la kenosis, experimentada durante toda la vida con el signo incluso del martirio, y del mismo modo partícipe de la vida de Cristo resucitado: «Y desde la Cruz, acto supremo de misericordia y de amor, renacemos como “criatura nueva (Ga 6,15)».[36]

En el lugar teologal, donde Dios revelándose nos revela a nosotros mismos, el Señor nos pide, pues, volver a buscar, fides quaerens: Busca la justicia, la fe, la caridad, la paz en unión de los que invocan al Señor con corazón puro (2 Tm 2, 22).

La peregrinación interior se inicia en la plegaria: «Para un discípulo, lo primero es estar con el Maestro, escucharle, aprender de él. Y esto vale siempre, es un camino que dura toda la vida[…] Si en nuestros corazones no está el calor de Dios, de su amor, de su ternura, ¿cómo podemos nosotros, pobres pecadores, inflamar el corazón de los demás?».[37] Este itinerario dura toda la vida y el Espíritu Santo, en la humildad de la oración, nos hace entender la Señoría de Cristo en nosotros: «El Señor nos llama cada día a seguirlo con valentía y fidelidad; nos ha concedido el gran don de elegirnos como discípulos suyos; nos invita a proclamarlo con gozo como el Resucitado, pero nos pide que lo hagamos con la palabra y el testimonio de nuestra vida en lo cotidiano. El Señor es el único, el único Dios de nuestra vida, y nos invita a despojarnos de tantos ídolos y a adorarle sólo a él».[38]

El Papa indica la oración como el manantial de fecundidad de la misión: «Cultivemos la dimensión contemplativa, incluso en la vorágine de los compromisos más urgentes y duros. Cuanto más les llame la misión a ir a las periferias existenciales, más unido ha de estar su corazón a Cristo, lleno de misericordia y de amor».[39]

El estar con Jesús nos forma a una mirada contemplativa de la historia, que sabe ver y escuchar en todo la presencia del Espíritu y, de modo privilegiado, discernir su presencia para vivir el tiempo como tiempo de Dios. Cuando falta la mirada de fe «la propia vida pierde gradualmente el sentido, el rostro de los hermanos se hace opaco y es imposible descubrir en ellos el rostro de Cristo, los acontecimientos de la historia quedan ambiguos cuando no privados de esperanza».[40]

La contemplación abre a la aptitud profética. El profeta es un hombre «que tiene los ojos penetrantes y que escucha y dice las palabras de Dios, [...] un hombre de tres tiempos: promesa del pasado, contemplación del presente, ánimo para indicar el camino hacia el futuro».[41]

Por último, la fidelidad en el discipulado pasa y es probada por la experiencia de la fraternidad, lugar teológico, en el que estamos llamados a sostenernos en el sí gozoso al Evangelio: «Es la Palabra de Dios la que suscita la fe, la nutre, la regenera. Es la Palabra de Dios la que toca los corazones, los convierte a Dios y a su lógica, que es muy distinta a la nuestra; es la Palabra de Dios la que renueva continuamente nuestras comunidades».[42]

El Papa nos invita pues a renovar y a cualificar nuestra vocación con alegría y pasión porque el acto totalizante del amor es un «camino continuo, que madura, madura, madura»,[43] en desarrollo permanente en el que el sí de nuestra voluntad a la suya une voluntad, intelecto y sentimiento «el amor nunca se da por «concluido» y completado; se transforma en el curso de la vida, madura y, precisamente por ello, permanece fiel a sí mismo».[44]


Consolad, consolad a mi pueblo

Consolad, consolad a mi pueblo,
dice vuestro Dios.

Hablad al corazón de Jerusalén.

Isaías 40, 1-2


A la escucha

Con una peculiaridad estilística que se encuentra también más adelante (cf. Is 51,17; 52,1: ¡Despierta, despierta!), los oráculos de la segunda parte de Isaías (Is 40-55) lanzan una llamada entusiasta a socorrer a Israel deportado, que tiende a cerrarse en el vacío de una memoria fallida. El contexto histórico pertenece claramente a la fase de la larga deportación del pueblo en Babilonia (587-538 A.C), con la consiguiente humillación y el sentido de impotencia para salir de ella. Todavía, la disgregación del imperio asirio bajo la presión de la nueva potencia emergente, la de Persia, guiada por el astro naciente que fue Ciro, hace intuir al profeta que podría realizarse una liberación inesperada. Y así será. El profeta, inspirado por Dios, da voz pública a esta posibilidad, interpretando las agitaciones políticas y militares como acción guiada misteriosamente por Dios a través de Ciro y proclama que la liberación está cerca y el retorno a la tierra de los padres está a punto de realizarse.

Las palabras de Isaías: Consolad... hablad al corazón, se encuentran con una cierta frecuencia en el Antiguo Testamento y tienen particular valor los términos que se repiten en los diálogos de ternura y de afecto. Como cuando Rut reconoce que Booz la ha consolado y ha hablado a su corazón (cf. Rt 2,12) o bien en la famosa página de Oseas que anuncia a su mujer (Gomer) que la llevará al desierto y hablará a su corazón (cf. Os 2,16-17) para un tiempo de fidelidad. Encontramos paralelos similares en el diálogo de Siquem, hijo de Jamor, enamorado de Dina (cf.Gn 34,1-5) o en el del levita de Efraim que habla a la concubina que lo ha abandonado (cf. Jc19,3).

Se trata pues de un lenguaje que se explica en el horizonte del amor, no sólo de una palabra de aliento: acción y palabra juntas, delicadas y alentadoras, que evocan los profundos lazos afectivos de Dios “esposo” de Israel. Y la consolación debe ser epifanía de una pertenencia recíproca, juego de empatía intensa, de conmoción y unión vital. No se trata pues de palabras superficiales y dulzonas sino de entrañas de misericordia, abrazo que da fuerza y es paciente cercanía para hallar los caminos de la confianza.

Llevar el abrazo de Dios

«La gente de hoy tiene necesidad ciertamente de palabras, pero sobre todo tiene necesidad de que demos testimonio de la misericordia, la ternura del Señor, que enardece el corazón, despierta la esperanza, atrae hacia el bien. ¡La alegría de llevar la consolación de Dios!».[45]

El Papa Francisco nos confía a nosotros consagrados y consagradas esta misión: encontrar al Señor, que nos consuela como una madre, y consolar al pueblo de Dios.

De la alegría del encuentro con el Señor y de su llamada brota el servicio en la Iglesia, la misión: llevar a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo la consolación de Dios, testimoniar su misericordia.[46]

En la visión de Jesús la consolación es don del Espíritu, el Paráclito, el Consolador que nos consuela en las pruebas y enciende una esperanza que no decepciona. La consolación cristiana se convierte así en consuelo, aliento, esperanza: es presencia operante del Espíritu (cf. Jn 14, 16-17), fruto del Espíritu y el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, longanimidad, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza (Ga 5, 22).

En un mundo de desconfianza, desaliento, depresión, en una cultura en donde hombres y mujeres se dejan llevar por la fragilidad y la debilidad, el individualismo y los intereses personales, se nos pide introducir la confianza en la posibilidad de una felicidad verdadera, de una esperanza posible, que no se apoye únicamente en los talentos, en las cualidades, en el saber, sino en Dios. A todos se nos da la posibilidad de encontrarlo, basta buscarle con corazón sincero.

Los hombres y las mujeres de nuestro tiempo esperan una palabra de consolación, de cercanía, de perdón y de alegría verdadera. Somos llamados a llevar a todos el abrazo de Dios, que se inclina con ternura de madre hacia nosotros: consagrados, signo de humanidad plena, facilitadores y no controladores de la gracia,[47] bajo el signo de la consolación.

La ternura nos hace bien

Como testigos de comunión, no obstante nuestro modo de ver y nuestra limitación, estamos llamados a llevar la sonrisa de Dios, y la fraternidad es el primer y más creíble evangelio que podemos narrar. Se nos pide humanizar nuestras comunidades: «Cuidar la amistad entre vosotras, la vida de familia, el amor entre vosotras. Que el monasterio no sea un Purgatorio, que sea una familia. Los problemas están, estarán, pero, como se hace en una familia, con amor, buscar la solución con amor; no destruir esto para resolver aquello; no competir. Cuidar la vida de comunidad, porque cuando la vida de comunidad es así, de familia, es precisamente el Espíritu Santo quien está en medio de la comunidad. Estas dos cosas quería deciros: la contemplación siempre, siempre con Jesús —Jesús, Dios y Hombre—; y la vida de comunidad, siempre con un corazón grande. Dejando pasar, no vanagloriarse, soportar todo, sonreír desde del corazón. El signo de ello es la alegría».[48]

La alegría se consolida en la experiencia de fraternidad, como lugar teológico, donde cada uno es responsable de la fidelidad al Evangelio y del crecimiento de los demás. Cuando una fraternidad se alimenta del mismo Cuerpo y Sangre de Jesús y se reúne alrededor del Hijo de Dios, para compartir el camino de fe conducido por la Palabra, se hace una cosa sola con él, es una fraternidad en comunión que experimenta el amor gratuito y vive en fiesta, libre, alegre, llena de audacia.

«Una fraternidad sin alegría es una fraternidad que se apaga [...] Una fraternidad donde abunda la alegría es un verdadero don de lo Alto a los hermanos que saben pedirlo y que saben aceptarse y se comprometen en la vida fraterna confiando en la acción del Espíritu».[49]

En un tiempo en el que la fragmentariedad alimenta un individualismo estéril y de masa y la debilidad de las relaciones disgrega y estropea el cuidado de lo humano, se nos invita a humanizar las relaciones de fraternidad para favorecer la comunión de corazón y de alma según el Evangelio porque «existe una comunión de vida entre todos aquellos que pertenecen a Cristo. Una comunión que nace de la fe» y que hace a «la Iglesia, en su verdad más profunda, comunión con Dios, familiaridad con Dios, comunión de amor con Cristo y con el Padre en el Espíritu Santo, que se prolonga en una comunión fraterna».[50]

Para el Papa Francisco la ternura es signo distintivo de la fraternidad, una «ternura eucarística», porque «la ternura nos hace bien.» La fraternidad tendrá «una fuerza de convocación enorme. […] la hermandad incluso con todas las diferencias posibles, es una experiencia de amor que va más allá de los conflictos».[51]

La cercanía como compañía

Estamos llamados a realizar un éxodo de nosotros mismos en un camino de adoración y de servicio.[52] «¡Salir por la puerta para buscar y encontrar! Tengan el valor de ir contracorriente de esta cultura eficientista, de esta cultura del descarte. El encuentro y la acogida de todos, la solidaridad, es una palabra que la están escondiendo en esta cultura, casi una mala palabra, la solidaridad y la fraternidad, son elementos que hacen nuestra civilización verdaderamente humana. Ser servidores de la comunión y de la cultura del encuentro. Los quisiera casi obsesionados en este sentido. Y hacerlo sin ser presuntuosos».[53]

"El fantasma que se debe combatir es la imagen de la vida religiosa entendida como refugio y consuelo ante un mundo externo difícil y complejo"[54] El Papa nos pide «salir del nido»,[55] para ser enviados a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, entregándonos a Dios y al prójimo.

«¡La alegría nace de la gratuidad de un encuentro […] Y la alegría del encuentro con Él y de su llamada lleva a no cerrarse, sino a abrirse; lleva al servicio en la Iglesia. Santo Tomás decía bonum est diffusivum sui —no es un latín muy difícil—, el bien se difunde. Y también la alegría se difunde. No tengáis miedo de mostrar la alegría de haber respondido a la llamada del Señor, a su elección de amor, y de testimoniar su Evangelio en el servicio a la Iglesia. Y la alegría, la verdad, es contagiosa; contagia… hace ir adelante».[56]

Frente al testimonio contagioso de alegría, serenidad, fecundidad, ante el testimonio de la ternura y del amor, de la caridad humilde, sin prepotencia, muchos sienten el deseo de venir y ver.[57]

El Papa Francisco ha indicado varias veces el camino de la atracción, del contagio, como vía para hacer crecer a la Iglesia, vía de la nueva evangelización. «La Iglesia debe ser atractiva. ¡Despertar al mundo! ¡Sean testimonio de un modo distinto de hacer, de actuar, de vivir! Es posible vivir de un modo distinto en este mundo […] Por lo tanto, esto que me espero es el testimonio».[58]

Confiándonos la tarea de despertar el mundo el Papa nos impulsa al encuentro de los hombres y mujeres de hoy a la luz de dos elementos pastorales que tienen su raíz en la novedad del Evangelio: la cercanía y el encuentro, dos modos mediante los cuales Dios mismo se ha revelado en la historia hasta la Encarnación.

En el camino de Emaús, hacemos nuestros, como Jesús con los discípulos, las alegrías y los sufrimientos de la gente, dando «calor al corazón»,[59] mientras esperamos con ternura al que se siente cansado, débil, para que el camino en común tenga luz y sentido en Cristo.

Nuestro camino «madura hacia la paternidad pastoral, hacia la maternidad pastoral, y cuando un sacerdote no es padre de su comunidad, cuando una religiosa no es madre de todos aquellos con los que trabaja, se vuelve triste. Este es el problema. Por eso os digo: la raíz de la tristeza en la vida pastoral está precisamente en la falta de paternidad y maternidad, que viene de vivir mal esta consagración, que, en cambio, nos debe llevar a la fecundidad».[60]

La inquietud del amor

Iconos vivientes de la maternidad y de la cercanía de la Iglesia, vamos hacia quienes esperan la Palabra de consolación inclinándonos con amor materno y espíritu paterno hacia los pobres y los débiles.

El Papa nos invita a no privatizar el amor y con la inquietud de quien busca: «Buscar siempre, sin descanso, el bien del otro, de la persona amada».[61]

La crisis de sentido del hombre moderno y la crisis económica y moral de la sociedad occidental y de sus instituciones no son un acontecimiento pasajero de nuestro tiempo, sino un momento histórico de excepcional importancia. Estamos llamados como Iglesia a salir para dirigirnos hacia las periferias geográficas, urbanas y existenciales —las del misterio del pecado, del dolor, de las injusticias, de la miseria—, hacia los lugares escondidos del alma dónde cada persona experimenta la alegría y el sufrimiento de la vida.[62]

«Vivimos en una cultura del desencuentro, una cultura de la fragmentación, una cultura en la que lo que no me sirve lo tiro, la cultura del descarte […] hoy, hallar a un vagabundo muerto de frío no es noticia, sin embargo “la pobreza es una categoría teologal porque el Hijo de Dios se abajó, se hizo pobre para caminar con nosotros por el camino […] Una Iglesia pobre para los pobres empieza con ir hacia la carne de Cristo. Si vamos hacia la carne de Cristo, comenzamos a entender algo, a entender qué es esta pobreza, la pobreza del Señor».[63]

Vivir la bienaventuranza de los pobres significa que la angustia de la soledad y de la limitación ha sido vencida por la alegría de quien es realmente libre en Cristo y ha aprendido a amar.

Durante su visita pastoral a Asís, el Papa Francisco se preguntaba de qué debe despojarse la Iglesia. Y respondía: «despojarse de toda acción que no es por Dios, no es de Dios; del miedo de abrir las puertas y de salir al encuentro de todos, especialmente de los más pobres, necesitados, lejanos, sin esperar; cierto, no para perderse en el naufragio del mundo, sino para llevar con valor la luz de Cristo, la luz del Evangelio, también en la oscuridad, donde no se ve, donde puede suceder el tropiezo; despojarse de la tranquilidad aparente que dan las estructuras, ciertamente necesarias e importantes, pero que no deben oscurecer jamás la única fuerza verdadera que lleva en sí: la de Dios. Él es nuestra fuerza».[64]

Es para nosotros una invitación a «no tener miedo a dejar caer las estructuras caducas. La Iglesia es libre. La lleva adelante el Espíritu Santo. Nos lo enseña Jesús en el evangelio: la libertad necesaria para encontrar siempre la novedad del evangelio en nuestra vida y también en las estructuras. La libertad de elegir odres nuevos para esta novedad».[65]

Estamos invitados a ser hombres y mujeres audaces, de frontera: «Nuestra fe no es una fe-laboratorio, sino una fe-camino, una fe histórica. Dios se ha revelado como historia, no como un compendio de verdades abstractas. […] No hay que llevarse la frontera a casa, sino vivir en frontera y ser audaces».[66]

Junto al desafío de la bienaventuranza de los pobres, el Papa invita a visitar las fronteras del pensamiento y de la cultura, a favorecer el diálogo, también a nivel intelectual, para dar razón de la esperanza basada en criterios éticos y espirituales, interrogándonos sobre lo que es bueno. La fe no reduce jamás el espacio de la razón, lo abre más bien a una visión integral del hombre y de la realidad e impide reducir al hombre a «material humano».[67]

La cultura, llamada a servir constantemente a la humanidad en todas sus condiciones, si es auténtica, abre a itinerarios inexplorados, pasos de respiro de esperanza que consolidan el sentido de la vida y custodian el bien común. Un auténtico proceso cultural «hace crecer la humanización integral y la cultura del encuentro y de la relación; ésta es la manera cristiana de promover el bien común, la alegría de vivir. Y aquí convergen la fe y la razón, la dimensión religiosa con los diferentes aspectos de la cultura humana: el arte, la ciencia, el trabajo, la literatura».[68]Una verdadera búsqueda cultural se encuentra con la historia y abre caminos hacia el rostro de Dios.

Los lugares en los que se elabora y se comunica el saber son también lugares en los que se debe crear una cultura de la cercanía, del encuentro y del diálogo, superando defensas, abriendo puertas, construyendo puentes.[69]

Para la reflexión

El mundo como red global en la que todos estamos conectados, donde ninguna tradición local puede ambicionar el monopolio de lo verdadero y donde las tecnologías tienen efectos que alcanzan a todos, constituye un desafío continuo para quien vive la vida según el Evangelio.

En esta situación histórica, el Papa Francisco está realizando, mediante opciones y modos de vida, una hermenéutica viviente del diálogo Dios-mundo. Nos introduce en un estilo de sabiduría que, arraigada en el Evangelio y en la escatología de lo humano, lee el pluralismo, busca el equilibrio, invita a activar la capacidad de ser responsables del cambio para comunicar cada vez mejor la verdad del Evangelio, mientras nos movemos «entre los límites y las circunstancias»[70] y conscientes de estos límites cada uno de nosotros se hace débil con los débiles… todo a todos (1 Cor 9, 22)

Estamos invitados a cuidar una dinámica generativa, no simplemente administrativa, para asumir los acontecimientos espirituales presentes en nuestras comunidades y en el mundo, como movimiento y gracia, obra del Espíritu en cada persona, vista como persona. Estamos invitados a desestructurar modelos sin vida para narrar lo humano tocado por Cristo, nunca revelado del todo en los lenguajes y en los modos.

El Papa Francisco nos invita a una sabiduría que sea signo de una consistencia dúctil, capacidad de los consagrados de moverse según el Evangelio, de actuar y de optar según el Evangelio, sin perderse entre diversas esferas de vida, lenguajes, relaciones, manteniendo el sentido de la responsabilidad, los nexos que nos unen, nuestros límites, las infinitas expresiones de la vida. Un corazón misionero es un corazón que ha conocido la alegría de la salvación de Cristo y la comparte como consolación frente al límite humano: «Sabe que él mismo tiene que crecer en la comprensión del Evangelio y en el discernimiento de los senderos del Espíritu, y entonces no renuncia al bien posible, aunque corra el riesgo de mancharse con el barro del camino».[71]

Nos dejamos interpelar por las invitaciones del Papa para mirarnos a nosotros mismos y al mundo con los ojos de Cristo y permanecer inquietos.

Las preguntas del Papa Francisco

Quería deciros una palabra, y la palabra era alegría. Siempre, donde están los consagrados, los seminaristas, las religiosas y los religiosos, los jóvenes, hay alegría, siempre hay alegría. Es la alegría de la lozanía, es la alegría de seguir a Cristo; la alegría que nos da el Espíritu Santo, no la alegría del mundo. ¡Hay alegría! Pero, ¿dónde nace la alegría?[72]

Mira en lo profundo de tu corazón, mira en lo íntimo de ti mismo, y pregúntate: ¿tienes un corazón que desea algo grande o un corazón adormecido por las cosas? ¿Tu corazón ha conservado la inquietud de la búsqueda o lo has dejado sofocar por las cosas, que acaban por atrofiarlo? Dios te espera, te busca: ¿qué respondes? ¿Te has dado cuenta de esta situación de tu alma? ¿O duermes? ¿Crees que Dios te espera o para ti esta verdad son solamente “palabras”?[73]

Somos víctimas de esta cultura de lo provisional. Querría que pensarais en esto: ¿cómo puedo liberarme de esta cultura de lo provisional?[74]

Esta es una responsabilidad, ante todo, de los adultos, de los formadores. Es vuestra, formadores, que estáis aquí: dar un ejemplo de coherencia a los más jóvenes. ¿Queremos jóvenes coherentes? ¡Seamos nosotros coherentes! De lo contrario, el Señor nos dirá lo que decía de los fariseos al pueblo de Dios: “Haced lo que digan, pero no lo que hacen”. Coherencia y autenticidad.[75]

Podemos preguntarnos: ¿estoy inquieto por Dios, por anunciarlo, para darlo a conocer? ¿O me dejo fascinar por esa mundanidad espiritual que empuja a hacer todo por amor a uno mismo? Nosotros, consagrados, pensamos en los intereses personales, en el funcionalismo de las obras, en el carrerismo. ¡Bah! Tantas cosas podemos pensar... Por así decirlo ¿me he “acomodado” en mi vida cristiana, en mi vida sacerdotal, en mi vida religiosa, también en mi vida de comunidad, o conservo la fuerza de la inquietud por Dios, por su Palabra, que me lleva a “salir fuera”, hacia los demás?[76]

¿Cómo estamos con la inquietud del amor? ¿Creemos en el amor a Dios y a los demás? ¿O somos nominalistas en esto? No de modo abstracto, no sólo las palabras, sino el hermano concreto que encontramos, ¡el hermano que tenemos al lado! ¿Nos dejamos inquietar por sus necesidades o nos quedamos encerrados en nosotros mismos, en nuestras comunidades, que muchas veces es para nosotros “comunidad-comodidad”?[77]

Este es un hermoso, un hermoso camino a la santidad. No hablar mal de los otros. “Pero padre, hay problemas…”. Díselos al superior, díselos a la superiora, díselos al obispo, que puede remediar. No se los digas a quien no puede ayudar. Esto es importante: ¡fraternidad! Pero dime, ¿hablarías mal de tu mamá, de tu papá, de tus hermanos? Jamás. ¿Y por qué lo haces en la vida consagrada, en el seminario, en la vida presbiteral? Solamente esto: pensad, pensad. ¡Fraternidad! Este amor fraterno.[78]

A los pies de la cruz, es mujer del dolor y, al mismo tiempo, de la espera vigilante de un misterio, más grande que el dolor, que está por realizarse. Todo parece verdaderamente acabado; toda esperanza podría decirse apagada. También ella, en ese momento, recordando las promesas de la anunciación habría podido decir: no se cumplieron, he sido engañada. Pero no lo dijo. Sin embargo ella, bienaventurada porque ha creído, por su fe ve nacer el futuro nuevo y espera con esperanza el mañana de Dios. A veces pienso: ¿sabemos esperar el mañana de Dios? ¿O queremos el hoy? El mañana de Dios para ella es el alba de la mañana de Pascua, de ese primer día de la semana. Nos hará bien pensar, en la contemplación, en el abrazo del hijo con la madre. La única lámpara encendida en el sepulcro de Jesús es la esperanza de la madre, que en ese momento es la esperanza de toda la humanidad. Me pregunto a mí y a vosotros: en los monasterios, ¿está aún encendida esta lámpara? En los monasterios, ¿se espera el mañana de Dios?[79]

La inquietud del amor empuja siempre a ir al encuentro del otro, sin esperar que sea el otro a manifestar su necesidad. La inquietud del amor nos regala el don de la fecundidad pastoral, y nosotros debemos preguntarnos, cada uno de nosotros: ¿cómo va mi fecundidad espiritual, mi fecundidad pastoral?[80]

Una fe auténtica implica siempre un profundo deseo de cambiar el mundo. He aquí la pregunta que debemos plantearnos: ¿también nosotros tenemos grandes visiones e impulsos? ¿También nosotros somos audaces? ¿Vuela alto nuestro sueño? ¿Nos devora el celo? (cf. Sal 69, 10) ¿O, en cambio, somos mediocres y nos conformamos con nuestras programaciones apostólicas de laboratorio?[81]

Ave, Madre de la alegría

Alégrate, llena de gracia (Lc 1, 28), «El saludo del ángel a María es una invitación a la alegría, a una alegría profunda, que anuncia el final de la tristeza […]. Es un saludo que marca el inicio del Evangelio, de la Buena Nueva».[82]

Junto a María la alegría se expande: el Hijo que lleva en su seno es el Dios de la alegría, del regocijo que contagia. María abre las puertas del corazón y corre hacia Isabel.

«Alegre de cumplir su deseo, delicada en su deber, diligente en su alegría, se apresuró hacia la montaña. ¿Adónde, sino hacia las cimas, debía tender con prisa la que ya estaba llena de Dios?».[83]

Se mueve con prontitud (Lc 1, 39) para llevar al mundo la buena noticia, para transmitir a todos la alegría incontenible que lleva en su regazo: Jesús, el Señor. Con prontitud: no es sólo la velocidad con la que se mueve María, nos expresa su diligencia, la atención premurosa con la que afronta el viaje, su entusiasmo.

He aquí la esclava del Señor(Lc 1,38).La esclava del Señor, corre con prontitud, para hacerse esclava de los hombres, donde el amor de Dios se demuestra y se comprueba en el amor a cada hermano y a cada hermana.

En María es la Iglesia entera que camina unida: en la caridad de quien sale al paso del más frágil; en la esperanza de quien se sabe acompañado en su caminar y en la fe de quien tiene un don especial para compartir. ¡En María cada uno de nosotros, empujado por el viento del Espíritu vive la propia vocación de caminar!


Estrella de la nueva evangelización,
ayúdanos a resplandecer en el testimonio de la comunión,
del servicio, de la fe ardiente y generosa,
de la justicia y el amor a los pobres,
para que la alegría del Evangelio
llegue hasta los confines de la tierra
y ninguna periferia se prive de su luz.

Madre del Evangelio viviente,
manantial de alegría para los pequeños,
ruega por nosotros.
Amén. Aleluya.
[84]


Roma, 2 de febrero de 2014, Fiesta de la Presentación del Señor

João Braz Card. de Aviz
Prefecto

José Rodríguez Carballo, O.F.M.
Arzobispo Secretario


[1] Francisco, Exhortación apostólica Evangelii gaudium,(24 noviembre 2013), LEV, Ciudad del Vaticano, 2013, n. 1.

[2] Antonio Spadaro, “¡Despierten al mundo!". Coloquio del Papa Francisco con los Superiores Generales, en:La Civiltà Cattolica, 165 (2014/I), 5.

[3] Cf. Francisco, Exhortación apostólica Evangelii gaudium, (24 noviembre 2013), LEV, Ciudad del Vaticano, 2013, n. 47.

[4] Francisco, Predicad siempre el Evangelio y si fuera necesario también con las palabras, con la expresión de san Francisco el Papa confía su mensaje a los jóvenes reunidos en Santa María de los Ángeles, [encuentro con los jóvenes de Umbría, Asís, 4 octubre 2013], en: L’Osservatore Romano, domingo 6 octubre 2013, CLIII (229), p. 7.

[5] Juan Pablo II, Exhortación apostólica post-sinodal Vita consecrata, (25 marzo 1996), n. 27, en: AAS 88 (1996), 377-486.

[6] Cf. S. Teresa del Niño Jesús, Obras completas, Librería Vaticana-Ed. OCD, Ciudad del Vaticano-Roma, 1997: Manuscrito A, 76vº; B, 1rº; carta 196.

[7] Francisco, Auténticos y coherentes, Papa Francisco habla de la belleza de la consagración,[Encuentro con los Seminaristas, Novicios y Novicias, Roma, 6 julio 2013], en: L’Osservatore Romano, lunes-martes 8-9 julio 2013, CLIII (155), p. 6.

[8] Ibíd.

[9] Francisco, La evangelización se hace de rodillas, Misa con los seminaristas, novicios y novicias en el Año de la Fe, [Homilía durante la Misa con los Seminaristas, Novicios y Novicias, Roma, 7 julio 2013], en: L’Osservatore Romano, lunes-martes8-9 julio 2013, CLIII (155), p. 7.

[10] Francisco, Auténticos y coherentes, Papa Francisco habla de la belleza de la consagración,[Encuentro con los Seminaristas, Novicios y Novicias, Roma, 6 julio 2013], en: L’Osservatore Romano, lunes-martes 8-9 julio 2013, CLIII (155), p. 6.

[11] Francisco, Discurso a los Participantes en la Asamblea Plenaria de la Unión Internacional de las Superioras Generales, Roma, 8 mayo 2013, en: AAS 105 (2013), 460-463.

[12] Francesco, Para subir al monte de la perfección, Mensaje del Pontífice a los Carmelitas con motivo del Capítulo General, [Mensaje al Prior General de la Orden de los Hermanos de la Beata Virgen María del Monte Carmelo, con motivo del Capítulo General, Roma, 22 agosto 2013], en: L’Osservatore Romano, viernes 6 septiembre 2013, CLIII (203), p. 7.

[13] Francisco, Auténticos y coherentes, Papa Francisco habla de la belleza de la consagración,[Encuentro con los Seminaristas, Novicios y Novicias, Roma, 6 julio 2013], en: L’Osservatore Romano, lunes-martes 8-9 julio 2013, CLIII (155), p. 6.

[14] Ibíd.

[15] Francisco, Exhortación apostólica Evangelii gaudium, (24 noviembre 2013), LEV, Ciudad del Vaticano, 2013, n. 3.

[16] Francisco, Con la inquietud en el corazón, a los capitulares agustinos el Papa les pide estar siempre a la búsqueda de Dios y de los hermanos, [Homilía durante la Misa de apertura del Capítulo General de la Orden de San Agustín, Roma, 28 agosto 2013], en: L’Osservatore Romano, viernes 30 agosto 2013, CLIII (197), p. 8.

[17] Francisco, Caminos creativos radicados en la Iglesia, Papa Francisco con sus hermanos jesuitas en el día de la memoria de san Ignacio de Loyola [Homilía durante la Misa en la Iglesia del Santísimo Nombre de Jesús con ocasión de la fiesta de S. Ignacio de Loyola, Roma, 31 julio 2013], en: L’Osservatore Romano, jueves 1 agosto 2013, CLIII (175), p. 8.

[18] Francisco, Carta Encíclica Lumen fidei, (29 junio 2013), n. 8, en: AAS 105 (2013), 555-596.

[19] Ibíd., n. 9.

[20] Francisco, Memoria de Dios, durante la Misa en plaza de San Pedro el Papa habla de la misión del catequista, [Homilía durante la Misa para la jornada de los Catequistas, Roma, 29 septiembre 2013], en: L’Osservatore Romano, lunes 30 septiembre-martes 1° octubre 2013, CLIII (224), p. 7.

[21] Francisco, Discurso a los Participantes en la Asamblea Plenaria de la Unión Internacional de las Superioras Generales, Roma, 8 mayo 2013, en: AAS 105 (2013), 460-463.

[22] Francisco, No superhombres sino amigos de Dios, Ángelus de todos los Santos, [Ángelus,Roma, 1 noviembre 2013], en L’Osservatore Romano, sábado-domingo 2-3 noviembre 2013, CLIII (252), p. 8.

[23] Juan Pablo II, Exhortación apostólica pstsinodal Vita consecrata (25 marzo 1996), n. 22, en: AAS 88 (1996), 377-486.

[24] Francisco, En la encrucijada de los caminos, a los obispos, a los sacerdotes, a los religiosos y a los seminaristas el Papa les confía la misión de formar a los jóvenes a ser "callejeros de la fe"[Homilía durante la Misa con los Obispos, Sacerdotes, Religiosos y Seminaristas en ocasión de la XXVIII Jornada Mundial de la Juventud, 27 julio 2013, Río de Janeiro], en:L’Osservatore Romano, lunes-martes 29-30 julio 2013, CLIII (173), p. 4.

[25] Francisco, La vocación del catequista, el Pontífice anima a no tener miedo a salir de sí mismo para ir al encuentro de los demás, [Discurso a los participantes en el Congreso Internacional sobre Catequesis, Roma, 27 septiembre 2013], en: L’Osservatore Romano,domingo 29 septiembre 2013, CLIII (223), p. 7

[26] Ambrosio, De Isaac et anima, 75: PL 14, 556-557.

[27] Francesco, Exhortación apostólica Evangelii gaudium, (24 noviembre 2013), LEV, Ciudad del Vaticano, 2013, n. 265

[28] Cf. Francesco, Exhortación apostólica Evangelii gaudium, (24 noviembre 2013), LEV, Ciudad del Vaticano, 2013, n. 8.

[29] Francisco, La vocación de ser catequista, el Pontífice anima a no tener miedo de salir de sí mismos para ir al encuentro de los demás, [Discurso a los participantes en el Congreso Internacional sobre Catequesis, Roma, 27 septiembre 2013], en: L’Osservatore Romano,domingo 29 septiembre 2013, CLIII (223), p. 7.

[30] Francisco, Caminos creativos radicados en la Iglesia, Papa Francisco con sus hermanos jesuitas el día de la memoria de san Ignacio de Loyola [Homilía durante la Misa en la Iglesia del Santísimo Nombre de Jesús con motivo de la fiesta de S. Ignacio de Loyola, Roma, 31 julio 2013], en: L’Osservatore Romano, jueves 1° agosto 2013, CLIII (175), p. 8.

[31] Francisco, Exhortación apostólica Evangelii gaudium, (24 noviembre 2013), LEV, Ciudad del Vaticano, 2013, n. 266.

[32] Francisco, Con la inquietud en el corazón, a los capitulares agustinos el Papa les pide estar siempre en búsqueda de Dios y de los otros, [Homilía durante la Misa de apertura del Capítulo General de la Orden de San Agustín, Roma, 28 agosto 2013], en: L’Osservatore Romano,viernes 30 agosto 2013, CLIII (197), p. 8.

[33] Francisco, Exhortación apostólica Evangelii gaudium, (24 noviembre 2013), LEV, Ciudad del Vaticano, 2013, n. 8.

[34] Ibíd. n.1.

[35] Francisco, Homilía durante la Misa con los Cardenales, Roma, 14 marzo 2013, en: AAS105 (2013), 365-366.

[36] Francisco, La evangelización se hace de rodillas, Misa con los seminaristas, novicios y novicias en el Año de la Fe, [Homilía durante la Misa con los Seminaristas, Novicios y Novicias, Roma, 7 julio 2013], en: L’Osservatore Romano, lunes-martes 8-9 julio 2013, CLIII (155), p. 7.

[37] Francisco, La vocación de ser catequista, el Pontífice anima a no tener miedo de salir de sí mismo para ir al encuentro de los otros, [Discurso a los participantes en el Congreso Internacional sobre Catequesis, Roma, 27 septiembre 2013], en: L’Osservatore Romano,domingo 29 septiembre 2013, CLIII (223), p. 7.

[38] Francisco, Coherencia entre palabra y vida, el Papa invita en San Pablo a abandonar los ídolos para adorar al Señor, [Homilía en la celebración eucarística en S. Pablo Extramuros, Roma, 14 abril 2013], en: L’Osservatore Romano, lunes-martes 15-16 abril 2013, CLIII (88), p. 8.

[39] Francisco, La evangelización se hace de rodillas, Misa con los seminaristas, novicios y novicias en el Año de la Fe, [Homilía durante la Misa con los Seminaristas, Novicios y Novicias, Roma, 7 julio 2013], en: L’Osservatore Romano, lunes-martes 8-9 julio 2013, CLIII (155), p. 7.

[40] Congregación para los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica, Instrucción Caminar desde Cristo - Un renovado empeño de la vida consagrada en el Tercer Milenio, (19 mayo 2002), n. 25, en: Ench Vat 21, 372-510.

[41] Francisco, El hombre de ojos penetrantes, meditación en la Capilla de la Domus Sanctae Marthae, 16 diciembre 2013, en: L'Osservatore Romano, lunes-martes 16-17 diciembre 2013, CLIII (289), p. 7.

[42] Francisco, La atracción que hace crecer a la Iglesia encuentro con los sacerdotes, religiosas y religiosos en la catedral de San Rufino, [Encuentro con el Clero, personas de vida consagrada y miembros de los Consejos Pastorales, Asís, 4 octubre 2013], en: L’Osservatore Romano, domingo 6 octubre 2013, CLIII (229), p. 6.

[43] Francisco, Auténticos y coherentes, Papa Francisco habla de la belleza de la consagración,[Encuentro con los Seminaristas, Novicios y Novicias, Roma, 6 julio 2013], en: L’Osservatore Romano, lunes-martes 8-9 julio 2013, CLIII (155), p. 6.

[44] Benedicto XVI, Carta encíclica Deus caritas est (25 diciembre 2005), n. 11, en: AAS 98 (2006), (217-252).

[45] Francisco, La evangelización se hace de rodillas, Misa con los seminaristas, novicios y novicias en el Año de la Fe, [Homilía durante la Misa con los Seminaristas, Novicios y Novicias, Roma, 7 julio 2013], en: L’Osservatore Romano, lunes-martes8-9 julio 2013, CLIII (155), p. 7.

[46] Francisco, Auténticos y coherentes, Papa Francisco habla de la belleza de la consagración,[Encuentro con los Seminaristas, Novicios y Novicias, Roma, 6 julio 2013], en: L’Osservatore Romano, lunes-martes 8-9 julio 2013, CLIII (155), p. 6.

[47] Cf. Francisco, Exhortación apostólica Evangelii gaudium, (24 noviembre 2013), LEV, Ciudad del Vaticano, 2013, n. 47.

[48] Francisco, Para una clausura de gran humanidad, recomendaciones a las clarisas en la basílica de Santa Clara, [Palabras a las Monjas de clausura, Asís, 4 octubre 2013], en:L’Osservatore Romano, domingo 6 octubre, CLIII (229), p. 6.

[49] Congregación para los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica, Instrucción La vida fraterna en comunidad. "Congregavit nos in unum Christi amor", (2 febrero 1994), n. 28: en Ench Vat 14, 345-537.

[50] Francisco, Una gran familia entre cielo y tierra, en la audiencia general el Papa habla de la comunión de los santos, [Audiencia general, Roma, 30 octubre 2013], en: L’Osservatore Romano, jueves 31 octubre 2013, CLIII (250), p. 8.

[51] Antonio Spadaro, “¡Despierten al mundo!". Coloquio del Papa Francisco con los Superiores Generales, en: La Civiltà Cattolica, 165 (2014/I), 13. Francisco, Discurso a los Participantes en la Asamblea Plenaria de la Unión Internacional de las Superioras Generales, Roma, 8 mayo 2013, en: AAS 105 (2013), 460-463.

[52] Francisco, Discurso a los Participantes en la Asamblea Plenaria de la Unión Internacional de las Superioras Generales, Roma, 8 mayo 2013, en: AAS 105 (2013), 460-463.

[53] Francisco, En la encrucijada de los caminos, a los obispos, a los sacerdotes, a los religiosos y a los seminaristas el Papa les confía la misión de formar a los jóvenes para que sean "callejeros de la fe" [Homilía durante la Misa con los Obispos, Sacerdotes, Religiosos y Seminaristas en ocasión de la XXVIII Jornada Mundial de la Juventud, 27 julio 2013, Río de Janeiro], en:L’Osservatore Romano, lunes-martes 29-30 julio 2013, CLIII (173), p. 4.

[54] Antonio Spadaro, “¡Despierten al mundo!". Coloquio del Papa Francisco con los Superiores Generales, en: La Civiltà Cattolica, 165 (2014/I), 10.

[55] Ibíd., 6.

[56] Francisco, Auténticos y coherentes, Papa Francisco habla de la belleza de la consagración, [Encuentro con los Seminaristas, los Novicios y las Novicias, Roma, 6 julio 2013], en:L’Osservatore Romano, lunes-martes 8-9 julio 2013, CLIII (155), p. 6.

[57] Cf. .Francisco, La humildad y la fuerza del Evangelio, meditación en la Capilla de laDomus Sanctae Marthae, 1 octubre 2013, en: L'Osservatore Romano, miércoles 2 octubre 2013, CLIII (225), p. 8.

[58] Antonio Spadaro, “¡Despierten al mundo!". Coloquio del Papa Francisco con los Superiores Generales, en: La Civiltà Cattolica, 165 (2014/I), 5.

[59] Cf. Francisco, Para una Iglesia que acompaña a casa al hombre, encuentro con los obispos brasileños en el arzobispado de Río de Janeiro [Encuentro con el Episcopado Brasileño, 27 julio 2013, Río de Janeiro], en: L’Osservatore Romano, lunes-martes 29-30 julio 2013, CLIII (173), pp. 6-7.

[60] Francisco, Auténticos y coherentes, Papa Francisco habla de la belleza de la consagración, [Encuentro con los Seminaristas, los Novicios y las Novicias, Roma, 6 julio 2013], en:L’Osservatore Romano, lunes-martes 8-9 julio 2013, CLIII (155), p. 6.

[61] Francisco, Con la inquietud en el corazón, a los capitulares agustinos el Papa les pide estar siempre a la búsqueda de Dios y de los hermanos, [Homilía durante la Misa de apertura del Capítulo General de la Orden de San Agustín, Roma, 28 agosto 2013], en: L’Osservatore Romano, viernes 30 agosto 2013, CLIII (197), p. 8.

[62] Cf. Francesco, Vigilia de Pentecostés con los Movimientos, las nuevas Comunidades, las Asociaciones, las Agregaciones laicales, Roma, 18 mayo 2013, en: AAS 105 (2013), 450-452.

[63] Ibíd.

[64] Francisco, Para una Iglesia despojada de la mundanidad, con los pobres, los desocupados y los emigrantes asistidos por Caritas, [Encuentro con los pobres asistidos por Caritas, Asís, 4 octubre 2013], en: L’Osservatore Romano, sábado 5 octubre 2013, CLIII (228), p. 7.

[65] Francisco, Renovación sin temores, meditación en la Capilla de la Domus Sanctae Marthae, 6 julio 2013, en: L'Osservatore Romano, Domingo 7 julio 2013, CLIII (154), p. 7.

[66] Antonio Spadaro, “¡Despierten al mundo!". Coloquio del Papa Francisco con los Superiores Generales, en: La Civiltà Cattolica, 164 (2013/III), 474.

[67] Cf. Francisco, El Apocalipsis que no vendrá, discurso al mundo académico y cultural, [Encuentro con el mundo de la cultura, Cagliari, 22 septiembre 2013], en: L’Osservatore Romano, lunes-martes 23-24 septiembre 2013, CLIII (218), p. 7.

[68] Francisco, La apuesta del diálogo y del encuentro, a la clase dirigente de Brasil,[Encuentro con la Clase Dirigente de Brasil, Río de Janeiro, 27 julio 2013], en: L’Osservatore Romano, 29-30 julio 2013, CLIII (173), p. 4. Cf. Francisco, Hombres de frontera, el Papa a la Comunidad de la Civiltà Cattolica Discurso a la Comunidad de los Escritores de “La Civiltà Cattolica", 14 junio 2013, en: L'Osservatore Romano, sábado 15 junio 2013, CLIII (136), p. 7.

[69] Cf. Francisco, Hombres de frontera, el Papa a la Comunidad de la Civiltà Cattolica Discurso a la Comunidad de los Escritores de “La Civiltà Cattolica", 14 junio 2013, en: L'Osservatore Romano, sábado 15 junio 2013, CLIII (136), p. 7.

[70] Francisco, Exhortación apostólica Evangelii gaudium, (24 noviembre 2013), LEV, Ciudad del Vaticano, 2013, n. 45.

[71] Ibíd.

[72] Francisco, Auténticos y coherentes, Papa Francisco habla de la belleza de la consagración, [Encuentro con los Seminaristas, los Novicios y las Novicias, Roma, 6 julio 2013], en:L’Osservatore Romano, lunes-martes 8-9 julio 2013, CLIII (155), p. 6.

[73] Francisco, Con la inquietud en el corazón, a los capitulares agustinos el Papa les pide estar siempre a la búsqueda de Dios y de los hermanos, [Homilía durante la Misa de apertura del Capítulo General de la Orden de San Agustín, Roma, 28 agosto 2013], en: L’Osservatore Romano, viernes 30 agosto 2013, CLIII (197), p. 8.

[74] Francisco, Auténticos y coherentes, Papa Francisco habla de la belleza de la consagración, [Encuentro con los Seminaristas, los Novicios y las Novicias, Roma, 6 julio 2013], en:L’Osservatore Romano, lunes-martes 8-9 julio 2013, CLIII (155), p. 6.

[75] Ibíd.

[76] Francisco, Con la inquietud en el corazón, a los capitulares agustinos el Papa les pide estar siempre a la búsqueda de Dios y de los hermanos, [Homilía durante la Misa de apertura del Capítulo General de la Orden de San Agustín, Roma, 28 agosto 2013], en: L’Osservatore Romano, viernes 30 agosto 2013, CLIII (197), p. 8.

[77] Ibíd.

[78] Francisco, Auténticos y coherentes, Papa Francisco habla de la belleza de la consagración, [Encuentro con los Seminaristas, los Novicios y las Novicias, Roma, 6 julio 2013], en:L’Osservatore Romano, lunes-martes 8-9 julio 2013, CLIII (155), p. 6.

[79] Francisco, Los que saben esperar, a las monjas camaldulensas el Papa indica a María como modelo de esperanza, [Celebración de Vísperas con la Comunidad de las Monjas Benedictinas Camaldulenses, Roma, 21 noviembre 2013], en: L’Osservatore Romano, sábado 23 noviembre 2013, CLIII (269), p. 7.

[80] Francisco, Con la inquietud en el corazón, a los capitulares agustinos el Papa les pide estar siempre a la búsqueda de Dios y de los hermanos, [Homilía durante la Misa de apertura del Capítulo General de la Orden de San Agustín, Roma, 28 agosto 2013], en: L’Osservatore Romano, viernes 30 agosto 2013, CLIII (197), p. 8.

[81] Francisco, La compañía de los inquietos, en la Iglesia del Jesús el Papa celebra la Misa de acción de gracias por la canonización de Pietro Favre, [Homilía durante la Misa en la Iglesia del Santísimo Nombre de Jesús con ocasión del SS. Nombre de Jesús, Roma, 3 enero 2014], en:L’Osservatore Romano, sábado 4 enero 2014, CLIV (02), p. 7.

[82] Benedicto XVI, La fuerza silenciosa que vence el rumor de las potencias, la reflexión propuesta por el Pontífice durante la audiencia general en el aula Pablo VI [Audiencia general, Roma, 19 diciembre 2012], en: L'Osservatore Romano, jueves 20 diciembre 2012, CLII (292), p. 8.

[83] Ambrosio, Expositio Evangelii secundum Lucam, II, 19: CCL 14, p. 39.

[84] Francisco, Exhortación apostólica Evangelii gaudium, (24 noviembre 2013), LEV, Ciudad del Vaticano, 2013, n. 288.

Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica


ESCRUTAD
A los consagrados y consagradas que caminan
tras los signos de Dios

 


Índice

Queridos hermanos y hermanas
En Éxodo obediente
- A la Escucha
- Como guiados por la nube
- Memoria viva del Éxodo
- Alegrías y cansancios del camino
En atenta vigilia
- A la Escucha
- La profecía de la vida conforme al Evangelio
El Evangelio, regla suprema
Formación: Evangelio y cultura
La Profecía de la vigilancia
- Unidos para escrutar el horizonte
- Una guía “detrás del pueblo”
- La mística del encuentro
La profecía de la mediación
- En la encrucijada del mundo
- En el signo de lo pequeño
- En coro en la statio orante
Para la Reflexión
- Las provocaciones del Papa Francisco
Ave, mujer de la Nueva Alianza


Queridos hermanos y hermanas:

1. Continuamos con alegría el camino hacia el Año de la Vida Consagrada para que nuestros pasos sean desde ahora tiempo de conversión y de gracia. Con la palabra y la vida el papa Francisco continúa indicando el gozo del anuncio y la fecundidad de una vida vivida al estilo del Evangelio, mientras nos invita a actuar, a ser «Iglesia en salida», siguiendo una lógica de libertad.

Nos invita a dejar atrás «una Iglesia mundana bajo ropajes espirituales o pastorales» para respirar «el aire puro del Espíritu Santo que nos libera de estar centrados en nosotros mismos, escondidos en una apariencia religiosa vacía de Dios. ¡No nos dejemos robar el Evangelio!».

La vida consagrada es signo de los bienes futuros en la ciudad humana, en éxodo a lo largo de los caminos de la historia. Acepta la confrontación con certezas provisionales, con nuevas situaciones, con provocaciones en proceso continuo, con exigencias y pasiones que la humanidad contemporánea está gritando. En esta atenta peregrinación, custodia la riqueza del rostro de Dios, vive el seguimiento de Cristo, se deja guiar por el Espíritu, para vivir el amor por el Reino con fidelidad creativa y diligente laboriosidad. La identidad de peregrina y orante in limine historiae le pertenece íntimamente.

Esta carta desea entregar a todos los consagrados dicha herencia preciosa, exhortándoles a permanecer fieles al Señor con un corazón firme (cf. Hch 11,23-24) y a proseguir en este camino de gracia. Queremos leer juntos, sintéticamente, los pasos realizados en los últimos cincuenta años. En esta memoria el Concilio Vaticano II emerge como acontecimiento de relevancia absoluta para la renovación de la vida consagrada. Vuelve a sonar en nosotros la invitación del Señor: Paraos en los caminos a mirar, preguntad por la vieja senda: «¿cuáles el buen camino?» seguidlo y hallaréis reposo (Jer 6,16).

En esta statio cada uno puede reconocer tanto las semillas de vida que, sembradas en corazón bueno y generoso (Lc 8,15), dieron fruto, como aquellas que cayeron al borde del camino, sobre la piedra o entre espinas y no dieron fruto (cf. Lc 8,12-14).

Se nos ofrece la posibilidad de continuar el camino con coraje y vigilancia para elegir opciones que honren el caracter profético de nuestra identidad, «una forma de especial participación en la función profética de Cristo, comunicada por el Espíritu Santo a todo el Pueblo de Dios», para que sea manifestada en el hoy «la soberana grandeza del poder de Cristo glorioso y la potencia infinita del Espíritu Santo, que obra maravillas en la Iglesia».

Escrutar los horizontes de nuestra vida y de nuestro tiempo en atenta vigilia. Escrutar de noche para reconocer el fuego que ilumina y guía, escrutar el cielo para reconocer los signos que traen bendiciones para nuestra sequía. Vigilar atentos e interceder, firmes en la fe.

Es el tiempo de dar razón al Espíritu que crea: «En nuestra vida personal, en la vida privada –recuerda el papa Francisco– el Espíritu nos empuja a tomar un camino más evangélico. No opongan resistencia al Espíritu Santo: esta es la gracia que yo querría que todos pidiéramos al Señor; la docilidad al Espíritu Santo: ese Espíritu que viene a nosotros y nos hace ir adelante por la vía de la santidad. ¡Esa santidad tan hermosa de la Iglesia! La gracia de la docilidad al Espíritu Santo».

Esta carta tiene su razón de ser en la memoria de la abundante gracia vivida por los consagrados y las consagradas en la Iglesia, mientras con sinceridad invita a discernir. El Señor está vivo y obra en nuestra historia, y nos llama a colaborar y al discernimiento unánime, en los nuevos tiempos de profecía al servicio de la Iglesia, en vistas al Reino que llega.

Vistámonos nuevamente con las armas de la luz, de la libertad, del coraje del Evangelio para escrutar el horizonte, reconocer los signos de Dios y obedecerlos. Con opciones evangélicas atrevidas al estilo del humilde y del pequeño.


I. EN ÉXODO OBEDIENTE

En todas lasetapas del camino,
cuando la nube se alzaba, alejándose de laMorada,
los israelitaslevantaban el campamento.
Si la nube no se alzaba, ellos no se movían,
hasta que la nube volvía a hacerlo.
Porque durante el día, la nube delSeñorestaba
sobre la Morada, y durante la noche, un fuego brillaba
en ella, a la vista de todo el pueblo de Israel.
Esto sucedía en todas lasetapas delcamino.
Éxodo 40,36-38


A la escucha

2. La vida de fe no es simplemente algo que se posee, sino un camino que conoce momentos luminosos y túneles oscuros, horizontes abiertos y senderos tortuosos e inciertos. Del misterioso abajamiento de Dios sobre nuestras vidas y nuestras experiencias, según las Escrituras, nace el asombro y la alegría, don de Dios que llena la vida de sentido y luz y se realiza plenamente en la salvación mesiánica realizada por Cristo.

Antes de centrar nuestra atención en el acontecimiento conciliar y sus efectos nos dejamos orientar por un icono bíblico para hacer memoria viva y agradecida del kairòs postconciliar en los valores que lo inspiraron.

La gran epopeya del éxodo del pueblo de la esclavitud de Egipto hacia la Tierra prometida, se convierte en el icono que recuerda nuestro moderno stop and go, la pausa y la salida, la paciencia y la iniciativa. Las últimas décadas han sido un periodo de altibajos, proyecciones y desilusiones, exploraciones e introspecciones nostálgicas.

La tradición interpretativa de la vida espiritual, estrechamente conectada de diversas formas con la de la vida consagrada, a menudo ha encontrado símbolos y metáforas sugerentes en el paradigma del éxodo del pueblo de Israel de Egipto: la zarza ardiente, el paso del mar, el camino en el desierto, la teofanía en el Sinaí, el miedo a la soledad, el don de la ley y la alianza, la columna de nube y de fuego, el maná, el agua de la roca, la murmuración y la nostalgia.

Retomemos el símbolo de la nube (en hebreo ‘ānān), que guiaba misteriosamente el camino del pueblo: lo hacía deteniéndose, incluso por mucho tiempo, y por lo tanto creando malestar y arrepentimientos, y a veces levantándose y moviéndose y así indicando el ritmo de la marcha, bajo la guía de Dios.

Escuchemos la Palabra: En todas las etapas del camino, cuando la nube se alzaba, alejándose de la Morada, los israelitas levantaban el campamento. Si la nube no se alzaba, ellos no se movían, hasta que la nube volvía a hacerlo. Porque durante el día, la nube del Señor estaba sobre la Morada, y durante la noche, un fuego brillaba en ella, a la vista de todo el pueblo deIsrael. Esto sucedíaen todas las etapas del camino(Ex 40,36-38).

Añade algo interesante y nuevo el texto paralelo de los Números (cf. Nm 9,15-23), especialmente sobre las paradas y la reanudación de la marcha: Siempre que la nube estaba sobre la Morada –ya fueran dos días, un mes o un año– los israelitas permanecían acampadosy no levantaban el campamento (Nm 9,15). Es evidente que este tipo de presencia y guía por parte de Dios exigía una constante vigilancia: tanto para responder al imprevisible movimiento de la nube, como para custodiar la fe en la presencia protectora de Dios, cuando las paradas se hacían largas y la meta parecía aplazada sine die.

En el lenguaje simbólico de la narración bíblica esa nube era el ángel de Dios, como afirma el libro del Éxodo (Ex 14,19). Y en la interpretación sucesiva la nube se vuelve un símbolo privilegiado de la presencia, la bondad y la fidelidad de Dios. Así las tradiciones profética, sálmica y sapiencial recurrirán a menudo a este símbolo, desarrollando incluso otros aspectos, como por ejemplo el esconderse de Dios por culpa del pueblo (cf. Lam 3,44), o la majestad de la sede del trono de Dios (cf. 2Cr 6,1; Job 26,9).

El Nuevo Testamento retoma, a veces con un lenguaje análogo, este símbolo en las teofanías: la concepción virginal de Jesús (cf. Lc 1,35), la transfiguración (cf. Mt 17, 1-8 y par.), la ascensión al cielo de Jesús (cf. Hch 1,9). Pablo usa la nube también como símbolo del bautismo (cf. 1Co 10,1) y el simbolismo de la nube forma parte en todo momento del imaginario para describir el regreso glorioso del Señor al final de los tiempos (cf. Mt 24,30; 26,64; Ap 1,7; 14,14).

En resumen, la perspectiva dominante, ya en la simbología típica del éxodo, es la nube como signo del mensaje divino, presencia activa del Señor Dios en medio de su pueblo. Israel tendrá que estar siempre preparado para seguir en camino, para reconocer la propia culpa y rechazarla cuando se haga oscuro su horizonte, para esperar cuando las paradas se alarguen y la meta parezca imposible de alcanzar.

A la complejidad de las múltiples citaciones bíblicas de la nube, se añaden también valores como la inaccesibilidad de Dios, su soberanía que todo lo cuida desde lo alto, su misericordia que desgarra las nubes y baja para darnos vida y esperanza. Amor y conocimiento de Dios se aprenden únicamente en un camino de seguimiento, en una disponibilidad libre de miedos y nostalgias.

A siglos de distancia del éxodo, muy cerca de la llegada del Redentor, el sabio recordará aquella arriesgada epopeya de los israelitas guiados por la nube y el fuego con una frase lapidaria: Les proporcionaste una columna de fuego que los guiara en el viaje desconocido (Sab 18,3).


Como guiados por la nube

3. La nube de luz y fuego que guiaba al pueblo, según ritmos que exigían total obediencia y vigilancia completa, es para nosotros elocuente. Podemos ver, como en un espejo, un modelo interpretativo para la vida consagrada de nuestro tiempo. La vida consagrada durante alguna décadas, llevada por el impulso carismático del Concilio, ha caminado como si siguiese las señales de la nube del Señor.

Los que han recibido la gracia de “ver” el inicio del camino conciliar conservan en el corazón el eco de las palabras de san Juan XXIII: Gaudet Mater Ecclesia, el incipit del discurso de inicio del Concilio (11 octubre 1965).

En el signo de la alegría, gozo profundo del espíritu, la vida consagrada ha sido llamada a continuar con novedad el camino de la historia: «En el presente momento histórico, la Providencia nos está llevando a un nuevo orden de relaciones humanas que, por obra misma de los hombres pero más aún por encima de sus mismas intenciones, se encaminan al cumplimiento de planes superiores e inesperados; pues todo, aun las humanas adversidades, aquélla lo dispone para mayor bien de la Iglesia [...] es necesario sin embargo, que esta doctrina cierta e inmutable, a la cual se debe prestar una adhesión fiel, venga profundizada y expuesta según nos piden los tiempos actuales.

Una cosa es la sustancia de la antigua doctrina, del “depositum fidei”, es decir las verdades contenidas en nuestra venerable doctrina, y otra la manera como son anunciadas, teniendo en cuenta que mantengan el mismo sentido y un mismo significado. Se dará gran importancia a este método y, si fuera necesario, aplicarlo con paciencia [...]».

San Juan Pablo II ha definido el acontecimiento conciliar como «la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX. Con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino». El papa Francisco ha reafirmado que «fue una obra hermosa del Espíritu Santo». Podemos también afirmarlo para la vida consagrada: ha sido un paso benéfico de iluminación y discernimiento, de cansancios y grandes alegrías.

El de los consagrados ha sido un auténtico «camino del éxodo». Tiempo de entusiasmo y de audacia, de invención y de fidelidad creativa, pero también de certezas frágiles, de improvisaciones y desilusiones amargas. Con la mirada reflexiva del después, podemos reconocer que verdaderamente había un fuego en la nube (Ex 40,38), y que por sendas “desconocidas” el Señor ha conducido la vida y los proyectos de los consagrados y de las consagradas por los caminos del Reino.

En los últimos años el impulso de dicho camino parece haber perdido sus fuerzas. La nube parece rodear más de oscuridad que de fuego, pero en ella vive todavía el fuego del Espíritu. Si bien caminamos, algunas veces, en la oscuridad y en la indiferencia, que amenazan con inquietar nuestros corazones (cf. Job 14,1), la fe despierta la certeza de que dentro de la nube no ha faltado jamás la presencia del Señor: es un fuego llameante de noche (Is 4,5), más allá de la oscuridad.

Se trata de partir cada vez de nuevo en la fe hacia un viaje desconocido (Sab 18,3), como el padre Abrahán, que salió sin saber adónde iba (cf. Hb 11,8). Es un camino que pide una obediencia y una confianza radicales, a las que sólo la fe consiente el acceso y que en la fe es posible renovar y consolidar.


Memoria viva del Éxodo

4. No hay duda de que los consagrados y las consagradas al final de la asamblea conciliar acogieron con adhesión y fervor sincero las decisiones de los Padres conciliares. Se percibía que la gracia del Espíritu Santo, invocado por san Juan XXIII para obtener en la Iglesia un renovado Pentecostés, ya estaba actuando. Al mismo tiempo, se advertía desde hacía ya una década una sintonía de pensamiento, de aspiraciones y de efervescencias in itinere.

La constitución apostólica Provida Mater Ecclesia, en 1947, reconocía la consagración viviendo los consejos evangélicos en la condición secular. Un «gesto revolucionario en la Iglesia». El reconocimiento oficial, llegó antes de que la reflexión teológica trazase el horizonte específico de la consagración secular. A través de dicho reconocimiento se expresaba en cierto modo una orientación que llegaría a ser el corazón del ConcilioVaticano II: la simpatía por el mundo que engendra un diálogo nuevo.

Este dicasterio en 1950, bajo la protección de Pío XII, convocó el primer Congreso Mundial de los Estados de Perfección. Las enseñanzas pontificias abrirán el camino para una accommodata renovatio, expresión que el Concilio hará suya en el decreto Perfectae caritatis. A dicho Congreso siguieron otros, en varios contextos y sobre varios temas, haciendo posible en los años cincuenta y al inicio de la década siguiente una nueva reflexión teológica y espiritual. En este terreno tan bien preparado, las sesiones del Concilio esparcieron abundantemente la buena semilla de la doctrina y la riqueza de orientaciones concretas que todavía hoy vivimos como herencia preciosa.

Nos encontramos a cerca de cincuenta años de la promulgación de la Constitución dogmática Lumen gentium del Concilio Vaticano II, que tuvo lugar el 21 de noviembre de 1964. Una memoria de gran valor teológico y eclesial: «Y así toda la Iglesia aparece como “un pueblo reunido en virtud de la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”». Se reconoce la centralidad del pueblo de Dios en camino entre la gente, redimido por la sangre de Cristo (cf. Hch 20,28), lleno del Espíritu de verdad y santidad y enviado a los hombres como luz delmundo y salde la tierra (cf. Mt 5,13-16).

Se traza de este modo una identidad fuertemente fundada en Cristo y su Espíritu, y al mismo tiempo se propone una Iglesia que se dirige a todas las situaciones culturales, sociales y antropológicas: «Debiendo difundirse en todo el mundo, entra, por consiguiente, en la historia de la humanidad, si bien trasciende los tiempos y las fronteras de los pueblos. Caminando, pues, la Iglesia en medio de tentaciones y tribulaciones, se ve confortada con el poder de la gracia de Dios, que le ha sido prometida para que no desfallezca de la fidelidad perfecta por la debilidad de la carne, antes, al contrario, persevere como esposa digna de su Señor y, bajo la acción del Espíritu Santo, no cese de renovarse hasta que por la cruz llegue a aquella luz que no conoce ocaso».

La Lumen gentium dedica todo el capítulo VI a los religiosos. Después de afirmar el principio teológico de la «vocación universal a la santidad», la Iglesia reconoce entre los múltiples caminos de santidad el don de la vida consagrada, recibido del Señor y conservado desde siempre con su gracia. La raíz bautismal de la consagración, en las enseñanzas de Pablo VI, se pone de relieve con alegría, mientras se indica el estilo de vida vivido en sequela Christi como permanente y eficaz representación de la forma de existencia que el Hijo de Dios abrazó en su vida terrena. La vida consagrada, en definitiva, viene propuesta como signo para el Pueblo de Dios en el desempeño de la común vocación cristiana y manifestación de la gracia del Señor Resucitado y de la potencia del Espíritu Santo que obra maravillas en la Iglesia.

Estas afirmaciones han demostrado con el pasar de los años una eficacia enérgica. Un cambio en el que hoy se pueden apreciar los frutos es el aumento del sentido eclesial que traza la identidad y anima la vida y las obras de los consagrados.

Por primera vez, en los trabajos de un Concilio ecuménico, la vida consagrada fue identificada como parte viva y fecunda de la vida de comunión y de santidad de la Iglesia y no como ámbito necesitado de “decretos de reforma”.

El mismo intento guió también el decreto Perfectae caritatis, del que estamos para celebrar el quincuagésimo aniversario de su promulgación, que tuvo lugar el 28 de octubre de 1965. En este resuena de manera unívoca la radicalidad de la llamada: «Como quiera que la última norma de vida religiosa es el seguimiento de Cristo, tal como lo propone el Evangelio, todos los institutos han de tenerla como regla suprema». Parece una afirmación clara y genérica, de hecho ha provocado una purificación radical en la espiritualidad devocional y de las identidades cerradas en la primacía de servicios eclesiales y sociales inmóviles en la imitación sacralizada de los propósitos del fundador.
No podemos anteponer nada a la centralidad del seguimiento de Cristo.

El magisterio conciliar pone en marcha además el reconocimiento de las diversas formas de vida consagrada. Los institutos apostólicos ven reconocidos a un nivel tan prestigioso, por primera vez y con claridad, el principio de que su acción apostólica pertenece a la esencia misma de la vida consagrada. La vida consagrada laical aparece constituida y reconocida como «un estado completo en sí de profesión de los consejos evangélicos». Los institutos seculares surgen con propias características constituyentes de la consagración secular. Se prepara el renacimiento del Ordo virginum y de la vida eremítica como formas no asociadas de vida consagrada.

Los consejos evangélicos se presentan con subrayados innovadores, como un proyecto existencial aceptado con modalidades propias y con una radicalidad especial a imitación de Cristo.

Dos temas más sobresalen por la novedad del lenguaje con el que son presentados: la vida fraterna en común y la formación. La primera encuentra su inspiración bíblica en los Hechos de los Apóstoles, que durante siglos ha animado las aspiraciones al cor unum et anima una (Hch 4,32). El reconocimiento positivo de la variedad de modelos y de estilos de vida fraterna constituye hoy uno de los resultados más significativos del soplo innovador del Concilio. Además, centrándose en el don común del Espíritu, el decreto Perfectae caritatis impulsa a la superación de clases y categorías, para establecer comunidades de estilo fraterno, con iguales derechos y obligaciones, exceptuando los que derivan del Orden sagrado.

El valor y la necesidad de la formación se ponen como fundamentos de la renovación: «la renovación de los institutos depende principalmente de la formación de sus miembros». Por el carácter esencial, este principio ha funcionado como un axioma: desde éste se ha desarrollado un itinerario constante y descubridor de experiencias y discernimiento, en el que la vida consagrada ha invertido intuiciones, estudios, investigación, tiempo y medios.


Alegrías y cansancios del camino

5. A partir de los estímulos conciliares la vida consagrada ha recorrido un largo camino. En realidad, el éxodo no ha impulsado solamente a buscar los horizontes señalados por el Concilio. Los consagrados y las consagradas se encuentran y se miden con nuevas realidades sociales y culturales: la atención a los signos de los tiempos y de los lugares, la continua invitación de la Iglesia a poner en práctica el estilo conciliar, el descubrimiento y reinterpretación del carisma de fundación, los rápidos cambios en la sociedad y en la cultura. Nuevos escenarios que piden un nuevo y unánime discernimiento, desestabilizando modelos y estilos repetidos en el tiempo, incapaces de dialogar, como testimonio evangélico, con los nuevos desafíos y las nuevas oportunidades.

En la constitución Humanae salutis, con la que san Juan XXIII abría la asamblea conciliar del Vaticano II, se lee: «siguiendo la recomendación de Jesús cuando nos exhorta a distinguir claramente los signos de los tiempos (Mt 16,3), creemos vislumbrar, en medio de tantas tinieblas, no pocos indicios que nos hacen concebir esperanzas de tiempos mejores para la Iglesia y la humanidad».

La carta encíclica Pacem in terris, dirigida a todos los hombres de buena voluntad, introducía como clave teológica los “signos de los tiempos”. Entre ellos san Juan XXIII reconoce: el crecimiento económico-social de las clases trabajadoras; el ingreso de la mujer en la vida pública; la formación de naciones independientes; la salvaguardia y la promoción de los derechos y los deberes en los ciudadanos conscientes de su propia dignidad; la convicción de que los conflictos deben encontrar soluciones, a través de la negociación, sin el recurso a las armas. Se incluye entre estos signos la Declaración universal de los derechosdel hombre, aprobada por las Naciones Unidas.

Los consagrados han habitado e interpretado estos nuevos horizontes. Han anunciado y testimoniado in primis el Evangelio con la vida, ofreciendo ayuda y solidaridad de todo tipo, colaborando en las tareas más dispares dejando huellas de cercanía cristiana, comprometidos en el proceso histórico actual. Lejos de lamentarse recordando las glorias pasadas, han intentado revitalizar el tejido social y sus peticiones, con la viva traditio eclesial, verificada a través de los siglos en los avatares de la historia, según el habitus de la fe y de la esperanza cristiana.

La tarea que el horizonte histórico de final del siglo XX ha puesto delante de la vida consagrada pedía nuevamente audacia e imaginación valiente. Por eso, es necesario valorar este cambio de época como abnegación profética religiosamente motivada: muchos consagrados han vivido con seria entrega, y a menudo también con gran riesgo personal, la nueva conciencia evangélica de tomar partido por los pobres y los últimos, compartiendo con ellos valores y angustias.

La vida religiosa se abre a la renovación no por iniciativa propia, ni por un mero deseo de novedad, ni siquiera por un repliegue reductivo debido a las urgencias sociológicas. Sino, principalmente, por obediencia responsable tanto al Espíritu creador, que “habla por medio de los profetas” (cf. Credo apostólico), como a la llamada del Magisterio de la Iglesia, expresada con fuerza en las grandes encíclicas sociales, Pacem in terris (1963), Populorum progressio (1967), Octogesima adveniens (1971), Laborem exercens (1981), Caritas in veritate (2009). Se ha tratado –por seguir con el icono de la nube– de una fidelidad a la voluntad divina, expresada a través de la voz acreditada de la Iglesia.
La visión del carisma como originado por el Espíritu, orientado a la configuración con Cristo, marcado por el perfil eclesial comunitario, en dinámico desarrollo en la Iglesia, ha motivado cada decisión de renovación y progresivamente ha dado forma a una auténtica teología del carisma, aplicada claramente y por primera vez a la vida consagrada. El Concilio no ha atribuido esta palabra explícitamente a la vida consagrada, pero ha abierto el camino citando algunos testimonios paulinos.

En la exhortación apostólica Evangelica testificatio, Pablo VI adopta oficialmente esta nueva terminología, y escribe: «Insiste justamente el Concilio sobre la obligación, para religiosos y religiosas, de ser fieles al espíritu de sus fundadores, a sus intenciones evangélicas, al ejemplo de su santidad, poniendo en esto uno de los principios de la renovación en curso y uno de los criterios más seguros para aquello que cada instituto debería emprender».

Esta Congregación, testigo de tal camino, ha acompañado las diversas fases de reelaboración de las Constituciones de los institutos. Ha sido un proceso que ha alterado viejos equilibrios, trasformando prácticas obsoletas de la tradición, mientras se llevaba a cabo una relectura con una nueva hermeneútica de las herencias espirituales y se ensayaban nuevas estructuras, hasta el punto de volver a trazar programas y presencias. En dicha renovación, al mismo tiempo fiel y creativa, no podemos olvidar algunas dialécticas de enfrentamiento y de tensión ni incluso dolorosas deserciones.

La Iglesia no ha detenido el proceso, sino que lo ha acompañado con un Magisterio atento y una vigilancia inteligente, conjugando, con la prioridad de la vida espiritual, siete temas principales: carisma fundacional, vida en el Espíritu alimentada por la Palabra (lectio divina), vida fraterna en común, formación inicial y permanente, nuevas formas de apostolado, autoridad de gobierno y atención a las culturas. La vida consagrada en los últimos cincuenta años se ha evaluado y ha caminado aceptando estos retos.

La referencia a la carta del Concilio consiente «encontrar el auténtico espíritu», para evitar interpretaciones erróneas. Estamos llamados a hacer juntos memoria de un acontecimiento vivo en el que nosotros, Iglesia, hemos reconocido nuestra identidad profunda. Pablo VI, en la clausura del Concilio Vaticano II, afirmaba con mente y corazón agradecidos: «la Iglesia se ha recogido en su más íntima conciencia espiritual, [...] para hallar en sí misma, viviente y operante en el Espíritu Santo, la palabra de Cristo y sondear más a fondo el misterio, o sea, el designio y la presencia de Dios por encima y dentro de sí y para reavivar en sí la fe, que es el secreto de su seguridad y de su sabiduría, y reavivar el amor que le obliga a cantar sin descanso las alabanzas de Dios: cantare amantis est, dice san Agustín (Serm. 336; Pl 38, 1472). L
os documentos conciliares, principalmente los que tratan de la divina Revelación, de la Liturgia, de la Iglesia, de los Sacerdotes, de los Religiosos, de los Laicos, permiten ver claramente esta directa y primordial intención religiosa, y demuestran cuán limpia, fresca y rica es la vena espiritual que el vivo contacto con Dios vivo hace estallar en el seno de la Iglesia, y que ella esparce sobre los áridos campos de nuestra tierra».

La misma fidelidad al Concilio, como acontecimiento eclesial y como paradigma, pide ahora que nos sepamos proyectar con confianza hacia el futuro. ¿Nos acompaña internamente la certeza de que Dios nos guía en nuestro caminar?

En la riqueza de palabras y gestos, la Iglesia nos lleva a leer nuestra vida personal y comunitaria en el marco íntegro del plan de salvación, a entender hacia qué dirección orientarnos, qué futuro imaginar; en continuidad con los pasos dados hasta la actualidad, nos invita a redescubrir la unidad de confessio laudis fidei et vitae.

La memoria fidei nos ofrece raíces de continuidad y perseverancia: una identidad fuerte para reconocernos parte de un proyecto, de una historia. La relectura en la fe del camino recorrido no se limita a los grandes acontecimientos, sino que nos ayuda a releer nuestra historia personal, dividiéndola en etapas significativas.


II. EN ATENTA VIGILIA

Elías subió ala cima del Carmelo;
Allí se encorvó hacia tierra,
con el rostro en las rodillas...
«Sube delmar una nubecilla como
la palma de unamano».

1Re 18,42.44


A la escucha

6. Buscamos más luz en la simbología bíblica, pidiendo inspiración para el camino de profecía y de exploración de los nuevos horizontes de la vida consagrada que queremos considerar en esta segunda parte.

La vida consagrada de hecho, por su naturaleza, está intrínsecamente llamada a un servicio testimonial que la pone como signum in Ecclesia.
Se trata de una función propia de cada cristiano, pero en la vida consagrada se caracteriza por la radicalidad de la sequela Christi y por la prioridad de Dios, y al mismo tiempo por la capacidad de vivir la misión evangelizadora de la Iglesia con parresia y creatividad. Justamente san Juan Pablo II reafirmó que: «El testimonio profético [...] se manifiesta en la denuncia de todo aquello que contradice la voluntad de Dios y en el escudriñar nuevos caminos de actuación del Evangelio para la construcción del Reino de Dios».

En la tradición patrística, el modelo bíblico de referencia para la vida monástica es el profeta Elías: tanto por su vida de soledad y de asceta, como por la pasión por la alianza y la fidelidad a la ley del Señor, y por la audacia en la defensa de los derechos de los pobres (cf. 1Re 17-19; 21). Lo ha recordado incluso la exhortación apostólica Vita consecrata, sosteniendo la naturaleza y función profética de la vida consagrada. En la tradición monástica, el manto que simbólicamente Elías dejo caer sobre Eliseo, en el momento del rapto al cielo (cf. 2Re 2,13), ha sido interpretado como el paso del espíritu profético del padre al discípulo y también como símbolo de la vida consagrada en la Iglesia, que vive de memoria y profecía renovadas.

Elías, el tesbita, se presenta de pronto en el escenario del reino del Norte con una amenaza contundente: En estos años no caerá rocío ni lluvia si yo no lo mando (1Re 17,1). Manifiesta así una rebelión de la conciencia religiosa ante la decadencia moral a la que la prepotencia de la reina Jezabel y la pereza del rey Acab conducen al pueblo. La sentencia profética que cierra forzadamente el cielo es un desafío abierto a las funciones especiales de Baal y del grupo de los baalîm, a los que se atribuía fecundidad y fertilidad, lluvia y bienestar. Partiendo de aquí, se va tejiendo la acción de Elías en episodios que, más que narrar una historia, presentan momentos dramáticos y de gran fuerza inspiradora (cf. 1Re 17-19.21; 2Re 1-2).

A cada paso Elías vive in progress su servicio profético, conociendo purificaciones e iluminaciones que caracterizan su perfil bíblico, hasta el punto más alto del encuentro con el paso de Dios en la brisa tenue y silenciosa del Horeb. Estas experiencias son inspiración también para la vida consagrada. Ésta también debe pasar desde el refugio solitario y penitente del wadi del Carit (cf. 1Re 17,2-7) hasta el encuentro solidario con los pobres que luchan por sus vidas, como la viuda de Sarepta (cf. 1Re 17,8-24); aprender la audacia genial representada en el reto del sacrificio sobre el monte Carmelo (cf. 1Re 18,20-39) y de la intercesión por el pueblo entumecido por la sequía y la cultura de muerte (cf. 1Re 18,41-46), hasta defender los derechos de los pobres atropellados por los prepotentes (cf. 1Re 21) y poner en guardia contra las formas idolátricas que profanan el santo nombre de Dios (cf. 2Re 1).

Página especialmente dramática es la depresión mortal de Elías en el desierto de Berseba (1Re 19,1-8): pero allí Dios, ofreciendo pan y agua de vida, sabe transformar delicadamente la fuga en peregrinación hacia el monte Horeb (1Re 19,9).

Es ejemplo para nuestras noches oscuras que, como para Elías, preceden el resplandor de la teofanía en la brisa tenue (1Re 19,9-18), y preparan para nuevas temporadas de fidelidad, que se convierten en historias de llamadas nuevas (como para Eliseo: 1Re 19,19-21), y también infunden coraje para intervenir contra la justicia sacrílega (cf. el asesinato del campesino Nabot: 1Re 21,17-29). Por último, nos conmueve el saludo lleno de afecto a la comunidad de los hijos de los profetas (2Re 2,1-7) que prepara para la subida final más allá del Jordán, hacia el cielo, en el carro de fuego (2Re 2,8-13).

Podríamos sentirnos atraídos por las gestas clamorosas de Elías, por las protestas furiosas, por las acusaciones directas y audaces, hasta llegar a la disputa con Dios en el Horeb, cuando Elías llega a acusar al pueblo de pensar sólo en proyectos destructivos y peligrosos. Pero pensemos que, en el momento histórico actual, pueden hablarnos mejor algunos elementos menores que son como pequeños signos, y que, en cambio, inspiran nuestros pasos y nuestras opciones de manera nueva en este momento histórico en el cual las huellas de Dios parecen desaparecer en la desertificación del sentido religioso.

El texto bíblico ofrece numerosos símbolos “menores”. Podemos citar: los pocos recursos de vida en el torrente Carit, con esos cuervos que obedecen a Dios llevando al profeta pan y carne, como gesto de misericordia y solidaridad. La generosidad, arriesgando la propia vida, de la viuda de Sarepta, que sólo posee un puñado de harina y un poco de aceite (1Re 17,12) y se los ofrece al profeta hambriento. La impotencia de Elías ante el niño muerto, su grito indeciso y el abrazo desesperado que la viuda interpreta teológicamente son la revelación del rostro de un Dios misericordioso. La lucha interminable del profeta postrado en intercesión –después del clamoroso y un poco teatral choque con los sacerdotes de Baal en el Carmelo– implorando lluvia para el pueblo extenuado por la sequía. En una especie de juego de equipo entre Elías, el chico que sube y baja del monte y Dios, que es el auténtico señor de la lluvia (y no Baal), llega finalmente la respuesta en forma de una nubecita como la palma de la mano (cf. 1Re 18,41). Una respuesta minúscula de Dios que, sin embargo, se convierte rápidamente en lluvia abundante y reparadora para un pueblo al límite de sus fuerzas.

Algunos días después, aquel pan cocido y aquel jarro de agua que aparecen al lado del profeta, en depresión mortal en el desierto, serán igualmente una pobre pero eficaz respuesta: es un recurso que da fuerza para caminar cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte de Dios, el Horeb (1Re 19,8). Y allí, en el hueco de una cueva donde Elías se refugia, todavía ardiendo de rebelión contra el destructor pueblo sacrílego que amenaza incluso su vida, asistirá a la destrucción de su imaginario de amenaza y de potencia: El Señor no estaba... ni en el huracán, ni en el terremoto, sino en una voz de silencio tenue(1Re 19,12).

Una página sublime para la literatura mística, una caída vertical hacia la realidad para toda la “rabia sagrada” del profeta: debe reconocer la presencia de Dios más allá de cualquier imaginario tradicional que lo aprisionaba. Dios es susurro y brisa, no es un producto de nuestra necesidad de seguridad y de éxito, no quedaba rastro de sus huellas (cf. Sal 77,20), pero está presente de forma auténtica y eficaz.

Elías con su rabia y sus emociones, que podían estropearlo todo, creía ser el único fiel. En cambio, Dios sabía que había otros siete mil testigos fieles, profetas y reyes dispuestos a obedecerle (1Re 19,15-19), porque la historia de Dios no se identificaba con el fracaso del profeta deprimido y vehemente. La historia continúa, porque está en las manos de Dios, y Elías tiene que ver con ojos nuevos la realidad, dejarse regenerar por el mismo Dios en esperanza y confianza. Esa postura encorvada sobre la montaña para implorar la lluvia, que asemeja al niño recién nacido en el vientre de su madre, aparece simbólicamente también en el Horeb al esconderse en la cueva, y se completa con un nuevo nacimiento del profeta, que caminará erecto y regenerado por los misteriosos caminos del Dios viviente.

Al pie de la montaña el pueblo luchaba todavía contra una vida que no era ya vida, una religiosidad que era profanación de la alianza y nueva idolatría. El profeta debe cargar sobre sí mismo esta lucha y esa desesperación, tiene que desandar sus pasos (1Re 19,15), que ahora son sólo los de Dios, volver a atravesar el desierto que ahora florece con nuevo sentido, para que triunfe la vida y los nuevos profetas y jefes sean servidores de la fidelidad a la alianza.


La profecía de la vida conforme al Evangelio

7. El tiempo de gracia que estamos viviendo, con la insistencia del papa Francisco de poner en el centro el Evangelio y la esencialidad cristiana, es para los religiosos y las religiosas una nueva llamada a la vigilancia, a estar preparados para las señales de Dios. «Nuestra fe es desafiada a vislumbrar el vino en que puede convertirse el agua». Luchamos contra los ojos cargados de sueño (cf. Lc 9,32) para no perder la capacidad de discernir los movimientos de la nube, que guía nuestro camino (cf. Nm 9,17) y reconocer en los signos pequeños y frágiles la presencia del Señor de la vida y de la esperanza.

El Concilio nos ha encomendado un método: el método de la reflexión que se lleva a cabo en el mundo y en el entramado vital, en la Iglesia y en la existencia cristiana a partir de la Palabra de Dios, Dios que se revela y está presente en la historia. Reflexión que se sostiene en una actitud: la escucha, que abre al diálogo, enriquece el camino hacia la verdad. Volver a la centralidad de Cristo y de la Palabra de Dios, como el Concilio y el Magisterio sucesivo nos han invitado a hacer con insistencia, de manera bíblica y teológicamente fundada, puede ser garantía de autenticidad y de cualidad para el futuro de nuestra vida de consagrados y consagradas.

Una escucha que transforma y nos hace ser anunciadores y testigos de las intenciones de Dios en la historia y de su acción eficaz para la salvación. En las necesidades de hoy volvamos al Evangelio, saciemos nuestra sed en las Sagradas Escrituras, donde se encuentra la «fuente pura y perenne de la vida espiritual». De hecho, como decía san Juan Pablo II: «no cabe duda de que esta primacía de la santidad y de la oración sólo se puede concebir a partir de una renovada escucha de la Palabra de Dios».


El Evangelio, regla suprema

8. Una de las característica de la renovación conciliar para la vida consagrada ha sido el regreso radical de la sequela Christi: «Desde los primeros tiempos de la Iglesia nunca faltaron hombres y mujeres que, por medio de la práctica de los consejos evangélicos, quisieron seguir a Cristo con mayor libertad e imitarlo de más de cerca, y condujeron, cada uno de modo específico, una vida consagrada a Dios».

Seguir a Cristo, como se propone en el Evangelio, es la «norma última de la vida religiosa» y «la regla suprema» de todos los institutos. Uno de los primeros nombres con los que fue denominada la vida monástica es “vida evangélica”.

Las diversas expresiones de vida consagrada testimonian dicha inspiración evangélica, comenzando por Antonio, precursor de la vida solitaria en el desierto. Su historia comienza con la escucha de la palabra de Cristo: Si quieres ser perfecto, anda, vende tus bienes, dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en elcielo; después sígueme(Mt 19,21).

Después de Antonio la tradición monástica hará de la Escritura la regla de la propia vida: las primeras Reglas son sencillas normas prácticas, sin pretender contenidos espirituales, porque la única regla del monje es la Escritura, no se admiten otras reglas: «Preocupémonos de leer y de aprender las Escrituras –escribe Orsiesi, discípulo y sucesor de Pacomio– y de consagrarnos incensantemente a su meditación [...]. Las Escrituras nos guían hacia la vida eterna.

Basilio, el gran maestro del monacato de Oriente, cuando redacta el Asceticon, destinado a ser el manual de la vida monástica, rechaza llamarlo Regla. Su punto de referencia son los Moralia, selección de textos bíblicos comentados y aplicados a las situaciones de la vida en santa koinonia. En el sistema basiliano el comportamiento de los monjes se define a través de la Palabra de Dios, el Dios que escruta corazón y riñones (cf. Ap 2,23), siempre presente. Esta constante presencia delante del Señor, memoria Dei, es tal vez el elemento más específico de la espiritualidad basiliana. En Occidente, el camino se conduce en la misma dirección. La regla de Benito es obediencia a la Palabra de Dios: «Escuchamos la voz de Dios que cada día nos dirige...». Escucha, hijo es la overture de la Regula Benedicti, porque en la escucha llegamos a ser hijos y discípulos, acogiendo la Palabra nos convertimos nosotros mismos en palabra.

En el siglo XII, Esteban de Muret, fundador de la Orden de Grandmont, expresa de manera eficaz este echar raíces en el Evangelio: «Si alguien os pregunta de qué profesión o de qué regla o de qué orden sois, responded que sois de la regla primera y principal de la religión cristiana, es decir, del Evangelio, fuente y principio de todas las reglas, no hay otra regla más que el Evangelio».
El surgir de las Órdenes Mendicantes convierte en más radical todavía, si esto es posible, el regreso al Evangelio.

Domingo, «en todo lugar se manifestaba como un hombre evangélico, tanto en sus palabras como en sus gestos»: él era un Evangelio vivo, capaz de anunciar lo que vivía, y quería que también sus predicadores fueran «hombres evangélicos».

Para Francisco de Asís, la Regla es «la vida del Evangelio de Jesucristo»; para Clara de Asís: «La Forma de vida del Orden de las Hermanas pobres […] consiste en: “Observar el Santo Evangelio del Señor nuestro Jesucristo”». En la Regla de los Carmelitas el precepto fundamental es «meditar día y noche la Ley del Señor», para traducirlo en la acción concreta: «Todo lo que debéis hacer, hacedlo en la palabra del Señor». Dicho fundamento, común a tantas familias religiosas, permanece inmutable a través de los siglos.

En tiempos más recientes, Giacomo Alberione afirmaba que la Familia Paulina «aspira a vivir integralmente el Evangelio de Jesucristo», mientras la Hermanita Magdeleine: «Tenemos que construir una cosa nueva. Una cosa nueva que es antigua, que es el auténtico cristianismo de los primeros discípulos de Jesús. Es necesario que retomemos el Evangelio palabra por palabra». Cada carisma de vida consagrada se radica en el Evangelio. La pasión por la Palabra bíblica en muchas de las nuevas comunidades que florecen hoy en toda la Iglesia es evidente y significativa.

Volver al Evangelio suena hoy como una provocación que nos reconduce a la fuente de toda vida arraigada en Cristo. Una fuerte invitación a realizar un camino hacia el origen, en el lugar donde nuestra vida se realiza, donde toda Regla y norma encuentra inteligencia y valor.
El Santo Padre ha exhortado muchas veces a fiarnos y a encomendarnos a esta dinámica vital: «os invito, sobre todo, a no dudar jamás del dinamismo del Evangelio y tampoco de su capacidad de convertir los corazones a Cristo resucitado y conducir a las personas a lo largo del camino de la salvación que esperan en lo más profundo de sí mismas».


Formación: Evangelio y cultura

9. Es un imperativo formar en el Evangelio y en sus exigencias. En esta perspectiva, estamos invitados a llevar a cabo una revisión específica del modelo formativo que acompaña a los consagrados y especialmente a las consagradas en el camino de la vida. Tiene carácter urgente la formación espiritual, muy a menudo limitada casi sólo a simple acompañamiento psicológico o a ejercicios de piedad estandarizados.

La pobreza repetitiva de contenidos vagos bloquea a los candidatos en niveles de maduración humana infantiles y dependientes. La rica variedad de las vías seguidas y propuestas por los autores espirituales permanece casi desconocida por lectura directa, o se recuerda sólo de forma fragmentaria. Es indispensable vigilar para que el patrimonio de los institutos no se reduzca a esquemas apresurados, distantes del impulso vital de los orígenes, porque esto no introduce adecuadamente en la experiencia cristiana y carismática.

En un mundo en el que la secularización se ha convertido en ceguera selectiva respecto a lo sobrenatural y los hombres han perdido las huellas de Dios, estamos invitados a redescubrir y estudiar las verdades fundamentales de la fe. Quien presta el servicio de la autoridad está llamado a facilitar a todos los consagrados y consagradas un conocimiento fundado y coherente de la fe cristiana, acompañado por un nuevo amor al estudio. San Juan Pablo II exhortaba: «la vida consagrada necesita también en su interior un renovado amor por el empeño cultural, una dedicación al estudio». Es motivo de gran pena que dicho imperativo no sea siempre acogido y menos aún recibido como exigencia de reforma radical para todos los consagrados y, especialmente, para las mujeres consagradas.

La debilidad y fragilidad que sufre este sector nos obliga a reafirmar fuertemente y recordar la necesidad de la formación continua para una auténtica vida en el Espíritu y para mantenernosmentalmente abiertos y coherentes en el camino de crecimiento y de fidelidad. No falta ciertamente, en líneas generales, una adhesión formal a dicha urgencia y se constata un enorme estudio científico sobre el tema, pero en realidad la práctica que le sigue es frágil, pobre y, a menudo, incoherente, caótica y desinteresada.

«Testigo del Evangelio –recuerda el papa Francisco– es uno que ha encontrado a Jesucristo, que lo ha conocido, o mejor, se ha sentido conocido por Él, reconocido, respetado, amado, perdonado y este encuentro le ha tocado en lo más profundo, le ha llenado de alegría nueva, un nuevo significado para la vida. Y esto trasluce, se comunica, se transmite a los demás».

La Palabra, fuente genuina de espiritualidad de la que extraer el supremo conocimiento de Cristo Jesús (Flp 3,8), debe habitar lo cotidiano de nuestra vida. Sólo así su potencia (cf. 1Tes 1,5) podrá penetrar en la fragilidad de lo humano, fermentar y edificar los lugares de vida común, rectificar los pensamientos, los afectos, las decisiones, los diálogos entretejidos en los espacios fraternos. Siguiendo el ejemplo de María, la escucha de la Palabra debe convertirse en aliento de vida en cada instante de la existencia. Nuestra vida, de este modo, confluye en la unidad de pensamiento, se reanima en la inspiración por una renovación constante, fructífera, en la creatividad apostólica.

El apóstol Pablo pedía al discípulo Timoteo que buscara la fe (cf. 2Tim 2,22) con la misma constancia que cuando era niño (cf. 2Tim 3,15), en primer lugar, permaneciendo firme en lo que había aprendido, es decir, en las sagradas Escrituras: Toda Escritura está inspirada por Dios y es útil para enseñar, argüir, encaminar e instruir en la justicia. Con lo cual el hombre de Dios estará formado y capacitado para toda clase de obras buenas. (2Tim 3,16-17). Escuchamos esta invitación como dirigida a nosotros para que nadie se vuelva perezoso en la fe (cf. Hb 6,12). Ella es la compañera de vida que nos permite percibir con ojos siempre nuevos las maravillas que Dios realiza con nosotros y nos orienta hacia una respuesta obediente y responsable.
El Evangelio, la norma ideal de la Iglesia y de la vida consagrada, debe representar su normalidad en la práctica, su estilo y su modo de ser. Éste es el reto que propone el papa Francisco. Invitando a un nuevo equilibrio eclesiológico entre la Iglesia como cuerpo jerárquico y la Iglesia como Cuerpo de Cristo, nos ofrece los elementos para realizar esta operación, que puede producirse sólo in corpore vivo de la Iglesia, y por tanto dentro y a través de nosotros. Evangelizar no significa llevar un mensaje reconocidamente útil por el mundo, ni una presencia que se impone, ni una visibilidad que ofende, ni un esplendor que ciega, sino el anuncio de Jesucristo esperanza en nosotros (cf. Col 1,27-28), hecho con palabras de gracia (Lc 4,22), con una conducta buena entre los hombres (1Pe 2,12) y con la fe que obra por medio del amor (Gal 5,6).


La Profecía de la vigilancia

10. Como conclusión de las sesiones conciliares, el papa Pablo VI –con mirada profética– despedía a los obispos reunidos en Roma, uniendo tradición y futuro: «En esta asamblea universal, en este punto privilegiado del tiempo y del espacio convergen a la vez el pasado, el presente y el porvenir. El pasado, porque está aquí reunida la Iglesia de Cristo, con su tradición, su historia, sus concilios, sus doctores, sus santos. El presente, porque nos separamos para ir al mundo de hoy, con sus miserias, sus dolores, sus pecados, pero también con sus prodigiosos éxitos, sus valores, sus virtudes... El porvenir está allí, en fin, en el llamamiento imperioso de los pueblos para una mayor justicia, en su voluntad de paz, en su sed, consciente o inconsciente, de una vida más elevada: la que precisamente Cristo puede y quiere darles...».

El papa Francisco nos anima con pasión a proseguir con paso veloz y alegre el camino: «Guiados por el Espíritu, nunca rígidos, nunca cerrados, siempre abiertos a la voz de Dios que habla, que abre, que conduce, que nos invita a ir hacia el horizonte».
¿Qué tierras estamos habitando y qué horizontes se nos ha dado escrutar?

El papa Francisco llama a acoger el hoy de Dios y sus novedades, nos invita a las «sorpresas de Dios» en la fidelidad, sin miedo ni resistencias, para «ser profetas que dan testimonio de cómo Jesús ha vivido en esta tierra, que anuncian cómo será en su perfección el Reino de Dios. Jamás un religioso debe renunciar a su profecía».

Resuena para nosotros la invitación a seguir en el camino llevando en el corazón las esperanzas del mundo. Percibimos la ligereza y el peso mientras escrutamos la imprevisible llegada de la nubecita. Humilde germen de una Noticia que no se puede callar.

La vida religiosa vive un periodo de exigentes cambios y de necesidades nuevas. La crisis es el estado en el que se es llamado al ejercicio evangélico del discernimiento, es la oportunidad de elegir con sabiduría –como el escriba, que extrae del tesoro cosas nuevasy cosas antiguas (cf. Mt 13,52)– mientras recordamos que la historia siente la tentación de conservar más aquello que un día podrá ser utilizado. Corremos el riesgo de conservar “memorias” sacralizadas que vuelven menos cómoda la salida de la cueva de nuestras seguridades. El Señor nos ama con amor perenne (cf. Is 54,8): dicha confianza nos llama a la libertad.


Unidos para escrutar el horizonte

Una disimulada acedia (ἀκηδία) desgana, a veces, nuestro espíritu, ofusca la visión, agota las decisiones y entorpece los pasos, conjugando la identidad de la vida consagrada en un modelo envejecido y autoreferencial, en un horizonte breve: «se desarrolla la psicología de la tumba, que poco a poco convierte a los cristianos en momias de museo». Contra esta inercia del espíritu y de la acción, contra esta desmotivación que entristece y apaga ánimo y voluntad, ya Benedicto XVI exhortó: «No os unáis a los profetas de desventuras que proclaman el final o el sinsentido de la vida consagrada en la Iglesia de nuestros días; más bien revestíos de Jesucristo y portad las armas de la luz –como exhortaba san Pablo (cf. Rm 13,11-14)–, permaneciendo despiertos y vigilantes. San Cromacio de Aquileya escribía: “Que el Señor aleje de nosotros tal peligro, que jamás nos dejemos apesadumbrar por el sueño de la infidelidad; que nos conceda su gracia y su misericordia para que podamos velar siempre en la fidelidad a Él. En efecto, nuestra fidelidad puede velar en Cristo” (Sermón 32,4)». La vida religiosa está atravesando un vado, pero no puede quedarse en él definitivamente. Estamos llamados a pasar al otro lado –Iglesia en salida, es una de las expresiones típicas del papa Francisco– como kairós que exige renuncias, nos pide dejar lo que se conoce y emprender un largo camino difícil, como Abrahán hacia la tierra de Canaán (cf. Gn 12,1-6), como Moisés hacia una tierra misteriosa, conectada con los patriarcas (cf. Ex 3,7-8) como Elías hacia Sarepta de Sidón: todos hacia tierras misteriosas vislumbradas sólo en la fe.

No se trata de responder a la pregunta de si lo que hacemos es bueno: el discernimiento mira hacia horizontes que el Espíritu sugiere a la Iglesia, interpreta el murmullo de las estrellas de la mañana sin salidas de emergencia, ni atajos improvisados, se deja guiar a cosas grandes a través de señales pequeñas y frágiles, poniendo en juego débiles recursos. Estamos llamados a una obediencia común que se vuelve fe en el hoy para continuar juntos con «el coraje de echar las redes con la fuerza de su palabra (cf. Lc 5,5) y no de motivaciones sólo humanas».

La vida consagrada alimenta la esperanza de la promesa, está llamada a seguir el camino sin dejarse condicionar por lo que se queda atrás: Yo no pienso tenerlo todo ya conseguido. Únicamente, olvidando lo que queda atrás, me esfuerzo por lo que hay por delante (Flp 3,13-14). La esperanza no se construye basándose en nuestras fuerzas o nuestros números, sino mediante los dones del Espíritu: la fe, la comunión, la misión. Los consagrados son un pueblo liberado por la profesión de los consejos del Evangelio dispuesto a mirar en la fe más allá del presente, invitado a «ampliar la mirada para reconocer un bien mayor que nos beneficiará a todos». La meta de este camino está marcada por el ritmo del Espíritu, no es una tierra desconocida. Se abren delante de nuestro caminar nuevas fronteras, realidades nuevas, otras culturas, necesidades diversas, suburbios.

Imitando el juego en equipo del profeta Elías y de su siervo, es necesario recogerse en oración con un sentido de pasión y compasión por el bien del pueblo que vive en contextos desorientados y a menudo dolorosos. Urge también el servicio generoso y paciente del siervo, que sube a escrutar el mar, hasta percibir la pequeña “señal” de una historia nueva, de una “lluvia grande”. La brisa tenue se puede identificar hoy con muchos deseos inquietos de nuestros contemporáneos, que buscan interlocutores sabios, pacientes compañeros de camino, capaces de una acogida a corazón abierto, facilitadores y no controladores de la gracia, para nuevas épocas de fraternidad y salvación.


Una guía “detrás del pueblo”

12. Es indispensable, al mismo tiempo, que el éxodo lo realicemos juntos, guiados con sencillez y claridad por quien sirve con autoridad buscando el rostro del Señor como prioridad. Invitamos a quien ha sido llamado a dicho servicio a ejercitarlo obedeciendo al Espíritu, con denuedo y constancia, para que la complejidad y la transición se puedan gestionar y no se pare o se frene el paso.

Exhortamos a una guía que no deje las cosas como están, que aleje «la tentación de dejar pasar y considerar inútil cualquier esfuerzo por mejorar la situación. Asoma, entonces, el peligro de convertirse en gestores de la rutina, resignados a la mediocridad, inhibidos para intervenir, sin ánimo para señalar las metas de la auténtica vida consagrada y con el riesgo de que se apague el amor de los comienzos y el deseo de testimoniarlo».

Corre el tiempo de las pequeñas cosas, de la humildad que sabe ofrecer pocos panes y dos peces a la bendición de Dios (cf. Jn 6,9), que sabe entrever en la nubecilla como la palma de una mano la llegada de la lluvia. No estamos llamados a una guía preocupada y administrativa, sino a un servicio de autoridad que oriente con claridad evangélica el camino que tenemos que realizar juntos y con los corazones unidos, dentro de un presente frágil en el que ya el futuro se está generando. No nos sirve una «simple administración», es más bien necesario «caminar detrás del pueblo para ayudar a los rezagados y, sobre todo, porque el rebaño mismo tiene su olfato para encontrar nuevos caminos».

Una guía que acoja y anime con ternura empática la mirada de los hermanos y las hermanas, incluso la de aquellos que caminan con dificultad o frenan la marcha, ayudándoles a superar prisas, miedos y actitudes de renuncia. Puede haber quien vuelva al pasado, quien con nostalgia subraye las diferencias, quien rumie en silencio o plantee dudas sobre la escasez de medios, recursos, personas. «No nos quedemos anclados en la nostalgia de estructuras y costumbres que ya no son cauces de vida en el mundo actual».

Se puede oír el eco del siervo de Elías que repite, escrutando el horizonte: ¡No se ve nada! (1Re 18,43). Estamos llamados a la gracia de la paciencia, a esperar y volver a escrutar el cielo hasta siete veces, todo el tiempo que sea necesario, para que el camino de todos no se detenga por la indolencia de algunos. Me hice débil con los débiles para ganar a los débiles. Me hice todo a todos para salvar como sea a algunos. Y todo lo hago por la buena noticia, para participar deella (1Co 9,22-23).

Se nos ha dado el saber orientar el camino fraterno hacia la libertad según los ritmos y los tiempos de Dios. Escrutar juntos el cielo y vigilar significa estar todos llamados a la obediencia para «entrar en “otro” orden de valores, captar un sentido nuevo y diferente de la realidad, creer que Dios ha pasado también cuando no ha dejado huellas visibles, pero lo hemos percibido como voz de silencio sonora que nos lleva a experimentar una libertad imprevisible, para tocar los umbrales del misterio: Porque mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos, oráculo del Señor (Is 55,8)».

En este éxodo que asusta a la lógica humana –que exigiría metas claras y caminos experimentados– resuena una pregunta: ¿quién robustecerá las rodillas vacilantes (Cf. Is 35,3)?

La acción del Espíritu en situaciones complejas y bloqueadas se hace presente en el corazón, que es el que simplifica e indica prioridades y da sugerencias para llegar a las metas a las que nos quiere conducir. Es oportuno partir siempre de los soplidos de alegría del Espíritu, él intercede por nosotros con gemidos inarticulados [...] por los consagrados de acuerdo con Dios (Rm 8,26-27). «Pero no hay mayor libertad que la de dejarse llevar por el Espíritu, renunciar a calcularlo y controlarlo todo, y permitir que Él nos ilumine, nos guíe, nos oriente, nos impulse hacia donde Él quiera. Él sabe bien lo que hace en cada época y en cada momento. ¡Esto se llama ser misteriosamente fecundos!».


La mística del encuentro

13. «Como “centinelas” que mantienen vivo en el mundo el deseo de Dios y lo despiertan en el corazón de tantas personas con sed de infinito», estamos invitados a ser buscadores y testigos de proyectos de Evangelio visibles y vitales. Hombres y mujeres de fe fuerte, pero también con capacidad de empatía, de cercanía, de espíritu creativo y creador, que no pueden limitar ni el espíritu, ni el carisma en las rígidas estructuras, ni en el miedo a abandonarlas.

El papa Francisco nos invita a vivir la “mística del encuentro”: «la capacidad de escuchar, de escuchar a las demás personas. La capacidad de buscar juntos el camino, el método [...] y significa también no asustarse, no asustarse de las cosas».

«Si cada uno de vosotros es para los demás –continua el Santo Padre–, una posibilidad preciosa de encuentro con Dios, se trata de redescubrir la responsabilidad de ser profecía como comunidad, de buscar juntos, con humildad y con paciencia, una palabra de sentido que puede ser un don y testimoniarla con sencillez. Vosotros sois como antenas dispuestas a acoger los brotes de novedad suscitados por el Espíritu Santo, y podéis ayudar a la comunidad eclesial a asumir esta mirada de bien y encontrar sendas nuevas y valientes para llegar a todos».

Un paradigma conciliar ha sido la preocupación porel mundo y por el hombre. Dado que el hombre –no el hombre abstracto, sino el hombre concreto– «este hombre es el primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión», el compromiso con los hombres y las mujeres de nuestro tiempo sigue siendo prioritario para nosotros. Un empeño que es el de siempre pero con renovada fantasía: en la educación, en la sanidad, en la catequesis, en el acompañamiento constante del hombre y sus necesidades, sus aspiraciones y sus extravíos. El hombre en su corporeidad, en su realidad social, es el camino de la evangelización. La vida consagrada se ha desplazado a las afueras de las ciudades llevando a cabo un auténtico “éxodo” hacia los pobres, dirigiéndose hacia el mundo de los abandonados. Debemos reconocer la generosidad ejemplar, pero también que no han faltado tensiones y riesgos de ideologización, sobre todo en los primeros años después del Concilio.

«La antigua historia del samaritano –decía Pablo VI en el discruso de clausura del Concilio– fue el paradigma de la espiritualidad del Concilio. Un sentimiento de simpatía sin límites lo impregnó todo. El descubrimiento de las necesidades humanas –y son tanto mayores cuanto más grande se hace el hijo de la tierra– ha absorbido la atención de nuestro Sínodo. Vosotros, humanistas modernos, que renunciáis a la trascendencia de las cosas supremas, conferidle siquiera este mérito y reconoced nuestro nuevo humanismo: también nosotros, y más que nadie, somos promotores del hombre».

Nuestra misión se sitúa en la perspectiva de esta “simpatía”, en la perspectiva de la centralidad de la persona que sabe empezar desde lo humano. Hacer emerger toda la riqueza y verdad de humanidad que el encuentro con Cristo exige y favorece, nos introduce al mismo tiempo a comprender que los recursos eclesiales son importantes en cuanto recursos de verdadera humanidad y de promoción humana. Pero ¿qué hombre y qué mujer se nos presentan? ¿Cuáles son los retos y las renovaciones necesarias para una vida consagrada que quiera vivir con el mismo “estilo” del Concilio, es decir, en actitud de diálogo y de solidaridad, de profunda y auténtica “simpatía” con los hombres y las mujeres de hoy y su cultura, su íntimo “sentir”, su autoconciencia, sus coordenadas morales?

Movidos por el Espíritu de Cristo estamos llamados a reconocer lo que es verdaderamente humano. Nuestra acción, si no, se limita a una identidad social, parecida a una piadosa ONG, como ha repetido en diversas ocasiones el papa Francisco, dirigida a construir una sociedad más justa, pero secularizada, cerrada a la trascendencia, y en definitiva, ni siquiera justa. Los objetivos de la promoción social debemos situarlos en el horizonte que evidencie y cuide el testimonio del Reino y la verdad de lo humano.

En nuestro tiempo, dominado por una comunicación invasiva y global incapaz, al mismo tiempo, de comunicar con autenticidad, la vida consagrada está llamada a ser signo de la posibilidad de relaciones humanas acogedoras, transparentes y sinceras. La Iglesia, en la debilidad y en la soledad enajenante y autorreferencial del ser humano, cuenta con la fraternidad “rica de gozo y de Espíritu Santo” (Hch 13,52). «Specialis caritatis schola», la vida consagrada, en sus múltiples formas de fraternidad, está modelada por el Espíritu Santo, porque «donde está la comunidad, allí está también el Espíritu de Dios; y donde está el Espíritu de Dios, allí está también la comunidad y toda gracia».
Apreciamos la fraternidad como lugar rico de misterio y «espacio teologal en el que se puede experimentar la presencia mística del Señor resucitado». Se percibe una diferencia entre este misterio y la vida cotidiana: estamos invitados a pasar de la forma de vida en común a la gracia de la fraternidad. De la forma communis a la relación humana de manera evangélica en virtud de la caridad de Dios que se infunde en nuestro corazón por medio del Espíritu Santo (cf. Rom 5,5).

El papa Francisco nos recuerda: «Me duele tanto comprobar cómo en algunas comunidades cristianas, y aun entre personas consagradas, consentimos diversas formas de odio, divisiones, calumnias, difamaciones, venganzas, celos, deseos de imponer las propias ideas a costa de cualquier cosa, y hasta persecuciones que parecen una implacable caza de brujas. ¿A quién queremos evangelizar con estos comportamientos? [...] Nadie se salva solo, esto es, ni como individuo aislado ni por sus propias fuerzas. Dios nos atrae teniendo en cuenta la compleja trama de relaciones interpersonales que supone la vida en una comunidad humana».

Estamos llamados entonces a reconocernos como fraternidad abierta a la complementariedad del encuentro en la relación entre las diferencias, para proceder unidos: «Una persona que conserva su peculiaridad personal y no esconde su indentidad –exhorta el papa Francisco– cuando se integra cordialmente en una comunidad no se anula, sino que recibe siempre nuevos estímulos para su propio desarrollo». El estilo del “diálogo” que es «mucho más que la comunicación de una verdad. Se realiza por el gusto de hablar y por el bien concreto que se comunica entre los que se aman por medio de las palabras. Es un bien que no consiste en cosas, sino en las personas mismas que mutuamente se dan en el diálogo». Recordando que «el clima del diálogo es la amistad. Más todavía, el servicio».

Nuestras fraternidades son lugares en los que el misterio de lo humano toca el misterio divino en la experiencia del Evangelio. Son dos los “lugares” en los que, de manera privilegiada, el Evangelio se manifiesta, toma cuerpo, se dona: la familia y la vida consagrada. En el primero, el Evangelio entra en la cotidianidad y muestra su capacidad de transfigurar la vida real en el horizonte del amor. En el segundo signo, icono de un mundo futuro que relativiza todo bien de este mundo, se crea un lugar complementario y especular con respecto al primero, mientras se muestra anticipadamente el cumplimiento del camino de la vida y se vuelven relativas a la comunión definitiva con Dios todas las experiencias humanas, incluso las más exitosas.

Llegamos a ser “lugar del Evangelio” cuando aseguramos para nosotros y favorecemos para todos el espacio del cuidado de Dios, e impedimos que todo el tiempo se llene de cosas, de actividades, de palabras. Somos lugares de Evangelio cuando somos mujeres y hombres de deseo: la espera de un encuentro, de una reunión, de una relación. Por eso es esencial que nuestros ritmos de vida, los ambientes de nuestra fraternidad, todas nuestras actividades se conviertan en espacios al cuidado de una “ausencia”, que es presencia de Dios.

«La comunidad sostiene todo el apostolado. A veces las comunidades religiosas atraviesan tensiones, con el riesgo del individualismo y la dispersión, en cambio se necesita una comunicación profunda y relaciones auténticas. La fuerza humanizadora del Evangelio es testimoniada por la fraternidad vivida en comunidad, hecha de acogida, respeto, ayuda mutua, comprensión, cortesía, perdón y alegría». La comunidad así se convierte en casa en la que se vive la diferencia evangélica. El estilo del Evangelio, humano y sobrio, se manifiesta en la búsqueda que aspira a la transfiguración; en el celibato por el Reino; en el estudio y en la escucha de Dios y de su Palabra: obediencia que evidencia la diferencia cristiana. Signos claros en un mundo que vuelve a buscar lo más esencial.

La comunidad que sentada en torno a la mesa reconoce Cristo al partir el pan (cf. Lc 24,13-35) es también lugar en el que cada uno reconoce su fragilidad. La fraternidad no produce la perfección de las relaciones, pero acoge el límite de todos y lo lleva en el corazón y en la oración como herida infligida al mandamiento del amor (cf. Jn 13,31-35): lugar donde el misterio pascual obra la curación y acrecienta la unidad. Acontecimiento de gracia invocado y recibido por los hermanos y hermanas que están juntos no por elección, sino por llamada, experiencia de la presencia del Resucitado.


La profecía de la mediación

14. Las familias religiosas nacieron para inspirar caminos nuevos, para ofrecer recorridos impensables o responder ágilmente a necesidades humanas y del espíritu. Puede suceder que con el tiempo la institucionalización se cargue de “prescripciones que resultan anticuadas” y las exigencias sociales conviertan las respuestas evangélicas en respuestas que se basan en una eficiencia y una racionalidad “de empresa”. Puede suceder que la vida religiosa pierda la reputación, la audacia carismática y la parresia evangélica, porque se sienta atraída por luces extrañas a su identidad.

El papa Francisco nos invita a la fidelidad creativa, a las sorpresas de Dios: «Jesucristo también puede romper los esquemas aburridos en los cuales pretendemos encerrarlo y nos sorprende con su constante creatividad divina. Cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual. En realidad, toda auténtica acción evangelizadora es siempre “nueva”».


En la encrucijada del mundo

15. El Espíritu nos llama a moldear el servitium caritatis según el sentir de la Iglesia. La caridad «se ocupa de la construcción de la “ciudad del hombre” según el derecho y la justicia. Así mismo, la caridad supera la justicia y la completa siguiendo la lógica de la entrega y del perdón. La “ciudad del hombre” no se promueve sólo con relaciones entre derechos y deberes sino, antes y más aún, con relaciones de gratuidad, de misericordia y de comunión», y el Magisterio nos introduce a una comprensión más amplia: «El riesgo de nuestro tiempo es que la interdependencia de hecho entre los hombres y los pueblos no se corresponda con la interacción ética de la conciencia y el intelecto, de la que puede resultar un desarrollo realmente humano. Sólo con la caridad, iluminada por la luz de la razón y de la fe, es posible conseguir objetivos de desarrollo con un carácter más humano y humanizador».

Otras coordenadas del espíritu nos llaman a reforzar bastiones en los que el pensamiento y el estudio puedan custodiar la identidad humana y su rostro de gracia en el flujo de las conexiones digitales y del mundo de los network, que expresan una condición real y espiritual del hombre contemporáneo. La tecnología infunde y al mismo tiempo comunica necesidades y estimula deseos que el hombre ha concebido desde siempre: estamos llamados a habitar estas tierras inexploradas para narrar el Evangelio. «Hoy, que
las redes y los instrumentos de la comunicación humana han alcanzado desarrollos inauditos, sentimos el desafío de descubrir y transmitir la mística de vivir juntos, de mezclarnos, de encontrarnos, de estar en brazos, de apoyarnos, de dejarnos llevar por esta marea algo caótica que puede convertirse en una verdadera experiencia de fraternidad, en una caravana solidaria, en una santa peregrinación».

Estamos invitados también a plantar tiendas ligeras en las encrucijadas de senderos inexplorados. A estar en el umbral, como el profeta Elías, que hizo de la geografía de las afueras una fuente de revelación: hacia el Norte, Sarepta; hacia el Sur, el Horeb; al Este del Jordán, a la soledad penitente y, finalmente a la ascensión al cielo. El umbral es el lugar donde el Espíritu gime: allí donde nosostros no sabemos ya ni qué decir, ni hacia dónde orientar nuestras esperas, pero donde el Espíritu conoce los designios de Dios (Rm 8,27) y nos los entrega. Tenemos el peligro, a veces, de atribuir a las vías del Espíritu nuestros mapas trazados desde hace mucho, porque repetir el mismo camino nos da seguridad. El papa Benedicto, nos abrió a la visión de una Iglesia que crece por atracción mientras que el papa Francisco sueña con «una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación [...] en constante actitud de “salida” y favorezca así la “respuesta positiva de todos aquellos a quienes Jesús convoca a su amistad”».

La alegría del Evangelio nos pide tejer la espiritualidad como arte de la búsqueda que explora metáforas alternativas e imágenes nuevas y crea perspectivas inéditas. Partir de nuevo con humildad de la experiencia de Cristo y de su Evangelio, es decir, del saber experiencial, a menudo desarmado, como David ante Goliat. La potencia del Evangelio, experimentada en nosotros como salvación y alegría, nos capacita a usar con sabiduría imágenes y símbolos adecuados a una cultura que fagocita acontecimientos, pensamientos, valores, devolviéndolos en continuos iconos seductores, eco de «una profunda nostalgia de Dios, que se manifiesta de diversas maneras y pone a numerosos hombres y mujeres en actitud de sincera búsqueda».

En el pasado, uno de los temas fuertes de la vida espiritual era el símbolo del viaje o de la ascensión: no en el espacio, sino hacia el centro del alma. Este proceso místico, puesto como fundamento de la vida del espíritu, encuentra hoy otras instancias de valor a las que ofrece luz y significado. La oración, la purificación, el ejercicio de las virtudes se relacionan con la solidaridad, la inculturación, el ecumenismo espiritual, la nueva antropología, pidiendo una nueva hermenéutica y, según la antigua traditio patrística, nuevos caminos mistagógicos.

Los consagrados y las consagradas, expertos en el Espíritu y conscientes del hombre interior en el que habita Cristo, están invitados a recorrer estos caminos, impidiendo al dia-bólico que divide y separa, y liberando el sim-bólico, es decir, la primacía de la unión y de la relación presente en la complejidad de la realidad creada, el designio de recapitular en Cristo todas las cosas, las celestes y las terrestres (Ef 1,10)

¿Dónde estarán los consagrados? Libres de vínculos por la forma evangélica de vida que profesan, ¿sabrán detenerse –como centinelas– al margen, allí donde la mirada se hace más nítida, más aguda y humilde el pensamiento? ¿Toda la vida religiosa será capaz de acoger el reto de las preguntas que provienen de las encrucijadas del mundo?

La experiencia de los pobres, el diálogo interreligioso e intercultural, la complementariedad hombre-mujer, la ecología en un mundo enfermo, la eugenesia sin frenos, la economía globalizada, la comunicación planetaria y el lenguaje simbólico son los nuevos horizontes hermenéuticos que no se pueden simplemente enumerar, sino que están habitados y fermentados bajo la guía del Espíritu que en todo gime (cf. Rm 8,22-27). Son recorridos de una época que pone en cuestión sistemas de valores, lenguajes, prioridades y antropologías. Millones de personas caminan a través de mundos y civilizaciones, desestabilizando identidades antiguas y favoreciendo mezclas de culturas y religiones.

La vida consagrada ¿será capaz de ser interlocutora acogedora «de esa búsqueda de Dios cuya presencia aletea siempre en el corazón humano»? ¿Será capaz de presentarse –como Pablo– en la plaza de Atenas y hablar del Dios desconocido a los gentiles (cf. Hch 17,22-34)? ¿Será capaz de alimentar el ardor del pensamiento para alentar el valor de la alteridad y la ética de las diferencias en la convivencia pacífica?

En sus diversas formas la vida consagrada ya está presente en estas encrucijadas. Desde hace siglos, in primis los monasterios, las comunidades y las fraternidades en territorios de frontera viven un testimonio silencioso, lugar de Evangelio, de diálogo, de encuentro. Muchos consagrados y consagradas, del mismo modo, viven el día a día de los hombres y de las mujeres de hoy, compartiendo alegrías y dolores, animando el orden temporal con la sabiduría y la audacia de «encontrar caminos nuevos y valientes para alcanzar a todos» en Cristo, e «ir más allá, no solamente más allá, sino más allá y en medio, allí donde se pone todo en juego».

Los consagrados y consagradas en el limine están llamados a abrir “claros ”, como en otros tiempos se abrían espacios en los bosques para fundar ciudades. Las consecuencias de tales opciones, como subraya el papa Francisco, son inciertas, nos apremian sin duda a una salida del centro hacia las afueras, a una redistribución de las fuerzas en las que no predomina la defensa del statu quo y la valoración del beneficio, sino la profecía de las opciones evangélicas. «El carisma no es una botella de agua destilada. Es necesario vivirlo con energía, releyéndolo también culturalmente».


En el signo de lo pequeño

16. Continuamos nuestro viaje tejiendo mediaciones en el signo humilde del Evangelio: «no perdáis nunca el impulso de caminar por los caminos del mundo, la conciencia de caminar, ir incluso con paso incierto o cojeando, es mejor que estar parados, cerrados en las propias preguntas o en las propias seguridades».

Los iconos que hemos meditado –de la nube que acompañaba el éxodo a las aventuras del profeta Elías– nos revelan que el Reino de Dios se manifiesta entre nosotros en el signo de lo pequeño. «Creámosle al Evangelio, que dice que el Reino de Dios ya está presente en el mundo, y está desarrollándose aquí y allá, de diversas maneras: como la pequeña semilla que puede llegar a convertirse en una planta grande (cf. Mt 13,31-32), como el puñado de levadura, que fermenta una gran masa (cf. Mt 13,33), y como la buena semilla que crece en medio de la cizaña (cf. Mt 13,24-30), y siempre puede sorprendernos gratamente».

Quien se detiene en la referencia a sí mismo, a menudo, posee la imagen y se conoce sólo a sí mismo y su propio horizonte. Quien se empequeñece al margen puede intuir y hacer crecer un mundo más humilde y espiritual.
Los nuevos caminos de fe brotan hoy en lugares humildes, en el signo de una Palabra que si se escucha y se vive lleva a la redención. Los institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica que realizan opciones a partir de los pequeños signos interpretados en la fe y en la profecía que sabe intuir el más allá, se convierten en lugares de vida, allí brilla la luz y se escucha la invitación que llama a otros a seguir a Cristo.

Instauremos un estilo de obras y de presencias pequeñas y humildes como el evangélico grano de mostaza (cf. Mt 13,31-32), en el que brille sin fronteras la intensidad del signo: la palabra valiente, la fraternidad feliz, la escucha de la voz débil, la memoria de la casa de Dios entre los hombres. Es necesario cultivar «una mirada contemplativa, esto es, una mirada de fe que descubra al Dios que habita en sus hogares, en sus calles, en sus plazas. La presencia de Dios acompaña las búsquedas sinceras que personas y grupos realizan para encontrar apoyo y sentido a sus vidas. Él vive entre los ciudadanos promoviendo la solidaridad, la fraternidad, el deseo de bien, de verdad, de justicia. Esa presencia no debe ser fabricada sino descubierta, desvelada».

La vida consagrada encuentra su fecundidad no sólo en testimoniar el bien, sino en reconocerlo y saberlo indicar, especialmente donde no es normal verlo, en los «no ciudadanos», los «ciudadanos a medias», los «desechos urbanos», los sin dignidad. Pasar de las palabras de solidaridad a los gestos que acogen y regeneran: la vida consagrada está llamada a dicha verdad.

El papa Benedicto ya exhortaba: «os invito a una fe que sepa reconocer la sabiduría de la debilidad. En las alegrías y en las aflicciones del tiempo presente, cuando la dureza y el peso de la cruz se hacen notar, no dudéis de que la kenosis de Cristo es ya victoria pascual. Precisamente en la limitación y en la debilidad humana estamos llamados a vivir la configuración con Cristo, en una tensión totalizadora que anticipa, en la medida de lo posible en el tiempo, la perfección escatológica. En las sociedades de la eficiencia y del éxito, vuestra vida, caracterizada por la “minoridad” y la debilidad de los pequeños, por la empatía con quienes carecen de voz, se convierte en un evangélico signo de contradicción».

Invitamos a volver a la sabiduría evangélica vivida por los pequeños (cf. Mt 11,25): «Es la alegría que se vive en medio de las pequeñas cosas de la vida cotidiana, como respuesta a la afectuosa invitación de nuestro Padre Dios: Hijo, en la medida de tus posibilidades trátate bien [...] No te prives de pasar un buen día (Eclo 14,11.14). ¡Cuánta ternura paterna se intuye detrás de estas palabras!».

La actual debilidad de la vida consagrada deriva de haber perdido la alegría de las «pequeñas cosas de la vida». En el camino de la conversión, los consagrados y las consagradas podrían descubrir que la primera llamada –lo hemos recordado en la carta Alegraos– es la llamada a la alegría como acogida de lo pequeño y búsqueda del bien: «Sólo por hoy seré feliz, en la certeza de que he sido creado para la felicidad, no sólo en el otro mundo, sino también en éste».

El papa Francisco nos invita a dejarnos «llevar por el Espíritu, renunciar a calcularlo y controlarlo todo, y permitir que Él nos ilumine, nos guíe, nos oriente, nos impulse hacia donde Él quiera. Él sabe bien lo que hace falta en cada época y en cada momento».


En coro en la statio orante

17. El horizonte está abierto, mientras estamos invitados a la vigilancia orante que intercede por el mundo. En ella seguimos vislumbrando pequeños signos que presagian benéfica lluvia sobre nuestra aridez, susurros ligeros de una presencia fiel.

El camino a recorrer para seguir la nube no es siempre fácil; el discernimiento exige a veces largas esperas que cansan; el yugo suave y dulce (cf. Mt 11,30) puede volverse pesado. El desierto es también un lugar de soledad, de vacío. Un lugar donde falta todo lo fundamental para vivir: el agua, la vegetación, la compañía de otras personas, el calor de un amigo, incluso la vida misma. Cada uno en el desierto, en silencio y soledad, toca su imagen más auténtica: se mide a sí mismo y al infinito, su fragilidad como grano de arena y la solidez de la roca como misterio de Dios.

Los israelitas permanecían acampados, hasta que la nube se paraba sobre la tienda; volvían a partir por el camino cuando la nube se alzaba y dejaba la morada. Pararse y volver a partir: una vida guiada, reglamentada, ritmada por la nube del Espíritu. Una vida para vivir en atenta vigilia.

Elías, acurrucado sobre sí mismo, aplastado por el dolor y la infidelidad del pueblo, lleva sobre los hombros y en el corazón el sufrimiento y la traición. Él mismo se convierte en oración, súplica orante, entrañas que interceden. A su lado y por él, el chico escruta el cielo, para ver si del mar aparece la señal de respuesta a la promesa de Dios.

Es el paradigma del itinerario espiritual de cada uno, mediante el cual el hombre se convierte realmente en amigo de Dios, instrumento de su plan de salvación divino, y toma conciencia de su vocación y misión para beneficio de todos los débiles de la tierra.
La vida consagrada en el momento presente está llamada a vivir con especial intensidad la statio de la intercesión. Somos conscientes de nuestro límite y de nuestra finitud, mientras nuestro espíritu atraviesa el desierto y la consolación buscando a Dios y los signos de su gracia, tiniebla y luz. En esta statio orante nos jugamos la rebelde obediencia de la profecía de la vida consagrada, que se hace voz de pasión para la humanidad. Plenitud y vacío – como percepción profunda del misterio de Dios, del mundo y de lo humano– son experiencias que atravesamos a lo largo del camino con la misma intensidad.

El papa Francisco nos interpela: «¿Tú luchas con el Señor por tu pueblo, como Abrahán luchó (cf. Gn 18, 22-33)? Esa oración valiente de intercesión. Nosotros hablamos de parresia, de valor apostólico, y pensamos en los proyectos pastorales, esto está bien, pero la parresia misma es necesaria también en la oración».

La intercesión se hace voz de las pobrezas humanas, adventus y eventus: preparación a la respuesta de la gracia, a la fecundidad de la tierra árida, a la mística del encuentro en el signo de lo pequeño.

La capacidad de sentarse en coro hace a los consagrados y las consagradas no profetas solitarios, sino hombres y mujeres de comunión, de escucha común de la Palabra, capaces de elaborar juntos significados y signos nuevos, pensados y construidos incluso en el momento de las persecuciones y del martirio. Se trata de un camino hacia la comunión de diferencias: signo del Espíritu que sopla en nuestros corazones la pasión para que todos sean uno (Jn 17,21). Así se manifiesta una Iglesia que –sentada a la mesa después de un camino de dudas y de comentarios tristes y sin esperanza– reconoce a su Señor al partir el pan (Lc 24,13-35), revestida de esencialidad evangélica.


III.PARA LA REFLEXIÓN

18. Las provocaciones del Papa Francisco

«Cuando el Señor quiere darnos una misión, quiere darnos un trabajo, nos prepara para que lo hagamos bien», precisamente «como preparó a Elías». Lo importante «no es que él haya encontrado al Señor» sino «todo el recorrido para llegar a la misión que el Señor te confía». Y precisamente «ésta es la diferencia entre la misión apostólica que el Señor nos da y el deber humano, honrado, bueno». Por lo tanto «cuando el Señor da una misión, nos hace siempre entrar en un proceso de purificación, un proceso de discernimiento, un proceso de obediencia, un proceso de oración».

«¿Son mansos, humildes? ¿En esa comunidad hay luchas entre ellos por el poder, peleas por la envidia? ¿Se critica? Entonces no van por la senda de Jesucristo». La paz en una comunidad, en efecto, es una «peculiaridad muy importante. Tan importante porque el demonio trata de dividirnos, siempre. Es el padre de la división; con la envidia, divide. Jesús nos hace ver este camino, el camino de la paz entre nosotros, del amor entre nosotros».

Es importante, dijo también el Papa, «tener el hábito de pedir la gracia de la memoria del camino que hizo el pueblo de Dios». La gracia también de la «memoria personal: ¿qué ha hecho Dios conmigo en mi vida?, ¿cómo me ha hecho caminar?». Es necesario también «pedir la gracia de la esperanza que no es optimismo: es otra cosa». Y, por último, «pedir la gracia de renovar todos los días la alianza con el Señor que nos ha llamado».

Y éste «es nuestro destino: caminar en la perspectiva de las promesas, seguros de que llegarán a ser realidad. Es hermoso leer el capítulo once de la Carta a los hebreos, donde se relata el camino del pueblo de Dios hacia las promesas: cómo esta gente amaba mucho estas promesas y las buscaba incluso con el martirio. Sabía que el Señor era fiel. La esperanza no defrauda nunca». [...] «Esta es nuestra vida: creer y ponerse en camino» como hizo Abrahán, que «confió en el Señor y caminó incluso en momentos difíciles».
No perdáis jamás el impulso de caminar por los senderos del mundo, la conciencia de que caminar, ir incluso con paso incierto o renqueando, es siempre mejor que estar parados, cerrados en los propios interrogantes o en las propias seguridades. La pasión misionera, la alegría del encuentro con Cristo que os impulsa a compartir con los demás la belleza de la fe, aleja el peligro de permanecer bloqueados en el individualismo.

Los religiosos son profetas. Son aquellos que han elegido un seguimiento de Jesús que imita su vida con la obediencia al Padre, la pobreza, la vida de comunidad y la castidad. [...] En la Iglesia los religiosos están llamados especialmente a ser profetas que dan testimonio de cómo ha vivido Jesús en este mundo, y que anuncian cómo será el Reino de Dios en su perfección. Un religioso no debe jamás renunciar a la profecía.
Ésta es una actitud cristiana: la vigilancia. La vigilancia sobre uno mismo: ¿qué ocurre en mi corazón? Porque donde está mi corazón está mi tesoro. ¿Qué ocurre ahí? Dicen los padres orientales que se debe conocer bien si mi corazón está turbado o si mi corazón está tranquilo. [...] Después ¿qué hago? Intento entender lo que sucede, pero siempre en paz. Entender con paz. Luego, vuelve la paz y puedo hacer la discussio conscientiae. Cuando estoy en paz, no hay turbulencia: “¿Qué ha ocurrido hoy en mi corazón?”. Y esto es vigilar. Vigilar no es ir a la sala de tortura, ¡no! Es mirar el corazón. Tenemos que ser dueños de nuestro corazón. ¿Qué siente mi corazón, qué busca? ¿Qué me ha hecho feliz hoy y qué no me ha hecho feliz?.

Gracias a Dios vosotros no vivís y no trabajáis como individuos aislados, sino como comunidad: y ¡dad gracias a Dios por esto! La comunidad sostiene todo el apostolado. A veces, las comunidades religiosas atraviesan tensiones, con el riesgo del individualismo y de la dispersión, mientras que se necesita una comunicación profunda y relaciones auténticas. La fuerza humanizadora del Evangelio es testimoniada por la fraternidad vivida en comunidad, hecha de acogida, respeto, ayuda mutua, comprensión, cortesía, perdón y alegría.

Sois levadura que puede producir un pan bueno para muchos, ese pan del que hay tanta hambre: la escucha de las necesidades, los deseos, las desilusiones, la esperanza. Como quien os ha precedido en vuestra vocación, podéis devolver la esperanza a los jóvenes, ayudar a los ancianos, abrir caminos hacia el futuro, difundir el amor en todo lugar y en toda situación. Si no sucede esto, si a vuestra vida ordinaria le falta el testimonio y la profecía, entonces os repito otra vez, ¡es urgente una conversión!.

En vez de ser sólo una Iglesia que acoge y que recibe teniendo las puertas abiertas, intentemos también ser una Iglesia que descubre nuevos caminos, que es capaz de salir de sí misma e ir hacia quien no la frecuenta, hacia quien se ha ido o es indiferente. Quien se ha ido, a veces lo ha hecho por razones que, comprendidas y valoradas justamente, pueden llevar a un regreso. Pero se necesita audacia y coraje.

En la vida consagrada se vive el encuentro entre los jóvenes y los ancianos, entre la observancia y profecía. ¡No las veamos como dos realidades contrarias! Dejemos más bien que el Espíritu Santo anime ambas, y el signo de ello es la alegría: la alegría de observar, de caminar en una regla de vida; la alegría de ser guiados por el Espíritu, nunca rígidos, nunca cerrados, siempre abiertos a la voz de Dios que habla, que abre, que conduce, que nos invita a ir hacia el horizonte.


AVE, MUJER DE LA NUEVA ALIANZA

19. Caminar siguiendo los signos de Dios significa experimentar la alegría y el renovado entusiasmo del encuentro con Cristo, centro de la vida y fuente de las decisiones y las obras.
El encuentro con el Señor se renueva cada día en la alegría del camino perseverante. «Siempre en camino, con esa virtud que es una virtud peregrina: ¡la alegría!».

El momento actual invoca la necesidad de vigilar: «Vigilancia. Es mirar el corazón. Debemos ser dueños de nuestro corazón. ¿Qué siente mi corazón? ¿Qué busca? ¿Qué me ha hecho feliz hoy y qué no me ha hecho feliz? […] Esto es conocer el estado de mi corazón, mi vida, cómo camino en la senda del Señor. Porque, sin vigilancia, el corazón va a todas partes; y la imaginación viene detrás. No son cosas antiguas, no son cosas superadas».

El consagrado se vuelve memoria Dei, recuerda la acción del Señor. El tiempo que se nos concede caminar detrás de la nube nos pide perseverancia, ser fieles a escrutar en la vigilia como si se viera lo invisible (Hb 11,27). Es el tiempo de la nueva alianza. En los días del fragmento y del respiro breve, como a Elías se nos pide velar, escrutar el cielo sin cansancio para divisar la nubecilla, como la palma de la mano, custodiar la audacia de la perseverancia y la visión nítida de la eternidad. Nuestro tiempo sigue siendo un tiempo de exilio, de peregrinación, en la espera atenta y alegre de la realidad escatológica en la que Dios será todo en todos.

María «es la nueva arca de la alianza, ante la cual el corazón exulta de alegría, la Madre de Dios presente en el mundo, que no guarda para sí esta divina presencia, sino que la ofrece compartiendo la gracia de Dios. Y así –como dice la oración– María es realmente causa nostrae laetitiae, el arca en la que el Salvador, verdaderamente, está presente entre nosotros».

Ave María, Mujer de la nueva Alianza, te decimos dichosa porque has creído (cf. Lc 1,45) y has sabido «reconocer las huellas del Espíritu de Dios en los grandes acontecimientos y ¡también en aquellos que parecen imperceptibles!».
Sostén nuestro desvelo en la noche, hasta las luces del amanecer a la espera del nuevo día. Concédenos la profecía que narra al mundo la alegría del Evangelio, la bienaventuranza de aquellos que escrutan los horizontes de tierras y cielos nuevos (cf. Ap 21,1) y anticipan su presencia en la ciudad de los hombres.

Ayúdanos a confesar la fecundidad del Espíritu en el signo de lo esencial y de lo pequeño. Concédenos realizar la acción valiente del humilde en quien Dios se fija (Sal 137,6) y a quien se revelan los secretos del Reino (cf. Mt 11,25-26), aquí y ahora.

Amén


Vaticano, 8 de septiembre de 2014
Nacimiento de la Santísima Virgen María

João Braz Card. de Aviz
Prefecto

José Rodríguez Carballo, O.F.M.
Arzobispo Secretario

CARTA APOSTÓLICA DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A TODOS LOS CONSAGRADOS
CON OCASIÓN DEL AÑO DE LA VIDA CONSAGRADA


Queridas consagradas y queridos consagrados

Os escribo como Sucesor de Pedro, a quien el Señor Jesús confió la tarea de confirmar a sus hermanos en la fe (cf. Lc 22,32), y me dirijo a vosotros como hermano vuestro, consagrado a Dios como vosotros.

Demos gracias juntos al Padre, que nos ha llamado a seguir a Jesús en plena adhesión a su Evangelio y en el servicio de la Iglesia, y que ha derramado en nuestros corazones el Espíritu Santo que nos da alegría y nos hace testimoniar al mundo su amor y su misericordia.

He decidido convocar un Año de la Vida Consagrada haciéndome eco del sentir de muchos y de la Congregación para los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica, con motivo del 50 aniversario de la Constitución dogmática Lumen gentiumsobre la Iglesia, que en el capítulo sexto trata de los religiosos, así como del Decreto Perfectae caritatis sobre la renovación de la vida religiosa. Dicho Año comenzará el próximo 30 de noviembre, primer Domingo de Adviento, y terminará con la fiesta de la Presentación del Señor, el 2 de febrero de 2016.

Después de escuchar a la Congregación para los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica, he indicado como objetivos para este Año los mismos que san Juan Pablo II propuso a la Iglesia a comienzos del tercer milenio, retomando en cierto modo lo que ya había dicho en la Exhortación apostólica postsinodal Vita consecrata: «Vosotros no solamente tenéis una historia gloriosa para recordar y contar, sino una gran historia que construir. Poned los ojos en el futuro, hacia el que el Espíritu os impulsa para seguir haciendo con vosotros grandes cosas» (n. 110).


I . Objetivos para el Año de la Vida Consagrada

El primer objetivo es mirar al pasado con gratitud. Cada Instituto viene de una rica historia carismática. En sus orígenes se hace presente la acción de Dios que, en su Espíritu, llama a algunas personas a seguir de cerca a Cristo, para traducir el Evangelio en una particular forma de vida, a leer con los ojos de la fe los signos de los tiempos, a responder creativamente a las necesidades de la Iglesia. La experiencia de los comienzos ha ido después creciendo y desarrollándose, incorporando otros miembros en nuevos contextos geográficos y culturales, dando vida a nuevos modos de actuar el carisma, a nuevas iniciativas y formas de caridad apostólica. Es como la semilla que se convierte en un árbol que expande sus ramas.

Es oportuno que cada familia carismática recuerde este Año sus inicios y su desarrollo histórico, para dar gracias a Dios, que ha dado a la Iglesia tantos dones, que la embellecen y la preparan para toda obra buena (cf. Lumen gentium, 12).

Poner atención en la propia historia es indispensable para mantener viva la identidad y fortalecer la unidad de la familia y el sentido de pertenencia de sus miembros. No se trata de hacer arqueología o cultivar inútiles nostalgias, sino de recorrer el camino de las generaciones pasadas para redescubrir en él la chispa inspiradora, los ideales, los proyectos, los valores que las han impulsado, partiendo de los fundadores y fundadoras y de las primeras comunidades. También es una manera de tomar conciencia de cómo se ha vivido el carisma a través de los tiempos, la creatividad que ha desplegado, las dificultades que ha debido afrontar y cómo fueron superadas. Se podrán descubrir incoherencias, fruto de la debilidad humana, y a veces hasta el olvido de algunos aspectos esenciales del carisma. Todo es instructivo y se convierte a la vez en una llamada a la conversión. Recorrer la propia historia es alabar a Dios y darle gracias por todos sus dones.

Le damos gracias de manera especial por estos últimos 50 años desde el Concilio Vaticano II, que ha representado un «soplo» del Espíritu Santo para toda la Iglesia. Gracias a él, la vida consagrada ha puesto en marcha un fructífero proceso de renovación, con sus luces y sombras, ha sido un tiempo de gracia, marcado por la presencia del Espíritu.

Que este Año de la Vida Consagrada sea también una ocasión para confesar con humildad, y a la vez con gran confianza en el Dios amor (cf. 1 Jn 4,8), la propia fragilidad, y para vivirlo como una experiencia del amor misericordioso del Señor; una ocasión para proclamar al mundo con entusiasmo y dar testimonio con gozo de la santidad y vitalidad que hay en la mayor parte de los que han sido llamados a seguir a Cristo en la vida consagrada.


Este Año nos llama también a vivir el presente con pasión. La memoria agradecida del pasado nos impulsa, escuchando atentamente lo que el Espíritu dice a la Iglesia de hoy, a poner en práctica de manera cada vez más profunda los aspectos constitutivos de nuestra vida consagrada.

Desde los comienzos del primer monacato, hasta las actuales «nuevas comunidades», toda forma de vida consagrada ha nacido de la llamada del Espíritu a seguir a Cristo como se enseña en el Evangelio (cf. Perfectae caritatis, 2). Para los fundadores y fundadoras, la regla en absoluto ha sido el Evangelio, cualquier otra norma quería ser únicamente una expresión del Evangelio y un instrumento para vivirlo en plenitud. Su ideal era Cristo, unirse a él totalmente, hasta poder decir con Pablo: «Para mí la vida es Cristo» (Flp 1,21); los votos tenían sentido sólo para realizar este amor apasionado.

La pregunta que hemos de plantearnos en este Año es si, y cómo, nos dejamos interpelar por el Evangelio; si este es realmente elvademecum para la vida cotidiana y para las opciones que estamos llamados a tomar. El Evangelio es exigente y requiere ser vivido con radicalidad y sinceridad. No basta leerlo (aunque la lectura y el estudio siguen siendo de extrema importancia), no es suficiente meditarlo (y lo hacemos con alegría todos los días). Jesús nos pide ponerlo en práctica, vivir sus palabras.

Jesús, hemos de preguntarnos aún, ¿es realmente el primero y único amor, como nos hemos propuesto cuando profesamos nuestros votos? Sólo si es así, podemos y debemos amar en la verdad y la misericordia a toda persona que encontramos en nuestro camino, porque habremos aprendido de él lo que es el amor y cómo amar: sabremos amar porque tendremos su mismo corazón.

Nuestros fundadores y fundadoras han sentido en sí la compasión que embargaba a Jesús al ver a la multitud como ovejas extraviadas, sin pastor. Así como Jesús, movido por esta compasión, ofreció su palabra, curó a los enfermos, dio pan para comer, entregó su propia vida, así también los fundadores se han puesto al servicio de la humanidad allá donde el Espíritu les enviaba, y de las más diversas maneras: la intercesión, la predicación del Evangelio, la catequesis, la educación, el servicio a los pobres, a los enfermos... La fantasía de la caridad no ha conocido límites y ha sido capaz de abrir innumerables sendas para llevar el aliento del Evangelio a las culturas y a los más diversos ámbitos de la sociedad.

El Año de la Vida Consagrada nos interpela sobre la fidelidad a la misión que se nos ha confiado. Nuestros ministerios, nuestras obras, nuestras presencias, ¿responden a lo que el Espíritu ha pedido a nuestros fundadores, son adecuados para abordar su finalidad en la sociedad y en la Iglesia de hoy? ¿Hay algo que hemos de cambiar? ¿Tenemos la misma pasión por nuestro pueblo, somos cercanos a él hasta compartir sus penas y alegrías, así como para comprender verdaderamente sus necesidades y poder ofrecer nuestra contribución para responder a ellas? «La misma generosidad y abnegación que impulsaron a los fundadores – decía san Juan Pablo II – deben moveros a vosotros, sus hijos espirituales, a mantener vivos sus carismas  que, con la misma fuerza del Espíritu que los ha suscitado, siguen enriqueciéndose y adaptándose, sin perder su carácter genuino, para ponerse al servicio de la Iglesia y llevar a plenitud la implantación de su Reino».[1]

Al hacer memoria de los orígenes sale a luz otra dimensión más del proyecto de vida consagrada. Los fundadores y fundadoras estaban fascinados por la unidad de los Doce en torno a Jesús, de la comunión que caracterizaba a la primera comunidad de Jerusalén. Cuando han dado vida a la propia comunidad, todos ellos han pretendido reproducir aquel modelo evangélico, ser un sólo corazón y una sola alma, gozar de la presencia del Señor (cf. Perfectae caritatis, 15).

Vivir el presente con pasión es hacerse «expertos en comunión», «testigos y artífices de aquel “proyecto de comunión” que constituye la cima de la historia del hombre según Dios».[2] En una sociedad del enfrentamiento, de difícil convivencia entre las diferentes culturas, de la prepotencia con los más débiles, de las desigualdades, estamos llamados a ofrecer un modelo concreto de comunidad que, a través del reconocimiento de la dignidad de cada persona y del compartir el don que cada uno lleva consigo, permite vivir en relaciones fraternas.

Sed, pues, mujeres y hombres de comunión, haceos presentes con decisión allí donde hay diferencias y tensiones, y sed un signo creíble de la presencia del Espíritu, que infunde en los corazones la pasión de que todos sean uno (cf. Jn 17,21). Vivid la mística del encuentro: «la capacidad de escuchar, de escuchar a las demás personas. La capacidad de buscar juntos el camino, el método»,[3]dejándoos iluminar por la relación de amor que recorre las tres Personas Divinas (cf. 1 Jn 4,8) como modelo de toda relación interpersonal.


Abrazar el futuro con esperanza quiere ser el tercer objetivo de este Año. Conocemos las dificultades que afronta la vida consagrada en sus diversas formas: la disminución de vocaciones y el envejecimiento, sobre todo en el mundo occidental, los problemas económicos como consecuencia de la grave crisis financiera mundial, los retos de la internacionalidad y la globalización, las insidias del relativismo, la marginación y la irrelevancia social... Precisamente en estas incertidumbres, que compartimos con muchos de nuestros contemporáneos, se levanta nuestra esperanza, fruto de la fe en el Señor de la historia, que sigue repitiendo: «No tengas miedo, que yo estoy contigo» (Jr 1,8).

La esperanza de la que hablamos no se basa en los números o en las obras, sino en aquel en quien hemos puesto nuestra confianza (cf. 2 Tm 1,12) y para quien «nada es imposible» (Lc 1,37). Esta es la esperanza que no defrauda y que permitirá a la vida consagrada seguir escribiendo una gran historia en el futuro, al que debemos seguir mirando, conscientes de que hacia él es donde nos conduce el Espíritu Santo para continuar haciendo cosas grandes con nosotros.

No hay que ceder a la tentación de los números y de la eficiencia, y menos aún a la de confiar en las propias fuerzas. Examinad los horizontes de la vida y el momento presente  en vigilante vela. Con Benedicto XVI, repito: «No os unáis a los profetas de desventuras que proclaman el final o el sinsentido de la vida consagrada en la Iglesia de nuestros días; más bien revestíos de Jesucristo y portad las armas de la luz – como exhorta san Pablo (cf. Rm 13,11-14) –, permaneciendo despiertos y vigilantes».[4] Continuemos y reemprendamos siempre nuestro camino con confianza en el Señor.

Me dirijo sobre todo a vosotros, jóvenes. Sed el presente viviendo activamente en el seno de vuestros Institutos, ofreciendo una contribución determinante con la frescura y la generosidad de vuestra opción. Sois al mismo tiempo el futuro, porque pronto seréis llamados a tomar en vuestras manos la guía de la animación, la formación, el servicio y la misión. Este año tendréis un protagonismo en el diálogo con la generación que os precede. En comunión fraterna, podréis enriqueceros con su experiencia y sabiduría, y al mismo tiempo tendréis ocasión de volver a proponerle los ideales que ha vivido en sus inicios, ofrecer la pujanza y lozanía de vuestro entusiasmo, y así desarrollar juntos nuevos modos de vivir el Evangelio y respuestas cada vez más adecuadas a las exigencias del testimonio y del anuncio.

Me alegra saber que tendréis oportunidades para reuniros entre vosotros, jóvenes de diferentes Institutos. Que el encuentro se haga el camino habitual de la comunión, del apoyo mutuo, de la unidad.


II - Expectativas para el Año de la Vida Consagrada

¿Qué espero en particular de este Año de gracia de la Vida Consagrada?

Que sea siempre verdad lo que dije una vez: «Donde hay religiosos hay alegría». Estamos llamados a experimentar y demostrar que Dios es capaz de colmar nuestros corazones y hacernos felices, sin necesidad de buscar nuestra felicidad en otro lado; que la auténtica fraternidad vivida en nuestras comunidades alimenta nuestra alegría; que nuestra entrega total al servicio de la Iglesia, las familias, los jóvenes, los ancianos, los pobres, nos realiza como personas y da plenitud a nuestra vida.

Que entre nosotros no se vean caras tristes, personas descontentas, porque «un seguimiento triste es un triste seguimiento». También nosotros, al igual que todos los otros hombres y mujeres, sentimos las dificultades, las noches del espíritu, la decepción, la enfermedad, la pérdida de fuerzas debido a la vejez. Precisamente en esto deberíamos encontrar la «perfecta alegría», aprender a reconocer el rostro de Cristo, que se hizo en todo semejante a nosotros, y sentir por tanto la alegría de sabernos semejantes a él, que no ha rehusado someterse a la cruz por amor nuestro.

En una sociedad que ostenta el culto a la eficiencia, al estado pletórico de salud, al éxito, y que margina a los pobres y excluye a los «perdedores», podemos testimoniar mediante nuestras vidas la verdad de las palabras de la Escritura: «Cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Co 12,10).

Bien podemos aplicar a la vida consagrada lo que escribí en la Exhortación apostólica Evangelii gaudium, citando una homilía de Benedicto XVI: «La Iglesia no crece por proselitismo, sino por atracción» (n. 14). Sí, la vida consagrada no crece cuando organizamos bellas campañas vocacionales, sino cuando los jóvenes que nos conocen se sienten atraídos por nosotros, cuando nos ven hombres y mujeres felices. Tampoco su eficacia apostólica depende de la eficiencia y el poderío de sus medios. Es vuestra vida la que debe hablar, una vida en la que se trasparenta la alegría y la belleza de vivir el Evangelio y de seguir a Cristo.

Repito a vosotros lo que dije en la última Vigilia de Pentecostés a los Movimientos eclesiales: «El valor de la Iglesia, fundamentalmente, es vivir el Evangelio y dar testimonio de nuestra fe. La Iglesia es la sal de la tierra, es luz del mundo, está llamada a hacer presente en la sociedad la levadura del Reino de Dios y lo hace ante todo con su testimonio, el testimonio del amor fraterno, de la solidaridad, del compartir» (18 mayo 2013).


Espero que «despertéis al mundo», porque la nota que caracteriza la vida consagrada es la profecía. Como dije a los Superiores Generales, «la radicalidad evangélica no es sólo de los religiosos: se exige a todos. Pero los religiosos siguen al Señor de manera especial, de modo profético». Esta es la prioridad que ahora se nos pide: «Ser profetas como Jesús ha vivido en esta tierra... Un religioso nunca debe renunciar a la profecía» (29 noviembre 2013).

El profeta recibe de Dios la capacidad de observar la historia en la que vive y de interpretar los acontecimientos: es como un centinela que vigila por la noche y sabe cuándo llega el alba (cf. Is 21,11-12). Conoce a Dios y conoce a los hombres y mujeres, sus hermanos y hermanas. Es capaz de discernir, y también de denunciar el mal del pecado y las injusticias, porque es libre, no debe rendir cuentas a más amos que a Dios, no tiene otros intereses sino los de Dios. El profeta está generalmente de parte de los pobres y los indefensos, porque sabe que Dios mismo está de su parte.

Espero, pues, que mantengáis vivas las «utopías», pero que sepáis crear «otros lugares» donde se viva la lógica evangélica del don, de la fraternidad, de la acogida de la diversidad, del amor mutuo. Los monasterios, comunidades, centros de espiritualidad, «ciudades», escuelas, hospitales, casas de acogida y todos esos lugares que la caridad y la creatividad carismática han fundado, y que fundarán con mayor creatividad aún, deben ser cada vez más la levadura para una sociedad inspirada en el Evangelio, la «ciudad sobre un monte» que habla de la verdad y el poder de las palabras de Jesús.

A veces, como sucedió a Elías y Jonás, se puede tener la tentación de huir, de evitar el cometido del profeta, porque es demasiado exigente, porque se está cansado, decepcionado de los resultados. Pero el profeta sabe que nunca está solo. También a nosotros, como a Jeremías, Dios nos asegura: «No tengas miedo, que yo estoy contigo para librarte» (1,8).


Los religiosos y las religiosas, al igual que todas las demás personas consagradas, están llamadas a ser «expertos en comunión». Espero, por tanto, que la «espiritualidad de comunión», indicada por san Juan Pablo II, se haga realidad y que vosotros estéis en primera línea para acoger «el gran desafío que tenemos ante nosotros» en este nuevo milenio: «Hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión».[5] Estoy seguro de que este Año trabajaréis con seriedad para que el ideal de fraternidad perseguido por los fundadores y fundadoras crezca en los más diversos niveles, como en círculos concéntricos.

La comunión se practica ante todo en las respectivas comunidades del Instituto. A este respecto, invito a releer mis frecuentes intervenciones en las que no me canso de repetir que la crítica, el chisme, la envidia, los celos, los antagonismos, son actitudes que no tienen derecho a vivir en nuestras casas. Pero, sentada esta premisa, el camino de la caridad que se abre ante nosotros es casi infinito, pues se trata de buscar la acogida y la atención recíproca, de practicar la comunión de bienes materiales y espirituales, la corrección fraterna, el respeto para con los más débiles... Es «la mística de vivir juntos» que hace de nuestra vida «una santa peregrinación».[6] También debemos preguntarnos sobre la relación entre personas de diferentes culturas, teniendo en cuenta que nuestras comunidades se hacen cada vez más internacionales. ¿Cómo permitir a cada uno expresarse, ser aceptado con sus dones específicos, ser plenamente corresponsable?

También espero que crezca la comunión entre los miembros de los distintos Institutos. ¿No podría ser este Año la ocasión para salir con más valor de los confines del propio Instituto para desarrollar juntos, en el ámbito local y global, proyectos comunes de formación, evangelización, intervenciones sociales? Así se podrá ofrecer más eficazmente un auténtico testimonio profético. La comunión y el encuentro entre diferentes carismas y vocaciones es un camino de esperanza. Nadie construye el futuro aislándose, ni sólo con sus propias fuerzas, sino reconociéndose en la verdad de una comunión que siempre se abre al encuentro, al diálogo, a la escucha, a la ayuda mutua, y nos preserva de la enfermedad de la autoreferencialidad.

Al mismo tiempo, la vida consagrada está llamada a buscar una sincera sinergia entre todas las vocaciones en la Iglesia, comenzando por los presbíteros y los laicos, así como a «fomentar la espiritualidad de la comunión, ante todo en su interior y, además, en la comunidad eclesial misma y más allá aún de sus confines».[7]


Espero de vosotros, además, lo que pido a todos los miembros de la Iglesia: salir de sí mismos para ir a las periferias existenciales. «Id al mundo entero», fue la última palabra que Jesús dirigió a los suyos, y que sigue dirigiéndonos hoy a todos nosotros (cf. Mc 16,15). Hay toda una humanidad que espera: personas que han perdido toda esperanza, familias en dificultad, niños abandonados, jóvenes sin futuro alguno, enfermos y ancianos abandonados, ricos hartos de bienes y con el corazón vacío, hombres y mujeres en busca del sentido de la vida, sedientos de lo divino...

No os repleguéis en vosotros mismos, no dejéis que las pequeñas peleas de casa os asfixien, no quedéis prisioneros de vuestros problemas. Estos se resolverán si vais fuera a ayudar a otros a resolver sus problemas y anunciar la Buena Nueva. Encontraréis la vida dando la vida, la esperanza dando esperanza, el amor amando.

Espero de vosotros gestos concretos de acogida a los refugiados, de cercanía a los pobres, de creatividad en la catequesis, en el anuncio del Evangelio, en la iniciación a la vida de oración. Por tanto, espero que se aligeren las estructuras, se reutilicen las grandes casas en favor de obras más acordes a las necesidades actuales de evangelización y de caridad, se adapten las obras a las nuevas necesidades.


Espero que toda forma de vida consagrada se pregunte sobre lo que Dios y la humanidad de hoy piden.

Los monasterios y los grupos de orientación contemplativa podrían reunirse entre sí, o estar en contacto de algún modo, para intercambiar experiencias sobre la vida de oración, sobre el modo de crecer en la comunión con toda la Iglesia, sobre cómo apoyar a los cristianos perseguidos, sobre la forma de acoger y acompañar a los que están en busca de una vida espiritual más intensa o tienen necesidad de apoyo moral o material.

Lo mismo pueden hacer los Institutos dedicados a la caridad, a la enseñanza, a la promoción de la cultura, los que se lanzan al anuncio del Evangelio o desarrollan determinados ministerios pastorales, los Institutos seculares en su presencia capilar en las estructuras sociales. La fantasía del Espíritu ha creado formas de vida y obras tan diferentes, que no podemos fácilmente catalogarlas o encajarlas en esquemas prefabricados. No me es posible, pues, referirme a cada una de las formas carismáticas en particular. No obstante, nadie debería eludir este Año una verificación seria sobre su presencia en la vida de la Iglesia y su manera de responder a los continuos y nuevos interrogantes que se suscitan en nuestro alrededor, al grito de los pobres.

Sólo con esta atención a las necesidades del mundo y con la docilidad al Espíritu, este Año de la Vida Consagrada se transformará en un auténtico kairòs, un tiempo de Dios lleno de gracia y de transformación.


III - Horizontes del Año de la Vida Consagrada

Con esta carta me dirijo, además de a las personas consagradas, a los laicos que comparten con ellas ideales, espíritu y misión. Algunos Institutos religiosos tienen una larga tradición en este sentido, otros tienen una experiencia más reciente. En efecto, alrededor de cada familia religiosa, y también de las Sociedades de vida apostólica y de los mismos Institutos seculares, existe una familia más grande, la «familia carismática», que comprende varios Institutos que se reconocen en el mismo carisma, y sobre todo cristianos laicos que se sienten llamados, precisamente en su condición laical, a participar en el mismo espíritu carismático.

También os animo a vosotros, fieles laicos, a vivir este Año de la Vida Consagrada como una gracia que os puede hacer más conscientes del don recibido. Celebradlo con toda la «familia» para crecer y responder a las llamadas del Espíritu en la sociedad actual. En algunas ocasiones, cuando los consagrados de diversos Institutos se reúnan entre ellos este Año, procurad estar presentes también vosotros, como expresión del único don de Dios, con el fin de conocer las experiencias de otras familias carismáticas, de los otros grupos laicos y enriqueceros y ayudaros recíprocamente.


El Año de la Vida Consagrada no sólo afecta a las personas consagradas, sino a toda la Iglesia. Me dirijo, pues, a todo el pueblo cristiano, para que tome conciencia cada vez más del don de tantos consagrados y consagradas, herederos de grandes santos que han fraguado la historia del cristianismo. ¿Qué sería la Iglesia sin san Benito y san Basilio, san Agustín y san Bernardo, san Francisco y santo Domingo, sin san Ignacio de Loyola y santa Teresa de Ávila, santa Ángela Merici y san Vicente de Paúl? La lista sería casi infinita, hasta san Juan Bosco, la beata Teresa de Calcuta. El beato Pablo VI decía: «Sin este signo concreto, la caridad que anima la Iglesia entera correría el riesgo de enfriarse, la paradoja salvífica del Evangelio de perder garra, la “sal” de la fe de disolverse en un mundo de secularización» (Evangelica testificatio, 3).

Invito por tanto a todas las comunidades cristianas a vivir este Año, ante todo dando gracias al Señor y haciendo memoria reconocida de los dones recibidos, y que todavía recibimos, a través de la santidad de los fundadores y fundadoras, y de la fidelidad de tantos consagrados al propio carisma. Invito a todos a unirse en torno  a las personas consagradas, a alegrarse con ellas, a compartir sus dificultades, a colaborar con ellas en la medida de lo posible, para la realización de su ministerio y sus obras, que son también las de toda la Iglesia. Hacedles sentir el afecto y el calor de todo el pueblo cristiano.

Bendigo al Señor por la feliz coincidencia del Año de la Vida Consagrada con el Sínodo sobre la familia. Familia y vida consagrada son vocaciones portadoras de riqueza y gracia para todos, ámbitos de humanización en la construcción de relaciones vitales, lugares de evangelización. Se pueden ayudar unos a otros.


Con esta carta me atrevo a dirigirme también a las personas consagradas y a los miembros de las fraternidades y comunidades pertenecientes a Iglesias de tradición diferente a la católica. El monacato es un patrimonio de la Iglesia indivisa, todavía muy vivo tanto en las Iglesias ortodoxas como en la Iglesia Católica. En él, como otras experiencias posteriores al tiempo en el que la Iglesia de Occidente todavía estaba unida, se han inspirado iniciativas análogas surgidas en el ámbito de las Comunidades eclesiales de la Reforma, que luego han continuado a generar en su seno otras expresiones de comunidades fraternas y de servicio.

La Congregación para los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica ha programado iniciativas para propiciar encuentros entre miembros pertenecientes a experiencias de la vida consagrada y fraterna de las diversas Iglesias. Aliento vivamente estas reuniones, para que crezca el conocimiento recíproco, la estima, la mutua colaboración, de manera que el ecumenismo de la vida consagrada sea una ayuda en el proyecto más amplio hacia la unidad entre todas las Iglesias.


Tampoco podemos olvidar que el fenómeno de la vida monástica y de otras expresiones de fraternidad religiosa existe también en todas las grandes religiones. No faltan experiencias, también consolidadas, de diálogo inter-monástico entre la Iglesia Católica y algunas de las grandes tradiciones religiosas. Espero que el Año de la Vida Consagrada sea la ocasión para evaluar el camino recorrido, para sensibilizar a las personas consagradas en este campo, para preguntarnos sobre nuevos pasos a dar hacia una recíproca comprensión cada vez más profunda y para una colaboración en muchos ámbitos comunes de servicio a la vida humana.

Caminar juntos es siempre un enriquecimiento, y puede abrir nuevas vías a las relaciones entre pueblos y culturas, que en este período aparecen plagadas de dificultades.


Por último, me dirijo a mis hermanos en el episcopado. Que este Año sea una oportunidad para acoger cordialmente y con alegría la vida consagrada como un capital espiritual para el bien de todo el Cuerpo de Cristo (cf. Lumen gentium, 43), y no sólo de las familias religiosas. «La vida consagrada es un don para la Iglesia, nace en la Iglesia, crece en la Iglesia, está totalmente orientada a la Iglesia».[8] De aquí que, como don a la Iglesia, no es una realidad aislada o marginal, sino que pertenece íntimamente a ella, está en el corazón de la Iglesia como elemento decisivo de su misión, en cuanto expresa la naturaleza íntima de la vocación cristiana y la tensión de toda la Iglesia Esposa hacia la unión con el único Esposo; por tanto, «pertenece sin discusión a su vida y a su santidad» (ibíd., 44).

En este contexto, invito a los Pastores de las Iglesias particulares a una solicitud especial para promover en sus comunidades los distintos carismas, sean históricos, sean carismas nuevos, sosteniendo, animando, ayudando en el discernimiento, haciéndose cercanos con ternura y amor a las situaciones de dolor y debilidad en las que puedan encontrarse algunos consagrados y, en especial, iluminando con su enseñanza al Pueblo de Dios el valor de la vida consagrada,  para hacer brillar su belleza y santidad en la Iglesia.

Encomiendo a María, la Virgen de la escucha y la contemplación, la primera discípula de su amado Hijo, este Año de la Vida Consagrada. A ella, hija predilecta del Padre y revestida de todos los dones de la gracia, nos dirigimos como modelo incomparable de seguimiento en el amor a Dios y en el servicio al prójimo.

Agradecido desde ahora con todos vosotros por los dones de gracia y de luz con los que el Señor nos quiera enriquecer, acompaño a todos con la Bendición Apostólica.

Vaticano, 21 de noviembre 2014, fiesta de la Presentación de la Santísima Virgen María.

Francisco


[1] Carta ap. Los caminos del Evangelio, a los religiosos y religiosas de América Latina con motivo del V centenario de la evangelización del Nuevo Mundo (29 junio 1990), 26.

[2] Sagrada Congregación para los Religiosos y los Institutos Seculares, Religiosos y promoción humana (12 agosto 1980), 24:L’Osservatore Romano, ed. en lengua española, 14 diciembre 1980, p. 16.

[3] A los estudiantes de los colegios pontificios y residencias sacerdotales de Roma, 12  mayo 2014.

[4] Homilía en la fiesta de la Presentación del Señor, 2 febrero 2013.

[5] Carta ap. Novo millennio ineunte, 6 enero 2001, 43

[6] Exhort. ap. Evangelii gaudium, 24 noviembre 2013, 87.

[7] Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal. Vita consecrata, 25 marzo 1996,51.

[8] J. M. Bergoglio, Intervención en el Sínodo sobre la vida consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo, XVI Congregación general, 13 octubre 1994.


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