III Conferencia de Episcopado Latinoamericano. Puebla, 1979

 

774 - "En lo que toca especifícamente a los lnstitutos Seculares, es importante recordar que su carisma propio busca responder de modo directo al gran desafío que los actuales cambios culturales están planteando a la Iglesia: dar un paso hacia las formas de vida secularizadas que el mundo urbano-industrial exige, pero evitando que la secularidad se convierta en secularismo".

775 - "El Espíritu ha suscitado en nuestro tiempo este nuevo modo de vida consagrada, que representan los Institutos Seculares, para ayudar de alguna manera, a través de ellos, a resolver la tensión entre apertura real a los valores del mundo moderno (auténtica secularidad cristiana) y la plena y profunda entrega de corazón a Dios (espíritu de la consagración). A1 situarse en pleno foco del conflicto, dichos Institutos pueden significar un valioso aporte pastoral para el futuro y ayudar a abrir caminos nuevos de general validez para el Pueblo de Dios".

776 - "Por otro lado, la misma problemática que intentan abordar y su falta de arraigo en una tradición ya probada, los expone más que las otras formas de vida consagrada a las crisis de nuestro tiempo y al contagio del secularismo. Esta esperanza y los riesgos que su modo de vida conlleva, deberán mover al Episcopado latinoamericano a promover y apoyar con especial solicitud su desarrollo".

Mensaje al II Congreso Latinoamericano
de Institutos Seculares
Cardenal Eduardo F. Pironio,
12 de julio de 1979

 

Mis queridos hermanos y amigos: ¡Bienvenidos a este encuentro de gracia! El Señor está presente porque han sido convocados como Iglesia en su Nombre (Mt. 18, 20). El Espíritu de Dios -que hace nuevas todas las cosas- actuará en profundidad en el corazón de cada uno de ustedes, en el interior de cada uno de los Institutos Seculares allí representados. Saldrán nuevos y recreados: «confirmados en la fe, animados en la esperanza y fortalecidos por el amor, para cumplir su misión evangelizadora en nuestro continente latinoamericano». Permítanme que los salude con el augurio de Pablo a los romanos: «Que el Dios de la esperanza los llene de alegría y de paz en la fe, para que la esperanza sobreabunde en ustedes por obra del Espíritu Santo» (Rom. 15, 13).

¡El Dios vivo de la esperanza! Es ése el que necesita hoy América Latina. Es ése el que ustedes anunciarán con la fuerza de un testimonio que nace de la contemplación y la cruz, se realiza «en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social» (LG 31) y se concreta en la manifestación y comunicación del Cristo de la Pascua. No son ustedes testigos de un Dios lejano, sino de un Dios que resucitó y vive y va haciendo el camino de los hombres. Tampoco son testigos desencarnados que muestran a los otros el camino de salvación desde la orilla, sino testigos comprometidos con las dificultades y riesgos de la historia, radicalmente sumergidos en Cristo muerto y resucitado, evangélicamente insertados en el mundo para transformarlo, santificarlo, ofrecerlo a Dios, construyendo así la nueva civilización del amor. Como todo laico -pero mucho más por la fuerza de la consagración que los anima- «deben ser ante el mundo testigos de la resurrección y de la vida de Nuestro Señor Jesucristo y signos del Dios verdadero» (LG 38).

Se reúnen ustedes para reflexionar -bajo la luz del Magisterio y ante las exigencias de un continente en plena ebullición, marcado por la pobreza y la cruz pero preñado de esperanzas- sobre la identidad de los Institutos Seculares en esta hora providencial de América Latina en orden a una evangelización plena, a una promoción humana integral, a una transformación de la cultura hacia la civilización del amor.

Yo quisiera recordarles sencillamente tres cosas: su identidad, su actualidad como "modo propio" de ser Iglesia, sus exigencias profundas y radicales.

1. Su identidad
Se expresa con una frase muy simple: "secularidad consagrada". Son dos aspectos de una misma realidad, de una misma vocación divina. Ambos aspectos son esenciales. Lo dice claramente Pablo VI: «Ninguno de los dos aspectos de vuestra fisonomía espiritual puede ser supervalorado a costa del otro. Ambos son "coesenciales"» (20-9-1972).

El Señor llama -en esta hora privilegiada de la historia y de la Iglesia- a vivir la consagración en el mundo, desde el mundo y para el mundo. Ni el mundo puede manchar o empobrecer la riqueza y fecundidad de la consagración ni la consagración puede arrancarles del compromiso y responsabilidad de la tarea cotidiana. Radicalmente comprometidos con Cristo, abiertos a lo eterno, testigos de lo Absoluto, pero en el ámbito de la vida temporal. Es preciso subrayar bien y unir indisolublemente ambos términos: "consagrados seculares".

"Consagrados". Es decir, santificados por el único Santo de manera más profunda en Cristo, por obra del Espíritu, en vista de una pertenencia total y exclusiva al Amor. «Ustedes recibieron la unción del que es Santo, y todos tienen el verdadero conocimiento» (1 Jn. 2, 20). Esta consagración -que ahonda y lleva a su plenitud la consagración del bautismo y la confirmación- penetra toda la vida y las actividades cotidianas, creando una disponibilidad total al plan del Padre que los quiere en el mundo y para el mundo. Los caracteriza como hombres y mujeres de lo Absoluto y de la esperanza, exclusivamente abiertos al único Amor, pobres y desprendidos, capaces de comprender a los que sufren y de entregarse evangélicamente a redimirlos y transformar el mundo desde adentro. Hermosamente dice Pablo VI: «Vuestra vida consagrada, según el espíritu de los consejos evangélicos, es expresión de vuestra indivisa pertenencia a Cristo y a la Iglesia, de la tensión permanente y radical hacia la santidad, y de la conciencia de que, en último análisis, es sólo Cristo quien con su gracia realiza la obra de redención y de transformación del mundo. Es en lo íntimo de vuestros corazones donde el mundo es consagrado a Dios» (Pablo VI, 2-2-1972).
"Seculares". Pero esta consagración especial -esta particular pertenencia a Jesucristo en la virginidad, en la pobreza, en la obediencia- no arranca a los miembros de un Instituto Secular del mundo ni paraliza su actividad temporal, sino que la vivifica y dinamiza, le confiere mayor realismo, profundidad y eficacia, al liberarla de satisfacciones, intereses y búsquedas, que de algún modo se relacionan con el egoísmo. La "consagración secular", al abrir al hombre o a la mujer al radicalismo absoluto del Amor de Dios, los dispone para una encarnación más honda en el mundo, para una secularidad pura y libre, purificadora y liberadora.
No son del mundo, pero están en el mundo y para el mundo. Lo específico de este "modo nuevo" de ser Iglesia es vivir precisamente el radicalismo de las Bienaventuranzas desde el interior del mundo, como luz, sal y levadura de Dios. Esta secularidad -que está muy lejos de ser superficial naturalismo o secularismo- indica el "lugar propio de su responsabilidad cristiana", el modo único de santificación y apostolado, el ámbito privilegiado de una vocación específica para la gloria de Dios y el servicio a los hermanos. Exige vivir en el mundo, en contacto con los hermanos del mundo, insertos como ellos en las vicisitudes humanas, responsables como ellos de las posibilidades y riesgos de la ciudad terrestre, igual que ellos con el peso de una vida cotidiana comprometida en la construcción de la sociedad, con ellos implicados en las más variadas profesiones al servicio del hombre, de la familia y de la organización de los pueblos. Comprometidos, sobre todo, a construir un mundo nuevo según el plan de Dios, en la justicia, el amor y la paz, como expresión de una auténtica "civilización del amor". No es tarea fácil. Exige discernimiento, generosidad, coraje. Pablo VI los llama los "alpinistas del espíritu" (26-9-1970).

2. Su actualidad
Pablo VI, de inolvidable memoria y de intuición profética, hablaba de los Institutos Seculares como de «un fenómeno característico y consolador en la Iglesia contemporánea» (26-9-1970). Expresan y realizan, de un modo original y propio, la presencia de la Iglesia en el mundo. Son un signo valiente de las nuevas relaciones de la Iglesia con el mundo: de confianza y amor, de encarnación y presencia, de diálogo y transformación. El Concilio nos abrió un camino evangélico para ello que fue iluminando el posterior magisterio de los Papas, desde Pablo VI hasta Juan Pablo II. La Iglesia fue repetidamente definida como "sacramento universal de salvación".

Para América Latina el Espíritu de Dios inspiró dos acontecimientos eclesiales que marcaron fuertemente la presencia salvadora de la Iglesia en el continente: Medellín y Puebla. A través de ellos comprendemos mejor la responsabilidad de los cristianos en la evangelización y transformación del mundo. Es una exigencia de los tiempos y una innovación apremiante del Espíritu. Es un reto de la historia al compromiso de la Iglesia, más específicamente aún de los laicos, a insertarse en el mundo para transformarlo desde adentro. «En un momento como éste -decía Pablo VI- los Institutos Seculares, en virtud del propio carisma de secularidad consagrada, aparecen como instrumentos providenciales para encarnar este espíritu y transmitirlo a la Iglesia entera. Si los Institutos Seculares ya antes del Concilio anticiparon existencialmente, en cierto sentido, este aspecto, con mayor razón deben hoy ser testigos especiales, típicos de la postura y de la misión de la Iglesia en el mundo» (2-2-1972). Inmediatamente añade como una exhortación y un desafío: «Para el "aggiornamento" de la Iglesia no bastan hoy directrices claras o abundancia de documentos: hacen falta personalidades y comunidades, responsablemente conscientes de encarnar y transmitir el espíritu que el Concilio quería. A vosotros se os confía esta estupenda misión: ser modelo de arrojo incansable en las nuevas relaciones que la Iglesia trata de encarnar con el mundo y al servicio del mismo».

Los Institutos Seculares -si son verdaderamente fieles a su carisma de secularidad consagrada- tienen una palabra muy importante que decir hoy en la Iglesia. Su misión es hoy más que nunca providencial. Serán un modo privilegiado de evangelización, de anuncio explícito del Amor del Padre manifestado en Cristo, de una auténtica y profunda promoción humana y de una verdadera liberación evangélica operada según el espíritu de las Bienaventuranzas. Serán un modo concreto de superar el trágico dualismo entre la fe y la vida, la Iglesia y el mundo, Dios y el hombre.

3. Sus exigencias
Hay que ser fieles al Señor que hoy nos llama de nuevo y nos lo pide todo. No dudo que éste es un momento de gracia para los Institutos Seculares de América Latina. Por consiguiente, es un momento de recreación y de esperanza. Hace falta "recrear" en el Espiritu nuestros Institutos Seculares, escuchando la Palabra de Dios y leyendo constantemente los signos de los tiempos.

Sólo quiero marcar tres exigencias que me parecen fundamentales: sentido de Iglesia, existencia teologal, dimensión contemplativa.

- Sentido de Iglesia. Vivir la alegría de ser Iglesia hoy, en este momento privilegiado de la historia, en este continente de posibilidades y esperanza, con un modo original y específico de responder al llamado divino. Ser plenamente Iglesia de modo nuevo (como "consagrados seculares"), en profunda comunión con los Pastores y participando fraternalmente en la misión evangelizadora de todo el Pueblo de Dios. Radicalmente centrados en Dios y evangélicamente insertados en el mundo. Ser Iglesia en una línea de auténtica comunión y participación.
- Existencia teologal. Es preciso vivir en el mundo una clara e inconmovible existencia teologal. Vivir normalmente lo sobrenatural: respirar en la fe, caminar construyendo en la esperanza, cambiar el mundo viviendo en la locura del amor. Lo rezan ustedes en la hermosísima Oración del Congreso: «Confirmados en la Fe, animados en la Esperanza y fortalecidos por el Amor».
La visión de fe les ayudará a descubrir a cada instante el plan del Padre, el paso de Cristo por la historia, la invitación fuerte del Espíritu del Amor. La esperanza impedirá que los paralice el desaliento o la tristeza, los apoyará en el Cristo de la Pascua, los comprometerá activamente en la construcción del mundo. La caridad los llevará a vivir con alegría las exigencias radicales de la consagración, a centrar su vida en Jesucristo y abrazar su cruz, a insertarse serenamente en el mundo -sin superficialidad y sin miedo- y a servir generosamente a los hermanos.

- Dimensión contemplativa. Para leer en Dios las cosas que pasan en el mundo, para descubrir las inquietudes de los hombres y las exigencias de Dios, hay que ser contemplativo. Es decir, hombres y mujeres de oración que se detienen, en el ritmo de sus tareas, para escuchar a Dios, que se arriesgan de vez en cuando a ir al desierto para encontrarse a solas con Él, que saben, sobre todo, instalar adentro una zona profunda e inalterable de silencio activo. Personas que experimentan a Dios en el trabajo y el descanso, en la cruz y la alegría, en la oración y la actividad temporal. No es fácil "la oración secular", pero es imprescindible. Es el único modo de vivir para un miembro de un Instituto Secular: respirar ininterrumpidamente en Dios mientras se sigue el ritmo de la profesión y el dolor esperanzado de la humanidad. Es difícil, pero hay que tener el coraje de cortar a veces con todo (para volver en seguida al mundo) y buscar un momento y un espacio de oración. Sobre todo, hay que pedirlo al Señor con sencillez de pobres.

Este Mensaje resulta demasiado largo. Se explica, en parte, por el amor eclesial que siento por los Institutos Seculares: su existencia providencial, su eficacia actual como signo de una Iglesia en esperanza, su responsabilidad especial en esta hora de evangelización de nuestro continente latinoamericano. En parte, también, porque pretende suplir mi presencia física y lo que yo hubiese querido decirles personalmente si hubiese podido participar en vuestro Congreso. Dios lo dispuso de otro modo, ¡bendito sea!.

Pero allí van -más que mis palabras escritas- dos queridos amigos y dos testigos de los Institutos Seculares: Don Mario Albertini y Mons. Juan José Dorronsoro. Ellos son "mi carta" personal, como diría san Pablo. Hablen con ellos, consúltenlos con confianza, escúchenlos. Les dirían, quizás, lo mismo que les digo yo pero mejor, más brevemente y con mayor autoridad. La mía es la autoridad del servicio en Cristo y del cariño.

No podría terminar sin dirigir una mirada «a María, modelo de secularidad consagrada, que evangelizó con su presencia y su palabra», como hermosamente dice la Oración del II Congreso.

Totalmente consagrada al Señor -por su pobreza, virginidad y obediencia al Padre- María vivió en el mundo: plenamente insertada en la historia de su pueblo, compartiendo su espera y su esperanza, viviendo su pobreza y anhelando su liberación. Ella creyó en la Palabra que le fue dicha de parte del Señor y fue feliz. Fue una mujer contemplativa: vivió siempre "a la escucha" de la Palabra del Señor. Fue la Virgen que engendró a Cristo y lo entregó en el silencio de la contemplación y la cruz. Fue la figura y el principio de la Iglesia: hecha presencia de Cristo, signo de comunión y salvación.

A Ella, "la Estrella de la Evangelización", encomendamos ahora los trabajos de este II Congreso Latinoamericano de Institutos Seculares. En Ella confiamos y de Ella esperamos. Todo dejamos en el corazón silencioso y fiel de «María, de la que nació Jesús, llamado Cristo» (Mt. 1, 16).

Con todo cariño y esperanza los bendigo en Cristo y María Santísima.

Card. Eduardo F. Pironio,

Prefecto de la Sagrada Congregación para Religiosos e Institutos Seculares,

12 de julio de 1979

Alocución al II Congreso Mundial de Institutos Seculares
Cardenal Eduardo F. Pironio,
agosto de 1980

 

Queridos amigos:

Sea esta una sencilla palabra de esperanza dicha por quien pretende conocerlos y los ama; dicha también, por quien, en nombre del Papa Juan Pablo II, tiene el privilegio y la responsabilidad de servirles. Permítanme que los salude con las palabras de san Pablo a los filipenses: «Llegue a vosotros la gracia y la paz que proceden de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo. Yo doy gracias a Dios cada vez que os recuerdo, siempre y en todas mis oraciones pido con alegría por todos, pensando en la colaboración que prestasteis a la difusión del Evangelio, desde el comienzo hasta ahora» (Flp. 1,2-5).

Vuestro Congreso se abre -bajo la inspiración del Espíritu Santo y la protección de María, modelo de consagración secular- en un momento privilegiado para la misión de la Iglesia: un mundo que tiene hambre de la Palabra de Dios, que siente necesidad de la presencia transformadora de la Iglesia, que pide razón de su esperanza, que interroga a la Iglesia sobre la verdad y el amor, la justicia y la paz, la libertad y la comunión. El mundo desafía a la Iglesia en aquello que le es propio y esencial: la transmisión explícita de la Buena Noticia de Jesús para la conversión de los corazones y la construcción de una nueva sociedad.

Es aquí precisamente donde se inserta, en el misterio de una Iglesia comunión, el providencial ministerio laical de los Institutos Seculares: en la relación esencial de una Iglesia hecha para salvar al hombre (a todo el hombre y a todos los hombres) y transformar el mundo desde dentro para la gloria del Padre. «No impulsa a la Iglesia ambición terrena alguna. Sólo desea una cosa: continuar, bajo la guía del Espíritu, la obra misma de Cristo, quien vino al mundo para dar testimonio de la verdad, para salvar y no para juzgar, para servir y no para ser servido» (GS 3).

Permitidme, al comenzar este congreso que yo juzgo de trascendental importancia para el futuro de los Institutos Seculares (su vitalidad interior, la eficacia de su misión y el imprescindible despertar de nuevas vocaciones), que yo les recuerde tres cosas: la fidelidad a su propia identidad como laicos consagrados, el sentido eclesial de su vida y de su misión evangelizadora, la urgencia de una profunda vida en Cristo, el Enviado del Padre y Salvador de los hombres.

I. Fidelidad a su propia identidad Sean plenamente ustedes mismos. No teman perder su irrenunciable identidad como laicos si viven radicalmente en el mundo la libertad interior y la plenitud del amor que dan los consejos evangélicos.

La consagración no los quita del mundo: sólo los inserta más profundamente, de un modo nuevo, en el Cristo de la Pascua, llevando a mayor madurez y plenitud la consagración esencial del Bautismo. Vivir a fondo el Bautismo para un laico consagrado, es comprometerse de un modo nuevo a ser en el mundo una legible "carta de Cristo", escrita no con tinta sino con el Espíritu de Dios viviente, no en tablas de piedra, sino de carne; es decir, en los corazones (2 Cor. 3,3).

Sean fieles a su "secularidad consagrada", es decir: vivan la irrompible unidad de esta vocación única y original en la Iglesia. No se sientan laicos disminuidos, laicos de segunda categoría, laicos clericalizados, extraña mezcla de laico y religioso: siéntanse plenamente laicos comprometidos directamente en la construcción del mundo desde un seguimiento radical de Cristo. Para el mismo trabajo de evangelización -tan estrechamente unida a la promoción humana integral y a la liberación plena en Jesucristo- es imprescindible que ustedes vivan, con toda generosidad y normalidad cotidiana, los dos términos de una indivisible vocación: la "consagración secular". Para ello han sido amados y elegidos, consagrados y enviados.

II. Sentido eclesial de su vida y misión evangelizadora Es toda la Iglesia la que ha acogido en estos últimos años el don de los Institutos Seculares. Desde Pío XII hasta Juan Pablo II. Recordemos particularmente los mensajes de Pablo VI, tan llenos de luz, de calor humano, de sentido eclesial.

La "consagración secular" es un modo privilegiado de ser Iglesia. Particularmente Iglesia "Sacramento universal de Salvación". Pertenecen, por consiguiente, a la santidad de la Iglesia. No a su estructura jerárquica, pero sí a su vida.

Es necesario que los miembros de los Institutos Seculares vivan con intensidad el misterio de la Iglesia; tanto a nivel universal como a nivel particular. Descubrir, amar y asumir todos los problemas y las esperanzas, las urgencias misioneras de las diversas Iglesias locales. La vitalidad evangelizadora de un Instituto Secular depende de su profundo y concreto sentido de Iglesia.

De aquí la necesidad de caminar -en la directa transmisión de la Buena Nueva a los pobres- con los Pastores, en efectiva comunión con sus orientaciones y con las exigencias y expectativas de todo el Pueblo de Dios.

Los Institutos Seculares constituyen un modo providencial de ser Iglesia; lo cual supone dos cosas: que se reconozca y respete su identidad específica, y que su misión se realice desde el interior de una Iglesia -esencialmente comunión y participación- enviada por Jesucristo al mundo a anunciar la Buena Noticia a los pobres.

III. Profunda vida en Cristo, enviado del Padre «Yo estoy crucificado con Cristo y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal. 2, 19-20).

La vida y el crecimiento de un Instituto Secular dependen esencialmente de los cosas: de su realismo histórico (compromiso real con la vida de la ciudad: familia y trabajo, cultura, sociedad y política) y de su profunda inserción en Cristo. Lo cual -para un miembro de un Instituto Secular- supone lo siguiente: el seguimiento radical de Cristo por los consejos evangélicos (sin quitarlo por eso, del contexto histórico del mundo) y una progresiva configuración con Cristo por la oración, la cruz, la realización cotidiana de la voluntad del Padre.

La oración se realiza siempre en un contexto "secular", no religioso ni monacal. Lo cual no significa que no sea auténtica. Es siempre una concreta y perfecta comunión con la voluntad del Padre. Es hecha desde el interior del mundo, en las normales condiciones de vida. Pero notará momentos -difíciles y austeros- de separación y desierto. No se puede vivir en permanente clima de contemplación, sino a partir de tiempos fuertes y exclusivos de oración.

Vivir en Cristo para la transformación del mundo. Vivir de Cristo para la clara y fuerte profecía del hombre: nació Jesús, nuestra "feliz esperanza".

Queridos amigos: van a comenzar sus trabajos. Miren al mundo en que están sumergidos -como luz, como sal, como fermento- y que los interpela; miren al mundo con realismo y esperanza. Escuchen y reciban a Cristo que los elige, los consagra y los envía. Escuchen a Cristo con pobreza y disponibilidad. Amen a la Iglesia y expresen en el mundo su presencia.

«Sean sinceros en el amor, alegres en la esperanza, fuertes en la tribulación, perseverantes en la oración» (Rom. 12, 9-12). «Que el Dios de la Paz los consagre plenamente» (1 Tes. 5, 23) y que los acompañe siempre María, la Virgen de la esperanza y del camino, de la fidelidad y del servicio, de la radical entrega al Padre por Cristo en el corazón de la historia.

Card. Eduardo F. Pironio,
Prefecto de la Sagrada Congregación para Religiosos e Institutos Seculares,
Agosto de 1980

Al II Congreso Mundial de Institutos Seculares
S. S. Juan Pablo II, 28 de agosto de 1980

 

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

«A vosotros la gracia y la paz de parte de Dios nuestro Padre, y del Señor Jesucristo». Estas palabras tan frecuentes en el apóstol san Pablo (cfr. Rom. 1,7; 1 Cor. 1,3; 2 Cor. 1,2, etc.) me vienen espontáneamente a los labios para daros la bienvenida y expresaros mi agradecimiento por la visita que me hacéis con ocasión de vuestro congreso, que ha reunido a representantes de Institutos Seculares del mundo entero.

Este encuentro me proporciona un gozo profundo. Pues vuestro estado de vida consagrada constituye un don particular que el Espíritu Santo ha hecho a nuestro tiempo para ayudarle, como dijeron mis hermanos
latinoamericanos reunidos en Puebla, «a resolver la tensión entre apertura real a los valores del mundo moderno (auténtica secularidad cristiana) y plena y profunda entrega de corazón a Dios (espíritu de la consagración)» (cfr. Documento final de la Asamblea de Puebla, n. 775). En efecto, os encontráis en el centro, por así decir, del conflicto que desasosiega y desgarra el alma moderna, y por ello podéis dar «un precioso aporte pastoral para el futuro y ayudar a abrir caminos nuevos de general validez para el Pueblo de Dios» (ib.).

Tengo gran interés, por tanto, en vuestro congreso, y pido al Señor os dé su luz y su gracia para que los trabajos de vuestra asamblea os lleven a analizar con lucidez las posibilidades y riesgos que comporta vuestra manera de vivir, y a tomar después decisiones que garanticen futuros desarrollos de vuestra opción de vida, de la que espera mucho la Iglesia de hoy.

Al elegir el tema del congreso: "La evangelización y los Institutos seculares a la luz de la exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi", habéis seguido una sugerencia contenida en una alocución de mi venerado predecesor, el Papa Pablo VI, a quien profesáis gratitud por la atención que os dedicó siempre y por la eficacia
con que llegó a conseguir que se acogiera en la Iglesia la consagración el la vida secular. Dirigiéndose el 25 de agosto de 1976 a los responsables generales de vuestros Institutos, hizo notar: «Si permanecen fieles a su propia vocación, los Institutos Seculares serán como "el laboratorio experimental" en el que la Iglesia verifique las modalidades concretas de sus relaciones con el mundo. Precisamente por esto deben escuchar,
como dirigida sobre todo a ellos , la llamada de la Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi: "Su tarea primera... es la de poner en práctica todas las posibilidades cristianas y evangélicas escondidas, pero a su vez ya presentes y activas, en las cosas del mundo. El campo propio de su actividad evangelizadora es el mundo vasto y complejo de la política, de lo social, de la economía, y también de la cultura, las ciencias y las artes, la vida internacional, los medios de comunicación de masas."» (n. 70; cfr. L´Osservatore Romano, 5 de setiembre de 1976, p. 1).

En estas palabras, el acento puesto en la realidad eclesial de los Institutos Seculares en su ser y en su actuación, no habrá pasado desapercibido a nadie, ciertamente. También está desarrollado en otros discursos. Hay aquí un elemento que deseo subrayar. Pues, ¿cómo no darse cuenta de la importancia de vuestra experiencia de vida, caracterizada y unificada por la consagración, el apostolado y la vida secular, se desenvuelven en auténtica comunión con los Pastores de la Iglesia y participando en la misión evangelizadora de todo el Pueblo de Dios a través, claro está, de un sano pluralismo?

Por otra parte, esto no daña a lo que caracteriza esencialmente el modo de consagración a Cristo propio de vosotros. Mi predecesor lo puntualiza en la alocución citada, y en aquella ocasión recordaba una distinción de gran importancia metodológica: «Esto no significa, evidentemente, que los Institutos Seculares, en cuanto tales, deban encargarse de estas tareas. El deber, por tanto, de los Institutos mismos es formar la conciencia de sus miembros con celo para la profesión elegida, con el fin de afrontar después con competencia y espíritu de desprendimiento evangélico, el peso y las alegrías de las responsabilidades sociales hacia las que les oriente la Providencia» (cfr. ib. p. 4).

De acuerdo con estas indicaciones del Papa Pablo VI, vuestros Institutos han profundizado de distintos modos en el tema de la evangelización estos últimos años, a nivel nacional y continental. Vuestro congreso actual quiere concretar los resultados y evaluarlos, a fin de orientar cada vez mejor los esfuerzos de cada uno en concordancia con la vida de la Iglesia, que procura por todos los medios «tratar de llevar al hombre moderno el mensaje cristiano, el único en el que puede hallar la respuesta a sus interrogantes y la fuerza
para su empeño de solidaridad humana» (Evangelii nuntiandi, 3).

Me complazco en constatar el buen trabajo realizado, y exhorto a todos los miembros, sacerdotes y laicos, a perseverar en el esfuerzo por comprender cada vez mejor las realidades y valores temporales en relación con la evangelización en sí; el sacerdote, para estar cada vez más atento a la situación de los laicos y poder aportar al presbiterio diocesano no sólo una experiencia de vida según los consejos evangélicos y con ayuda comunitaria, sino también una sensibilidad justa de la relación de la Iglesia con el mundo; el laico, para asumir el papel particular que corresponde a quien está consagrado al servicio de la evangelización en la vida seglar.

Que a los laicos toca una obligación específica en este campo, he tenido ocasión de subrayarlo en distintos momentos, en correspondencia exacta con las indicaciones dadas por el Concilio. «Como pueblo santo de Dios -dije por ejemplo en Limerick en mi peregrinación a Irlanda-, estáis llamados a desempeñar vuestro papel en la evangelización del mundo. Sí, los laicos son llamados a ser también "sal de la tierra" y "luz del mundo". Su específica vocación y misión consisten en manifestar el Evangelio en su vida y, por tanto, en introducir el Evangelio como una levadura en la realidad del mundo en que viven y trabajan. Las grandes fuerzas que configuran el mundo (política, mass-media, ciencia, tecnología, cultura, educación, industria,
trabajo) constituyen precisamente las áreas en las que los seglares son especialmente competentes para ejercer su misión. Si estas fuerzas están conducidas por personas que son verdaderos discípulos de Cristo y, al mismo tiempo, plenamente competentes en el conocimiento y la ciencia seculares, entonces el mundo será ciertamente transformado desde dentro mediante el poder redentor de Cristo» (Homilía pronunciada en Limerick el 1 de octubre de 1979; L´Osservatore Romano, 14 de octubre de 1979, p. 6).

Recordando ahora este discurso y ahondando en él, siento urgencia de atraeros la atención hacia tres condiciones de importancia fundamental para la eficiencia de vuestra misión:

a) Ante todo debéis ser verdaderos discípulos de Cristo. Como miembros de un Instituto Secular, queréis ser tales por el radicalismo de vuestro compromiso a seguir los consejos evangélicos de tal modo que no sólo no cambie vuestra condición, ¡sois y os mantenéis laicos!, sino que la refuerce en el sentido de que vuestro estado secular esté consagrado y sea más exigente, y que el compromiso en el mundo y por el mundo, implicado en este estado secular, sea permanente y fiel.
Daos bien cuenta de lo que ello significa. La consagración especial que lleva a plenitud la consagración del Bautismo y la Confirmación, debe impregnar toda vuestra vida y actividades diarias, creando en vosotros una disponibilidad total a la Voluntad del Padre que os ha colocado en el mundo y para el mundo. De esta manera la consagración vendrá a ser como el elemento de discernimiento del estado secular, y no correréis peligro de aceptar este estado como tal simplemente, con fácil optimismo, sino que lo asumiréis teniendo conciencia de la ambigüedad permanente que lo acompaña, y lógicamente os sentiréis comprometidos a discernir los  elementos positivos y los que son negativos, a fin de privilegiar unos por el ejercicio precisamente del discernimiento, y eliminar los otros gradualmente.

b) La segunda condición consiste en que a nivel de deber y experiencia seáis verdaderamente competentes en vuestro campo específico, para ejercer con vuestra presencia el apostolado del testimonio y compromiso con los otros que vuestra consagración y vida en la Iglesia os imponen. En efecto, sólo gracias a esta competencia podréis poner en práctica la recomendación del Concilio a los miembros de los Institutos Seculares: «Tiendan los miembros principalmente a la total dedicación de sí mismos a Dios por la caridad perfecta, y mantengan
los Institutos su carácter propio y peculiar, es decir, secular, a fin de cumplir eficazmente y dondequiera el apostolado en el mundo y como desde el mundo, para el que nacieron» (Perfectae Caritatis, 11).

c) La tercera condición sobre la que quiero invitaros a reflexionar, la forma la resolución que os es propia, o sea, cambiar el mundo desde dentro. Pues estáis insertados del todo en el mundo y no sólo por vuestra condición sociológica; esta inserción se espera de vosotros como actitud interior sobre todo. Por tanto, debéis consideraros "parte" del mundo, comprometidos a santificarlo con la aceptación plena de sus exigencias, derivadas de la autonomía legítima de las realidades del mundo, de sus valores y leyes.
Esto quiere decir que debéis tomar en serio el orden natural y su "densidad ontológica", tratando de leer en él el designio querido por Dios, y ofreciendo vuestra colaboración para que se actualice gradualmente en la
historia. La fe os da luces sobre el destino superior a que está abierta esta historia gracias a la iniciativa salvadora de Cristo; pero no encontráis en la revelación divina respuestas ya preparadas para los numerosos interrogantes que os plantea el compromiso concreto. Es deber vuestro descubrir a la luz de la fe, las soluciones adecuadas a los problemas prácticos que surgen poco a poco y que con frecuencia no podréis obtener si no es arriesgándoos a soluciones sólo probables.

Hay un compromiso, por tanto, a promover las realidades de orden natural, y hay un compromiso a hacer intervenir los valores de la fe, los cuales deben unirse e integrarse armónicamente en vuestra vida, a la vez que
constituyen su orientación de fondo y su aspiración constante. De este modo llegaréis a contribuir a cambiar el mundo "desde dentro", siendo fermento vivificante y obedeciendo a la consigna que se os dio en el Motu
proprio Primo Feliciter: ser «fermento modesto y, a la vez, eficaz que actuando en todos los sitios siempre y mezclado a toda calase de ciudadanos, desde los más humildes a los más elevados, trate de llegar a ellas e
impregnarlas a todas y cada una con su ejemplo y con toda clase de medios, hasta penetrar en toda la masa de modo que ésta sea elevada y transformada en Cristo» (Introducción).

El poner en evidencia la aportación específica de vuestro estilo de vida no debe inducir a infravalorar las otras formas de consagración a la causa del Reino, a las que también podéis estar llamadas. Quiero referirme aquí lo que se dice en el n. 73 de la exhortación Evangelii nuntiandi cuando recuerda que «los seglares también pueden sentirse llamados o ser llamados a colaborar con sus Pastores en el servicio de la comunidad eclesial, para el crecimiento y la vida de ésta, ejerciendo ministerios muy diversos según la gracia y los carismas que el Señor quiera concederles».

No es nuevo, por cierto, este aspecto sino que corresponde por el contrario en la Iglesia a antiguas tradiciones; y concierne a un cierto número de miembros de Institutos Seculares y, principalmente mas no  exclusivamente, a los que viven en comunidades de América Latina y otros países del Tercer Mundo.

Queridos hijos e hijas: Como veis, vuestro campo de acción es muy vasto. La Iglesia espera mucho de vosotros. Necesita vuestro testimonio para comunicar al mundo, hambriento de la Palabra de Dios aun en los casos en que no tiene conciencia de ello, el "anuncio gozoso" de que toda aspiración auténticamente humana puede encontrar cumplimiento en Cristo. Sabed estar a la altura de las grandes posibilidades que os ofrece la Providencia divina en este final del segundo milenio del Cristianismo.

Por mi parte renuevo mi oración al Señor por la intercesión maternal de la Virgen María, para que os conceda en abundancia sus dones de luz, sabiduría y resolución en la búsqueda de los caminos mejores para ser entre los hermanos y hermanas que están en el mundo, testimonio viviente de Cristo e interpelación discreta y a la vez convincente para que acojan su novedad en la vida personal y en las estructuras sociales.

Que la caridad del Señor guíe vuestras reflexiones y deliberaciones durante este congreso. Así podréis caminar con confianza. Os animo dándoos mi bendición apostólica a vosotros y a cuantos y cuantas representáis hoy.

S. S. JUAN PABLO II, 28 DE AGOSTO DE 1980

Sagrada Congregación para los Religiosos y los Institutos Seculares
La formación en los Institutos Seculares

 

Presentación

Al presentar estas páginas sobre la formación, es necesario advertir que con ellas se quiere ofrecer solamente una ayuda a los Institutos Seculares. Por tanto, no pretenden ser un directorio normativo.

En diciembre de 1978, la Sagrada Congregación para los Religiosos e Institutos Seculares envió a todos los Institutos Seculares el resultado de "un estudio sobre la formación" realizado sobre unos cuantos textos constitucionales, junto con un cuestionario. Las respuestas recibidas fueron a su vez estudiadas. La mayoría aceptó como válido el estudio sometido. Por eso, la ayuda que ahora se ofrece conserva sustancialmente la estructura de aquél y ha sido corregido, ampliado y precisado asumiendo muchas aportaciones. De las respuestas que se alejan de este planteamiento se ha tomado todo lo que podía ser integrado, si bien no aquello que hubiera requerido una refundición total, ya porque reconocen la validez del estudio precedente, ya porque, de otro modo, se habría tenido que publicar un material demasiado extenso.

Asimismo, no se han integrado determinadas matizaciones hechas por tal o cual Instituto de acuerdo con su carisma o su experiencia y consideradas, tal vez, como esenciales, pero que, en realidad, varían según los Institutos.

Esto supuesto, se intuyen fácilmente los límites de estas páginas. En particular, se puede advertir que el estudio se mantiene todavía en el terreno de los principios. Con todo, esta ayuda los propone de nuevo con la convicción de que se trata de principios obtenidos a partir de experiencias y de exigencias concretas, y que merecen el esfuerzo de expresarlos de modo concreto. Estas páginas abrigan, pues, la esperanza de que los Institutos se sientan estimulados a cuidar debidamente la formación y a recibir y comunicar sus experiencias positivas con el fin de que lleguen a ser lección práctica y patrimonio común.

I. Vida cristiana y vocaciones específicas

La vida cristiana, que es vida teologal, exige de todos los bautizados un compromiso en orden a la caridad perfecta, realizado según la vocación personal, en la comunidad de la Iglesia.

Fundamento y meta de este crecimiento es Jesucristo: "...hasta que Cristo tome forma en vosotros" (Ga 4, 19) para que ese "gran amor (que) nos ha dado el Padre" alcance "en nosotros su perfección" (1 Jn 3,1 y 4,17); agente principal y guía es el Espíritu Santo: "...Él os conducirá a la posesión de toda la verdad" (Jn 16,13); el ambiente es la Iglesia, Cuerpo de Cristo; alimento y punto de apoyo esenciales son los sacramentos y la Palabra de Dios.

Dentro de esta visión, universalmente válida y eminentemente comprometida, hay que hablar de un crecimiento de las distintas vocaciones, caracterizadas por fines específicos.

La vocación a la vida consagrada en la secularidad exige que se tenga en cuenta su contenido teológico, la situación en el Pueblo de Dios y en la sociedad civil de las personas llamadas por este camino, y la organización de los Institutos.

II. Problemas principales

En la experiencia de los Institutos Seculares, la actividad formativa se enfrenta con una serie de problemas que son, en síntesis, los siguientes:

A) PROBLEMAS DE CARÁCTER GENERAL

Éstos derivan:

1°.- del ritmo acelerado de los cambios en la sociedad en todos los niveles, del ritmo de vida que se sigue de él y del clima de superficialidad dominante: con la dificultad de captar los signos de los tiempos y de discernir la prioridad en la escala de valores

2°.- de la crisis de identidad que ha sacudido al mundo católico en estos últimos años: los fenómenos de la secularización y del horizontalismo; la aparición de una pluralidad de culturas y de modelos de vida; una cierta confusión en el campo teológico; el debilitamiento del "sensus Ecclesiae" y el influjo de corrientes contrapuestas en el seno mismo de la Iglesia; la ausencia de una formación cristiana y doctrinal suficientemente sólida en los jóvenes, derivada de la crisis de las formas educativas tradicionales.

B) PROBLEMAS MÁS ESPECIFICOS DE LOS INSTITUTOS SECULARES

Estos se refieren:

1°.- a la naturaleza misma de la vocación de dichos Institutos, que exige un esfuerzo constante de síntesis entre fe, consagración y vida secular: síntesis que permita realizar una misión típicamente secular, asumiendo en su totalidad las exigencias evangélicas de la consagración a Dios;

2°.- a la situación de las personas que están normalmente comprometidas en tareas y afanes seculares: con problemas de tiempo, de equilibrio entre las múltiples actividades, de cambios de lugar... Dificultades que se acrecientan enormemente, habida cuenta de que atañen a los mismos "formadores", quienes están comprometidos también, frecuentemente, en el ejercicio de una profesión;

3°.- al ambiente eclesial en que viven los Institutos Seculares: por lo general, esta vocación no es comprendida por la comunidad ni aun por los mismos sacerdotes (tanto es así, que, con frecuencia, se adolece incluso de una dirección espiritual satisfactoria); y en el plano operativo, tan importante también para la formación, el carisma específico de estos Institutos no es valorado a menudo en la complementariedad y corresponsabilidad con los demás dones de la Iglesia.

Este conjunto de problemas podría detallarse más todavía, pues, a decir verdad, en algunos Institutos presentan caracteres mucho más acentuados por motivos propios. Por ejemplo, en los Institutos con difusión internacional, los problemas se presentan con las dificultades que comporta el deber de respetar y asumir los valores propios de las culturas en las que ha de encarnarse el carisma del Instituto.

Sin embargo, la síntesis hecha es suficiente para recordar, si hubiera necesidad de ello, la gran atención que merece la labor formativa en los Institutos Seculares.

III. Principios básicos

A) OBJETIVO ÚLTIMO

Para ayudar verdaderamente a la persona a responder a la propia vocación y misión en el mundo, según el designio de Dios, la formación en un Instituto Secular debe propiciar el desarrollo integral y unitario de la persona misma, según su capacidad y sus condiciones.

Esta formación no es fácil, debido a la tendencia a separar las realidades naturales de las sobrenaturales, cuando, por el contrario, deben ser consideradas como intrínsecamente conexas. Requiere, por tanto, un conocimiento bastante profundo de la persona en formación -por parte del sujeto mismo y por parte del formador- no sólo en lo que se refiere a sus dones espirituales y a su trayectoria de fe, sino también en lo que atañe a los aspectos humanos de inteligencia, apertura, sensibilidad, equilibrio, madurez afectiva y moral, capacidad de autonomía y de compromiso, etc.

Sin embargo, huelga decir que los valores sobrenaturales, que son precisamente los que deben afianzar la unidad deseada, escapan en gran parte a nuestra acción. Consecuentemente, la formación exige, ante todo, una educación fundamental en la fe y en la oración, esto es, en esa relación personalísima con Dios, que sabe traducirse en una fiel adhesión a Él en todos los momentos del día y que, al mismo tiempo, es rica en presencia de los hermanos y de toda la creación. Esta relación viva y constante presupone la formación en la fidelidad a los "tiempos fuertes" de oración y en la atención a vivir la comunión con Dios en el esfuerzo mismo de unión con los hombres. Sólo entonces ayuda la plegaria a la aceptación sacrificada de uno mismo y de las propias condiciones de vida; ayuda, por tanto, a encontrar el equilibrio y a crecer en solidez.

De este modo la formación llega a ser realmente lo que debe ser: una contribución humana a la acción invisible de la gracia, con el fin de llevar a la persona a la necesaria colaboración con el Agente principal que es el Espíritu Santo.

También la Virgen María es, a este respecto, ejemplar, y se presenta como "modelo inspirador" (Pablo V): ella que asintió constantemente a la palabra y a la voluntad divina y "se consagró totalmente a sí misma a la persona y a la obra de su Hijo" (LG 56), ella que "fue caminando en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la cruz" (LG 58).

B) CARACTERISTICA FUNDAMENTAL

La vocación común de todos los que entran a formar parte de un mismo Instituto exige elementos de contenido y de método en la formación, iguales para todos. Pero Dios llama a cada uno por su nombre: la vocación, aun en la comunión, es personal. Por tanto, también la formación es necesariamente Personal en los siguientes aspectos:

1.- debe ser querida y asumida activamente por la persona en formación, que ha de sentirse responsable de ella buscando continuamente realizarse a sí misma bajo la luz de Dios. Una formación en la que uno se limitara a recibir sería estéril.

2.- debe tener en cuenta la personalidad del individuo, es decir, el conjunto de sus capacidades y de sus límites, así como también el nivel de desarrollo al que, por la formación ya recibida o no recibida anteriormente, haya podido llegar.

3.- finalmente, debe tener en cuenta el "lugar" de formación, esto es, la situación concreta de la persona que hay que formar: es importante, sobre todo, que ésta sea ayudada a realizar la vocación personal, expresión de la vocación específica del Instituto, en su contexto vital y, por tanto, en sus relaciones con los otros.

Así pues, la formación deberá ser personal en una integración comunitaria: el crecimiento de la persona depende también de la capacidad de permanecer, en los distintos sectores de la vida, en una relación profunda con los demás, y del desarrollo del sentido de fraternidad y de real comunión dentro del Instituto, entendido como comunidad reunida por Cristo.

C) AMBITO

La formación debe abarcar todos los sectores de la vida, aun cuando el Instituto no deba prestar la misma atención a cada uno de estos sectores. En efecto, algunos de éstos escapan, técnicamente hablando, a su competencia directa (ámbito profesional, político, sindical, etc.); por otra parte, hay que considerar que los seglares tienen fuera del Instituto distintas posibilidades de formación, incluso sobre aspectos menos técnicos.

Se nos puede plantear la pregunta de si el ámbito de competencia del Instituto se reduce, en lo que a la formación se refiere, a la transmisión del conocimiento de la propia vocación y a todo lo que se desprende del carisma específico. También si su función consiste, sobre todo, en asegurar una sólida formación básica en orden a suplir las deficiencias deploradas con harta frecuencia en los candidatos.

Ahora bien, aun destacando sobremanera estos dos aspectos, hay que ayudar a cada uno de los candidatos, directa o indirectamente, a que adquieran toda la formación personal que necesitan para responder a la lla¬mada en el Instituto y para realizar su propia misión. Uno de los cometidos del formador será discernir en qué campos es necesaria una formación, qué lagunas hay que colmar y dónde es vital y urgente ponerse al día. Mientras tanto, hay que partir de la realidad concreta de cada uno: su formación personal básica, sus deberes profesionales y sociales, las posibilidades que le ofrece su ambiente vital; en un segundo momento, hay que ayudarle, ofreciendo especialmente lo que es específico del Instituto, indicando los medios de formación fuera de él e incluso supliendo a nivel de Instituto, siempre en la medida de lo posible, lo que no puede encontrar fuera de él, y preocupándose por la coordinación de los distintos elementos con el fin de propiciar entre los miembros la unidad deseada.

D) ASPECTOS PARTICULARES

Los aspectos y ámbitos de formación pueden ser examinados con una distinción que no significa separación, pues se hallan entrecruzados y a veces superpuestos. Tratar de cada uno por separado significa solamente poner de manifiesto sus contenidos esenciales.

1. Formación espiritual

Este aspecto comprende las exigencias fundamentales de la vida de gracia o de la vida de fe para las personas consagradas a Dios en el mundo. Exigencias que cada uno debe hacer suyas para renovarse desde dentro, para vivir concretamente según los consejos del Evangelio y para darse totalmente a Dios y a los hombres, en la fidelidad a la vocación de consagración secular dentro del propio Instituto.

Debido a la falta de formación espiritual, tan frecuente en los jóvenes que piden entrar en el Instituto, su formación habrá de ser muy concreta: hay que enseñarles a vivir los consejos evangélicos por medio de gestos y de actitudes de donación a Dios en el servicio de los hombres, ayudarles a que capten la presencia de Dios en la historia de nuestro tiempo y en la historia de cada uno, y educarles para que vivan en la aceptación de la cruz.

De este modo se logra que la formación espiritual general se concrete y se especifique en la formación espiritual según el carisma del Instituto y de su propia espiritualidad. Los elementos que aquí concurren son los siguientes, si bien la acentuación de uno o de otro puede variar:

- formación en la oración y en una vida rica en presencia de Dios;

- profundización de la vida bautismal en la consagración específica, ejercicio de las virtudes teologales y de una fe adulta con el fin de que todo el ser pertenezca al Señor;

- audición individual o comunitaria de la palabra de Dios en obediente meditación;

- profundización del "sensus Ecclesiae" con la toma de conciencia de que, para la consagración, se entrega toda la vida personal a la Iglesia y participa de su misión;

- formación que capacite a la persona para encarnar los valores espirituales en cualquier situación humana.

2. Formación doctrinal: bíblica y teológica

La formación espiritual necesita un apoyo doctrinal, que se concreta en el estudio de la Biblia y de la enseñanza de la Iglesia.
La Sagrada Escritura, obviamente, no es un libro sólo para personas cultas, sin embargo, no es posible leerla como Palabra de Dios, si no se la toma tan en serio que se llega a estudiarla para comprenderla, cada uno según su capacidad. La obra del Espíritu en nosotros, lejos de ser impedida, es valorada por un esfuerzo diligente de estudio, realizado en orden a abrir al máximo posible la inteligencia y el corazón a la recepción de aquélla. Esta formación doctrinal bíblica debiera abarcar toda la Sagrada Escritura, pero debe extenderse, por lo menos, al Nuevo Testamento y, de modo especial, al Evangelio.

Lo mismo hay que decir de la enseñanza de la Iglesia: se impone conocer y comprender el Concilio, el magisterio del Papa, del episcopado... con el fin de vivir más conscientemente la fe e insertarse más en la comunidad eclesial.

Hoy es más fácil que en el pasado encontrar ocasiones de estudio bíblico y teológico en las diversas diócesis. E1 Instituto debe velar porque se aprovechen al máximo estas ocasiones, aun cuando sigue en pie el deber de completar eventualmente la formación con el estudio de la parte del magisterio de la Iglesia que se refiere directamente a los Institutos Seculares.

3. Formación psicológica, moral y ascética

Este aspecto de la formación no está en función directa de un conocimiento teórico de la psicología y de la moral, que tiende, más bien, a remediar la necesidad que tiene la persona en formación de comprenderse a sí misma, de comprender el ambiente en que vive y de prevenir las repercusiones que le pueden venir de él. La búsqueda de factores de equilibrio, de dominio de sí y de apertura a los demás es necesaria para la formación de una personalidad madura, responsable y rica en cualidades humanas. Y todo esto en función de corresponder mejor al don de la gracia mediante un esfuerzo incesante de conversión personal y una revisión permanente del propio testimonio de vida.

A1 aspecto de conocimiento debe, pues, corresponder un trabajo de autoformación, en el que se inculquen las virtudes de abnegación y de mortificación para seguir a Cristo por medio de la propia cruz.

4. Formación en el apostolado secular

E1 trabajo y la actividad profesional, así como todo tipo de presencia en la sociedad, deben llegar a ser medios de santificación personal y medios para santificar al mundo desde dentro, sabiendo encarnar en él los valores cristianos, especialmente la caridad.

Por eso se subraya la importancia de hacer que los miembros del Instituto vayan al unísono con el mundo y con la Iglesia, de abrirles a horizontes más amplios y de llevarles a que asuman valientemente las propias responsabilidades. Se subraya, asimismo, la importancia de formarles para que reciban "el cambio de mentalidad y de estructuras" que se está operando y para que "penetren en el modo de pensar y de sentir" de los hombres de hoy, con el fin de poder "juzgar e interpretar todas las cosas con un sentido plenamente cristiano" (GS 7 y 62).

Es, pues, misión del Instituto favorecer una formación en la secularidad (de índole secular), entendida no sólo como condición social, sino también como un valor que entra en el estilo de vida, en el seguimiento de los consejos evangélicos y en la realización del compromiso apostólico.

Se trata de una formación para la misión, entendida como participación en la misión evangelizadora y santificadora de la Iglesia en el mundo. Es decir, para un apostolado de presencia y de testimonio en el propio ambiente y en la vida profesional; para un testimonio que se debe ejercer incluso cuando, por razones diversas (enfermedad, edad, etc.), no se tiene más que la propia vida ordinaria para participar en la construcción del Reino y también para un apostolado visible y directo, como se exige a un cristiano consciente y comprometido, que siente por vocación especial la urgencia de anunciar a Cristo y el amor del Padre, y sabe ponerse al servicio de la comunidad eclesial para alcanzar este fin.

Dicho brevemente, se trata de una formación en la secularidad como modo de vivir la vocación específica en el mundo y para el mundo; pero también de una formación para la valentía, para la audacia apostólica, para la voluntad de una preparación mejor, para no ceder nunca al respeto humano.

5. Formación profesional

Como ya se ha recordado, el Instituto en cuanto tal no tiene capacidad de intervención directa en el ámbito profesional. Con todo, debe preocuparse por asegurar la formación en este campo, dado que el valor del testimonio depende también de aquélla.

Por consiguiente, es de suma importancia sensibilizar a los miembros del Instituto en el deber que les incumbe de lograr la mayor competencia posible en el ejercicio de su profesión, de mantener relaciones correctas en el ambiente de trabajo, de prepararse a asumir opciones válidas en los sectores cultural, social, político, sindical. Estas condiciones son indispensables para producir un influjo en un mundo en que predominan la cultura y la técnica y en el que muy a menudo brilla por su ausencia la conciencia pro¬fesional.

La exigencia de la formación profesional debe ser asumida como un auténtico servicio al mundo, en anuencia con la vocación específica de los Institutos Seculares.

E) LINEA UNIFICADORA

Los distintos aspectos de la formación, especialmente el espiritual y el que atañe al apostolado, encuentran su sentido unitario en las Constituciones de cada Instituto, habida cuenta de que éstas proponen el proyecto concreto de la vocación, al tiempo que contienen las líneas radicales de la fisonomía espiritual de quien ha sido llamado a seguir tal vocación.

Las Constituciones renovadas a tenor del Concilio Vaticano II son ricas en inspiración teológica, tanto bíblica como doctrinal, y en exhortaciones y estímulos ascéticos. Si un miembro de un Instituto Secular se forma sobre esta base, su formación se podrá considerar completa en lo esencial, además de estar garantizada - en lo que se refiere a su validez- por la aprobación de la Iglesia.

Es fundamental que se logre una relación adulta y libre -entendiendo por libertad la de los hijos de Dios- entre la persona y las Constituciones. Para ello resulta indispensable conocer y comprender el contenido de las mismas; asimismo, hay que adoptar una actitud idónea para leer en ellas la verdad que interpela al compromiso generoso.

Evidentemente, esta relación no es exclusiva de la primera etapa de la formación, momento en que es preciso conocer bien lo que exige y ofrece el Instituto. Leídas a la luz del Evangelio y de los documentos de la Iglesia, las Constituciones ofrecen un material de estudio, de reflexión y de revisión, siempre válido para proseguir el camino hacia la madurez cristiana.

F) TIEMPOS DE FORMACIÓN

La formación deberá tener un carácter sistemático durante el primer período de vida en el Instituto, pero no puede limitarse a él. Más aún, ésta adquiere su configuración definitiva conforme se van precisando las opciones. Dura, por tanto, toda la vida

El conjunto de los elementos que acabamos de describir vale tanto para la primera formación como para la permanente, aun cuando las acentuaciones hayan de ser diversas. También deberá continuar la formación en la espiritualidad y en el carisma propio del Instituto, tan importante en el primer período, pues, en el modo concreto de vivirlos, el carisma y la espiritualidad están sujetos a una evolución que depende del tiempo, de los lugares, de las directrices de la Iglesia y de las necesidades del mundo. Es, por así decir, una evolución inteligente y, en consecuencia, necesitada de formación continua.

Las funciones de la formación permanente son múltiples: intenta colmar las inevitables lagunas de las primeras fases; constituye una ayuda indispensable para una "actualización" continua, en el discernirniento de los verdaderos valores y en una lectura acertada de los signos de los tiempos; permite superar los momentos de cansancio, debidos a una vida intensa, al aislamiento, a la edad o a otra circunstancia; mantiene el esfuerzo constante de renovación espiritual, dirigido a impedir que se debilite la fidelidad total y creciente incluso cuando lle- garan a faltar el ímpetu y el entusiasmo de los comienzos. Hace que estemos atentos a las nuevas exigencias que puede tener la presencia apostólica.

Entre el período de la primera formación y el siguiente se puede presentar el peligro de una fractura, susceptible de provocar una crisis. De hecho, en el período inicial, la persona es guiada normalmente con asiduidad por un responsable que dedica tiempo a las relaciones interpersonales y a los encuentros de formación. En cambio, después, o falta totalmente esto o queda reducido a la mínima expresión, no siendo sustituido por ninguna comunidad física. Es conveniente, por tanto, preparar el ánimo a esta soledad por medio de una experiencia de autonomía y de responsabilidad personal.

G) LOS FORMADORES

Así pues, tiene una importancia decisiva cuidar la elección del formador, quien debe reunir las cualidades necesarias. Debe prestarse atención a sus dotes espirituales, a su solidez como miembro del Instituto, a su equilibrio, a su discernimiento, a su capacidad de escucha, de respeto y de comprensión de las personas.

Se presenta también la necesidad de la formación de los formadores, una formación particular que, por una parte, es la misma que la impartida a todos los miembros del Instituto y que, por la otra, se distingue de aquélla. Por ejemplo, el formador no debe conocer sólo el Evangelio, sino que debe conocer también la clave pedagógica que le permita ser su transmisor. Debe conocer y vivir las Constitución es del Instituto con el fin de poder comunicar toda su riqueza. Asimismo, debe conocer y saber crear los distintos modos posibles de vivirlas y de hacerlas vivir. Más todavía, aparte de los elementos psicológicos indispensables para saber reaccionar ante las realidades de la vida, el responsable de la formación ha de adquirir la capacidad de juzgar las situaciones y de dar las contraindicaciones que la consagración secular y la vocación en el Instituto exigen a una persona concreta en una situación concreta.

IV. Medios de formación

A) PLAN DE FORMACIÓN

Se hace necesario un programa de formación que sea bastante clásico como para poder adaptarse a las exigencias reales de las personas y a las circunstancias de tiempo y espacio. Debe ser un programa basado en la Palabra de Dios, en el magisterio de la Iglesia y en las Constituciones del Instituto; sus propuestas deben estar avaladas por la aportación de muchas personas; finalmente, debe ser fruto de la reflexión y de la experiencia.

Graduado según los tiempos de formación, este plan debe ser claro en sus finalidades y muy abierto en lo que se refiere a los modos de aplicación, con el fin de que esté en función de las personas. En los Institutos ampliamente extendidos es deseable que haya diferentes programas de formación que tengan en cuenta las distintas culturas, con tal de que las grandes líneas de la formación sean capaces de asegurar la unidad de espíritu y de vocación específica en todo el Instituto. Una vez más resulta evidente en programa de formación la importancia que tienen el conocimiento y la profundización de las Constituciones.

B) MEDIOS DE FORMACIÓN ESPIRITUAL

Dada la importancia primaria de la formación espiritual, los medios ordenados a ella deben ser estudiados y presentados de un modo explícito.
Un elenco de estos medios comprendería, entre otros, los ejercicios espirituales, los retiros periódicos, la liturgia y los sacramentos, la audición personal y comunitaria de la Palabra de Dios, la meditación diaria, el intercambio de experiencias de fe, la reflexión individual y de grupo sobre las Constituciones.
En cuanto a los distintos medios de formación espiritual, tanto los empleados directamente por el Instituto como los que ofrece el ambiente en que se vive, debe subrayarse de nuevo que cada uno ha de sentirse personal y activamente responsable del modo de hacerlos suyos.

C) CONTACTOS CON EL INSTITUTO

Los contactos con el Instituto orientados a la formación integral y comunitaria pueden ser numerosos. Su gama se extiende desde el intercambio interpersonal al intercambio entre persona y grupo, pasando por la comunicación "a distancia".

1. Entre los contactos interpersonales, ocupan un lugar eminente las relaciones regulares que debe mantener el formando con el formador. Por medio de estas relaciones, se ayuda a las personas a asumir los diferentes elementos de la vocación de un modo responsable y según el propio don, y a hacer de ellos una síntesis armoniosa en su vida.
Podrán ser coloquios periódicos, relaciones escritas, correspondencia regular. Ahora bien, es muy conveniente que el formador no se limite a estas relaciones, sino que busque encontrar a la persona en formación en los momentos ordinarios de su vida; que conozca el ambiente de procedencia para captar mejor determinados aspectos de su personalidad y su modo de relacionarse con la realidad y con los demás. Son ocasiones que ayudan a individuar mejor las líneas pedagógicas idóneas para ayudar a la persona a que descubra, desarrolle y afiance el sentido del compromiso y de la responsabilidad personal.
Además de los contactos con el responsable de formación, tiene una importancia notable el contacto fraterno con todos los demás miembros del Instituto.

2. Pero no basta el contacto individual; hay que completarlo con momentos de vida comunitaria, esto es, con encuentros fraternos, indispensables para la formación específica en el Instituto, para la revisión y el mutuo apoyo.

Estos tiempos de vida fraterna pueden variar notablemente de un Instituto a otro, pero su eficacia en la formación resulta indiscutible. En tales encuentros no debe haber solamente una dimensión de amistad hu¬mana, sino que deben ser, sobre todo, momentos de confrontación con la Palabra de Dios, a fin de encarnarla en las situaciones concretas, diversas para cada uno, pero de las que todos participan en la comunión. En realidad, el valor del diálogo, tanto a nivel bilateral como a nivel de grupo, estriba en la búsqueda común de la voluntad de Dios, por medio de la comunicación recíproca.

En el marco de estos encuentros hay que situar igualmente la transmisión de la historia del Instituto (carisma, fundación, primeros pasos, evolución...), cuyo conocimiento es fundamental para comprender la propia vocación y la inserción en la misión de la Iglesia.

3. La posibilidad de encuentros fraternos choca a menudo con grandes dificultades. De ahí la necesidad de tomar en consideración los medios escritos. si bien la formación oral es más eficaz.

Entre estos instrumentos de formación, hay que recordar todos los escritos elaborados por el Instituto: cartas, circulares, boletines, cuestionarios, revistas, etc., que son utilizados según las tradiciones de cada Instituto y a los que todos los miembros, cada uno según su capacidad, debería prestar su aportación. Estos medios deben ser recibidos, sobre todo, en orden a mantener y fomentar el vínculo fraterno.

D) COMPLEMENTARIEDAD DE LOS MEDIOS DE FORMACIÓN

¿Se puede establecer una jerarquía de eficacia en los medios de formación utilizables no los Institutos?

En la práctica, los Institutos deben emplear uno u otro medio de forma complementaria, según las personas que hay que formar y según las posibilidades reales. En este sentido, se puede afirmar que todos los medios son necesarios y se complementan entre sí conforme a la exigencia esencial y permanente que consiste siempre en asegurar el desarrollo de la persona.
Algunas sugerencias que pueden tenerse en cuenta para superar dificultades particulares:

- un remedio para el aislamiento es la formación de grupos: la ayuda mutua es la garantía que será siempre un estímulo para avanzar incluso en la autoformación;

- puede resultar muy útil la búsqueda de ocasiones de formación entre Institutos, sobre todo en lo referente a los elementos y exigencias comunes;

- se puede también pensar en una ayuda fraterna por parte de Institutos mejor dotados, bien por su número, bien por la cualificación de sus miembros, a otros Institutos.

Conclusión

Las reflexiones expuestas y las sugerencias dadas en las páginas precedentes quieren ser -como ya se ha dicho- una ayuda para los Institutos Seculares.

Puede darse el caso de que estas reflexiones infundan en algunos responsables de Institutos y de formación un cierto temor: el cometido es demasiado grande.

Ciertamente, la tarea es enorme, pero debe alentar a todos la certeza de que, aun reconociendo la condición de "pobres siervos" (Lc 17,10), si se hace todo lo posible, el Señor interviene y llega incluso allí a donde los formadores no saben o no pueden llegar: "...pedimos continuamente a nuestro Dios que os ponga a la altura de vuestra vocación y con su poder de plena realidad a todo buen propósito..." (2 Ts 1,11).

Pascua de Resurrección de 1980

Sagrada Congregación para los Religiosos y los Institutos Seculares
Institutos Seculares y Consejos Evangélicos
(Reflexión sobre los datos del Magisterio eclesial)

 

La actividad que con mayor empeño realiza la Sección "Institutos seculares" consiste en el examen de Constituciones o Estatutos, con la colaboración de Consultores y Comisarios, bajo la responsabilidad última del Cardenal Prefecto y del Prelado Secretario.

No es un trabajo meramente técnico en el que, aplicando un esquema preparado de antemano, se aprueben o corrijan las distintas normas.

La Sección no es un grupo anónimo: los miembros que la integran, así como los Consultores y los Comisarios, han sido llamados personalmente a desempeñar un servicio eclesial que quieren realizar en al amor a Cristo, a la Iglesia y a las personas. Esto les exige un esfuerzo de comprensión y un empeño de fidelidad continuamente renovados.

De la documentación que recibe, y en la medida de lo posible a través de un diálogo directo, la Sección trata de captar, al menos en la esencia si no en los matices, la espiritualidad, la historia y los elementos que caracterizan a cada Instituto. Al mismo tiempo, en su función de órgano ejecutivo, se rige por la doctrina eclesial sobre los Institutos seculares, interpretándola, completándola y aplicándola sin traicionarla (cfr. Provida Mater, Art. II § 2, 2°).

Con este espíritu, al acentuarse algunas dificultades tocantes a la asunción de los consejos evangélicos, la Sección ha llevado a cabo una reflexión en orden a una mayor claridad en el plano operativo, es decir, en el examen aquí mencionado. Tras un contacto inicial con sus Consultores, ha puesto por escrito esta reflexión, con el convencimiento de que será útil, no por la novedad de su contenido, sino porque puede servir de comprobación en la redacción o renovación de las Constituciones, y ofrecer al mismo tiempo la base de un lenguaje común para continuar el diálogo entre los Institutos y la Secció.

1. La novedad y la peculiaridad que los Institutos seculares constituyen en la Iglesia fue y sigue siendo el reconocimiento eclesial de verdadera consagración en la secularidad.

El magisterio eclesial, con su autoridad, reconoce como Institutos de verdadera vida consagrada no sólo a los Institutos religiosos, sino también a aquellas asociaciones que, llamadas a un apostolado "in saeculo et ex saeculo", proponen a sus socios como vía hacia la plenitud de la caridad (o -con expresiones equivalentes- hacia la perfección de la vida cristiana, hacia una plena y auténtica vida evangélica) el compromiso explícito, con vínculo sagrado, de observar los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia en el mundo, en la vida secular. Estas asociaciones reciben el nombre de "Institutos seculares".

Véanse la Constitución apostólica Provida Mater, 1947, la carta "Motu proprio" Primo feliciter, 1948, y la ratificación contenida en el n. 11 del decreto conciliar Perfectae caritatis, 1965. Estos textos han de ser leídos hoy a la luz de la doctrina contenida en los discursos que Pablo VI y Juan Pablo II han dirigido a los Institutos seculares.

El reconocimiento de verdadera consagración en la secularidad ha sido recogido, sustancialmente con los mismos términos, en el esquema del futuro código de derecho canónico.

2. Tres elementos concurren en la realidad de esta peculiar consagración: la acción de Dios que llama a un compromiso y a una misión específicos, la respuesta de la persona con su total donación y el reconocimiento de la Iglesia.

Esta peculiar consagración no se identifica con la bautismal, pero toma de ella su origen y valor, desarrollándola y ahondándola según la vocación específica: "in baptismatis consecratione intime radicatur eamque plenius exprimit" (PC 5; cfr. LG 44 "intimius consecratur").

3. En virtud del reconocimiento por parte del magisterio, la comunidad del instituto pasa a pertenecer a la Iglesia con un título especial.

A las personas en particular, el reconocimiento eclesial garantiza que el camino propuesto por el instituto es evangélico y, seguido con fidelidad y generosidad, conduce a la plenitud de la caridad. El hecho de que, en virtud de este riconocimiento, la donación total y definitiva de las personas a Cristo sea aceptada por el Responsable del instituto en nombre de la Iglesia, garantiza también el nuevo don de gracia que es la peculiar consagración.

Se trata de un reconocimiento positivo. Ella no excluye, evidentemente, que haya otras vías hacia la plenitud de la caridad en la vida secular: "Todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad" (LG 40). El sacramento del matrimonio, por ejemplo, tiene esta finalidad. Pero el magisterio reconoce como Institutos seculares aquellos que proponen, siempre en la secularidad, el camino de compromiso explícito de observar los tres consejos evangélicos.

4. El camino propuesto por los Institutos seculares es proprio y característico.

Es un camino laical (para los Institutos laicales), caracterizado por una consagración especial. En efecto, la índole secular "propia y peculiar de los laicos" (LG 31) es también "el carácter proprio y específico de los Institutos, en el cual consiste toda su razón de ser" (PF II).

La consagración que caracteriza este camino laical exige el compromiso explícito de practicar los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia, con contenidos y estilo propios. Todos los cristianos son los destinatarios de los múltiples consejos evangélicos; el camino propuesto por los Institutos seculares postula que dichos consejos sean asumidos mediante el compromiso explícito de observar estos tres con arreglo a disposiciones especiales.

Efectivamente, todo camino hacia la plenitud de la caridd exige que se abrace el Evangelio en su integridad, expresada en las Bienaventuranzas. Los tres típicos consejos evangélicos son, en la doctrina de la Iglesia, la consecuencia última y la síntesis programática de todos los consejos evangélicos y de las Bienaventuranzas, y manifiestan la radicalidad con que se ha de vivir el Evangelio para "seguir a Cristo con mayor libertad e imitarle más de cerca (=pressius)" (PC 1). Por el valor de tal radicalidad es por lo que el magisterio exige a los Institutos seculares el compromiso explícito de los consejos evangélicos, "don divino que la Iglesia recibió de su Señor y conserva siempre con su gracia" (LG 43).

También para los Institutos seculares sacerdotales se debe hablar de una peculiar consagración que caracteriza a su vez la vida sacerdotal de sus miembros y supone idéntico compromiso explícito de observar los consejos evangélicos.

5. El voto de castidad perfecta en el celibato por el Reino es expresión eminente de la donación total a Dios: "don precioso de la gracia divina, concedido por el Padre a algunos" (LG 42).

A veces la Iglesia se limita a exigir este voto para dar su reconocimiento a la consagración: así sucede para la consecratio virginum. Pero en ls formas institucionales de la vida consagrada, y concretamente en los Institutos seculares, exige que la donación se manifieste también en el compromiso explícito de pobreza y obediencia con formas determinadas.

6. El magisterio eclesial, al que corresponde "regir sabiamente con sus leyes la práctica de los consejos evangélicos, con los que se fomenta de un modo singular la perfección de la caridad a Dios y al prójimo" (LG 45), remite a las Constituciones de cada Instituto para las oportunas puntualizaciones.

El magisterio eclesial pide:

a) que junto al llamamiento y la exhortación a vivir íntegramente el espíritu de los consejos evangélicos, se den normas concretas y precisas de actuación de acuerdo con el estilo de la secularidad y con las características del Instituto; estas norms en cierto modo son medio y garantía para vivir las virtudes evangélicas correspondientes;

b) que estas prescripciones sean aceptadas con un vínculo sagrado, es decir que manifieste el compromiso asumido ante Dios y ante la Iglesia (cfr. PM, Art. III § 2);

c) que las Constituciones con estos contenidos sean sometidas al examen y aprobación de la Autoridad eclesiástica.

Al hacer esta reflexión, la Sección ha tenido en cuenta la que el magisterio eclesial dice a los Institutos seculares sobre el tema examinado. No ha pretendido definir en su totalidad la naturaleza de los Institutos seculares, ni hacer una reflexión sobre la vida de consagración en general, ni contemplar la posibilidad en el futuro de otras formas de consagración en el mundo fuera de los Institutos seculares.

La Sección es consciente de que en el tema tratado queda abierto un punto importante: ejemplificar las determinaciones concretas acerca de los consejos evangélicos en modalidades que respondan a las exigencias de la secularidad. También sobre esto tiene intención de hacer una reflexión, pero corresponde a los Institutos seculares ofrecer con su experiencia una aportación decisiva a dicha reflexión: la Sección agradece de antemano a los Institutos la colaboración que nos envíen.

La Sección Institutos Seculares

Roma, 15 de mayo de 1981

Asamblea Plenaria de la Sagrada Congregación para los Religiosos
y los Institutos Seculares - 1983
Mensaje a los Institutos Seculares

 

Queridísimos hermanos y hermanas:

Con las palabras del Apóstol Pablo, deseamos "gracia a vosotros y paz de parte de Dios, nuestro Padre y del Señor Jesucristo" (Ga 1,3).

En calidad de miembros de la Sagrada Congregación que tiene competencia sobre los Institutos de vida consagrada, reunidos en Roma en Asamblea plenaria los días 3-6 de mayo, os escribimos a vosotros, consa¬grados de los Institutos Seculares.

La plenaria, como ciertamente sabéis, es la asamblea más importante del Dicasterio para colaborar de modo inmediato en el ministerio espiritual y pastoral del Santo Padre, en servicio privilegiado a la vida consagrada en la Iglesia universal.

El tema central de esta reunión ha sido Los Institutos Seculares: su identidad y su misión, tema escogido por nosotros mismos y aprobado por el Santo Padre. Nuestro propósito ha sido conocer más a fondo la con¬soladora realidad que vosotros constituís en la Iglesia, propiciando de este modo un mayor conocimiento de la misma en todo el Pueblo de Dios.

El terminar nuestra reunión deseamos dirigirnos a vosotros con sencillez y responsabilidad, para "consolar vuestros corazones" (Ef 6,22) y dar gracias a Dios "al tener noticia de vuestra fe en Cristo Jesús, y de la caridad con todos los santos, a causa de la esperanza que os está reservada en los cielos" (Col 1,45).

Reflexionando entre nosotros y escuchando también el testimonio de algunos representantes de vuestros Institutos, invitados al efecto, nos hemos afianzado en la convicción de que los Institutos Seculares son un grato don del Espíritu Santo a la Iglesia y al mundo de nuestro tiempo.

Dentro del Pueblo de Dios, los Institutos sintonizan fuertemente con aquella preocupación pastoral que en el concilio Vaticano II ha encontrado expresión sobre todo en la Constitución Gaudium et Spes, donde se afirma que la Iglesia "camina junto con toda la humanidad y corre en unión con el mundo la misma suerte terrena y es como fermento y alma de la sociedad humana, destinada a renovarse en Cristo y transformarse en familia de Dios" (GS 40).

Vuestro carisma está en "profunda y providencial coincidencia" -como se expresaba Pablo VI (2-febrero-1972)- con esta exigencia de presencia de la Iglesia en el mundo, de suerte que constituís un modo específico de ser Iglesia: estáis llamados a asumir y promover cristianamente en el mundo los compromisos y los dinamismos de la historia del hombre.

Convencidos de todo esto, creemos un deber añadir también una exhortación. Sed celosamente fieles a vuestra vocación, creced en la santidad a la que todos los fieles son llamados (cfr. LG cap. V) y de la cual debéis ser testigos privilegiados.

La enseñanza que habéis recibido desde los primeros documentos emanados para vosotros por Pío XII, y después en particular por Pablo VI y Juan Pablo II, sea el punto de referencia permanente para responder a lo que el Señor os pide: en esa enseñanza encontráis una riqueza grande de espiritualidad. La nueva legislación canónica también os ayudará e iluminará, no sólo porque acoge vuestra realidad, sino también porque la fundamenta en la doctrina del concilio Vaticano II y en la enseñanza de los Sumos Pontífices. Poned empeño en aplicarla con fidelidad en lo que se refiere a vuestras características irrenunciables, a los compromisos de consagración en vuestra vida secular, a vuestro propio apostolado y también a los aspectos estructurales.

Proseguid vuestro camino con gran alegría y gran confianza: la Iglesia espera mucho de vosotros. Y mucho espera el mundo que debe ser salvado en Cristo. En efecto, Jesucristo es el que os ha llamado y el que os envía al hombre de hoy, para que todos sepan abrir sus puertas a Él, el Redentor (cfr. Bula de proclamación del Año Santo de la Redención).

Encontraréis la forma de daros a conocer, sin menoscabo de la discreción y la reserva, según las características de cada Instituto. La posibilidad de difusión y crecimiento de vuestros Institutos, para que otros muchos sientan la vocación de la consagración especial en la secularidad y respondan a ella, depende también mucho de vosotros. Procurad tener una relación asidua y filial con los Obispos de vuestras iglesias particulares, tanto para colaborar en la vida pastoral según vuestra índole específica, como para recibir ayuda. En efecto, una de las conclusiones de la reunión plenaria ha sido recomendar a las Conferencias Episcopales que promuevan en los fieles, y especialmente en los sacerdotes, un conocimiento más profun¬do y un solícito apoyo al crecimiento de los Institutos Seculares.

Queremos añadir una última palabra: cuidad mucho vuestra formación. En colaboración y respuesta a la gracia de Dios, que puede "llevar a término con su poder todo vuestro deseo de hacer el bien" (2 Ts 1,11), el esfuerzo por formarse "en las cosas divinas y humanas" (PC 11) ha de ser en verdad vuestra primera preocupación: las exigencias de vuestra vocación imponen tal prioridad.

La Virgen María, que "se consagró totalmente a la persona y a la obra de su Hijo" (LG 56) sea vuestro "modelo inspirador" (Pablo VI) y Madre siempre cercana.

Con afecto fraterno, en unión con el Santo Padre Juan Pablo II, invocamos sobre todos vosotros la bendición divina.

Dado en Roma, 6 de mayo de 1983

Congregación para los Religiosos e Institutos Seculares (CRIS)
Identidad y misión de los Institutos Seculares

 

INTRODUCCIÓN

Desde el año 1947 ocupan un lugar destacado en la Iglesia aquellos Institutos de vida consagrada que, por sus características propias, han sido llamados "seculares". Los ha reconocido y aprobado la Iglesia, en cuya misión de sacramento universal de salvación participan activamente, según su propia vocación.

Pablo VI teniendo presente la doctrina conciliar, dijo que la Iglesia

posee una auténtica dimensión secular, inherente a su naturaleza íntima y a su misión, que tiene su raíz en el misterio del Verbo encarnado (2 de febrero de 1972).

Pues bien, dentro de esta Iglesia, sumergida y extendida entre los pueblos, presente en el mundo y ante el mundo, los Institutos Seculares

aparecen como instrumentos providenciales para encarnar este espíritu y transmitirlo a la Iglesia entera (ibid.).

En la radicalidad del seguimiento de Cristo, viviendo y profesando los consejos evangélicos, "la secularidad consagrada, expresa y realiza de un modo privilegiado, la armoniosa conjunción de la edificación del Reino de Dios y de la construcción de la ciudad temporal, el anuncio explícito de Jesús en la evangelización y las exigencias cristianas de la promoción humana integral" (E. Pironio, 23 de agosto de 1976).

A través de la fisonomía propia de cada Instituto, es esta característica común -unión de consagración y de secularidad- la que define a los Institutos Seculares en la Iglesia.

Con el fin de ofrecer una información suficiente sobre estos Institutos, expondremos en las páginas que siguen algunos datos históricos, una reflexión teológica y los elementos jurídicos esenciales.


PRIMERA PARTE

PRESENTACIÓN HISTÓRICA

Los Institutos Seculares responden a una visión eclesial puesta en evidencia por el concilio Vaticano II. Lo dijo autorizadamente el Papa Pablo VI:

Los Institutos Seculares han de ser encuadrados en la perspectiva en que el concilio Vaticano II ha presentado la Iglesia, como una realidad viva, visible y espiritual al mismo tiempo (cfr. Lumen gentium, 8), que vive y se desarrolla en la historia (ibid.).

No puede menos de verse la coincidencia profunda y providencial entre el carisma de los Institutos Seculares y uno de los objetivos más importantes y más claros propuestos por el Concilio: la presencia de la Iglesia en el mundo. Efectivamente, la Iglesia ha acentuado vigorosamente los diferentes aspectos de sus relaciones con el mundo: ha recalcado que forma parte del mundo, que está destinada a servirlo, que debe ser su alma y su fermento, puesto que está llamada a santificarlo, a consagrarlo y a reflejar en él sus valores supremos de la justicia, del amor y de la paz (2 de febrero de 1972).

Estas palabras no sólo constituyen un autorizado reconocimiento programático de los Institutos Seculares, sino que ofrecen también una clave para la lectura de su historia, que a continuación presentamos de forma sintética.

1. Antes de la "Provida Mater" (1947)

Los Institutos Seculares tienen una prehistoria, puesto que ya en el pasado hubo intentos de constituir asociaciones semejantes a los actuales Institutos Seculares; dio una cierta aprobación a estas asociaciones el decreto "Ecclesia Catholica" (11 de agosto de 1889), que sin embargo sólo admitía para ellas una consagración privada.

Fue sobre todo en el período que media entre el 1920 y el 1940 cuando, en varias partes del mundo, la acción del Espíritu suscitó diversos grupos de personas que sentían el ideal de entregarse incondicionalmente a Dios, permaneciendo en el mundo, con el fin de trabajar, dentro del mundo, por el advenimiento del Reino de Cristo. El Magisterio de la Iglesia se mostró sensible a la difusión de este ideal, que en torno al 1940 halló modo de perfilarse también en encuentros de algunos de dichos grupos.

El Papa Pío XII prestó seria atención al problema y, como conclusión de un amplio estudio, promulgó la constitución apostólica Provida Mater.

2. De la "Provida Mater" al concilio Vaticano II

Los documentos que otorgaron reconocimiento a las asociaciones que en el 1947 fueron denominadas "Institutos Seculares" son:

- Provida Mater: constitución apostólica que contiene una "lex peculiaris", 2 febrero 1947;

- Primo Feliciter: carta Motu proprio, 12 marzo 1948;

- Cum Sanctissimus: instrucción de la Sagrada Congregación de Religiosos, 19 marzo 1948.

Estos documentos, complementarios entre sí, contienen tanto reflexiones doctrinales como normas jurídicas con elementos claros y suficientes para una definición de los nuevos Institutos

Éstos, por lo demás, presentaban no pocas diferencias entre sí, en particular por razón de su diversa finalidad apostólica:

Para algunos, ésta consistía en una presencia en el ambiente social en orden a un testimonio personal, un compromiso personal de orientar hacia Dios las realidades terrenas (institutos de "penetración").

Para otros en cambio, se trataba de un apostolado más explícito que no excluía el aspecto comunitario y con directo compromiso operativo eclesial o asistencial (institutos de "colaboración").

Pero la distinción no era del todo neta, de suerte que un mismo Instituto podía tener ambas finalidades.

3. La enseñanza del concilio Vaticano II

a) En los documentos conciliares pocas veces se hace mención explícita de los Institutos Seculares, y el único texto que se les dedica ex profeso es el n. 11 de Perfecta Caritativas.

En este texto se recogen, en síntesis, las características esenciales, confirmadas así con la autoridad del Concilio. En efecto, allí se dice que:

- Los Institutos Seculares no son Institutos religiosos: esta definición de signo negativo, impone la distinción entre unos y otros: los Institutos Seculares no son una forma moderna de vida religiosa, sino una vocación y una forma de vida originales;

- requieren "veram et completam consiliorum evangelicorum professionem": de modo que no pueden reducirse a asociaciones o movimientos que, en respuesta a la gracia bautismal, aun viviendo el espíritu de los consejos evangélicos, no los profesan de forma eclesialmente reconocida;

- con esta profesión, la Iglesia marca a los miembros de los Institutos Seculares con la consagración que viene de Dios, a quien quieren dedicarse totalmente en la perfecta caridad;

- dicha profesión tiene lugar "in saeculo", en el mundo, en la vida secular: este elemento califica esencialmente el contenido de los consejos evangélicos y determina sus modalidades de actuación;

- por esto, la "índole propia y peculiar" de estos institutos es la secular.

- finalmente, y en consecuencia, sólo la fidelidad a esta fisonomía podrá permitirles ejercer aquel apostolado "ad quem exercendum orta sunt"; es decir, el apostolado que los califica por su finalidad y que debe ser "in saeculo ac veluti ex saeculo": en el mundo, en la vida secular, y desde dentro del mundo (cfr. Primo Feliciter II: sirviéndose de las profesiones, actividades, formas, lugares y circunstancias que corresponden a la condición secular).

Merece particular atención, en el número 11 de Perfectae Caritatis, la recomendación de una esmerada formación "in rebus divinis et humanis", porque esta vocación es una realidad muy exigente.

b) En la doctrina del concilio Vaticano II, los Institutos Seculares han encontrado múltiples confirmaciones de su intuición fundamental y numerosas directrices programáticas específicas.

Entre las confirmaciones: la afirmación de la vocación universal a la santidad, de la dignidad y responsabilidad de los laicos en la Iglesia, y sobre todo que "laicis indoles saecularis propria et peculiaris est" (LG 31: el segundo párrafo de este número parece tomar no sólo la doctrina, sino también algunas expresiones del motu proprio Primo Feliciter).

Entre las directrices programáticas específicas: la enseñanza de la Gaudium et spes sobre las relaciones de la Iglesia con el mundo contemporáneo, y el cometido de estar presentes en las realidades terrenas con res¬peto y sinceridad, actuando para encauzarlas hacia Dios.

c) En síntesis: del concilio Vaticano II han recibido los Institutos Seculares indicaciones, ya para profundizar en su realidad teológica (consagración en y desde la secularidad) ya para clarificar su línea de acción (la santificación de sus miembros y la presencia transformadora en el mundo).

Con la constitución apostólica Regimini Ecclesiae Universae (15 agosto 1967), en aplicación del Concilio, la Sagrada Congregación adopta la denominación: "pro Religiosis et Institutis Saecularibus". Es un reconocimiento más de la dignidad de los Institutos Seculares y su distinción de los religiosos. Esto ha supuesto en la Sagrada Congregación la constitución de dos secciones (antes para los Institutos Seculares funcionaba una "oficina"), con dos Subsecretarios, con competencias distintas y autónomas, bajo la guía de un solo Prefecto y un solo Secretario.

4. Después del Concilio Vaticano II

La reflexión sobre los Institutos Seculares se ha enriquecido merced a las aportaciones procedentes de dos fuentes, en cierto sentido complementarias: la primera, de tipo existencial, representada por los encuentros periódicos entre los Institutos mismos; la segunda, de tipo doctrinal, consistente sobre todo en los discursos que los Papas les han dirigido. La Sagrada Congregación, por su parte, ha intervenido con aclaraciones y reflexiones.

A) ENCUENTROS ENTRE LOS INSTITUTOS

Aunque ya con anterioridad se habían promovido reuniones de estudio, el año 1970 se convocó el primer Congreso internacional, con la participación de casi todos los Institutos Seculares erigidos legítimamente.

Este congreso nombró también una comisión para estudiar y proponer el estatuto de una Conferencia Mundial de los Institutos Seculares (CMIS), estatuto que fue aprobado por la Sagrada Congregación, la cual reconoció oficialmente la Conferencia con un decreto al efecto (23 de mayo de 1974).

Desde 1970, los Responsables de los Institutos Seculares han vuelto a reunirse en asamblea el año 1972 y posteriormente, con periodicidad cuatrienal, el 1976 y el 1980. Ya está programada la asamblea de 1984.

Estos encuentros han tenido el mérito de tratar asuntos de directo interés para los Institutos, como: los consejos evangélicos, la oración secular, la evangelización como contribución para "cambiar el mundo desde dentro".

Pero han tenido también, y sobre todo, el mérito de reunir unos con otros a los Institutos, ya para poner en común experiencias, ya en orden a una confrontación abierta y sincera.

La confrontación era muy conveniente porque:

- Al lado de Institutos de finalidad apostólica totalmente secular (actuando "in saeculo et ex saeculo"), había otros con actividades institucionales también intraeclesiales (p. ej., catequesis).

- Mientras algunos Institutos preveían el compromiso apostólico mediante el testimonio personal, otros asumían obras o cometidos cuya realización implicaba un compromiso comunitario.

- Junto a una mayoría de Institutos laicales, que definían la secularidad como característica propia de los laicos, había institutos clericales o mixtos que ponían de relieve la secularidad de la Iglesia en su conjunto.

- Mientras algunos Institutos clericales consideraban necesaria para su "secularidad" la presencia en el presbiterio y, por consiguiente, la incardinación en la diócesis, otros habían obtenido la facultad de la incardinación en el Instituto.

Mediante los sucesivos encuentros, que se han repetido también a escala nacional, en América Latina y en Asia, a escala continental el conocimiento recíproco ha llevado a los Institutos a aceptar las diversidades (el denominado "pluralismo"), pero con la exigencia de aclarar los límites de dicha diversidad.

Así, pues, los encuentros han servido de ayuda a los Institutos para conocerse mejor (como categoría y entre sí), para corregir algunas incertidumbres y para propiciar la búsqueda común.

B) DISCURSOS DE LOS PAPAS

Ya Pío XII había dirigido la palabra a algunos Institutos Seculares y se había ocupado de ellos en discursos sobre la vida de perfección. Pero cuando los Institutos comenzaron a celebrar congresos o asambleas mundiales, en todos los encuentros escucharon la palabra del Papa: Pablo VI en el 1970, 1972 y 1976; Juan Pablo II en el 1980. A estas alocuciones hay que añadir las pronunciadas por Pablo VI con ocasión del XXV y del XXX aniversario de la Provida Mater (2 febrero 1972 y 1977).

Discursos densos de doctrina, que ayudan a definir mejor la identidad de los Institutos Seculares. Entre las muchas enseñanzas, baste recordar aquí algunas afirmaciones:

a) La coincidencia entre el carisma de los Institutos Seculares y la línea conciliar de la presencia de la Iglesia en el mundo: "estos deben ser testigos especiales, típicos de la postura y de la misión de la Iglesia en el mundo" (Pablo VI, 2 de febrero de 1972).

Esto exige una fuerte tensión hacia la santidad y una presencia en el mundo que tome en serio el orden natural para poder trabajar por su perfeccionamiento y su santificación.

b) La vida de consagración a Dios, y concretamente la vida según los consejos evangélicos, debe ser en sí un testimonio del más allá, pero convirtiéndose en propuesta y ejemplo para todos: "Los consejos evangélicos adquieren un significado nuevo, de especial actualidad en el tiempo presente" (Pablo VI, 2 de febrero de 1972), y su fuerza penetra "en medio de los valores humanos y temporales" (idem, 20 de septiembre de 1972).

c) De ahí se sigue que la secularidad que indica la inserción de estos Institutos en el mundo, "no sólo representa la condición sociológica, un hecho externo, sino también una actitud" (Pablo VI, 2 de febrero de 1972), una toma de conciencia: "Vuestra condición existencial y sociológica viene a ser vuestra realidad teológica y vuestro camino para realizar y dar testimonio de la salvación" (idem, 20 de septiembre de 1972).

d) A1 mismo tiempo, la consagración en los Institutos Seculares ha de ser tan auténtica que sea verdad que "es en lo íntimo de vuestros corazones donde el mundo es consagrado a Dios" (Pablo VI, 2 de febrero de 1972); que sea posible "orientar las cosas humanas explícitamente en conformidad con las bienaventuranzas evangélicas" (idem, 20 de septiembre de 1972). Dicha consagración "debe impregnar toda vuestra vida y actividades diarias" (Juan Pablo II, 28 de agosto de 1980).

No es, por tanto, un camino fácil: "Es un camino difícil, de alpinistas del espíritu" (Pablo VI,26 de septiembre de 1970).

e) Los Institutos Seculares pertenecen a la Iglesia "con un título especial... de consagrados seculares" (Pablo VI, 26 septiembre 1970) y "la Iglesia necesita su testimonio" (idem, 2 de febrero de 1972), y "espera mucho" de ellos Juan Pablo II,28 de agosto de 1980). Los Institutos Seculares han de "cultivar e incrementar, estimar, siempre y sobre todo, la comunión eclesial" (Pablo VI, 20 de septiembre de 1972).

f) La misión a la que los Institutos Seculares han sido llamados es la de "transformar el mundo desde dentro" (Juan Pablo II, 28 de agosto de 1980), siendo su fermento vivificante.

C) INTERVENCIONES DE LA SAGRADA CONGREGACION

Durante este período hay que registrar también algunas intervenciones de la Sagrada Congregación.

Los Eminentísimos Prefectos cardenal Antoniutti y cardenal Pironio, en diversas ocasiones, dirigieron discursos y mensajes a los Institutos Seculares; el Dicasterio, por su parte, les ha ofrecido aportaciones de reflexión, y en particular las cuatro siguientes:

a) Reflexiones sobre los Institutos Seculares (1976). Se trata de un estudio elaborado por una Comisión especial, nombrada por Pablo VI en 1970. Puede definirse como un "documento de trabajo", pues ofrece múltiples elementos aclaratorios, sin intención de decir la última palabra.

El documento consta de dos partes. La primera, más sintética, contiene algunas afirmaciones teológicas de principio, útiles para entender el valor de la secularidad consagrada La segunda parte, más extensa, describe los Institutos Seculares desde su propia experiencia y toca también algunos aspectos jurídicos.

b) Las personas casadas y los Institutos Seculares (1976). Se informa a los Institutos Seculares acerca de una reflexión hecha dentro de la Sagrada Congregación. Se confirma que el consejo evangélico de la castidad en el celibato es un elemento esencial de la vida consagrada en un Instituto Secular; se señala la posibilidad que tienen las personas casadas de ser miembros en sentido amplio, y se desea que surjan asociaciones al efecto.

c) La formación en los Institutos Seculares (1980). Este documento se preparó con el fin de ofrecer una ayuda en orden al importante cometido de la formación de los miembros de los Institutos Seculares. Contiene orientaciones de principio, sugiriendo también líneas concretas de aplicación, sacadas de la experiencia.

d) Los Institutos Seculares y los consejos evangélicos (1981). En esta carta circular se recuerda el magisterio de la Iglesia sobre la esencialidad de los tres consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia, y sobre la necesidad de determinar el vínculo sagrado con el que son asumidos, su contenido y las modalidades de actuación para que se ajusten a la condición de secularidad.

5. El nuevo Código de Derecho Canónico (1983)

Comienza una nueva etapa con la promulgación del nuevo Código de Derecho Canónico, que también sobre los Institutos Seculares contiene una legislación sistemática y actualizada.Trata de ellos en el libro II, en la parte dedicada a los Institutos de vida consagrada.

Más adelante, exponemos los elementos principales de la normativa jurídica contenida en el Código, después de una breve presentación de los fundamentos teológicos que se han ido trazando o precisando a lo largo de la breve historia de los Institutos Seculares.


SEGUNDA PARTE

FUNDAMENTOS TEOLÓGICOS

La teología de los Institutos Seculares se encuentra ya enunciada en los documentos pontificios Provida Mater y Primo Feliciter, y posteriormente fue ampliada y ahondada por la doctrina conciliar y las enseñanzas de los Sumos Pontífices.

También por parte de especialistas se han producido diversas aportaciones doctrinales; sin embargo hemos de decir que la investigación teológica no está agotada.

Por consiguiente hacemos una sencilla alusión a los aspectos fundamentales de esta teología, transcribiendo sustancialmente el estudio preparado por una comisión especial y publicado, con el consentimiento de Pablo VI, en 1976.

1. El mundo como "siglo"

Dios creó el mundo por amor, un mundo cuyo centro y cumbre es el hombre, y pronunció su juicio sobre las realidades creadas: "valde bona" (Gn 1,31). Al hombre, hecho en el Verbo a imagen y semejanza de Dios y llamado a vivir, en Cristo, en la vida íntima de Dios, se le encomendó la tarea de llevar, por medio de la sabiduría y de la acción, todas las realidades a la consecución de su fin último. Así pues, la suerte del mundo está vinculada a la del hombre y por lo tanto la palabra "mundo" designa a "la familia humana con la totalidad de las cosas dentro de las que vive" (GS 2), y en las que trabaja.

Por consiguiente el mundo está implicado en la caída inicial del hombre y "sometido a la caducidad" (Rm 8,20), pero también lo está en la Redención llevada a cabo por Cristo, Salvador del hombre que mediante la gracia, es hecho por El hijo de Dios y capaz nuevamente -en cuanto partícipe de su Pasión y Resurrección- de vivir y actuar en el mundo según el designio de Dios, para alabanza de su gloria (cfr. Ef 1,6; 1,12-14).

A la luz de la Revelación el mundo aparece como "saeculum". El "siglo" es el mundo presente que resulta de la caída inicial del hombre, "este mundo" (1 Co 7,31), sometido al dominio del pecado y de la muerte, que tiene que llegar a su fin, y está en contraposición con la "nueva era" (aion), con la vida eterna inaugurada por la Muerte y Resurrección de Cristo. Este mundo mantiene la bondad, verdad y orden esencial, que vienen de su condición de criatura (cfr. GS 36); sin embargo, está parcialmente deteriorado por el pecado, no puede salvarse solo, pero está llamado a la salvación que nos trajo Cristo (cfr. GS 2,13, 37,39), que se realiza en la participación en el Misterio Pascual de los hombres regenerados en la fe y en el bautismo e incorporados a la Iglesia.

Esa salvación se va actuando en la historia humana y la penetra con su luz y fuerza; extiende su dinamismo a todos los valores de la creación para discernirlos y sustraerlos a la ambigüedad que les es propia después del pecado (cfr. GS 4), con el fin de recapitularlos en la nueva libertad de los hijos de Dios (cfr. Rm 8,21).

2. Nueva relación del bautizado con el mundo

La Iglesia, sociedad de los hombres renacidos en Cristo para la vida eterna, es el sacramento de la renovación del mundo que la potencia del Señor llevará a cabo definitivamente en la consumación del "siglo" con la destrucción de toda potencia del demonio, del pecado y de la muerte y la sujeción de todas las cosas a Él y al Padre (cfr. 1 Co 15,20-28). Por Cristo, en la Iglesia, los hombres marcados y animados por el Espíritu Santo, son constituidos en un "sacerdocio real" (1 P 2,9) en el que se ofrecen ellos mismos, y su actividad y su mundo a la gloria del Padre (cfr. LG 34).

El bautismo origina en todo cristiano una relación nueva con el mundo. Junto con todos los hombres de buena voluntad, también él está comprometido en la tarea de edificar el mundo y contribuir al bien de la humanidad, actuando según la legítima autonomía de las realidades terrenas (cfr. GS 34 y 36). En efecto, la relación nueva con el mundo, nada quita al orden natural, y si lleva consigo una ruptura con el mundo, en cuanto realidad opuesta a la vida de la gracia y a la espera del Reino eterno, al mismo tiempo, lleva consigo la voluntad de actuar en la caridad de Cristo para la salvación del mundo, es decir, para que los hombres puedan llegar a la vida de la fe y para reordenar, en cuanto sea posible, las realidades temporales según el designio de Dios, a fin de que faciliten al hombre el crecimiento en la gracia para la vida eterna (cfr. M 7).

Viviendo esta nueva relación con el mundo, los bautizados cooperan en Cristo a su propia redención. Por consiguiente la "secularidad" de un bautizado, como existencia en este mundo y participación en sus distintas actividades, puede entenderse sólo dentro de esta relación esencial, cualquiera que sea su forma concreta.

3. Distintas formas de vivir concretamente la relación con el mundo

Todos viven esta relación esencial con el mundo y deben tender a la santidad que es participación de la vida divina en la caridad (cfr. LG 40). Pero Dios distribuye sus dones a cada cual "según la medida de la donación de Cristo" (Ef 4,7).

En efecto, Dios es soberanamente libre en la distribución de sus dones. El Espíritu de Dios, en su libre iniciativa, los distribuye "a cada cual como quiere" (1 Co 12,11), mirando al bien de cada persona, pero, al mismo tiempo, al de toda la Iglesia y de la humanidad entera.

Precisamente por esa riqueza de dones, la unidad fundamental del Cuerpo Místico, que es la Iglesia (cfr. Col 1,24) se manifiesta en la diversidad complementaria de sus miembros, que viven y actúan bajo la acción del Espíritu de Cristo, para la edificación de su Cuerpo.

La vocación universal a la santidad en la Iglesia, es cultivada en las distintas formas de vida y en las distintas funciones (cfr. LG 41), según las múltiples vocaciones específicas. El Señor acompaña estas distintas vocaciones con los dones que dan la capacidad de vivirlas, y ellas, encontrando la libre respuesta de las personas, suscitan distintos modos de realización, siendo también distinto el modo como los cristianos realizan su relación bautismal con el mundo.

4. El seguimiento de Cristo en la práctica de los "Consejos evangélicos"

El seguimiento de Cristo supone en todo cristiano una preferencia absoluta por Él, hasta el martirio si fuera necesario (cfr. LG 42). Pero Cristo invita a algunos fieles suyos a seguirlo incondicionalmente para dedicarse por completo a Él y al advenimiento del Reino de los cielos. Es el llamamiento a un acto irrevocable, que comporta la donación total de uno mismo a la persona de Cristo para compartir su vida, su misión, su suerte, y, como condición, la renuncia de sí, a la vida conyugal, y a los bienes materiales.

Los llamados viven esa renuncia como condición para corresponder sin obstáculos al Amor absoluto que les sale al encuentro en Cristo, permitiéndoles entrar más íntimamente en el movimiento de ese Amor hacia la creación: "Dios amó tanto al mundo que entregó su Hijo unigénito" (Jn 3,16), para que por medio de El se salve el mundo. Una decisión de este tipo, a causa de su totalidad y definitividad que responden a las exigencias del amor, reviste el carácter de voto de fidelidad absoluta a Cristo. Supone, evidentemente, la premisa bautismal de vivir como fiel cristiano, pero se distingue de ella y la perfecciona.

Por su contenido, esta decisión radicaliza la relación del bautizado con el mundo, pues la renuncia al modo común de "usar de este mundo" da testimonio de su valor relativo y provisional y preanuncia la llegada del Reino escatológico (cfr. 1 Co 8,31).

En la Iglesia, el contenido de esa donación se ha explicitado en la práctica de los consejos evangélicos (castidad consagrada, pobreza y obediencia), vivida de formas concretas muy variadas, espontáneas o institucionalizadas. La diversidad de tales formas se debe a la distinta manera de cooperar con Cristo para la salvación del mundo, que puede ir desde la separación efectiva, propia de algunas formas de vida religiosa, hasta la presencia típica de los miembros de los Institutos Seculares.

La presencia de estos últimos en el mundo significa una vocación especial a una presencia salvífica, que se ejerce dando testimonio de Cristo y trabajando por reordenar las realidades temporales según el designio de Dios. En orden a esta actividad, la profesión de los consejos evangélicos reviste un significado especial de liberación de los obstáculos (orgullo, codicia) que impiden ver y poner en práctica el orden que Dios quiere.

5. Eclesialidad de la profesión de los consejos evangélicos - Consagración

Todo llamamiento a seguir a Cristo es una invitación a la comunión de vida en Él y en la Iglesia.

Por lo tanto, la práctica y profesión de los consejos evangélicos en la Iglesia se han realizado no sólo de manera individual, sino también dentro de comunidades suscitadas por el Espíritu Santo mediante el carisma de los fundadores.

Estas comunidades están íntimamente vinculadas con la vida de la Iglesia animada por el Espíritu Santo y, por consiguiente. están encomendadas al discernimiento y al juicio de la Jerarquía que comprueba su carisma, las admite, las aprueba y las envía, reconociendo su misión de cooperar a la edificación del Reino de Dios.

E1 don total y definitivo hecho a Cristo por los miembros de estos Institutos es pues recibido en nombre de la Iglesia que representa a Cristo, y en el modo que ella aprueba, por las autoridades que constituyen los mismos Institutos, para crear un vínculo sagrado (cfr. LG 44) . En efecto, aceptando el don de una persona, la Iglesia la marca en nombre de Dios con una consagración especial como pertenencia exclusiva de Cristo y de su obra de salvación.

En el bautismo tiene lugar la consagración sacramental y fundamental del hombre, pero ésta puede vivirse después de manera más o menos "profunda e íntima". La decisión firme de responder al llamamiento especial de Cristo, entregándole totalmente la propia existencia libre y renunciando a todo lo que en el mundo puede impedir la donación exclusiva, ofrece materia para la nueva consagración antes mencionada que "radicada en la consagración bautismal, la expresa más plenamente" (PC 5). Ella es obra de Dios que llama a la persona, se la reserva mediante el ministerio de la Iglesia y la asiste con gracias particulares que la ayudan a ser fiel.

La consagración de los miembros de los Institutos Seculares no tiene carácter de separación visible exteriormente, pero posee sin embargo el carácter esencial de compromiso total por Cristo en una determinada comunidad eclesial, con la que se contrae una vinculación mutua y estable y en cuyo carisma se participa. Deriva de ello una consecuencia peculiar sobre el modo de concebir la obediencia en los Institutos Seculares: ésta supone no sólo la búsqueda, personal o en grupo, de la voluntad de Dios al asumir los compromisos propios de una vida secular, sino también la libre aceptación de la mediación de la Iglesia y de la comunidad a través de sus Responsables dentro del ámbito de las normas constitutivas de cada Instituto.

6. La "secularidad" de los Institutos Seculares

La sequela Christi en la práctica de los consejos evangélicos hizo que se constituyera en la Iglesia un estado de vida caracterizado por un cierto "abandono del siglo": la vida religiosa. Este estado se fue distinguiendo del de los fieles que permanecían en las condiciones y actividades del mundo y que por eso se llaman seglares.

Habiendo reconocido después nuevos Institutos en los cuales los consejos evangélicos se profesan plenamente por fieles que permanecen en el mundo dedicándose a sus actividades para actuar desde dentro ("in saeculo ac veluti ex saeculo") para su salvación, la Iglesia los denominó Institutos Seculares.

El calificativo secular atribuido a estos Institutos tiene una connotación que podríamos llamar "negativa": no son religiosos (cfr. PC 11), ni se les debe aplicar la legislación o los procedimientos propios de los religiosos.

Pero el significado que realmente interesa y que los define en su vocación específica, es el "positivo": la secularidad expresa tanto una condición sociológica -el permanecer en el mundo-, como una actitud de compromiso apostólico con atención a los valores de las realidades terrenas que, partiendo de ellos, han de ser imbuidas de espíritu evangélico

Este compromiso se vive de forma distinta por los laicos y por los sacerdotes

En efecto, los primeros hacen de la búsqueda del reino de Dios, tratando los asuntos temporales y reordenándolos según Dios, la nota peculiar caracterizadora de su misma evangelización y testimonio de la fe en palabras y obras.

Los sacerdotes, en cambio - salvo en casos excepcionales (cfr. LG 31; PO 8)- no ejercen esa responsabilidad para con el mundo con una acción directa e inmediata en el orden temporal, sino con su acción ministerial y con su función de educadores de la fe (cfr. PO 6): éste es el medio más alto para contribuir a que el mundo se vaya perfeccionando constantemente, según el orden y el significado de la creación (cfr. Pablo VI, 2 de febrero de 1972) y para dar a los seglares "las ayudas morales y espirituales a fin de instaurar el orden temporal en Cristo" (AA 7). Significado de la creación (cfr. Pablo VI, 2 de febrero de 1972) y para dar a los seglares "las ayudas morales y espirituales a fin de instaurar el orden temporal en Cristo" (AA 7) .

Con motivo de la consagración, los Institutos Seculares son reconocidos entre los Institutos de vida consagrada, pero la característica de la secularidad los diferencia de cualquier otra forma de Institutos.

La fusión de la consagración y del compromiso secular en una misma vocación confiere a ambos elementos una nota original. La profesión plena de los consejos evangélicos hace que la unión más íntima con Cristo haga especialmente fecundo el apostolado en el mundo. El compromiso secular da a la profesión misma de los consejos, una modalidad especial y la estimula hacia una autenticidad evangélica cada vez mayor.


TERCERA PARTE

NORMATIVA JURÍDICA

La normativa jurídica de los Institutos Seculares estaba contenida en la constitución apostólica Provida Mater, en el Motu Proprio, Primo Feliciter, y en la instrucción Cum Sanctissimus de la Sagrada Congregación de Religiosos. La misma Sagrada Congregación fue autorizada a emanar normas nuevas para los Institutos Seculares "según la necesidad lo exija y la experiencia lo aconseje" (PM 11, § 2-2°).

E1 nuevo Código de Derecho Canónico, al tiempo que las abroga, recoge y actualiza las normas precedentes, presenta un cuadro legislativo sistemático, completo, fruto de la experiencia de estos años y de la doctrina del Concilio Vaticano II.

Seguidamente exponemos los elementos esenciales de esta normativa del código.

1. Institutos de vida consagrada (Liber II, Pars III, Sectio I)

La colocación de los Institutos Seculares en el código ya es de por sí significativa e importante, porque demuestra que éste hace suyas dos afirmaciones del Concilio (PC 11), ya contenidas en documentos anteriores:

a) Los Institutos Seculares son verdadera y plenamente Institutos de vida consagrada: el código habla de éstos en la sección De institutis vitae consacratae.

b) Pero no son religiosos, y el código incluye los dos tipos de Institutos bajo dos títulos diferentes: II. De institutis religiosis, III. De Institutis saecularibus.

De ello resulta que no se debe identificar "vida consagrada" con "vida religiosa", aunque lamentablemente esto ha sido hasta hoy bastante frecuente. El título 1. Normae communes, en los cc. 573-578, presenta una descripción de la vida consagrada que, por una parte, no es suficiente para definir la vida religiosa, pues ésta incluye otros elementos (cfr. c. 607); y, por otra, es más amplia, puesto que el valor de la consagración, que marca la entrega total a Dios con su sequela Christi y su dimensión eclesial, alcanza también a los Institutos Seculares.

Del mismo modo, la definición de los tres consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia (cfr. cc. 599-601) corresponde plenamente a los Institutos Seculares, si bien sus aplicaciones concretas deben estar de acuerdo con su naturaleza propia (cfr. c.598).

Los otros puntos tratados en el título 1, se refieren sobre todo, a aspectos de procedimiento. Nótese, entre otras cosas, que el reconocimiento diocesano, incluso de un Instituto Secular, exige la intervención de la Sede Apostólica (c. 579; cfr. cc. 583-584). Y esto, porque el Instituto Secular no constituye un estado transitorio para otras formas canónicas, como podían serlo las Pías Uniones o Asociaciones del código anterior, sino que es un Instituto de vida consagrada en sentido propio, que sólo puede erigirse como tal si posee todas las características necesarias y da suficiente garantía de solidez espiritual, apostólica e incluso numérica.

Volviendo a la afirmación de principio, también los Institutos Seculares llevan consigo una verdadera y auténtica vida de consagración. Por otra parte, el hecho de que se les dedique un título distinto, con normas propias, manifiesta la neta diferenciación de cualquier otro género de institutos.

2. Vocación original: índole secular (cc. 710-711)

La vocación en un Instituto Secular requiere que se aspire a la santificación o perfección de la caridad viviendo las exigencias evangélicas "in saeculo" (c. 710), "in ordinariis mundi condicionibus" (c. 714); y que el compromiso de cooperar en la salvación del mundo se realice "praesertim ab intus" (c. 710), "ad instar fermenti" y, para los laicos, no sólo "in saeculo" sino que también "ex saeculo" (c.713 § § 1-2).

Estas repetidas precisiones sobre el modo específico de vivir el radicalismo evangélico demuestran que la vida consagrada de estos Institutos se caracteriza precisamente por la índole secular, de modo que la coesencialidad y la inseparabilidad de la secularidad y la consagración hacen de esta vocación una forma original y típica de sequela Christi.

La vuestra es una forma de consagración nueva y original, sugerida por el Espíritu Santo (Pablo VI, 20 de septiembre de 1972).Ninguno de los dos aspectos de vuestra fisonomía espiritual puede ser supervalorado a costa del otro. Ambos son coesenciales.. estáis realmente consagrados y realmente en el mundo" (idem, ibid.).
Vuestro estado secular está consagrado (Juan Pablo II, 28 de agosto de 1980).

En virtud de esta originalidad, el c. 711 hace una afirmación de gran alcance jurídico: observando las exigencias de la vida consagrada, los laicos de los Institutos Seculares son laicos para todos los efectos (por eso se les aplican los cc. 224-231 sobre los derechos y obligaciones de los fieles laicos); y, a su vez, los sacerdotes de los Institutos Seculares se rigen por las normas del derecho común para los clérigos seculares.

También por esto, es decir, para no distinguirse formalmente de los demás fieles, algunos Institutos exigen mantener a sus miembros una cierta reserva sobre su pertenencia al Instituto.

Seguís siendo laicos, comprometidos en los valores seculares propios y peculiares del laicado (Pablo VI, 20 de septiembre de 1972).

No cambia vuestra condición: sois y os mantenéis laicos (Juan Pablo II, 28 de agosto de 1980).

El sacerdote que se asocia a un Instituto secular, precisamente en cuanto secular, permanece vinculado en íntima unión de obediencia y de colaboración con el Obispo (Pablo VI, 2 de febrero de 1972).

El código confirma, en varios cánones, que esta índole secular se entiende como situación ("in saeculo"), pero también en su aspecto teológico y dinámico, en el sentido indicado por la Evangelii Nuntiandi, es decir, en "el poner en práctica todas las posibilidades cristianas y evangélicas escondidas, pero a su vez ya presentes y activas en las cosas del mundo" (n. 70). Pablo VI dijo explícitamente (25 de agosto de 1976) que los "Institutos Seculares deben escuchar como dirigido sobre todo a ellos" este párrafo de la Evangelii Nuntiandi.

3. Los consejos evangélicos (c. 712)

La Iglesia exige, para reconocer a un Instituto de vida consagrada, el compromiso libre y explícito en la línea de los tres consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia, "donum divinum quod Ecclesia a Domino accepit" (c. 575 § 1); y reivindica su competencia en cuanto a la interpretación y normativa de los mismos (cfr. c.576).

El código (cc. 599-600-601) expone el contenido de los tres consejos evangélicos, pero remite al derecho propio de cada Instituto para las aplicaciones referentes a la pobreza y obediencia; respecto de la castidad reafirma la obligación de la continencia perfecta en el celibato. Por consiguiente, las personas casadas no pueden ser miembros en sentido estricto de un Instituto Secular, el c. 721 § 1-3° lo confirma diciendo que es inválida la admisión de un "coniux durante matrimonio".

Corresponde a las constituciones de cada Instituto determinar las obligaciones derivadas de la profesión de los consejos evangélicos, de modo que den garantía de que el estilo de vida de las personas ("in vitae ratione") sea capaz de dar testimonio según la índole secular.

Los consejos evangélicos -aun siendo comunes a otras formas de vida consagrada- adquieren un significado nuevo, de especial actualidad en el tiempo presente (Pablo VI, 2 de febrero de 1972).

Las constituciones deben determinar también el vínculo sagrado con el que se asumen los consejos evangélicos. El código no concreta los vínculos que se consideran sagrados pero a la luz de la Lex peculiaris, aneja a la constitución apostólica Provida Mater (art 111,2), éstos son: voto, juramento o consagración para la castidad en el celibato; voto o promesa para la obediencia y la pobreza.

4. El apostolado (c. 713)

Por el bautismo todos los fieles están llamados a participar en la misión eclesial de dar testimonio y proclamar que Dios "ha amado al mundo en su Hijo", que el Creador es Padre, que todos los hombres son hermanos (cfr. EN 26), así como de actuar de modos distintos en la edificación del Reino de Cristo y de Dios.

Los Institutos Seculares tienen un objetivo particular dentro de esta misión. El código dedica los tres párrafos del c. 713 a determinar la actividad apostólica que les está encomenda

El primer párrafo, válido para todos los miembros de los Institutos Seculares, destaca la relación entre consagración y misión: la consagración es un don de Dios cuya finalidad es participar en la misión salvífica de la Iglesia (cfr. c. 574 § 2). El que ha sido llamado, también ha sido enviado.

La consagración especial... debe impregnar toda vuestra vida y actividades diarias (Juan Pablo II, 28 de agosto de 1980).

Se afirma después que la actividad apostólica es un "ser dinámico" encaminado hacia la realización generosa del plan de salvación del Padre; es una presencia evangélica en el propio ambiente, significa vivir las exigencias radicales del Evangelio de modo que la vida misma llegue a ser fermento. Un fermento que los miembros de los Institutos Seculares están llamados a introducir en la trama de las vicisitudes humanas, en su trabajo, vida familiar y profesional, en solidaridad con los hermanos y colaborando con quien actúa en otras formas de evangelización. Aquí el código repite para todos los Institutos Seculares lo que el Concilio dice a los laicos: "suum proprium munus exercendo, spiritu evangelico ducti, fermenti instar" (LG 31).

Esta resolución os es propia: cambiar el mundo desde dentro (Juan Pablo II, 28 de agosto de 1980).

El segundo párrafo está dedicado a los miembros laicos. En la primera parte señala lo específico de los Institutos Seculares laicales: presencia y acción transformadora desde dentro del mundo para que se cumpla el plan divino de salvación. También aquí repite el código lo que el Concilio define misión propia de todos los laicos: "Laicorum est, ex vocatione propria, res temporales gerendo et secundum Deum ordinando, regnum Dei quaerere" (LG 31; cfr. también AA 18-19).

En efecto, con esta finalidad nacieron los Institutos Seculares, como recuerda igualmente el Concilio refiriéndose, a su vez, a la Provida Mater y al Primo Feliciter "Ipsa instituta propriam ac peculiarem indolem, saecularem scilicet, servent, ut apostolatum in saeculo ac veluti ex saeculo, ad quem exercendum orta sunt, efficaciter et ubique adimplere valeant" (PC 11).

En la segunda parte dice el párrafo que también los miembros de los Institutos Seculares, como todos los laicos, pueden prestar servicios dentro de la comunidad eclesial como, por ejemplo, catequesis, animación de la comunidad, etc. Algunos Institutos han asumido estas actividades apostólicas como objetivo propio, sobre todo en aquellas naciones donde se acusa más la necesidad de servicios de esta clase por parte de los laicos. El código sanciona legislativamente esta opción y hace esta importante precisión: "iuxta propriam vitae rationem saecularem".

El poner en evidencia la aportación específica de vuestro estilo de vida no debe inducir a infra valorar las otras formas de consagración a la causa del Reino, a las que también podéis estar llamados. Quiero referirme aquí a lo que se dice en el n. 73 de la exhortación Evangelii Nuntiandi cuando recuerda que los seglares también pueden sentirse llamados o ser llamados a colaborar con sus Pastores en el servicio de la comunidad eclesial, para el crecimiento y la vida de ésta, ejercien¬do ministerios muy diversos según la gracia y los carismas que el Señor quiera concederles (Juan Pablo II, 28 de agosto de 1980).

El tercer párrafo se refiere a los miembros clérigos, para los que también vale lo dicho en el § 1.

Declara que estos miembros han de tener una relación especial con el presbiterio: si los Institutos Seculares están llamados a una presencia evangélica en el propio ambiente, entonces, también se puede hablar de misión testimonial ante los demás sacerdotes.

...aportar al presbiterio diocesano no sólo una experiencia de vida según los consejos evangélicos y con ayuda comunitaria, sino también una sensibilidad justa de la relación de la Iglesia con el mundo (Juan Pablo II, 28 de agosto de 1980).

Además, el párrafo dice que la relación de la Iglesia con el mundo, del que los Institutos Seculares deben ser testimonios especializados, también debe ser objeto de atención y de actuación por parte de los sacerdotes miembros de estos Institutos, bien sea educando a los laicos a vivir adecuadamente dicha relación o también con su actuación específica en cuanto sacerdotes.

El sacerdote, en cuanto tal, tiene también él, lo mismo que el laico cristiano, una relación esencial con el mundo (Pablo VI, 2 de febrero de 1972)

El sacerdote, para estar cada vez más atento a la situación de los laicos...(Juan Pablo II, 28 de agosto de 1980).

Además de este párrafo, a los Institutos Seculares clericales se les dedica también el c. 715 referente a la incardinación, que es posible bien en la diócesis o bien al Instituto. Para la incardinación en el instituto se remite al c. 266, § 3, donde se dice que es posible "vi concessionis Sedis Apostolicae".

Los únicos casos en que los Institutos Seculares clericales tienen normas distintas de las de los laicos, en el título III son los dos cánones citados (713 y 715), la precisión del c. 711 ya mencionado, y la del c. 727 § 2 referente ala salida del Instituto. En los demás aspectos, el código no introduce distinciones.

5. La vida fraterna (c. 716)

La vocación que halla respuesta en un Instituto, es decir, que no es de personas aisladas, lleva consigo la vida fraterna "qua sodales omnes in peculiarem veluti familiam in Christo coadunantur" (c. 602).

Es esencial la comunión fraterna entre los miembros del mismo Instituto, y se lleva a cabo en la unidad del mismo espíritu, en la participación en un mismo carisma de vida secular consagrada, en la identidad de la misión específica, en la fraternidad de la recíproca relación y en la colaboración activa en la vida del Instituto (c. 716; cfr. c. 717 § 3).

La vida fraterna debe ser cuidada mediante encuentros e intercambios de distintas clases: de oración (y, de manera particular, los ejercicios espirituales anuales y retiros periódicos), confrontación de experiencias, diálogo, formación, información, etc.

Esta comunión profunda y los distintos medios para cultivarla, son de una importancia fundamental precisamente porque pueden ser muy variadas las formas concretas de vida: "vel soli, vel in sua quisque familia, vel in vitae fraternae coetu" (c. 714), bien entendido que la vida fraterna del grupo no debe asemejarse a la vida comunitaria de los religiosos.

6. La formación

La naturaleza de esta vocación de consagración secular, que exige un esfuerzo constante de síntesis de fe, consagración y vida secular, y la situación misma de las personas, que habitualmente están dedicadas a tareas y actividades seculares y con frecuencia viven aisladas, imponen que la formación de los miembros de los Institutos sea sólida y adecuada.

Esta necesidad se recuerda oportunamente en varios cánones, particularmente en el 719, donde se indican las principales obligaciones espirituales de cada uno: la oración constante, la lectura y meditación de la Palabra de Dios, los tiempos de retiro, la participación en la Eucaristía y en el sacramento de la Penitencia.

El c. 722 indica algunas directrices para la formación inicial, que tiende sobre todo a una vida según los consejos evangélicos y al apostolado; el c. 724 trata de la formación permanente "in rebus divinis et humanis, pari gressu". Se deduce que la formación debe acomodarse a las exigencias fundamentales de la vida de la gracia para personas consagradas a Dios en el mundo; debe ser muy concreta, enseñando a vivir los consejos evangélicos con gestos y actitudes de donación a Dios en el servicio a los hermanos, ayudando a descubrir la presencia de Dios en la historia y educando a vivir en la aceptación de la cruz con las virtudes de abnegación y mortificación.

Hemos de decir que todos los Institutos son muy conscientes de la importancia que tiene esta formación. Incluso tratan de ayudarse recíprocamente a nivel de Conferencias nacionales y de la Conferencia mundial.

7. Pluralidad de institutos

Los cc. 577 y 578 se aplican también a los Institutos Seculares. En éstos hay tal variedad de dones que da lugar a un pluralismo positivo en dos modos de vivir la común consagración secular de acuerdo con las intenciones y proyecto de los fundadores cuando fueron aprobados por la autoridad eclesiástica.

Con razón insiste el c. 722 en la necesidad de que los candidatos conozcan bien "la vocación propia del Instituto" y de que se ejerciten en ella según el espíritu e índole propios.

Por otra parte, dicha pluralidad es un hecho adquirido.

Siendo variadísimas las necesidades del mundo y las posibilidades de acción en el mundo y con los instrumentos del mundo, es natural que surjan diversas formas de actuación de este ideal, individuales y asociadas, ocultas y públicas, de acuerdo con las indicaciones del Concilio (cfr. AA 15-22). Todas estas formas son igualmente posibles para los Institutos Seculares y para sus miembros... (Pablo VI, 2 de febrero de 1972).

8. Otras normas del Código

Los demás cánones del título dedicado a los Institutos Seculares se refieren a aspectos que podríamos calificar como más técnicos. Con todo, muchas determinaciones se dejan a la competencia del derecho propio: se obtiene así una estructura sencilla y una organización flexible.

Los aspectos que tratan estos cánones son los siguientes: 717: régimen interno; 718: administración; 720-721: admisión en el Instituto; 723: incorporación al Instituto; 725: posibilidad de tener miembros asociados; 726-729: eventual separación del Instituto; 730: tránsito a otro Instituto.

Es digno de atención que en los cánones se habla de incorporación perpetua y de incorporación definitiva (cfr. en particular, el c.723). En efecto, algunas constituciones aprobadas establecen que el vínculo sagrado (votos o promesas) ha de ser siempre temporal, aunque con la intención de renovarlo al finalizar el término. En cambio, otras constituciones, la mayor parte, prevén que el vínculo sagrado, tras un determinado período de tiempo, sea o pueda ser asumido para siempre.

Cuando el vínculo sagrado se asume perpetuamente, la incorporación al Instituto se llama perpetua, con todos los efectos jurídicos que lleva consigo.

En cambio, si el vínculo sagrado es siempre temporal, las constituciones deben establecer que, tras un período de tiempo (no inferior a 5 años), la incorporación al Instituto se considere definitiva. El efecto jurídico más importante es que a partir de ese momento la persona adquiere en el Instituto plenitud de derechos y obligaciones; otros efectos deben establecerse en las constituciones.


Conclusión

La historia de los Institutos Seculares es todavía breve; por esto y por su misma naturaleza siguen abiertos a la actualización y adaptación.

Con todo, tienen ya una fisionomía bien definida a la que deben ser fieles en la novedad del Espíritu; con este fin, el Código de Derecho Canónico resulta un punto de referencia necesario y seguro.

Sin embargo, todavía no han sido bien conocidos ni comprendidos: quizá a causa de su misma identidad (la unión indisoluble de la consagración y de la secularidad) o también porque actúan sin distinguirse del propio ambiente, o porque no se les presta la debida atención, o incluso porque todavía hay en ellos algunos aspectos problemáticos sin resolver.

Los datos que presenta este documento sobre su historia, teología y normativa jurídica, podrán ser útiles para superar esta falta de conocimiento y para fomentar "entre los fieles una comprensión no aproximativa o acomodaticia, sino exacta y que respete las características propias de los Institutos Seculares" (Juan Pablo II, 6 de mayo de 1983).

Entonces será más fácil, incluso en el terreno pastoral, ayudar y proteger esta vocación especial para que sea fiel a su identidad, a sus exigencias y a su misión.

Congregación para los Religiosos e Institutos Seculares

Comunicación sobre el Código

 

El 27 de noviembre de 1983, ha entrado en vigor el nuevo Código de Derecho Canónico, derogando así las precedentes leyes eclesiales universales, así como las relativas a los Institutos Seculares.

Éstos se rigen por los cánones 573-602 y 606 (normas comunes a todos los Institutos de Vida consagrada) y por los cánones 710-730.

La presente comunicación no quiere ser ni un comentario, ni una explicación de esos cánones, sino únicamente responder a la pregunta: ¿Cómo examinar de nuevo las Constituciones propias de cada Instituto a la luz del Código?

I. PRINCIPIOS ESCLARECEDORES

1. En la materia que afecta directamente a los Institutos Seculares, el Código no introduce modificaciones sustanciales. Su naturaleza, tal como está definida en la Provida Mater, Primo feliciter, los documentos conciliares y los discursos de los Papas, es confirmada teológica y jurídicamente: consagración con compromisos a los consejos evangélicos - situación y apostolado seculares - flexibilidad de organización.

2. Las traducciones del Codigo a los distintos idiomas, incluso si están autorizadas por las Conferencias Episcopales, no son el texto oficial, sino que éste es el constituido por la edición en latín.

3. Los comentarios, generalmente muy útiles para comprender bien el texto, no constituyen sin embargo su interpretación auténtica: ésta solamente puede ser dada por la Sede Apostólica.

Sigue siendo muy importante referirse a las fuentes (es decir a los do¬cumentos precedentes y al Magisterio Eclesial, que el Código toma en cuenta), así como a la praxis de la Sagrada Congregación.

4. Cuando los cánones hablan de "constituciones" se trata del texto fundamental de cada Instituto, aunque se designe con un nombre diferente como: estatuto, regla de vida u otro. Es el texto aprobado por la autoridad competente de la Iglesia.

Por el contrario, cuando hablan de "derecho proprio", comprende también además de las constituciones, otros textos normativos de los Institutos, como: el directorio, las normas de aplicación, las normas complementarias, el reglamento. A este respecto ver el canon 587.

II. PRECISIONES JURIDICAS

El Código da normas obligatorias para todos los Institutos: estas normas son efectivas incluso si las constituciones no las recogen. Por ejemplo: las condiciones de admisión, c. 721.1.

Las constituciones pueden ser más exigentes que las reglas del Código, mientras que no pueden exigir menos, ni proponer prescripciones contrarias a las del Código.

Con frecuencia el Código declara que corresponde a cada Instituto fijar normas concretas sobre los puntos particulares. Poniéndolas de relieve se puede hacer la distinción siguiente:

1. Los puntos que deben prescribir las constituciones:

- Una clara presentación del Instituto: naturaleza, fin, espiritualidad, rasgos característicos (c. 578, al cual remite el c. 587-1); por tanto todo lo que es esencial a la definición de un Instituto Secular, y especialmente de un Instituto determinado.

- Los compromisos sagrados por los cuales son asumidos los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia, y las obligaciones que comportan en un estilo de vida secular (c. 712; éste remite a los cánones 598-601, y retoma en sustancia la exigencia final del canon 587.1 y sobre todo la del c. 598.1). Para los compromisos, se puede elegir entre los que estaban previstos en la Ley peculiar unida a la Provida Mater: voto, juramento o promesa para la castidad; voto o promesa para la pobreza y la obediencia.

- Las reglas fundamentales relativas al gobierno (c. 581.1), en particular: la autoridad de los responsables y de las Asambleas (c. 596.1); la forma y el modo de gobierno, el modo de nombrar los responsables, la duración de los cargos (c. 717.1).

- Si las constituciones prevén la subdivisión del Instituto en otras partes, como: zonas, regiones, naciones..., entonces, quien tiene competencia para erigirlas, determinarlas, suprimirlas (c. 581 y c.585).

- Las reglas fundamentales relativas a las diferentes obligaciones asumidas por los miembros (c. 587.1; ver por ejemplo c.719 sobre la oración).

- Las reglas fundamentales referentes a la incorporación y la formación (c. 587.1) y en particular:

- qué Superior con su Consejo (y las constituciones deben precisar si el voto del Consejo debe ser deliberativo o Consultivo) tiene el derecho de admitir:

- en el Instituto, a la formación, a la incorporación tanto temporal como perpetua o definitiva (c. 720);

- cuál es la duración del tiempo de formación, y no debe ser inferior a dos años (c. 722.3);

- cuál es la duración de la incorporación temporal, y no debe ser inferior a cinco años (c. 723.2);

- cuáles son los efectos de la incorporación definitiva (c. 723.4); a este respecto ver más abajo el título IV);

-cómo asegurar la formación permanente (c.724.1);

- qué eventuales impedimentos para la admisión quiere añadir el Instituto a los previstos por el Código (c. 721.2).

- El estilo de vida en las situaciones ordinarias (c. 714), y el compromiso de vida fraterna (c.602; ver c.716).

- Si el Instituto tiene miembros asociados, cuál es su vínculo con el Instituto (c.725).

- Para conceder la dispensa de los compromisos perpetuos contraídos en un Instituto de Derecho Diocesano, cuál es el Obispo competente: el de la sede del Instituto, o el del lugar donde reside el interesado (c.721.1). En un Instituto de Derecho Pontificio, sólo es competente la Sede Apostólica.

- Para la expulsión qué causas cree el Instituto que debe añadir a las previstas por el Código (c.729).

(Cánones citados más arriba, en su orden numérico: 578, 581, 585, 587.1, 596.1, 602, 712, 714, 717.1, 720, 721.2, 722.3, 723.2 y 4, 724.1, 725, 727.1, 729).

2. Los puntos que debe expresar el derecho propio: (sean las constituciones, sea el directorio u otro texto).

- Para la admisión: Las cualidades eventuales requeridas por el Instituto, además de las previstas por el Código (c.597.1).

- Para el consejo evangélico de pobreza: las normas concretas en cuanto a la limitación en el uso y en la disposición de los bienes (c. 600); el modo de administrar los bienes del Instituto y las eventuales obligaciones de orden económico entre el Instituto y los miembros (c.718).

- En lo que concierne a los bienes del Instituto, el canon remite al libro V del Código, porque los bienes que pertenecen a una persona pública en la Iglesia, como son los Institutos Seculares, son "bienes eclesiásticos" sujetos a normas particulares (c.1257.1).

- Cómo debe entenderse la participación en la vida del Instituto (c. 716.1) y las precisiones concernientes a los retiros, ejercicios espirituales, etc. (c.719).

(Cánones citados arriba en su orden numérico: 597.1,600,716.1;718,719; ver también 598.2).

III. SUGERENCIASPARA LA PUESTA EN PRÁCTICA

A la vista de todo lo que se acaba de decir, los Institutos Seculares no tienen que preocuparse de rehacer sus constituciones, si han sido aprobadas recientemente.
Pero he aquí lo que se les pide que hagan:

1. E1 gobierno central, directamente o por medio de una comisión de trabajo bajo su responsabilidad, debe controlar si las constituciones (y el directorio) expresan todo lo que requiere el Código. Se impone en particular una verificación de las precisiones que no se exigían hasta el presente, es decir: que la duración de la primera formación no sea inferior a dos años, y que la duración de la incorporación temporal no sea inferior a cinco años.

2. Después de haber localizado los puntos a precisar en las constituciones (y en el directorio), el gobierno central procede a las modificaciones. No es necesario someterlas previamente a la Asamblea general; se hará en la primera ocasión. Naturalmente se debe informar de ello a todos los miembros, y comunicarlo a la Sagrada Congregación así como al Obispo si el Instituto es de Derecho Diocesano.

3. Este trabajo debe hacerse tan pronto como sea posible. Pero todo elemento nuevo introducido en las constituciones es válido sólo para el futuro, no para el pasado (las leyes no son "retroactivas").

IV. LA INCORPORACIÓN DEFINITIVA

Después del período de formación, un miembro se incorpora al Instituto de manera temporal.

Después, cuando asume para siempre sus compromisos sagrados con miras a una consagración a Dios perpetua, la incorporación al Instituto es también perpetua.

Sin embargo, ciertos Institutos prevén en sus constituciones que la consagración a Dios perpetua en la intención, sea o pueda ser siempre renovada por un compromiso temporal (habitualmente anual).

En el caso en que los compromisos sean siempre renovados temporalmente, el Código precisa que, a partir de un cierto momento fijado por las constituciones - y que no puede situarse en menos de cinco años después de la primera incorporación - la incorporación al Instituto se convierte en definitiva (c. 723.3), asimilada a la perpetua (c. 723.4) para los efectos jurídicos siguientes:

1. Según el derecho común

- En el momento en que la incorporación llega a ser definitiva, un acto formal de admisión debe ser realizado por el superior competente (un "superior mayor" determinado), con el voto de su Consejo;

- después que la incorporación se convirtió en definitiva los superiores no pueden, a menos que haya motivos muy graves, decidir la no admisión de un miembro a renovar sus votos; en este caso, en efecto, la no admisión equivale a un despido;

- no obstante, la persona permanece siempre libre para dejar el Instituto sin pedir dispensa particular cuando no renueva sus compromisos al terminar el período para el cual los había contraído.

2. Según las propias constituciones

- Por la incorporación definitiva, el miembro adquiere la plenitud de derechos en el Instituto, como el de ser elegido para los diferentes cargos. Pero las constituciones pueden añadir condiciones particulares para asumir ciertos cargos (una edad mínima, por ejemplo); o bien pueden prever el admitir también, para otros cargos determinados, a miembros que no tienen la incorporación definitiva.

Roma, 18 de enero de 1984
De la Sección de Institutos Seculares

Introducción al III Congreso Mundial De Los Institutos Seculares
Cardenal J. Jérôme Hamer - 1984

 

Me siento muy feliz de estar aquí y de tener la ocasión de tomar contacto con vosotros como Pro-Prefecto de la Congregación para los Religiosos y los Institutos Seculares, cargo que ocupo desde hace cuatro meses y medio.

Antes de afrontar el tema de los Institutos Seculares y sobre todo de la formación, tengo que decirles que, a mi juicio, no existe en Roma una función más interesante que esa de la que me debo ocupar ahora: ser el portavoz del Santo Padre para la vida Consagrada en la Iglesia. Siendo el portavoz del Santo Padre, estoy al mismo tiempo a vuestro servicio, puesto que si el Santo Padre es "el siervo de los siervos de Dios", esto vale mucho más para sus colaboradores.

Me propongo ahora hacer una introducción al tema de la formación demostrando que ella debe estar necesariamente condicionada por la naturaleza y por las exigencias propias de los Institutos Seculares. E1 Derecho Canónico, que ha sido recientemente promulgado y puesto en vigencia, ha valorado todavía más la situación, el nivel - si nos podemos expresar así - de los Institutos Seculares, en la Iglesia. Ellos constituyen una forma de vida Consagrada, la cual, como tal, se encuentra en el mismo rango de la vida religiosa.

La definición de la vida Consagrada se realiza tanto en la vida religiosa como en la de los Institutos Seculares. En ambos casos se trata de una forma estable de vida caracterizada por la profesión de los consejos. Una forma de vida que trata de seguir a Cristo más de cerca y que ha sido concebida para alcanzar la perfección. Por lo tanto, la misma estructura del libro de Derecho Canónico que trata sobre la vida Consagrada, reconoce el mismo valor a la vida religiosa y a los Institutos Seculares. En efecto, le reserva dos "títulos", por lo tanto, dos partes de igual dignidad dentro de la sección reservada a los Institutos de vida Consagrada.

Los Institutos Seculares tienen cuatro características y cada una de ellas se refleja en la formación:

1. La consagración a través de la profesión de los consejos evangélicos.
2. La secularidad o condición secular.
3. E1 apostolado.
4. La vida fraterna.

1. La consagración en los Institutos Seculares es total. Ella comprende pues:

- la castidad por el reino de Dios: la continencia en el celibato y la renuncia al ejercicio legítimo de la sexualidad genital;
- la pobreza: la limitación y la dependencia en el uso y en la disponibilidad de los bienes y ello en el marco de una vida realmente pobre;
- la obediencia: la obligación a someter la voluntad a los superiores legítimos en cuanto representantes de Dios.

Esta consagración es rectificada con vínculos que son: ya sea de votos, de juramentos, de consagraciones, como de promesas. Entre los tres consejos evangélicos, la castidad merece una atención particular desde el momento que debe ser asumida tanto con un voto, un juramento como con una consagración, mientras que para los otros dos consejos puede bastar la promesa.

2. E1 punto importante y determinante, el que ha sido puesto constantemente en evidencia, aunque no siempre es bien entendido, es la secularidad. Los miembros de un Instituto Secular viven en el mundo. Ellos operan por la santificación del mundo y, especialmente, a partir desde dentro del mundo. Es más bien difícil traducir en francés* la expresión latina "ab intus", "que proviene del interior". A este punto de la secularidad me complace transcribir algunas palabras del documento de Pío XII -"Primo Feliciter"-: "Se ha de tener siempre presente lo que en todos debe aparecer como propio y peculiar carácter de los Institutos, esto es, el Secular, en el cual consiste toda la razón de su existencia". "La perfección (de la vida Consagrada) ha de ejercitarse y profesarse en el siglo". La consagración en los Institutos Seculares no modifica la condición canónica de los miembros, salvo las disposiciones del derecho a propósito de los Institutos de vida Consagrada. El miembro perma¬nece laico o clérigo y a él se aplican todos los derechos y todas las obligaciones de la condición en la que se encuentra. Esto pone una vez más en evidencia un aspecto de la secularidad.

Otro aspecto es su forma de vida. Los miembros de los Institutos Seculares viven en las condiciones ordinarias del mundo. A este propósito se dan tres posibilidades: o viven solos, o en su familia, o en grupos de vida fraterna, según las Constituciones, pero en el respeto total de su secularidad. Como los demás laicos, pueden tomar espontáneamente la iniciativa de vivir juntos, aunque no sea más que por motivos prácticos. Este punto es muy importante para hacer evidente la diferencia entre los Institutos Seculares y los Institutos religiosos, puesto que la vida en común es por sí misma esencial e inseparable del estado religioso; esencial e indispensable es vivir bajo el mismo techo, tener los mismos superiores y desarrollar actividades comunes que son propias de esta "vida juntos". Se debe destacar esta diferencia porque ella marcará considerablemente todo el Proceso formativo.

Subrayo pues que los miembros de los Institutos Seculares viven en las condiciones, ordinarias del mundo.

3. Otra característica es el apostolado. El apostolado deriva de la misma consagración. Para retomar los términos de "Primo feliciter": "Toda la vida de los miembros de los Institutos Seculares, debe convertirse en apostolado". Y ese apostolado no sólo debe ser ejercido en el mundo - y aquí se retoma nuevamente los términos de "Primo Feliciter" que dice más explícitamente el Derecho Canónico, cuanto sigue -: "no sólo en el siglo, sino como desde el Siglo; y, por lo mismo, en profesiones, ejercicios, formas y lugares correspondientes a estas circunstancias y condiciones".

El Derecho Canónico retoma a este propósito la imagen sugestiva utilizada por el Concilio (LG 31; cfr. PC 11), para mostrar cómo actúa este apostolado en el mundo, en la condición secular, "ad instar fermenti", como fermento. Queda bien entendido que el apostolado será diferente según se trata de miembros laicos o de miembros clérigos.

Para los laicos acontecerá a través del testimonio de su vida cristiana y de la fidelidad a su propia consagración. Esto será una contribución para que las realidades temporales sean comprendidas y vividas según Dios y para que el mundo sea vivificado por el Evangelio. Sin embargo, esto no requiere que los laicos miembros de los Institutos Seculares sean más laicos que los otros laicos. Del mismo modo de todos los laicos, ellos colaborarán con su comunidad eclesial en el estilo que les es propio; participarán en la preparación del culto; serán catequistas, eventualmente serán ministros extraordinarios de la eucaristía, desde el momento que estas son funciones accesibles de parte de los laicos, aunque aveces se trata de funciones de suplencia del clero, como sucede en el caso de los ministros extraordinarios de la eucaristía.

Entonces, el apostolado de los miembros laicos es sobre todo en consideración de las realidades temporales en las cuales ellos deben hacer entrar una anticipación del reino de Dios.

E1 apostolado de los miembros clérigos, de los presbíteros, consistirá en la caridad apostólica de la ayuda a sus hermanos: a este propósito pienso en primer lugar a sus hermanos de los Institutos Seculares. Luego será el testimonio de vida consagrada según las constituciones de su Instituto; será la santificación del mundo a través de su específico ministerio sagrado. En efecto, convirtiéndose en miembro de un Instituto Secular, el sacerdote permanece ministro sagrado; es este ministerio el que él pone al servicio de la santificación del mundo.

4. Última característica: la vida fraterna. Hemos visto que la vida en común bajo el mismo techo no pertenece por sí a la naturaleza de un Instituto Secular, mientras que es propia de una vida fraterna. Existe entre los miembros de un mismo Instituto Secular una comunión especial. Su consagración en un Instituto particular crea lazos recíprocos y específicos que se manifiestan de distintas maneras. Una solidaridad propia del Instituto Secular que se manifiesta en las relaciones con los superiores: son los mismos superiores para todos: que se manifiesta en la vida: son las mismas reglas que crean una similitud; que se manifiesta en los encuentros: que serán reconocidos necesarios por las constituciones precisamente para salvaguardar esta vida fraterna y ciertos momentos fuertes que hay que pasar juntos. Existe también la ayuda recíproca bajo diferentes formas, puesto que no existe una comunión fraterna sin ella.

Estas cuatro características condicionan la formación. Entonces, corresponde a vuestro Congreso, aquí reunidos, formular informaciones, sugerencias y estimular así una benéfica emulación.

E1 Derecho Canónico ha previsto para vosotros etapas en la formación. Yo diría, etapas durante todo el desarrollo de una vida consagrada en un Instituto Secular. Vosotros las conocéis: se trata de la prueba inical, de la primera incorporación y también de la incorporación perpetua, o eventualmente definitiva.

Esta formación consistirá - así parece - en tres cosas:

a) Debe mirar a la vida Consagrada. La vida Consagrada en su substancia no cambia. Ella es el resultado de una larga tradición espiritual en la Iglesia de la que ha recibido su encuadramiento, su legitimación y las condiciones para su reconocimiento canónico. La formación a la vida consagrada es pues de gran importancia.
b) Viene luego la formación a las actividades profesionales, sobre la cual el Santo Padre ha llamado vuestra atención con ocasión de vuestro último encuentro con él, si vosotros vivís en las realidades temporales en vistas del Reino de Dios, estas realidades manifiestan específicas exigencias y requieren una preparación técnica.
c) Y finalmente, la preparación al apostolado.

Son los tres campos - me parece - específicos de la acción formativa.

¿Quién debe hacer esta formación? A este propósito diréis lo que dice vuestra experiencia. Es claro que para la formación profesional, el miembro de un Instituto Secular no irá a pedirla a sus superiores. Más vale, él la pedirá a organismos y a personas competentes, a las universidades, a los laboratorios, a las escuelas profesionales. Pero es importante que los superiores sepan - y un canon del Derecho Canónico trata sobre ello - que ellos tienen una responsabilidad particular para la formación espiritual. Cuando se trata de la formación a la vida Consagrada en un particular Instituto, es aquí donde el superior y sus colaboradores son insustituibles.

Concluyo repitiendo una expresión ya conocida: la vida Consagrada en un Instituto Secular "es una opción extremadamente difícil, pero es también una opción importante y de gran generosidad".

Discurso al III Congreso Mundial de Institutos Seculares
S. S. Juan Pablo II, 28 de agosto de 1984

 

Me siento verdaderamente feliz al recibiros una vez más, con ocasión del Congreso mundial de los Institutos Seculares, convocado para tratar el tema: "Objetivos y contenidos de la formación de los miembros de los Institutos Seculares".

Es el segundo encuentro que tengo con vosotros, y en los 4 años que han transcurrido desde el anterior, no han faltado ocasiones para dirigir la palabra a uno u a otro Instituto.

He tenido una oportunidad especial, en la que he hablado de vosotros y para vosotros. El año pasado, al finalizar la reunión plenaria en la que la Congregación para los Religiosos e Institutos Seculares trató sobre la identidad y la misión de vuestros Institutos, recomendé; entre otras cosas, a los Pastores de la Iglesia «facilitar entre los fieles una comprensión no aproximativa o acomodaticia, sino exacta y que respete las características propias de los Institutos Seculares» (AAS, 75, n. 9 pág. 687, L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 12 junio 1983, pág. 11). También toqué un punto que entra en el tema de la formación, que afrontáis estos días: por una parte, exhortando a los Institutos Seculares a hacer más intensa su comunión eclesial; y por otra recordando a los Obispos que ellos tienen la responsabilidad de «ofrecer a los Institutos Seculares toda riqueza doctrinal que necesitan» (ib., pág. 668; L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, l.c.).

Hoy me resulta muy grato directamente a vosotros, responsables de los Institutos y encargados de la formación, para confirmar la importancia y la grandeza de la misión formativa. Se trata de un compromiso primario, entendido tanto en orden a la propia formación, como en orden a la responsabilidad, de contribuir a la formación de todos los que pertenecen al Instituto, con especial cuidado en los primeros años, pero con prudente atención también después, siempre.

Ante todo y sobre todo, os exhorto a dirigir una mirada al Maestro Divino, a fin de obtener luz para esta tarea.

Puede leerse también el Evangelio como relación de la obra de Jesús con sus discípulos. Jesús proclama desde el comienzo el "alegre anuncio" del amor paternal de Dios, pero luego enseña gradualmente la profunda riqueza de este anuncio, se revela gradualmente a sí mismo y al Padre, con paciencia infinita, comenzando de nuevo, si es necesario: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me habéis conocido?» (Jn 14, 9). Podemos leer el Evangelio también para descubrir la pedagogía de Jesús, al dar a los discípulos la formación de base, la formación inicial. La "formación permanente" -como se dice- vendrá después, y la realizará el Espíritu Santo, que llevará a los Apóstoles a la comprensión de todo lo que Jesús les había enseñado, les ayudará a llegar a la verdad completa, a profundizar en la vida, en un camino hacia la libertad de los hijos de Dios (cf. Jn 14, 26; Rom 8, 14 ss.).

De esta mirada a Jesús y a su escuela viene la confirmación de una experiencia que tenemos todos: ninguno de nosotros ha alcanzado la perfección a la que está llamado; cada uno de nosotros está siempre en formación, está siempre en camino.

Escribe San Pablo que Cristo debe ser formado en nosotros (cf. Gal 4, 19), así como también podemos «conocer la caridad de Cristo, que supera toda ciencia» (Ef 3, 19). Pero esta comprensión sólo será plena cuando estemos en la gloria del Padre (cf. 1 Cor 13, 12).

Es un acto de humildad, de valentía y de confianza tener conciencia de estar siempre en camino, lo cual se ve y se aprende en muchas páginas de la Escritura. Por ejemplo: el camino de Abraham desde su tierra a la meta que desconoce y a la cual lo llama Dios (cf. Gen 12, 1 ss.); el peregrinar del pueblo de Israel desde Egipto a la tierra prometida, de la esclavitud a la libertad (cf. Ex); la subida misma de Jesús hacia el lugar y el momento en que, levantado de la tierra atraerá a todo a sí (cf. Jn 12, 32).

Acto de humildad, decía, que hace reconocer la propia imperfección; de valentía, para afrontar la fatiga, las decepciones, las desilusiones, la monotonía de la repetición y la novedad de volver a comenzar; sobre todo, de confianza, porque Dios camina con nosotros, más aún: el camino es Cristo (cf. Jn 14, 6), y el artífice primero y principal de toda formación cristiana es, no puede ser otro más que Él. Dios es el verdadero Formador, aun sirviéndose de circunstancias humanas: «Señor, tú eres nuestro Padre; nosotros somos la arcilla, y Tú nuestro alfarero, todos somos obra de tus manos» (Is 64, 7).

Esta convicción fundamental debe guiar el compromiso tanto para la propia formación como para la aportación que podemos estar llamados a dar en la formación de otras personas. Situarse con actitud justa en la tarea formadora, significa saber que es Dios quien forma, no nosotros. Nosotros podemos y debemos convertirnos en ocasión e instrumento suyo, respetando siempre la acción misteriosa de la gracia.

Por consiguiente, la tarea formadora sobre quienes nos han sido confiados está orientada siempre, a ejemplo de Jesús, hacia la búsqueda de la voluntad del Padre: «No busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió» (Jn 5, 30). Efectivamente, la formación, en última instancia, consiste en crecer en la capacidad de ponerse a disposición del proyecto de Dios sobre cada uno y sobre la historia, en ofrecer conscientemente la colaboración a su plan de redención de las personas y de la creación, en llegar a descubrir y a vivir el valor de la salvación encerrado en cada instante: «Padre nuestro, hágase tu voluntad» (Mt 6, 9-10).

Esta referencia a la divina voluntad me lleva a recordar una orientación que ya os di en nuestro encuentro de 1980: en cada momento de vuestra vida y en todas vuestras actividades cotidianas debe realizarse «una disponibilidad total a la voluntad del Padre, que os ha colocado en el mundo y para el mundo» (AAS 72, n. 7, pág 1021; L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 21 septiembre 1980, pág. 2). Y esto -os decía además- significa para vosotros una especial atención a tres aspectos que convergen en la realidad de vuestra vocación específica en cuanto miembros de Institutos Seculares:

El primer aspecto se refiere a seguir a Cristo más de cerca por el camino de los consejos evangélicos, con una donación total de sí a la persona del Salvador para compartir su vida y su misión. Esta donación, que la Iglesia reconoce ser una especial consagración, se convierte también en contestación a las seguridades humanas cuando son fruto del orgullo; y significa más explícitamente el "mundo nuevo" querido por Dios e inaugurado por Jesús (cf. Lumen gentium, 42; Perfectae caritatis, 11).

El segundo aspecto es el de la competencia en vuestro campo específico, aun cuando sea modesto y común, con la «plena conciencia del propio papel en la edificación de la sociedad» (Apostolicam actuositatem, 13), necesaria para, «servir con creciente generosidad y suma eficacia» a los hermanos (Gaudium et spes, 93). De este modo será más creíble el testimonio: «en esto conoceréis todos que sois mis discípulos: si tenéis amor unos para con otros» (Jn 13, 35).

El tercer aspecto se refiere a una presencia transformadora en el mundo, es decir, dar «una aportación personal para que se cumplan los designios de Dios en la historia» (Gaudium et spes, 34), animando y perfeccionando el orden de las realidades temporales con el espíritu evangélico, actuando desde el interior mismo de estas realidades (cf. Lumen gentium, 31; Apostolicam actuositatem, 7, 16, 19).

Os deseo, como fruto de este Congreso, que continuéis en la profundización, sobre todo llevando a la práctica los medios útiles para poner el acento formativo en los tres aspectos aludidos y en todo otro aspecto esencial, como, por ejemplo, la educación en la fe, en la comunión eclesial, en la acción evangelizadora: y unificando todo en una síntesis vital, precisamente para crecer en la fidelidad a vuestra vocación y a vuestra misión, que la Iglesia estima y os confía, pues reconoce que responden a las expectativas suyas y de la humanidad.

Antes de concluir, quisiera subrayar todavía un punto fundamental: esto es, que la realidad última, la plenitud, está en la caridad. «El que vive en el amor, permanece en Dios, y Dios en Él» (1 Jn 4, 16). También la finalidad última de toda vocación cristiana es la caridad; en los Institutos de vida consagrada, la profesión de los consejos evangélicos viene a ser su camino maestro, que lleva a Dios amado sobre todas las cosas y a los hermanos, llamados todos a la filiación divina.

Ahora bien, dentro de la misión formadora, la caridad encuentra expresión y apoyo y madurez en la comunión fraterna, para convertirse en testimonio y acción.

A vuestros Institutos, a causa de las exigencias de inserción en el mundo, postuladas por vuestra vocación, la Iglesia no les exige la vida común que, en cambio, es propia de Institutos Religiosos. Sin embargo, pide, una «comunión fraterna, enraizada y fundamentada en la caridad», que haga de todos los miembros como «una familia peculiar» (canon 602); pide que los miembros de un mismo Instituto Secular «vivan en comunión entre sí tutelando con solicitud la unidad de espíritu y la fraternidad genuína» (canon 716, 2).

Si las personas respiran esta atmósfera espiritual, que presupone la más amplia comunión eclesial, la tarea formativa en su integridad no fallará en su finalidad.

Para concluir, nuestra mirada retorna a Jesús.

Toda formación cristiana se abre a la plenitud de la vida de los hijos de Dios, de manera que el sujeto de nuestra actividad, es en el fondo, Jesús mismo: «ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí» (Gal 2, 20). Pero esto sólo es verdad si cada uno de nosotros puede decir: «estoy crucificado con Cristo», ese Cristo «que se entregó por mí» (ib.).

Es la ley sublime del seguimiento de Cristo: abrazar la cruz. El camino formativo no puede prescindir de ella.

Que la Virgen Madre os sirva de ejemplo también a este propósito. Ella que -como recuerda el Concilio Vaticano II- «mientras vivió en este mundo una vida igual a los demás, llena de preocupaciones familiares y de trabajo» (Apostolicam actuositatem, 4), «avanzó en la peregrinación de la fe, y mantuvo fielmente su unión con el Hijo hasta la cruz» (Lumen gentium, 58).

Y que se prenda en la protección divina la bendición apostólica, que de todo corazón os imparto a vosotros y a todos los miembros de vuestros Institutos.

;S. S. JUAN PABLO II, 28 DE AGOSTO DE 1984

Congregación para los Religiosos e Institutos Seculares (CRIS)
Carta a los moderadores generales


CRITERIOS
para redactar el informe sobre la situación y la vida de los Institutos Seculares
que se enviará periódicamente a la Sede Apostólica.

 

La Sede Apostólica tiene gran estima de la vida secular consagrada de los Institutos, de su fecunda promoción espiritual y apostólica, y atiende con verdadera solicitud sus múltiples necesidades.

Por este motivo es muy importante que la comunión de los Institutos con la misma Sede Apostólica, como lo pide el can. 592 § 1, sea favorecida constantemente mediante oportunas informaciones sobre la situación y la vida de los Institutos. De este modo podrá compartir en el Señor las circunstancias, tanto felices como adversas (cfr. Rom. 12, 15) y, según los casos y posibilidades, podrá ofrecer su ayuda pastoral.

Con este fin, la Congregación para los Religiosos e Institutos seculares desea proponer algunos criterios para la redacción de los informes que los Moderadores Supremos de los Institutos seculares han de transmitir a la Sede Apostólica.

1 - El informe que el Moderador Supremo debe enviar a esta Congregación podrá ser el presentado a la Asamblea general del Instituto, incluso en forma abreviada, adjuntando las Actas de la misma Asamblea. Se ruega a los Moderadores Supremos que envíen el Informe por primera vez a partir de la celebración de la próxima Asamblea general ordinaria.

2 - El informe deberá recoger en todo caso los puntos siguientes:

a) una estadística sintética de los miembros;

b) la actividad vocacional y las esperanzas sobre el futuro crecimiento del Instituto;

c) cómo se realiza el compromiso apostólico de los individuos; la formación inicial y permanente; la comunión fraterna según el espíritu del Instituto, y la relación entre los Responsables y los miembros;

d) el sentido eclesial en las relaciones con la Sede Apostólica y con los Obispos diocesanos. La participación en las Conferencias, tanto mundial como nacional;

e) si el Instituto, como tal, desarrolla una actividad, información sobre la acción apostólica, social, asistencial;

f) el estado económico del Instituto, de modo genérico, indicando si existen dificultades en esta materia;

g) las posibles dificultades más importantes que se refieren, sobre todo, a la vida y al apostolado del Instituto;

h) otros aspectos que describan mejor la situación real del Instituto.

La Congregación para los Religiosos e Institutos seculares, al tiempo que solicita dichas informaciones, invoca para los Institutos seculares y para cada uno de sus miembros, "paz y caridad con fe de parte de Dios Padre y del Señor Jesucristo" (Ef 6, 23).

Roma, 2 de enero, Año Mariano de 1988.

f. Hieronymus M. Card. Hamer, O.P.
Praef.

+ Vincentius Fagiolo
Archiep. em. Theat. Vasten.
Secr.

Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Asociaciones de Vida Apostólica

Orientaciones prácticas

 
Primeros pasos para la fundación de un Instituto secular

1. De acuerdo con la praxis recomendada por este Dicasterio, antes de llegar a la erección canónica de un Instituto secular, se recomienda que los Ordinarios diocesanos interesados procedan a la constitución de una Asociación pública, según el canon 312, parágrafo 1, 3°.

2. Es muy importante definir bien el carisma del fundador o de la fundadora, la espiritualidad y el apostolado propio de la Asociación.

3. Comprobada la naturaleza del carisma, la autenticidad de vida, la utilidad, la vitalidad, la eficacia y la estabilidad del grupo, el Obispo puede erigir la Asociación pública aunque sean pocas personas. En el Decreto de erección de la Asociación es importante insertar la siguiente frase: "en vista de ser erigida en Instituto secular de derecho diocesano". Con esta frase, los miembros pueden llevar una vida de modo análogo a aquélla de los miembros de los Institutos seculares.

4. La estructura jurídica de la Asociación debe ser, desde el comienzo, la que se piensa tener cuando sea erigida en Instituto secular, siguiendo las normas del Código dedicadas a los mismos (cánones 710-730), teniendo en cuenta, naturalmente, el número actual de miembros y la difusión de la Asociación.

5. Por tanto, los miembros pueden:

1) emitir los votos (o promesas u otros vínculos) que se hacen en un Instituto secular, pero no son considerados vínculos sagrados, y caducan con la salida de la Asociación autorizada por el Obispo diocesano;

2) tener una formación propia;

3) ser regidos por un gobierno propio, teniendo en cuenta el número de miembros definitivamente incorporados;

4) ser aceptados como tales en otras diócesis.

6. El procedimiento de disolución de la Asociación sigue los cánones 729, 694-704, con las necesarias adaptaciones. Los cánones 726, 727 y 730 no son aplicables a la Asociación.

7. El modo de vivir en la Asociación facilitará el paso a la vida propia de un Instituto secular erigido canónicamente.

8. El Obispo que erige la Asociación tiene el derecho de aprobar, aunque sea ad experimentum, sus Estatutos. Para la redacción del texto, sería oportuno valerse de un canonista experto en esta materia.

9. Cuando la Asociación alcance cerca de 40 miembros incorporados, el Obispo diocesano de la sede principal podrá consultar a la Sede Apostólica, de acuerdo con el canon 579, para proceder a la erección del Instituto secular de derecho diocesano.

Conclusiones del Sínodo sobre los Laicos y
sus consecuencias para los Institutos Seculares - 1988
Información y reflexiones
Cardenal J. Jerome Hamer

 

Trato de muy buena gana este tema que me permitirá insistir sobre la importancia de los Institutos Seculares para el porvenir de la Iglesia. Lo haré teniendo en cuenta la situación en la que nos encontramos, puesto que el proceso del Sínodo no se ha terminado aún hasta que el Santo Padre no nos haya dado su documento sobre "Vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo", que significará en realidad la conclusión del Sínodo. Pero además, quiero extenderme un poco más y analizar con atención la situación del laico consagrado.

El Sínodo

Juan Pablo II hablando recientemente (17 de junio de 1988) a los miembros del consejo del secretariado general del Sínodo de los obispos, recordó: "Los padres de la séptima asamblea general han expresado el deseo que, sobre la base del trabajo sinodal, es decir los Lineamenta, Instrumentum Laboris, las relaciones que siguen las discusiones mantenidas en la asamblea plenaria, los informes de los "círculos menores" y las Proposiciones que el Sínodo me ha entregado, pueda yo ofrecer a la Iglesia un documento pontificio sobre el tema del sínodo.

Este documento no está todavía terminado pero pienso que no tardará en salir. De mi parte, querría limitarme en mi presente exposición, a utilizar dos importantes piezas del trabajo sinodal, el Instrumentum laboris y las Proposiciones.

El Instrumentum laboris, así como el nombre lo indica, es un instrumento de trabajo, que ha recogido las sugerencias y reflexiones de los obispos sobre el tema propuesto y las ha presentado bajo una forma lógica. Es en cierto modo el fruto de las reflexiones y experiencias de los obispos dispersos en el mundo, antes de venir a Roma para intervenir en la asamblea del Sínodo Para extender a todo el pueblo cristiano el interés suscitado por ese tema, el Santo Padre ha permitido que el Instrumentum laboris sea puesto a disposición de todos. Por lo tanto, es un documento que muchos de vosotros conocéis, y que sin duda habéis leído antes de la apertura del Sínodo en octubre de 1987. He aquí lo que el Instrumentum laboris dice acerca del tema que abordamos:

"Se debe también destacar, la original contribución de los Institutos Seculares en la misión de la Iglesia. En efecto, la llamada que se dirige a sus miembros - laicos - para que se consagren a Dios de un modo particular según los consejos evangélicos, les hace testigos en el mundo del radicalismo evangélico. Sus diversas formas de vida y de presencia cristiana en la sociedad contemporánea son un signo de la respuesta generosa de los fieles laicos a la vocación común de perfección en la caridad. Viviendo en el mundo su to¬tal consagración a Dios, los laicos que son miembros de los Institutos Seculares tienden a realizar ejemplarmente la dimensión escatológica de la vocación cristiana. Su testimonio de la novedad de Cristo en medio del mundo es, para todos los laicos, una llamada a reconocer y a asumir la tensión del "estar en el mundo" sin "ser del mundo". Gracias a la disponibilidad personal, propia de su estado de vida, y a la formación de la que gozan muchos de los Institutos Seculares contribuyen válidamente al crecimiento humano y cristiano de otros muchos fieles laicos asumiendo, juntamente con ellos, importantes responsabilidades en el seno de las comunidades cristianas. El tema merece una particular y especial profundización".

"No es posible ignorar, por otra parte, que cada vez son más numerosos los laicos que se comprometen según el radicalismo de los consejos evangélicos, pero que no se sienten llamados a constituir o a entrar en un Instituto Secular. La vida actual de la Iglesia es muy rica en nuevas formas de vida consagrada laical; don que el Espíritu Santo ofrece a la Iglesia y al mundo de nuestro tiempo".

Creo que este texto ha tomado bien los diferentes aspectos del Instituto Secular en su profunda unidad; presencia vivificante en el mundo, referencia escatológica, acción en la Iglesia. Señala también la existencia, siempre más manifiesta en el mundo laico, de otras formas de compromiso en la práctica de los consejos evangélicos. Volveremos a hablar sobre ello. Notemos desde ahora que los Institutos Seculares no reivindican ningún monopolio, pero desean simplemente que se les reconozca su especificidad. Por lo demás, ellos se regocijan cuando descubren nuevas formas de una búsqueda en común. Quiero agregar que en su conjunto el Instrumentum laboris ha sido muy bien recibido por los padres sinodales y el texto que acabamos de citar no ha sido contestado por nadie, que yo sepa.

A1 finalizar el Sínodo se encontrará la misma orientación en las Proposiciones - cincuenta y cuatro en total- las cuales reúnen los puntos más importantes que han llamado la atención de los padres sinodales durante los debates que duraron cerca de un mes. He aquí a continuación el texto de la sexta proposición que trata sobre los Institutos Seculares y de otras formas de don de sí mismo:

"Los Institutos Seculares tienen su lugar en la estructura canónica de la Iglesia, establecido por la Constitución Provida Mater desde 1947. Se da así a los sacerdotes y a los laicos una nueva posibilidad de profesar los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia, por medio de votos o promesas, pero conservando plenamente su estado clerical o laico. De esta forma el laico puede participar totalmente en el estado de vida consagrada, en medio del mundo (cfr. c. 573). El Espíritu Santo sigue suscitando otras formas de don de sí mismo, a las cuales se consagran personas que permanecen totalmente en la vida laica". (N.T. traducción española libre).

Este párrafo expresa lo esencial. Es un buen punto de partida para todo desarrollo ulterior. Efectivamente, las Proposiciones no quieren decirlo todo, sino simplemente despejar algunas grandes orientaciones del Sínodo.

Tal vez algunos dirán: ¿cómo es posible que de cincuenta y cuatro proposiciones haya una sola sobre los Institutos Seculares? Ver las cosas de este modo sería deformar la realidad. Todo el Sínodo interesa y concierne a los Institutos Seculares. Los miembros de estos Institutos son laicos auténticos. Todo lo que ha dicho el Sínodo y todo lo que dirá el documento post-sinodal tiene para ellos importancia. Es así como se debe interpretar el Sínodo en relación con los Institutos Seculares. A mi parecer, es ésta una consideración primordial para valorizar de un modo justo esos trabajos. Para justificar esta afirmación, permítaseme simplemente citar algunos puntos: la identidad del laico cristiano, el llamado a la santidad, la multiplicidad de los carismas, los ministerios y servicios, la mujer en la Iglesia y en el mundo, la presencia del laico en la parroquia, el compromiso sociopolítico, un proceso de formación integral... En esta perspectiva me sitúo para continuar esta exposición.

El Instituto Secular

Es importante destacar que el miembro laico del Instituto Secular es laico en todo el sentido del término. Pero para ello, es necesario, situar ante todo, este problema en un cuadro más vasto.

Cuando las asociaciones cuyos miembros hacen profesión de practicar en el mundo los consejos evangélicos, obtendrán un reconocimiento oficial y un estatuto canónico en la constitución apostólica Provida Mater Ecclesia, bajo el nombre de Institutos Seculares, se tratará a la vez de asociaciones de clé¬rigos y de asociaciones de laicos.

Si los Institutos Seculares de laicos son mucho más numerosos que los Institutos Seculares de clérigos, no hay que olvidar que el estatuto se aplica tanto a unos como a otros.

Los Institutos Seculares de sacerdotes y los Institutos Seculares de laicos tienen en común, además de la obligación a dedicarse totalmente al apostolado, la de tender a la perfección cristiana por esos medios privilegiados que son los consejos de castidad, de pobreza y de obediencia, y eso en el mundo, es decir, permaneciendo en el mundo, y actuando en el mundo.

Si los miembros de los Institutos Seculares se acercan a los religiosos por la profesión de los consejos evangélicos, ellos se distinguen claramente por el hecho de que la separación del mundo es propia del estado religioso, así como es propia de éste la vida en común o la residencia bajo el mismo techo.

Es esta vida en el mundo ("in saeculo viventes", dice el c. 710) la que constituye la "secularidad", la nota común a todos los Institutos Seculares, pero que será recibida de modo diferente por los diversos Institutos, especialmente por los de clérigos y los de laicos. En el mundo el sacerdote y el laico son el uno y el otro, pero su relación con el mundo es diferente, precisamente en razón de eso que los distingue: el ejercicio del orden sagrado. No obstante, el uno y el otro, en la lógica de su vida en el mundo, contribuyen por su parte a la santificación del mundo, sobre todo desde el interior de él (praesertim ab intus).

Es necesario considerar bien la innovación que representa Provida Mater Ecclesia. Hasta allí, los grupos de ese género eran regidos por un decreto, Ecclesiae catholica, publicado el 11 de agosto de 1889, que alababa su fin: "- de practicar fielmente - en el signo los consejos evangélicos y desempeñar con una más grande libertad ministerios que el mal de los tiempos defiende o vuelve difíciles a las familias religiosas", pero al mismo tiempo decidía que esos grupos serían únicamente asociaciones piadosas (piae sodalitates). En 1947, la Constitución apostólica confiere a esos grupos un estatuto canónico. - No debemos olvidar que el Código de 1917 las ignoraba totalmente todavía -. Después de Provida Mater Ecclesia, los Institutos serán considerados como "estado de perfección", es decir, como forma institucional y estable de la búsqueda de la perfección y la caridad. Esta terminología se usará todavía durante la primera parte del Vaticano II.

El nuevo Código promulgado en 1983 emplea otro vocabulario, pero expresa la misma realidad: los Institutos Seculares son auténticos Institutos de vida consagrada, a los cuales nada les falta para pertenecer a la "vida consagrada" así como la ha definido la Iglesia en su derecho:

"La vida consagrada, por la profesión de los consejos evangélicos, es una forma estable de vivir en la cual los fieles, siguiendo más de cerca a Cristo bajo la acción del Espíritu Santo, se dedican totalmente a Dios como a su amor supremo, para que, entregados por un nuevo y peculiar título a su gloria, a la edificación de la Iglesia y a la salvación del mundo, consigan la perfección de la caridad en el servicio del Reino de Dios y, convertidos en signo preclaro en la Iglesia, preanuncien la gloria celestial" (c. 573, párrafo 1).

Este estado de vida consagrada no es ni clerical ni laico. Pero los Institutos que lo componen se distinguen en clericales y laicos, conforme ellos asuman o no el ejercicio del sacramento del Orden, en razón del fin para el cual han sido fundados. Por este motivo existen dos grandes clases de Institutos Seculares: los Institutos clericales y los Institutos laicos. En razón del sujeto que entendemos tratar, hablaremos de los Institutos Seculares laicos, o más bien de sus miembros.

Los laicos consagrados

Los laicos consagrados son, pues, laicos auténticos. Ellos comparten con los otros laicos el hecho de no pertenecer ni al estado sacerdotal ni al estado religioso, pero, con la diferencia del hecho de pertenecer a ese laicado al que le ha sido particularmente confiada la administración de las realidades temporales con la misión de ordenarlas según Dios.

Todo miembro de un Instituto Secular laico pertenece al estado laico sin restricción. E1 hecho de renunciar al derecho de casarse no lo substrae a esa condición, puesto que ningún laico está obligado a contraer matrimonio. En el mundo laico se encuentran personas casadas, pero se encuentran también personas solteras. Si bien la mayor parte de los laicos se casa, eso no lleva a deducir que es necesario casarse para ser un verdadero laico. Sería absurdo sostenerlo.

Pero estos laicos miembros de Institutos Seculares son igualmente personas consagradas por la profesión de los consejos evangélicos. Adoptan sin reserva la vida consagrada como su forma de vida estable. Para ellos la vida consagrada constituye así un estado de vida.

¿No es entonces una contradicción afirmar que el laico consagrado pertenece igualmente, y sin restricción, a dos estados de vida diferentes; el estado laico y el estado de vida consagrada? De ningún modo, y quiero afirmarlo con energía para descartar toda tentación de querer resolver esta aparente oposición con un compromiso.

Habría oposición entre esos dos estados si ellos se definieran en relación con la misma obligación. Pero no es este el caso. Por ejemplo, el estado de vida del hombre casado y el del hombre soltero se oponen y se excluyen, puesto que los mismos se definen en relación con el sacramento del matrimonio. E1 hombre casado asume las obligaciones, el soltero está eximido de ellas.

Ahora bien, el estado laico y el estado de vida consagrada se definen en función de obligaciones diferentes. E1 primero, en función de las obligaciones de la vida sacerdotal (ejercicio del orden sagrado) y de las de la vida religiosa (separación del mundo y vida en común), de las cuales los laicos están eximidos. E1 segundo, en función de los deberes libremente contraídos por la profesión de los consejos evangélicos. Por lo tanto los puntos de referencia son diferentes. Los dos estados, lejos de oponerse, son compatibles totalmente.

Se pueden citar ejemplos de pertenencia a dos estados en la unidad de una misma persona y de una misma vocación. E1 religioso-sacerdote pertenece, a la vez, al estado religioso y al estado clerical, sin ninguna tensión, pero, en perfecta armonía, como lo ha demostrado la vida de tantos santos.

Esta misma armonía se encuentra en el estatuto propio de los Institutos Seculares. Sin abandonar su estado laico, las personas consagradas que son sus miembros, sabrán vivir su vida secular según las modalidades conformes a su total donación al Señor. Ello se notará especialmente en su vida de oración y en su ascesis personal. Por otra parte, ellos vivirán los tres consejos evangélicos según la situación que viven las personas que permanecen en las condiciones ordinarias del mundo.

¿No dice acaso el derecho canónico que "teniendo en cuenta su carácter y fines propios, cada Instituto, ha de determinar en sus constituciones, el modo de observar los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia, de acuerdo con su modo de vida"? (c. 598, párrafo 1). Y aún: "las constituciones han de establecer los vínculos sagrados con los que abrazan los consejos evangélicos en el Instituto, y determinarán las obligaciones que nacen de esos vínculos, conservando sin embargo, en el modo de vivir, la secularidad propia del Instituto" (c. 712).

El apostolado

Consagrados y laicos, los miembros de los Institutos Seculares son total e inseparablemente, uno y otro. Pero ellos están consagrados para una misión. En efecto, hacen profesión de practicar los consejos evangélicos para "dedicarse totalmente al apostolado" (PME art. 1); "manifiestan y ejercen su propia consagración en la actividad apostólica" (c. 713, párrafo 1).

Dado que ellos son laicos, su apostolado será el de los laicos y tendrá la misma intención. Ellos deben, por obligación general "trabajar a fin de que el mensaje divino de salvación sea conocido y recibido por todos los hombres". Tienen también, cada uno según su condición, "el deber peculiar, de impregnar y perfeccionar el orden temporal con el espíritu evangélico, y dar así testimonio de Cristo" (c. 225, párrafo 1.2.). Esta enseñanza de la Iglesia es retomada en la parte del Código de Derecho Canónico que trata sobre los Institutos Seculares (c. 713 párrafo 2): "Los miembros laicos participan en la función evangelizadora de la Iglesia en el mundo y tomando ocasión del mundo", se tendrá que observar que ese canon retoma, a propósito del apostolado de los Institutos Seculares laicos, una fórmula ("tiene el siglo y desde el siglo", in saeculo et ex saeculo) tomado de la carta Motu proprio Primo Feliciter, publicada por Pío XII un año después de la Provida Mater Ecclesia.

He aquí la frase completa: "Este apostolado de los Institutos Seculares debe ejercerse fielmente, no sólo en el siglo, sino como desde el siglo; y, por lo mismo, en profesiones, ejercicios, formas y lugares correspondientes a estas circunstancias y condiciones" (PF II, 6).

Si todo Instituto Secular participa en la misión apostólica de la Iglesia, no es necesario, por lo tanto, que tenga un apostolado propio, determinado por sus constituciones, y todavía menos que tenga obras apostólicas propias. Es necesario hacer notar esto, pues muchos Institutos Seculares forman, con justa razón, a sus miembros para el apostolado sin que ellos sean dedicados a un sector particular de apostolado.

La práctica de los consejos evangélicos

Los miembros de los Institutos Seculares son consagrados a Dios, eso quiere decir, como lo hemos visto, que ellos se han entregado totalmente a El, amado por encima de todo, por su honor y su servicio, por la profesión de los consejos evangélicos (cfr. LG 44) en el seno de un determinado Instituto, erigido por la Iglesia. Ninguno de estos elementos puede faltar y, en particular, los consejos evangélicos deben ser vividos conforme a la doctrina tradicional de la Iglesia. Hemos podido ver que el modo de observar esos consejos será diferente según los Institutos y tendrá que tener en cuenta en particular la secularidad propia de cada uno de ellos. Pero no es menos importante el hecho de que todos los miembros de los Institutos de vida consagrada deben observar fiel e íntegramente esos consejos (fideliter integreque servare: c. 598, párrafo 2).

Así, por ejemplo, el consejo evangélico de pobreza no postula solamente una vida pobre de hecho y de espíritu, sino también "...la dependencia y limitación en el uso y disposición de los bienes, conforme a la norma del derecho propio de cada Instituto" (c. 600).

El consejo evangélico de obediencia va más allá de la práctica de esa virtud, tal cual es entendida por todo cristiano: obliga "a la sumisión de la voluntad a los superiores legítimos que ocupan el lugar de Dios, cuando ellos ordenan siguiendo sus propias constituciones" (c. 601). La imitación de Cristo obediente hasta la muerte se realiza pues a través de una mediación determinada: bajo la dependencia y dirección moralmente continua de los superiores o responsables. Para los miembros de los Institutos Seculares, la práctica de la obediencia postula también una búsqueda de esta mediación. Su obediencia será pues particularmente activa. ¿Por qué? En razón de su dispersión en el mundo y de su inmersión en las profesiones seculares, sus responsables tienen una gran dificultad de discernir cual es el momento oportuno y cuáles las mejores circunstancias para hacer una intervención. La iniciativa de cada uno de los miembros será pues necesaria para hacer conocer las situaciones concretas.

Por lo tanto, el ejercicio de la autoridad, necesaria para la práctica de los consejos evangélicos, será diferente en la vida religiosa y en los Institutos Seculares. En el primer caso, se puede siempre apoyar en las estructuras de la vida en común; no es lo mismo para el segundo caso. También, en los Institutos Seculares, el servicio de la autoridad para ser real, será más difícil, más exigente y reclamará, de parte de los responsables, un compromiso muchas veces más grande y más generoso.

La oración

¿Por que la legislación sobre los Institutos Seculares (cfr. c. 719) da tanta importancia a la oración y a la vida espiritual en general? ¿No es la oración un deber de todo cristiano? ¿Por qué entonces esa insistencia y esas prescripciones especiales? La respuesta a esta cuestión se encuentra en la consagración: se trata de esta "consagración, que radica íntimamente en la consagración del bautismo y la expresa con mayor plenitud" (PC 5).

Existe una relación estrecha y recíproca entre consagración y oración. Toda la entrega total de sí mismo por la profesión de los tres consejos evangélicos se hace en vista de un amor grande de Dios. Ahora bien, la oración es a la vez la expresión y el estimulante de nuestro deseo de Dios. Por lo tanto es normal que el compromiso fundamental que hemos contraído a nivel de la castidad, la pobreza y la obediencia, corresponda a las exigencias semejantes al nivel de los ejercicios de la vida espiritual.

Si la oración no es un privilegio de las personas consagradas sino el comportamiento normal - diría yo la respiración - de todos aquellos que son hijos de Dios por la gracia, la misma ocupa, sin embargo, un lugar notablemente más importante en la vida de quienes han dado el paso decisivo de seguir a Cristo más de cerca (pressius, dice el c. 573 párrafo 1). En efecto, Jesús se ocultaba con frecuencia de la multitud para orar y se retiraba al desierto, a la montaña, solo o con algunos discípulos. La vida de Jesús está unida a su oración. De ésta fluye su vida. Anima su ministerio mesiánico, especialmente durante su agonía en la cruz.

"Yo os quisiera libres de preocupaciones - nos dice san Pablo -. El no casado se preocupa de las cosas del Señor" (1 Co 7,32). Con una voluntad de agradar al Señor - una voluntad radical que no vacila delante de la elección de los medios - encontramos la explicación profunda de la opción para la vida consagrada. Queremos entregarnos a los "asuntos del Señor". Por esta razón adoptamos el celibato por el reino de Dios, pero también adoptamos una vida de pobreza y de obediencia. Los "asuntos del Señor" (literalmente "lo que es del Señor") no se limitan por cierto a la oración sino que cubren todo el campo de servicio del Señor, no obstante, es evidente que la oración ocupa un lugar privilegiado. Quien ha optado por no casarse quiere ser totalmente del Señor. Por este ser del Señor ha tomado esta decisión. La voluntad de ser del Señor es pues primaria. No quiere ser "dividida" (v. 33). La vida consagrada se vuelve así un espacio de disponibilidad para la oración.

La Iglesia insiste en su Derecho Canónico y pide una especial atención para la oración, la lectura de la Sagrada Escritura, un retiro anual y otros ejercicios espirituales; en lo posible la participación cotidiana en la Eucaristía, la frecuente recepción del sacramento de penitencia y la dirección espiritual.

Para ilustrar lo que acabamos de decir sobre la relación entre la consagración y los ejercicios de vida espiritual, yo querría llamar la atención sobre la prescripción que concierne al sacramento de penitencia. A todo fiel se le recomienda simplemente que confiese los pecados veniales (c. 988, párrafo 2). A los miembros de los Institutos Seculares, la confesión frecuente es prescripta (can. 719, párrafo 3).

Está también claro que las prácticas de la vida espiritual tendrán en cuenta las condiciones de una existencia en el mundo. Sin embargo, eso no será jamás motivo para reducir su importancia, sino solamente para adaptarlas a las personas, a los lugares y a las circunstancias. Los horarios y lugares de oración del laico no serán necesariamente los de los religiosos que viven en comunidad con un oratorio propio. Los textos de oración podrán ser diferentes. El miembro de un Instituto Secular expresará espontáneamente en su oración las intenciones del mundo en el cual vive. Pero la oración no cambiará de naturaleza. La consagración particular a Dios cuidará todas esas exigencias.

Perspectivas de futuro

El Sínodo sobre los laicos nos ha conducido a recordar con claridad y con vigor que los miembros de los Institutos Seculares son verdaderos laicos. Pero también que esos laicos son, al mismo tiempo e indisolublemente, personas consagradas.

Estos Institutos no son absolutamente una nueva variedad, más discreta y como subterránea, de la vida religiosa, son una realidad distinta, una verdadera elevación de la condición de los laicos por la profesión de los consejos evangélicos.

Hemos hablado poco de los Institutos Seculares sacerdotales. Pero muchas de las cosas que hemos dicho se aplican igualmente a ellos. En efecto, la pertenencia a un Instituto Secular no cambia la condición canónica en el pueblo de Dios. Esto no tiene valor sólo para los laicos, sino también para los sacerdotes seculares (y para los diáconos).

Actualmente se propagan en la Iglesia grupos espirituales y apostólicos designados en Italia con el nombre de "movimientos eclesiales", y en Francia como "nuevas comunidades". Algunos de ellos han adoptado ya las estructuras de la vida religiosa o de las de los Institutos Seculares, otras se orientan en el mismo sentido. Pero es probable que todas no seguirán esa dirección. Muchos de esos grupos tienen una fuerte afirmación pública y comunitaria. Esto los distingue de los Institutos Seculares. ¿No es quizás el momento de recordar que el Espíritu sopla donde quiere y que la unidad del Cuerpo místico está hecha de una diversidad de carismas y funciones? Además, sabemos que la Iglesia está dispuesta a acoger nuevas formas de vida consagrada (can. 605), pero también, y más generalmente, nuevas formas de compromiso cristiano.

De todos modos esta floración no disminuye en nada el papel propio de los Institutos Seculares en la Iglesia de hoy y de mañana:

- "Ellos repiten que el llamado a la santidad está inscrito en la lógica del bautismo".
- "Multiplican la presencia de cristianos auténticos capaces de ser apóstoles en todas partes".
- "Responden a la situación contemporánea dando a auténticos cristianos la posibilidad de estar presentes en las estructuras profanas del mundo moderno".

He escogido estas tres frases del Padre J. M. Perrin, o.p. (DS t. V, Col 1783). Son de una tal naturaleza que os dan plena confianza en una forma de vida consagrada, que habéis libremente elegido el día de vuestra incorporación en vuestro Instituto, y que es manifiestamente una obra del Espíritu.

Para resumir y concluir: sois laicos consagrados; sois lo uno y lo otro total e inseparablemente. Lo repito aquí una vez más todavía pues no existe una profunda comprensión de los Institutos Seculares fuera de ésta. En la constitución apostólica Provida Mater Ecclesia, la Iglesia ha querido dar pleno acceso a la vida consagrada por los tres consejos evangélicos, a laicos que permanecen y operan en medio del mundo. Todo Instituto Secular es pues una escuela de santidad, que ha recibido la garantía de la Iglesia. Eso es lo esencial que es necesario decir y volver a decir, y que será necesario meditar siempre más.

Roma 1988

Discurso al IV Congreso Mundial de Institutos Seculares
S. S. Juan Pablo II,
26 de agosto de 1988

Queridísimos hermanos y hermanas de los Institutos Seculares:

Con gran alegría os recibo con motivo de vuestro IV Congreso mundial y os doy las gracias por esta numerosa y significativa presencia. Sois representantes cualificados de una realidad eclesial que ha sido, sobre todo en este siglo, signo de una "moción" especial del Espíritu Santo en el seno de la Iglesia de Dios. Efectivamente, los Institutos Seculares han evidenciado claramente el valor de la consagración, incluso para quienes trabajan "en el siglo", es decir, para quienes están insertos en las actividades terrenas, como sacerdotes seculares y, sobre todo, como seglares. Es más, para el laicado, la historia de los Institutos Seculares marca una etapa preciosa en el desarrollo de la doctrina sobre la naturaleza peculiar del apostolado laical y en el reconocimiento de la vocación universal de los fieles a la santidad y al servicio a Cristo.

Vuestra misión se sitúa hoy en una perspectiva consolidada por una tradición teológica: ésta consiste en la consacratio mundi, es decir, en reconducir a Cristo, como a una sola Cabeza, todas las cosas (Cfr. Ef 1,10), actuando, desde dentro, en las realidades terrenas.

Me congratulo por el tema elegido para la presente asamblea: "La misión de los Institutos Seculares en el mundo del 2.000". Se trata, en realidad, de un tema complejo, que sintoniza con las esperanzas y espectativas de la Iglesia en su próximo futuro.

Este programa es tanto más estimulante para vosotros, por el hecho de que abre a vuestra vocación específica y a vuestra experiencia espiritual los horizontes del tercer milenio de Cristo, con el fin de ayudaros a realizar cada vez con mayor conciencia vuestra llamada a la santidad viviendo en el siglo, y a colaborar mediante la consagración, vivida interiormente y auténticamente, en la obra de salvación y de evangelización de todo el pueblo de Dios.

Saludo al cardenal Jean Jerome Hamer, Prefecto de la Congregación para los Religiosos e Institutos Seculares, que os ha hablado sobre las conclusiones del reciente Sínodo de los Obispos y sobre las consecuencias que tales conclusiones comportan para vuestra comunidad. Al saludar a todos los colaboradores, a los organizadores y a cuantos estáis aquí presentes, así como a los hermanos y hermanas de los institutos representados por vosotros, expreso a todos un deseo.

Se exige de vosotros, por ello, una profunda unión con la Iglesia, fidelidad a su ministerio. Se os pide una adhesión amorosa y total a su pensamiento y a su mensaje, sabiendo muy bien que esto hay que realizarlo en virtud del vínculo especial que os une a ella.

Todo ello no significa disminuir la justa autonomía de los laicos en orden a la consagración del mundo; se trata más bien de situarla en la luz que le corresponde, para que no se debilite ni obre aisladamente. La dinámica de vuestra misión, tal y como vosotros lo entendéis, lejos de alejaros de la vida de la Iglesia, se realiza en unión de caridad con ella.

Obra el Espíritu Santo, que «sopla donde quiere» (Jn 3, 8). Sólo Él puede suscitar energías, iniciativas, signos poderosos, mediante los cuales lleva a su realización la obra de Cristo.

La tarea de extender a todas las obras del hombre el don de la Redención es una misión que os ha dado el Espíritu Santo; es una misión sublime, exige valentía, pero es siempre motivo de felicidad para vosotros, si vivís en la comunión de caridad con Cristo y con los hermanos.

La Iglesia del 2.000 espera, pues, de vosotros una válida colaboración a lo largo del arduo recorrido de la santificación del mundo. Os deseo que este encuentro fortifique verdaderamente vuestros propósitos e ilumine cada vez más vuestros corazones.

Con estos deseos os imparto gustosamente mi bendición apostólica, extensiva a las personas y a las iniciativas confiadas a vuestro servicio eclesial.

S. S. JUAN PABLO II, 26 DE AGOSTO DE 1988

Christifideles Laici
Exortación apostólicaJuan Pablo II

Las diversas vocaciones laicales

56. La rica variedad de la Iglesia encuentra su ulterior manifestación dentro de cada uno de los estados de vida. Así, dentro del estado de vida laical se dan diversas vocaciones, o sea, diversos caminos espirituales y apostólicos que afectan a cada uno de los fieles laicos. En el álveo de una vocación laical "común" florecen vocaciones laicales "particulares". En este campo podemos recordar también la experiencia espiritual que ha madurado recientemente en la Iglesia con el florecer de diversas formas de Institutos Seculares. A los fieles laicos, y también a los mismos sacerdotes está abierta la posibilidad de profesar los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia a través de los votos o las promesas, conservando plenamente la propia condición laical o clerical. Como han puesto de manifiesto los Padres sinodales, "el Espíritu Santo promueve también otras formas de entrega de sí mismo a las que se dedican personas que permanecen plenamente en la vida laical".

Podemos concluir releyendo una hermosa página de san Francisco de Sales, que tanto ha promovido la espiritualidad de los laicos. Hablando de la "devoción", es decir, de la perfección cristiana o "vida según el Espíritu", presenta de manera simple y espléndida la vocación de todos los cristianos a la san¬tidad y, al mismo tiempo, el modo específico con que cada cristiano la realiza: "En la creación Dios mandó a las plantas producir sus frutos, cada una 'según su especie' (Gn 1, 11). El mismo mandamiento dirige a los cristianos, que son plantas vivas de su Iglesia, para que produzcan frutos de devoción, cada uno según su estado y condición. La devoción debe ser practicada en modo diverso de la practicada por el hidalgo, por el artesano, por el sirviente, por el príncipe, por la viuda, por la mujer soltera y por la casada. Pero esto no basta; es necesario además conciliar la práctica de la devoción con las fuerzas, con las obligaciones y deberes de cada persona (...) . Es un error - mejor dicho, una herejía - pretender excluir el ejercicio de la devoción del ambiente militar, del taller de los artesanos, de la corte de los príncipes, de los hogares de los casados. Es verdad, Filotea, que la devoción puramente contemplativa, monástica y religiosa sólo puede ser vivida en estos estados, pero además de estos tres tipos de devoción, hay muchos otros capaces de hacer perfectos a quienes viven en condiciones seculares. Por eso, en cualquier lugar que nos encontremos, podemos y debemos aspirar a la vida perfecta".

Colocándose en esa misma línea, el concilio Vaticano II escribe: "Este comportamiento espiritual de los laicos debe asumir una peculiar característica del estado de matrimonio y familia, de celibato o de viudez, de la condición de enfermedad, de la actividad profesional y social. No dejen, por tanto, de cultivar constantemente las cualidades y las dotes otorgadas correspondientes a tales condiciones, y de servirse de los propios dones recibidos del Espíritu Santo".

Lo que vale para las vocaciones espirituales vale también, y en cierto sentido con mayor motivo, para las infinitas diversas modalidades según las cuales todos y cada uno de los miembros de la Iglesia son obreros que trabajan en la viña del Señor, edificando el cuerpo místico de Cristo. En verdad, cada uno es llamado por su nombre, en la unicidad e irrepetibilidad de su historia personal, a aportar su propia contribución al advenimiento del reino de Dios. Ningún talento, ni siquiera el más pequeño puede ser escondido o quedar inutilizado (cfr. Mt 25, 24-27).

E1 apóstol Pedro nos advierte: "Que cada cual ponga al servicio de los demás la gracia que ha recibido, como buenos administradores de las diversas gracias de Dios" (1 P 4, 10).

Carta V Congreso Mundial de Institutos Seculares
Cardenal Ángelo Sodano, Roma 1992

(contiene mensaje de S.S. Juan Pablo II)

 

Señor Cardenal:

El Santo Padre, informado de la celebración del V Congreso Mundial de los Institutos Seculares, me ha encargado trasmita su saludo cordial a los organizadores y a todos los participantes en ese Encuentro.

Ante todo, Su Santidad manifiesta su agrado por la elección del tema: “Los Institutos Seculares y la evangelización hoy”, que se enmarca oportunamente en el amplio empeño de la Iglesia a favor de la promoción de la nueva evangelización. Se trata de un proceso de gracia, que alcanza su culmen en la conversión del corazón, siempre necesaria, entendida como retorno a Dios, Padre providencial y misericordioso, y como disponibilidad hacia los hermanos, que esperan comprensión, amor y anuncio solidario de la Palabra revelada.

La misión evangelizadora de la Iglesia debe tener en cuenta hoy, las profundas transformaciones culturales y sociales de nuestro tiempo que, con frecuencia, más que favorecer la acción misionera, pueden dificultarla. Los miembros de los Institutos Seculares son conscientes de esos desafíos, que están llamados a afrontar, porque han recibido el don de una «forma de consagración nueva y original, sugerida por el Espíritu Santo para ser vivida en medio de las realidades temporales y para inocular la fuerza de los consejos evangélicos –los valores divinos y eternos– en medio de los valores humanos y temporales».

El Espíritu Santo les ha concedido la gracia de configurarse más radicalmente a Jesús, en el camino que recorrió para reconciliar a los hombres, derribar el muro de enemistad (cfr. Ef. 2, 14) y recrear la nueva humanidad. Para realizar plenamente todo esto se requiere un nuevo ardor; es necesario que los Institutos Seculares se comprometan denodadamente a testimoniar la novedad del Evangelio. Sin una correspondencia más ardiente a la llamada a la santidad para comunicar el Evangelio de la paz al mundo que se dispone a entrar en el nuevo milenio, todo esfuerzo se reduciría a un intento sin eficacia apostólica. También los métodos para comunicar la novedad del Evangelio al mundo deben ser nuevos. A este propósito, los miembros de los Institutos Seculares deben abrirse a las nuevas formas de comunicación que les ofrece el progreso de la técnica. Pero no hay que olvidar que también la comunicación tiene que adecuarse a la novedad que está llamada a difundir. Tiene que distinguirse por su sencillez evangélica y por su propuesta gratuita (cfr. Mt 10, 8), a fin de favorecer una respuesta libre, responsable y gozosa.

La experiencia de la búsqueda y del encuentro personal con el Dios vivo es lo más valioso que se puede ofrecer a los hombres. No cabe duda de que la llamada a la santidad es la raíz de la llamada a la nueva evangelización. Ésta exige una profunda comunión eclesial, que empieza en el seno de los mismos Institutos y se amplía en una comunión afectiva y efectiva con todo el pueblo de Dios. El Santo Padre Juan Pablo II expresó claramente la estrecha relación que existe entre la construcción de la comunidad cristiana y el servicio al mundo, en la exhortación apostólica “Christifideles Laici”, precisamente en el párrafo en el que afirma: «Ciertamente urge en todas partes rehacer el entramado cristiano de la sociedad humana. Pero la condición es que se rehaga la cristiana trabazón de las mismas comunidades eclesiales».

Pero la nueva evangelización exige también un servicio al mundo. Los modos de realización, según las vocaciones particulares y las necesidades concretas, son múltiples: el testimonio de vida, el diálogo y la militancia, el contacto personal, el servicio escondido, la presencia individual y comunitaria, el anuncio y la denuncia profética, la defensa de la verdad y el testimonio del amor. Es importante que en un mundo marcado por la cultura de la muerte, pero que anhela también los valores del Espíritu, los Institutos Seculares sean capaces de ser signos del Dios vivo y artífices de la cultura de la solidaridad cristiana.

Por tanto, el Santo Padre exhorta a todos a continuar por ese camino, a aumentar las múltiples iniciativas de animación cristiana y a no temer presentarse en los diversos areópagos modernos para proclamar allí, con las palabras y los hechos, la buena nueva del Evangelio. El compromiso a favor de la paz y el desarrollo de los pueblos, la defensa de los derechos humanos, la promoción de la mujer y la educación de los jóvenes son algunos de estos areópagos del mundo moderno, en los que los Institutos Seculares deben sentirse comprometidos.

Con estos deseos de felicidad, invocando la protección de María Santísima, Reina de los Apóstoles y Estrella de la evangelización, sobre todos los participantes en el Congreso y todos los miembros de los Institutos Seculares, el Sumo Pontífice imparte de corazón la implorada bendición apostólica, propiciadora de los más abundantes favores celestiales.

Aprovecho gustoso la oportunidad para reafirmarle mis sentimientos de profunda estima.

De vuestra eminencia reverendísima devotísimo en el Señor.

Cardenal Ángelo Sodano

Secretario de Estado

Roma 1992

Exhortación Apostólica Postsinodal
Vita Consecrata

Institutos seculares

10. El Espíritu Santo, admirable artífice de la variedad de los carismas, ha suscitado en nuestro tiempo nuevas formas de vida consagrada, como queriendo corresponder, según un providencial designio, a las nuevas necesidades que la Iglesia encuentra hoy al realizar su misión en el mundo.

Pienso en primer lugar en los Institutos seculares, cuyos miembros quieren vivir la consagración a Dios en el mundo mediante la profesión de los consejos evangélicos en el contexto de las estructuras temporales, para ser así levadura de sabiduría y testigos de gracia dentro de la vida cultural, económica y política. Mediante la síntesis, propia de ellos, de secularidad y consagración, tratan de introducir en la sociedad las energías nuevas del Reino de Cristo, buscando transfigurar el mundo desde dentro con la fuerza de las Bienaventuranzas. De este modo, mientras la total pertenencia a Dios les hace plenamente consagrados a su servicio, su actividad en las normales condiciones laicales contribuye, bajo la acción del Espíritu, a la animación evangélica de las realidades seculares. Los Institutos seculares contribuyen de este modo a asegurar a la Iglesia, según la índole específica de cada uno, una presencia incisiva en la sociedad[1].

Una valiosa aportación dan también los Institutos seculares clericales, en los que sacerdotes pertenecientes al presbiterio diocesano, aun cuando se reconoce a algunos de ellos la incardinación en el propio Instituto, se consagran a Cristo mediante la práctica de los consejos evangélicos según un carisma específico. Encuentran en las riquezas espirituales del Instituto al que pertenecen una ayuda para vivir intensamente la espiritualidad propia del sacerdocio y, de este modo, ser fermento de comunión y de generosidad apostólica entre los hermanos.

El valor especial de la vida consagrada

32. En este armonioso conjunto de dones, se confía a cada uno de los estados de vida fundamentales la misión de manifestar, en su propia categoría, una u otra de las dimensiones del único misterio de Cristo. Si la vida laical tiene la
misión particular
de anunciar el Evangelio en medio de las realidades temporales, en el ámbito de la comunión eclesial desarrollan un ministerio insustituible los que han recibido el Orden sagrado, especialmente los Obispos. Ellos tienen la tarea de apacentar el Pueblo de Dios con la enseñanza de la Palabra, la administración de los Sacramentos y el ejercicio de la potestad sagrada al servicio de la comunión eclesial, que es comunión orgánica, ordenada jerárquicamente[2].

Como expresión de la santidad de la Iglesia, se debe reconocer una excelencia objetiva a la vida consagrada, que refleja el mismo modo de vivir de Cristo. Precisamente por esto, ella es una manifestación particularmente rica de los bienes evangélicos y una realización más completa del fin de la Iglesia que es la santificación de la humanidad. La vida consagrada anuncia y, en cierto sentido, anticipa el tiempo futuro, cuando, alcanzada la plenitud del Reino de los cielos presente ya en germen y en el misterio[3], los hijos de la resurrección no tomarán mujer o marido, sino que serán como ángeles de Dios (cf. Mt 22, 30).

En efecto, la excelencia de la castidad perfecta por el Reino[4], considerada con razón la «puerta» de toda la vida consagrada[5],es objeto de la constante enseñanza de la Iglesia. Esta manifiesta, al mismo tiempo, gran estima por la vocación al matrimonio, que hace de los cónyuges «testigos y colaboradores de la fecundidad de la Madre Iglesia como símbolo y participación de aquel amor con el que Cristo amó a su esposa y se entregó por ella»[6].

En este horizonte común a toda la
vida consagrada, se articulan vías distintas entre sí, pero complementarias. Los religiosos y las religiosas dedicados íntegramente a la contemplación son en modo especial imagen de Cristo en oración en el monte[7]. Las personas consagradas de vida activa lo manifiestan «anunciando a las gentes el Reino de Dios, curando a los enfermos y lisiados, convirtiendo a los pecadores en fruto bueno, bendiciendo a los niños y haciendo el bien a todos»[8]. Las personas consagradas en los Institutos seculares realizan un servicio particular para la venida del Reino de Dios, uniendo en una síntesis específica l valor de la consagración y el de la secularidad. Viviendo su consagración en el mundo y a partir del mundo[9], «se esfuerzan por impregnar todas las cosas con el espíritu evangélico, para fortaleza y crecimiento del Cuerpo de Cristo»[10]. Participan, para ello, en la obra evangelizadora de la Iglesia mediante el testimonio personal de vida cristiana, el empeño por ordenar según Dios las realidades temporales, la colaboración en el servicio de la comunidad eclesial, de acuerdo con el estilo de vida secular que les es propio.

Organismos de coordinación

53. Las Conferencias de Superiores y de Superioras mayores y las Conferencias de los Institutos seculares pueden dar una notable contribución a la comunión. Estimulados y regulados por el Concilio Vaticano II y por documentos posteriores[11], estos organismos tienen como principal objetivo la promoción de la vida consagrada, engarzada en la trama de la misión eclesial.

A través de ellos los Institutos expresan la comunión entre sí y buscan los medios para reforzarla, con respeto y aprecio por el valor específico de cada uno de los carismas, en los que se refleja el misterio de la Iglesia y la multiforme sabiduría de Dios[12]. Aliento, pues, a los Institutos de vida consagrada a que se presten asistencia mutua, especialmente en aquellos países en los que, debido a particulares dificultades, la tentación de replegarse sobre sí puede ser fuerte, con perjuicio de la vida consagrada misma y de la Iglesia. Es preciso, por el contrario, que se ayuden recíprocamente en su intento de comprender el designio de Dios en los actuales avatares de la historia, para así responder mejor con iniciativas apostólicas adecuadas[13]. En este horizonte de comunión, abierto a los desafíos de nuestro tiempo, los Superiores y las Superioras «actuando en sintonía con el episcopado», procuren aprovecharse «del trabajo de los mejores colaboradores de cada Instituto y ofrecer servicios que no sólo ayuden a superar eventuales límites, sino que también creen un estilo válido de formación a la vida religiosa»[14].

Exhorto a las Conferencias de los Superiores y de las Superioras mayores y a las Conferencias de los Institutos seculares a que mantengan contactos frecuentes y regulares con la Congregación para los Institutos de vida consagrada y Sociedades de vida apostólica, como expresión de su comunión con la Santa Sede. También debe tenerse una relación activa y confiada con las Conferencias Episcopales de cada país. Según el espíritu del documento

Mutuae Relationes
, es conveniente que dicha relación adquiera una forma estable, para hacer así posible una coordinación tempestiva y duradera de las iniciativas que vayan surgiendo. Si todo esto se lleva a la práctica con perseverancia y espíritu de adhesión fiel a las directrices del Magisterio, los organismos de conexión y de comunión se revelarán sumamente útiles para encontrar soluciones que eviten incomprensiones, tanto en el terreno teórico como en el práctico[15]; de este modo serán un soporte válido no sólo para promover la comunión entre los Institutos de vida consagrada y los Obispos, sino para contribuir también al desempeño de la misión misma de la Iglesia particular.

Presentes en todos los rincones de la tierra

78. «El amor de Cristo nos apremia» (2 Co 5, 14): los miembros de cada Instituto deberían repetir estas palabras con el Apóstol, por ser tarea de la vida consagrada el trabajar en todo el mundo para consolidar y difundir el Reino de Cristo, llevando el anuncio del Evangelio a todas partes, hasta las regiones más lejanas[16]. De hecho, la historia misionera testimonia la gran aportación que han dado a la evangelización de los pueblos: desde las antiguas Familias monásticas hasta las más recientes Fundaciones dedicadas de manera exclusiva a la misión ad gentes, desde los Institutos de vida activa a los de vida contemplativa, innumerables personas han gastado sus energías en esta «actividad primaria de la Iglesia, esencial y nunca concluida»[17], puesto que se dirige a la multitud creciente de aquellos que no conocen a Cristo.

Este deber continúa urgiendo hoy a los Institutos de vida consagrada y a las Sociedades de vida apostólica: el anuncio del Evangelio de Cristo espera de ellos la máxima aportación posible. También los Institutos que surgen y que operan en las Iglesias jóvenes están invitados a abrirse a la misión entre los no cristianos, dentro y fuera de su patria. A pesar de las comprensibles dificultades que algunos de ellos puedan atravesar, conviene recordar a todos que, así como «la fe se fortalece dándola»[18], también la misión refuerza la vida consagrada, le infunde un renovado entusiasmo y nuevas motivaciones, y estimula su fidelidad. Por su parte, la actividad misionera ofrece amplios espacios para acoger las variadas formas de vida consagrada.

La misión ad gentes ofrece especiales y extraordinarias oportunidades a las mujeres consagradas, a los religiosos hermanos y a los miembros de Institutos seculares, para una acción apostólica particularmente incisiva. Estos últimos, además, con su presencia en los diversos ámbitos típicos de la vida laical, pueden desarrollar una preciosa labor de evangelización de los ambientes, de las estructuras y de las mismas leyes que regulan la convivencia.
Ellos pueden también testimoniar los valores evangélicos estando al lado de personas que no conocen aún a Jesús, contribuyendo de este modo específico a la misión.

Se ha de subrayar que en los países donde tienen amplia raigambre religiones no cristianas, la presencia de la vida consagrada adquiere una gran importancia, tanto con actividades educativas, caritativas y culturales, como con el signo de la vida contemplativa. Por esto se debe alentar de manera especial la fundación en la nuevas Iglesias de comunidades entregadas a la contemplación, dado que «la vida contemplativa pertenece a la plenitud de la presencia de la Iglesia»[19]. Es preciso, además, promover con medios adecuados una distribución equitativa de la vida consagrada en sus varias formas, para suscitar un nuevo impulso evangelizador, bien con el envío de misioneros y misioneras, bien con la debida ayuda de los Institutos de vida consagrada a las diócesis más pobres[20].

Necesidad de un renovado compromiso en el campo educativo

97. Con un delicado respeto, pero con arrojo misionero, los consagrados y consagradas pongan de manifiesto que la fe en Jesucristo ilumina todo el campo de la educación sin prejuicios sobre los valores humanos, sino más bien confirmándolos y elevándolos. De este modo se convierten en testigos e instrumentos del poder de la Encarnación y de la fuerza del Espíritu. Esta tarea es una de las expresiones más significativas de la Iglesia que, a imagen de María, ejerce su maternidad para con todos sus hijos[21].

Es este el motivo que ha llevado al Sínodo a exhortar insistentemente a las personas consagradas a que asuman con renovada entrega la misión educativa, allí donde sea posible, con escuelas de todo tipo y nivel, con Universidades e Institutos superiores[22]. Haciendo mía la indicación sinodal, invito a todos los miembros de los Institutos que se dedican a la educación a que sean fieles a su carisma originario y a sus tradiciones, conscientes de que el amor preferencial por los pobres tiene una singular aplicación en la elección de los medios adecuados para liberar a los hombres de esa grave miseria que es la falta de formación cultural y religiosa.

Dada la importancia que revisten las Universidades y Facultades católicas y eclesiásticas en el campo de la educación y de la evangelización, los Institutos que las dirigen han de ser muy conscientes de su responsabilidad, haciendo que en ellas, a la vez que se dialoga activamente con la cultura actual, se conserve la índole católica que les es peculiar, en plena fidelidad al Magisterio de la Iglesia. Los miembros de estos Institutos y Sociedades además, y según las circunstancias de cada lugar, han de estar preparados y dispuestos para entrar en las estructuras educativas estatales. A este tipo de presencia están especialmente llamados, por su vocación específica, los miembros de los Institutos seculares.

Evangelizar la cultura

98. Los Institutos de vida consagrada han tenido siempre un gran influjo en la formación y en la transmisión de la cultura. Así ocurrió en la Edad Media, cuando los monasterios eran el lugar en que se conservaba la riqueza cultural del pasado y en los que se construía una nueva cultura humanista y cristiana. Esto se ha verificado también siempre que la luz del Evangelio ha llegado a nuevos pueblos. Son muchas las personas consagradas que han promovido la cultura, investigando y defendiendo frecuentemente las culturas autóctonas. La Iglesia es hoy muy consciente de la necesidad de contribuir a la promoción de la cultura y al diálogo entre cultura y fe[23].

Los consagrados han de sentirse interpelados ante esta urgencia. Están llamados también a individuar, en el anuncio de la Palabra de Dios, los métodos más apropiados a las exigencias de los diversos grupos humanos y de los múltiples ámbitos profesionales, a fin de que la luz de Cristo alcance a todos los sectores de la existencia humana, y el fermento de la salvación transforme desde dentro la vida social, favoreciendo una cultura impregnada de los valores evangélicos[24]. En los umbrales del tercer milenio cristiano, la vida consagrada podrá también con este cometido renovar su respuesta a los deseos de Dios, que viene al encuentro de todos aquellos que, consciente o inconscientemente, caminan como a tientas en busca de la Verdad y de la Vida (cf. Hch 17, 27).

Pero más allá del servicio prestado a los otros, la vida consagrada necesita también en su interior un renovado amor por el empeño cultural, una dedicación al estudio como medio para la formación integral y como camino ascético, extraordinariamente actual, ante la diversidad de las culturas. Una disminución de la preocupación por el estudio puede tener graves consecuencias también en el apostolado, generando un sentido de marginación y de inferioridad, o favoreciendo la superficialidad y ligereza en las iniciativas.

En la diversidad de los carismas y de las posibilidades reales de cada Instituto, la dedicación al estudio no puede reducirse a la formación inicial o a la consecución de títulos académicos y de competencias profesionales. El estudio es más bien manifestación del insaciable deseo de conocer siempre más profundamente a Dios, abismo de luz y fuente de toda verdad humana. Por este motivo no es algo que aísla a la persona consagrada en un intelectualismo abstracto, ni la aprisiona en las redes de un narcisismo sofocante; por el contrario, fomenta el diálogo y la participación, educa la capacidad de juicio, alienta la contemplación y la plegaria en la búsqueda de Dios y de su actuación en la compleja realidad del mundo contemporáneo.

La persona consagrada, dejándose transformar por el Espíritu, se capacita para ampliar el horizonte de los angostos deseos humanos y para captar, al mismo tiempo, los aspectos más hondos de cada individuo y de su historia, que van más allá de las apariencias más vistosas quizás, pero frecuentemente marginales. Los retos que emergen hoy de las diversas culturas son innumerables. Retos provenientes de los campos en los que tradicionalmente ha estado presente la vida consagrada o de los nuevos ámbitos. Con todos ellos es urgente mantener fecundas relaciones, con una actitud de vigilante sentido crítico, pero también de atención confiada hacia quien se enfrenta a las dificultades típicas del trabajo intelectual, especialmente cuando, ante la presencia de los problemas inéditos de nuestro tiempo, es preciso intentar nuevos análisis y nuevas síntesis[25]. No se puede realizar una seria y válida evangelización de los nuevos ámbitos en los que se elabora y se transmite la cultura sin una colaboración activa con los laicos presentes en ellos.

Presencia en el mundo de las comunicaciones sociales

99. De igual manera que en el pasado las personas consagradas han sabido servir a la evangelización con todos los medios, afrontando con genialidad los obstáculos, también hoy están llamadas nuevamente por la exigencia de testimoniar el Evangelio a través de los medios de comunicación social. Estos medios han adquirido una capacidad de difusión cósmica mediante poderosas tecnologías capaces de llegar hasta el último rincón de la tierra. Las personas
consagradas, especialmente cuando por su carisma institucional trabajan en este campo, han de adquirir un serio conocimiento del lenguaje propio de estos medios, para hablar de Cristo de manera eficaz al hombre actual, interpretando sus gozos y esperanzas, sus tristezas y angustias[26],y contribuir de este modo a la construcción de una sociedad en la que todos se sientan hermanos y hermanas en camino hacia Dios.

No obstante, dado su extraordinario poder de persuasión, es preciso estar alerta ante el uso inadecuado de tales medios, sin ignorar los problemas que se pueden derivar para la vida consagrada misma, que ha de afrontarlos con el debido discernimiento[27]. Sobre este punto, la respuesta de la Iglesia es ante todo educativa: tiende a promover una actitud de correcta comprensión de los mecanismos subyacentes y de atenta valoración ética de los programas, y la adopción de sanas costumbres en su uso[28]. En esta tarea educativa, orientada a formar receptores entendidos y comunicadores expertos, las personas consagradas están llamadas a ofrecer su particular testimonio sobre la relatividad de todas las realidades visibles, ayudando a los hermanos a valorarlas según el designio de Dios, pero también a liberarse de la influencia obsesiva de la escena de este mundo que pasa (cf.  1 Co 7, 31).

Todos los esfuerzos en este nuevo e importante campo apostólico han de ser alentados, con el fin de que el Evangelio de Cristo se transmita también a través de estos medios modernos. Los diversos Institutos han de estar disponibles para cooperar en la realización de proyectos comunes en los varios sectores de la comunicación social, aportando fuerzas, medios y personas. Que las personas consagradas, además, y especialmente los miembros de los Institutos seculares, presten de buen grado sus servicios, según las oportunidades pastorales, en la formación religiosa de los responsables de la comunicación social pública o privada, para que se eviten, de una parte, los daños provocados por un uso adulterado de los medios y, de otra, se promueva una mejor calidad de las transmisiones, con mensajes respetuosos de la ley moral y ricos en valores humanos y cristianos.

S. S. JUAN PABLO II,25 DE MARZO DE 1996


Notas

[1] Cf. ib.,11

[2] Cf. ib., Exhort. ap. postsinodal Christifideles Laici (30 de diciembre de 1988) , 20-21: AAS 81 (1989), 425-428.

[3] Cf. Conc. Ecum. Vat II, Const. dogm.Lumen Gentium, sobre la Iglesia, 5.

[4] Cf. Concilio de Trento, ses. XXXIV, c. 10: DS 1810; Pio XII, Carta enc. Sacra Virginitas (25 de marzo de 1954), AAS 46 (1954), 176.

[5] Cf. Propositio 17.

[6] Cf. Conc. Ecum. Vat II, Const. dogm. Lumen Gentium, sobre la Iglesia, 41.

[7] Cf. ib., 46.

[8] Ib.

[9] Cf. Pío XII, Motu proprioPrimo feliciter (12 de marzo de 1948), 6: AAS 40 (1948), 285.

[10] Código de derecho canónico, c. 713 § 1; cf. Código de los cánones de las Iglesias orientales, c. 563 § 2.

[119] Cf. Decr. Perfectae Caritatis, sobre la adecuada renovación de la vida religiosa, 23.

[11] Congregación para los religiosos y los institutos seculares y Congregación para los obispos, Criterios pastorales sobre las relaciones entre obispos y religiosos en la Iglesia Mutuae Relationes (14 de mayo de 1978), 21, 61: AAS 70 (1978), 486; 503-504; Código de derecho canónico, cc. 708-709.

[12] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Perfectae Caritatis, sobre la adecuada renovación de la vida religiosa, 1; Const. dogm. Lumen Gentium, sobre la Iglesia, 46.

[13] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et Spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 4.

[14] Mensaje a la XIV Asamblea general de Conferencia de religiosos de Brasil (1 de julio de 1986), 4: L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, 16 de noviembre de 1986, 9.

[15] Cf. Congregación para los Religiosos y los Institutos Seculares y Congregación para los Obispos, Criterios pastorales sobre las relaciones en la Iglesia Mutuae Relationes (14 de mayo de 1978), 63; 65:AAS 70 (1978), 504-505.

[16] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen Gentium, sobre la Iglesia, 44.

[17] Cf. Carta enc. Redemptoris Missio 7 de diciembre de 1990), 69: AAS 83 (1991), 317-318; Catecismo de la Iglesia Católica, n. 927.

[18] Cf. Carta enc. Redemptoris Missio (7 de diciembre de 1990), 31: AAS 83 (1991), 277.

[19] Ib., 2: l.c., 251

[20] Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad Gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia, 18; cf. Carta enc. Redemptoris Missio (7 de diciembre de 1990), 69: AAS 83 (1991), 317-318.

[21] Const. Ap. Sapientia Christiana (15 de abril de 1979), II; AAS 71 (1979), 471.

[22] Cf. Propositio 41.

[23] Const. Ap. Sapientia Christiana (15 de abril de 1979), II; AAS 71 (1979), 470.

[24] Cf. Propositio 36.

[241] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et Spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 5.

[25] Ib., 1.

[26] Cf. Congregación para los institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica, Instr. La vida fraterna en comunidad «Congregavit nos in unum Christi amor»  (2 de febrero de 1994), 34: Ciudad del Vaticano 1994, 32.

[27] Cf. Mensaje para la XXVIII Jornada de las comunicaciones sociales (24 de enero de 1994): L’Osservatore Romano, edición semanal de la legua española, 28 de enero de 1994, 12.

Discurso a un Simposio Internacional en el 50º Aniversario de la
Provida Mater Ecclesia
Juan Pablo II, 1 de febrero de 1997

 

Señor cardenal; venerables hermanos en el episcopado y en el sacerdocio; amadísimos hermanos y hermanas:

Os acojo con gran afecto en esta audiencia especial, con la que se quiere recordar y celebrar una fecha importante para los institutos seculares. Agradezco al señor cardenal Martínez Somalo las palabras con las que, interpretando los sentimientos de todos vosotros, ha puesto de relieve justamente el significado de este encuentro que, en esta sala, reúne simbólicamente a numerosas personas esparcidas por todo el mundo. Doy también las gracias a vuestro representante, que ha hablado después del cardenal.

La solicitud maternal y el sabio afecto de la Iglesia hacia sus hijos, que entregan su vida a Cristo en las diversas formas de consagración especial, se expresó hace cincuenta años en la constitución apostólica Provida Mater Ecclesia, que quiso dar una nueva organización canónica a la experiencia cristiana de los institutos seculares (cf. AAS 39 [1947], 114-124).

Pío XII, mi predecesor de venerada memoria, anticipando con feliz intuición algunos temas que encontrarían en el concilio Vaticano II su adecuada formulación, confirmó con su autoridad apostólica un camino y una forma de vida que ya desde hacía un siglo habían atraído a muchos cristianos, hombres y mujeres: se comprometían a seguir a Cristo virgen, pobre y obediente, permaneciendo en la condición de vida del propio estado secular. En esta primera fase de la historia de los institutos seculares, es hermoso reconocer la entrega y el sacrificio de tantos hermanos y hermanas en la fe, que afrontaron con intrepidez el desafío de los tiempos nuevos. Dieron un testimonio coherente de verdadera santidad cristiana en las condiciones más diversas de trabajo, casa e inserción en la vida social, económica y política de las comunidades humanas a las que pertenecían.

No podemos olvidar la inteligente pasión con las que algunos grandes hombres de Iglesia acompañaron este camino durante los años que precedieron inmediatamente la promulgación de la Provida Mater Ecclesia. De todos ellos, además del mencionado Pontífice, me complace recordar con afecto y gratitud al entonces sustituto de la Secretaría de Estado, el futuro Papa Pablo VI, monseñor Giovanni Battista Montini, y a quien cuando fue publicada la constitución apostólica era subsecretario de la Congregación de los religiosos, el venerado cardenal Arcadio Larraona, quienes desempeñaron un papel importante en la elaboración y definición de la doctrina y de las opciones canónicas contenidas en el documento.

A medio siglo de distancia, la Provida Mater Ecclesia conserva aún gran actualidad. Lo habéis puesto de manifiesto durante los trabajos de vuestro simposio internacional. Mas aún, se caracteriza por su inspiración profética, que merece destacarse. En efecto, la forma de vida de los institutos seculares se muestra, hoy más que nunca, como una providencial y eficaz modalidad de testimonio evangélico en las circunstancias determinadas por la actual condición cultural y social en la que la Iglesia está llamada a vivir y a ejercer su propia misión. Con la aprobación de estos institutos, la constitución, coronando una tensión espiritual que animaba la vida de la Iglesia por lo menos desde los tiempos de San Francisco de Sales, reconocía que la perfección de la vida cristiana podía y debía vivirse en toda circunstancia y situación existencial, pues la vocación a la santidad es universal (cf. Provida Mater Ecclesia, 118). En consecuencia, afirmaba que la vida religiosa –entendida en su propia forma canónica– no agotaba en sí misma toda posibilidad de seguimiento integral del Señor, y deseaba que por la presencia y el testimonio de la consagración secular tuviera lugar una renovación cristiana de la vida familiar, profesional y social, gracias a la cual surgieran formas nuevas y eficaces de apostolado, dirigidas a personas y ambientes normalmente alejados del Evangelio y casi impenetrables a su anuncio.

Hace ya algunos años, dirigiéndome a los participantes en el II Congreso internacional de los institutos seculares, afirmaba que «se encuentran en el centro, por así decir, del conflicto que desasosiega y desgarra el alma moderna» (L’Ossservatore Romano, edición en lengua española, 21 de septiembre de 1980, p. 2). Con estas palabras deseaba yo hacerme eco de algunas consideraciones de mi venerado predecesor Pablo VI, que había dicho que los institutos seculares eran la respuesta a una inquietud profunda: la de encontrar el camino de la síntesis entre la plena consagración de la vida según los consejos evangélicos y la plena responsabilidad de una presencia y de una acción que transforme el mundo desde dentro, para plasmarlo, perfeccionarlo y santificarlo (cf. L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 13 de febrero de 1972, p. 1).

En efecto, por una parte, asistimos a la rápida difusión de formas de religiosidad que proponen experiencias fascinantes, y en algunos casos también comprometedoras y exigentes. Pero el énfasis se pone en el nivel emotivo y sensible de la experiencia, más que en el ascético y espiritual. Se puede reconocer que tales formas de religiosidad tratan de responder a un anhelo cada vez más renovado de comunión con Dios y de búsqueda de la verdad última sobre Él y sobre el destino de la humanidad. Y se presentan con el atractivo de la novedad y del fácil universalismo. Pero estas experiencias suponen una concepción ambigua de Dios, que no corresponde a la que ofrece la Revelación. Además, están desarraigadas de la realidad y de la historia concreta de la humanidad.

A esta religiosidad se contrapone una falsa concepción de la secularidad, según la cual Dios es ajeno a la construcción del futuro de la humanidad. La relación con Él se considera una elección privada y una cuestión subjetiva, que al máximo se puede tolerar, siempre que no pretenda influir de alguna manera en la cultura o en las sociedad.

¿Cómo afrontar, por tanto, este gran conflicto que afecta al espíritu y al corazón de la humanidad contemporánea? Se convierte en un desafío para el cristiano: el desafío de transformarse en agente de una nueva síntesis entre la máxima adhesión posible a Dios y a su voluntad y la máxima participación posible en las alegrías y esperanzas, angustias y dolores del mundo, para orientarlos hacia el proyecto de salvación integral que Dios Padre nos ha manifestado en Cristo y que continuamente pone a nuestra disposición por el don del Espíritu Santo.

Los miembros de los institutos seculares se comprometen precisamente a realizar esto, expresando su plena fidelidad a la profesión de los consejos evangélicos en una forma de vida secular, llena de riesgos y exigencias con frecuencia imprevisibles, pero con una gran potencialidad específica y original.

Portadores humildes y convencidos de la fuerza transformadora del reino de Dios y testigos valientes y coherentes del deber y de la misión de evangelización de las culturas y de los pueblos, los miembros de los institutos seculares son, en la historia, signo de una Iglesia amiga de los hombres, capaz de ofrecer consuelo en todo tipo de aflicción y dispuesta a sostener todo progreso verdadero de la convivencia humana, pero, al mismo tiempo, intransigente frente a toda elección de muerte, de violencia, de mentira y de injusticia. También son para los cristianos signo y exhortación a cumplir el deber de cuidar, en nombre de Dios, una creación que sigue siendo objeto del amor y la complacencia de su Creador, aunque esté marcada por la contradicción de la rebeldía y del pecado, y necesite ser liberada de la corrupción y la muerte.

¿Acaso hay que sorprenderse de que el ambiente en que deberán actuar esté frecuentemente poco dispuesto a comprender y aceptar su testimonio?

La Iglesia espera hoy hombres y mujeres que sean capaces de dar un testimonio renovado del Evangelio y de sus exigencias radicales, estando dentro de la condición existencial de la mayoría de las personas. Y también el mundo, con frecuencia sin darse cuenta, desea el encuentro con la verdad del Evangelio para un progreso verdadero e integral de la humanidad, según el plan de Dios.

En esa situación, es necesario que los miembros de los institutos seculares tengan una gran adhesión al carisma típico de su consagración: el de realizar la síntesis de fe y vida, de Evangelio e historia humana, y de entrega integral a la gloria de Dios y disponibilidad incondicional a servir a la plenitud de la vida de sus hermanos y hermanas en este mundo.

Los miembros de los institutos seculares se encuentran, por vocación y misión, en una encrucijada donde coinciden la iniciativa de Dios y la espera de la creación: la iniciativa de Dios, que llevan al mundo mediante su amor y su unión íntima con Cristo; la espera de la creación, que comparten en la condición diaria y secular de sus semejantes, viviendo las contradicciones y las esperanzas de todo ser humano, especialmente de los más débiles y de los que sufren.

En cualquier caso, a los institutos seculares se les confía la responsabilidad de recordar a todos esta misión, testimoniándola con una consagración especial, con la radicalidad de los consejos evangélicos, para que toda la comunidad cristiana realice cada vez con mayor empeño la tarea que Dios, en Cristo, le ha encomendado con el don de su Espíritu (cf. Exhortación apostólica Vita consecrata, 17-22).

El mundo contemporáneo es particularmente sensible ante el testimonio de quien sabe aceptar con valentía el riesgo y la responsabilidad del discernimiento de su tiempo y del proyecto de edificación de una humanidad nueva y más justa. Nos ha tocado vivir en un tiempo de grandes transformaciones culturales y sociales.

Por este motivo, es cada vez más evidente que la misión del cristiano en el mundo no puede reducirse a un puro y simple ejemplo de honradez, competencia y fidelidad al deber. Todo eso se supone. Se trata de revestirse de los mismos sentimientos de Cristo Jesús para ser signos de su amor en el mundo. Este es el sentido y la finalidad de la auténtica secularidad cristiana y, por tanto, el fin y el valor de la consagración cristiana que se vive en los institutos seculares.

En esta línea es muy importante que los miembros de los institutos seculares vivan intensamente la comunión fraterna tanto dentro del propio instituto como con los miembros de otros institutos. Precisamente porque están inmersos como la levadura y la sal en el mundo, deberían considerarse testigos privilegiados del valor de la fraternidad y de la amistad cristiana, hoy tan necesarias, sobre todo en las grandes áreas urbanizadas, donde se halla gran parte de la población mundial.

Albergo la esperanza de que cada instituto secular se convierta en un gimnasio de amor fraterno, en una hoguera encendida, que proporcione luz y calor a muchos hombres y mujeres para la vida del mundo.

En fin, pido a María que dé a todos los miembros de los institutos seculares la lucidez con que Ella mira la situación del mundo, la profundidad de su fe en la palabra de Dios y la prontitud de su disponibilidad a realizar sus misteriosos designios, para una colaboración cada vez más eficaz en la obra de la salvación.

Al depositar en sus manos maternas el futuro de los institutos seculares, porción elegida del pueblo de Dios, os imparto la bendición apostólica a cada uno de vosotros, y con mucho gusto la extiendo a todos los miembros de los institutos seculares esparcidos en los cinco continentes.

S. S. JUAN PABLO II, 1 DE FEBRERO DE 1997

Discurso al VII Congreso Mundial De Institutos Seculares - 2000

Juan Pablo II, 28 de agosto de 2000

 

Amadísimos hermanos y hermanas.

Me alegra acogeros con ocasión de vuestro congreso, que de la actual celebración jubilar recibe una orientación y un estímulo particulares. Os saludo a todos con gran cordialidad y dirijo un saludo especial al cardenal Eduardo Martínez Somalo, prefecto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, que ha interpretado con vigor vuestros sentimientos.

En el año del gran jubileo la Iglesia invita a todos los seglares, pero de manera especial a los miembros de los Institutos Seculares, a comprometerse en la animación evangélica y en el testimonio cristiano dentro de las realidades seculares. Como dije durante nuestro encuentro con ocasión del 50º aniversario de la Provida Mater Ecclesia, os halláis, por vocación y misión, en la encrucijada entre la iniciativa de Dios y la espera de la creación: la iniciativa de Dios, que lleváis al mundo mediante el amor y la unión íntima con Cristo; la espera de la creación, que compartís en la condición diaria y secular de vuestros semejantes (cf. Núm. 5: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 7 de septiembre de 1997, p. 6). Por eso, como seglares consagrados, debéis vivir con conciencia activa las realidades de vuestro tiempo, porque el seguimiento de Cristo, que da sentido a vuestra vida, os compromete seriamente frente al mundo que estáis llamados a transformar según el proyecto de Dios.

Vuestro congreso mundial centra su atención en el tema de la formación de los miembros de los Institutos Seculares. Es preciso que siempre sean capaces de discernir la voluntad de Dios y los caminos de la nueva evangelización en cada momento de la historia, en la complejidad y en la mutabilidad de los signos de los tiempos.

En la exhortación apostólica Christifideles Laici dediqué amplio espacio al tema de la formación de los cristianos en sus responsabilidades históricas y seculares, así como en su colaboración directa en la edificación de la comunidad cristiana; e indiqué las fuentes indispensables de esa formación: «la escucha pronta y dócil de la palabra de Dios y de la Iglesia, la oración filial y constante, la referencia a una sabia y amorosa dirección espiritual, la percepción en la fe de los dones y alientos recibidos y, al mismo tiempo, de las diversas situaciones sociales e históricas en las que se está inmerso».

Así pues, la formación atañe de modo global a toda la vida del consagrado. Se vale también de los análisis y las reflexiones de los expertos en sociología y en las demás ciencias humanas, pero no puede descuidar, como su centro vital y como criterio de valoración cristiana de los fenómenos históricos, la dimensión espiritual, teológica y sapiencial de la vida de fe, que proporciona las claves últimas y decisivas para la lectura de la actual condición humana y para la elección de las prioridades y de los estilos de un testimonio auténtico.

La mirada que dirigimos a las realidades del mundo contemporáneo y que ojalá esté siempre llena de la compasión y de la misericordia que os ha enseñado nuestro Señor Jesucristo, no se limita a percibir errores y peligros. Ciertamente, no puede ignorar también los aspectos negativos y problemáticos, pero inmediatamente trata de descubrir caminos de esperanza e indicar perspectivas de intenso compromiso con vistas a la promoción integral de la persona, a su liberación y a la plenitud de su felicidad.

En el corazón de un mundo que cambia, en el que persisten y se agravan injusticias y sufrimientos inauditos, estáis llamados a realizar una lectura cristiana de los hechos y de los fenómenos históricos y culturales. En particular, debéis ser portadores de luz y esperanza en la sociedad actual. No os dejéis engañar por optimismos ingenuos; por el contrario, seguid siendo testigos fieles de un Dios que ciertamente ama a esta humanidad y le ofrece la gracia necesaria para que pueda trabajar eficazmente en la construcción de un mundo mejor, más justo y más respetuoso de la dignidad de todo ser humano. El desafío que la cultura contemporánea plantea a la fe es precisamente éste: abandonar la fácil inclinación a pintar escenarios oscuros y negativos, para trazar posibles vías, no ilusorias, de redención, liberación y esperanza.

Vuestra experiencia de consagrados en la condición secular os muestra que no hay que esperar la llegada de un mundo mejor sólo en virtud de opciones que provienen de grandes responsabilidades y de grandes instituciones. La gracia del Señor, capaz de salvar y redimir también esta época de la historia, nace y crece en el corazón de los creyentes, que acogen, secundan y favorecen la iniciativa de Dios en la historia y la hacen crecer desde abajo y desde dentro de las vidas humanas sencillas que, de esa manera, se convierten en las verdaderas artífices del cambio y de la salvación. Basta pensar en la acción realizada en este sentido por innumerables santos y santas, incluidos los que la Iglesia no ha declarado oficialmente como tales, los cuales han marcado profundamente la época en que han vivido, aportándole valores y energías de bien, cuya importancia no perciben los instrumentos de análisis social, pero que es patente a los ojos de Dios y a la ponderada reflexión de los creyentes.

La formación para el discernimiento no puede descuidar el fundamento de todo proyecto humano, que es y sigue siendo Jesucristo. La misión de los Institutos Seculares consiste en introducir en la sociedad las energías nuevas del reino de Cristo, buscando transfigurar el mundo desde dentro con la fuerza de las bienaventuranzas (Vita Consecrata 10). De esta manera, la fe de los discípulos se convierte en alma del mundo, según la feliz imagen de la Carta a Diogneto, y produce una renovación cultural y social para beneficio de la humanidad. Cuanto más alejada esté y más ajena sea la humanidad al mensaje evangélico, con tanta mayor fuerza y persuasión deberá resonar el anuncio de la verdad de Cristo y del hombre redimido por él.

Ciertamente, habrá que prestar siempre atención a las modalidades de este anuncio, para que la humanidad no lo perciba como una intromisión o una imposición por parte de los creyentes. Al contrario, nuestra tarea consiste en mostrar cada vez más claramente que la Iglesia, portadora de la misión de Cristo, se interesa por el hombre con amor. Y no lo hace por la humanidad en abstracto, sino por el hombre concreto e histórico, convencida de que «ese hombre es el primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión, (...) camino trazado por Cristo mismo, camino que inmutablemente conduce a través del misterio de la Encarnación y de la Redención» (Redemptor Hominis 14; Centesimus Annus 53).

Queridos responsables y miembros de los Institutos Seculares, con estas certezas se ha de alimentar vuestra formación inicial y permanente, que producirá abundantes frutos en la medida en que sigáis acudiendo al tesoro inagotable de la Revelación, leído y proclamado con sabiduría y amor por la Iglesia.

A María, Estrella de la evangelización, icono inigualable de la Iglesia, le encomiendo vuestro itinerario por los caminos del mundo. Que Ella os acompañe y que su intercesión haga fecundos los trabajos de vuestro congreso y suscite fervor y nuevo impulso apostólico en las instituciones que representáis aquí, para que el acontecimiento jubilar marque el comienzo de un nuevo Pentecostés y de una profunda renovación interior.

Con estos deseos, os imparto a todos, como prenda de mi constante afecto, la bendición apostólica.

S. S. JUAN PABLO II, 28 DE AGOSTO DE 2000

TOP